Dos miradas pueden pesar más que una dictadura entera.
Juan José Campanella no es un director cualquiera: es un narrador clásico con alma popular y pulso de cirujano.
Argentino, formado en EE. UU., amante del guion bien cosido y del personaje antes que del plano bonito.
Su cine habla de personas, de derrotas íntimas y de emociones que no se dicen.
Antes de esta joya ya nos había dejado maravillas como El hijo de la novia (probablemente su película más querida), Luna de Avellaneda, El mismo amor, la misma lluvia y El niño que gritó “puta”.
Después vendrían Metegol y El cuento de las comadrejas.
Aquí, directamente, juega en otra liga. Campanella en estado de gracia absoluta.
Tenemos la enorme suerte de volver a ver en pantalla grande esta película descomunal, ganadora del Oscar a la Mejor Película de Habla No Inglesa (2010, correspondiente a las películas de 2009, que luego vienen los líos).
Y no fue casualidad: premios nacionales, internacionales y el aplauso unánime de crítica y público. Porque El secreto de sus ojos es, simple y llanamente, cine grande.
La película se sostiene sobre un guion extraordinariamente bien construido, donde se mezclan géneros con una naturalidad insultante: drama psicológico, thriller judicial, romance contenido, tragedia pura y una lectura política muy clara sobre la dictadura argentina y sus miserias morales. Todo cabe. Todo suma.
La historia avanza por dos tramas perfectamente engranadas.
Por un lado, la relación sentimental, amorosa y profundamente frustrada entre Ricardo Darín y Soledad Villamil.
Ella es Irene, inteligencia, elegancia y contención; él es Benjamín Espósito, un hombre atrapado en lo que siente y en lo que nunca se atreve a decir.
Ambos llenan la película de miradas cómplices, silencios elocuentes y sentimientos masticados durante años.
Romance sin besos, pero con heridas.
Por otro lado, un thriller criminal potentísimo: la investigación del asesinato y violación de una joven, donde la trama judicial se va contaminando de política, corrupción y miedo.
Aquí la película se vuelve incómoda, amarga y profundamente trágica.
Y entonces aparece Guillermo Francella como Pablo Sandoval. Qué personaje. Qué actor. En aquel momento no era aún el Francella hiperpopular de hoy, y aquí se marca una interpretación enorme: entrañable, triste, autodestructiva y heroica. Un héroe imperfecto, consciente de sus debilidades, que deja una huella imborrable.
El reparto secundario es de lujo: Javier Godino da auténtico miedo como el asesino, con una frialdad escalofriante, y Mario Alarcón, como el juez Fortuna, clava al personaje detestable. Un gilipollas perfecto, dicho sea con rigor técnico.
La película está llena de miradas: tiernas, cómplices, rotas, aterradoras.
Y los diálogos son clave: incisivos, inteligentes, certeros, memorables.
Las escenas entre Darín y Francella son oro puro. Y sí, hay secuencias que ya son historia del cine (esa del estadio es directamente antológica), pero lo que permanece es el poso emocional.
Boyero, contra todo pronóstico, se rindió. Habló de una película magnífica, elogió sin reservas el guion, el clasicismo narrativo y volvió a subrayar la grandeza interpretativa de Ricardo Darín. Boyero contento. Señal inequívoca de obra mayor.
El secreto de sus ojos es una película extraordinaria, una de las grandes de la historia del cine contemporáneo.
Una obra que habla del amor no vivido, de la justicia imposible y de las heridas que no cicatrizan.
Y todo contado con una elegancia narrativa impecable por Juan José Campanella, al que venero especialmente por El hijo de la novia, pero que aquí se supera a sí mismo.
Cine del que se queda contigo. Del que no se olvida. Y del que te vuelve a mirar cuando ya ha terminado la película.
Petra Biondina Volpe juega en casa con el cine social y no se esconde.
Su filmografía es corta pero muy clara en intenciones.
Debutó con Traumland (2013), pegó un puñetazo encima de la mesa con El orden divino (2017), una de las películas suizas más comentadas de los últimos años, y aquí vuelve a demostrar que sabe mirar a la gente currante sin paternalismo ni subrayados de rotulador fluorescente.
Dirección seca, muy funcional, siempre al servicio del personaje. Nada de postureo. Y eso se agradece.
Turno de guardia fue una de las películas que más impacto causó en el Festival de Sevilla, y no por escándalo ni alfombra roja, sino porque te deja agotado, que ya es mérito.
Estamos ante una producción suiza que se centra en algo tan aparentemente poco cinematográfico como una sola tarde de trabajo de una enfermera de planta en un hospital.
Y aquí está la clave: todo recae sobre ella.
La película se sostiene —y se eleva— gracias al trabajo descomunal de Leonie Benesch, actriz sensacional a la que muchos descubrimos (y veneramos) en La sala de profesores, una película que, lo digo sin pudor, me entusiasmó.
Aquí vuelve a demostrar que es de las actrices europeas más potentes de su generación, cargando la película a la espalda sin red.
Su personaje no para. Literalmente.
Corre de una habitación a otra, atiende urgencias, calma familiares, limpia, recoloca pacientes, escucha, se desborda, se recompone y sigue.
Intenta hacerlo todo… y hacerlo bien. Y claro, no llega. Nadie llegaría.
Hay momentos de crispación, de pérdida de nervios, de humanidad pura, de ternura inesperada y de una profesionalidad que impresiona.
Desde mi mirada médica, hay cosas que llaman poderosamente la atención: en la sanidad suiza esta enfermera hace tareas que en España realizarían auxiliares de clínica o celadores. Aquí lo hace todo. Y cuando digo todo, es todo.
La planta se sostiene entre dos enfermeras. Dos.
El nivel de carga laboral es tan brutal que la película roza a ratos lo asfixiante, y eso está muy bien transmitido al espectador.
La situación es constantemente agobiante, a veces directamente dramática, pero la película nunca se vuelve histérica.
Todo fluye con un realismo casi documental.
Y eso hace que funcione como un homenaje muy honesto a las enfermeras, a esa labor imprescindible, poco reconocida y escasamente compensada.
Las enfermeras españolas que yo conozco —y no son pocas— encajan perfectamente en este retrato: trabajadoras, competentes, abnegadas y sosteniendo el sistema a base de vocación y paciencia.
La película maneja muy bien la tensión cotidiana, la que no sale en los informativos pero te machaca el cuerpo y la cabeza.
Además, la fotografía acompaña con inteligencia, sin florituras, ayudando a que la narración sea fluida y muy eficaz.
Todo suma para que estemos ante una película muy competente, sólida y necesaria.
Y sí, puede parecer pequeña. Pero pequeña no es sinónimo de menor.
Aquí hay cine del bueno, del que no necesita levantar la voz para que lo escuches.
Turno de guardia es una película honesta, tensa, muy bien interpretada y dirigida con cabeza.
Sales del cine cansado, con un nudo en el estómago y mirando a las enfermeras con aún más respeto. Y eso, en los tiempos que corren, no es poca cosa.
Cómo pedalear en familia sin acabar a gritos (o casi)
Extraño río (Estrany riu) va de bicis, tiendas de campaña y silencios incómodos.
Lo que viene siendo unas vacaciones familiares… pero filmadas con sensibilidad indie y sin chistes de suegras.
El director.Jaume Claret Muxart firma una ópera prima de tono íntimo y mirada contenida.
Aquí demuestra pulso para observar sin subrayar y dejar que las cosas respiren.
Minimalismo bien entendido, sin postureo de manual.
Entro a Extraño río por la puerta grande de las nominaciones a los Goya (dirección novel, actor revelación) y me quedo por la honestidad.
También tiene un buen montón de nominaciones en la próxima edición de los Premios Gaudí, los décimo octavos, entre otros a mejor película y mejor nuevo director.
Se presentó en Venecia en la sección Orizzonti.
Una familia catalana se lanza a recorrer Alemania en bici, durmiendo donde pillan, mientras el hijo mayor —Jan Monther, 16 años— va descubriendo quién es, a quién mira y por qué ya no le apetece tanto ir de camping con papá y mamá.
La peli tiene ese aroma a cine de autor europeo que alterna postales preciosas con discusiones tontas (las más reales).
Hay tensiones, silencios, pequeñas explosiones y una aceptación familiar de la homosexualidad del chaval que se agradece por natural y nada discursiva.
¿Historia vista? Sí. ¿Bien contada? También. Y eso ya es media victoria.
No busca el drama grande ni el subrayado grueso. Prefiere observar cómo se rompe la infancia mientras pedalean. Y funciona. A ratos incluso emociona, que no es poco.
Cine pequeño, honesto, bien mirado. No te cambia la vida, pero te acompaña un buen rato. Y sin ampollas… o casi 🚲🎬
Hay actos que no duran nada y, aun así, dan mucho juego. La lectura de nominados a los Premios Goya 2026 fue uno de ellos.
Allí estuve, con mi padrino, en la Academia Carlos Taillefer, saludando a amigos, estrechando manos conocidas y confirmando una vez más que el cine español, cuando se pone serio, también sabe ser cordial. Todo correcto, todo educado, todo muy de “somos profesionales y nos queremos”.
En el escenario, Arturo Valls y Toni Acosta, visiblemente emocionados pero sin pasarse, leyendo nombres con ese tono de quien sabe que está repartiendo alegrías… y algún que otro cabreo doméstico. Estuvieron bien. Ágiles. Simpáticos. Nada que objetar.
Y luego llegó la lista.
Y ahí ya… empezamos a divertirnos.
🎬 Las películas: quién manda, quién acompaña y quién rellena
👑 Los domingos – 13 nominaciones
Aquí no hay debate posible.
Los domingos es la gran vencedora de la tarde, la niña bonita, la película que la Academia ha decidido abrazar con las dos manos y sin complejos.
Trece nominaciones no se consiguen por casualidad. Se consiguen cuando una película encaja perfectamente en el imaginario académico: cine serio, con vocación autoral, con reparto solvente, con temas importantes y con esa sensación de “esto es cine del bueno”.
Está en todo lo importante:
– Mejor película – Dirección – Guion – Actriz protagonista – Actor de reparto – Dos actrices de reparto – Y un buen puñado de categorías técnicas
Vamos, que si no gana algo gordo será casi noticia.
La Academia aquí no duda. Aquí apuesta fuerte.
🔥 Sirât – 11 nominaciones
Muy cerquita, pisándole los talones, aparece Sirât con once nominaciones.
Película menos complaciente, más incómoda, más de autor con mayúsculas.
Que esté tan arriba dice algo interesante: la Academia quiere parecer valiente, aunque luego ya veremos si lo es del todo la noche de la gala.
Está en película, dirección, guion, interpretación y técnicas.
No es la favorita, pero sí la alternativa respetable.
🌴 Maspalomas – 9 nominaciones
El comodín perfecto.
Esa película que gusta a muchos sin apasionar a casi nadie, pero que cae bien en todas las mesas.
Nueve nominaciones repartidas con cabeza:
– Película – Dirección – Actor protagonista – Actor de reparto – Guion – Apartado técnico sólido
No lidera, no revoluciona, pero está en todas las quinielas. Y eso, a veces, es suficiente para acabar subiendo al escenario.
🍽️ La cena – 8 nominaciones
Aquí la Academia ha reconocido el trabajo actoral y de texto.
Está bien que la Academia haya apostado por incluir una comedia entre lo mejor del año. Algo de risas hacía falta.
Ocho nominaciones bien colocadas, sin excesos, pero con respeto:
– Película – Dirección – Actor protagonista – Actriz de reparto – Guion – Varias técnicas
No parece destinada a arrasar, pero sí a dejar huella.
🎧 Sorda – 7 nominaciones
Una de las alegrías reales del listado.
Película más pequeña en apariencia, pero tratada con mimo.
La ganadora en el Festival de Málaga siempre acaba estando entre las nominadas, aunque sea un ópera prima.
Se cuela en:
Mejor Película
Mejor Dirección Novel – Eva Libertad
Mejor Guion Adaptado – Eva Libertad
Mejor Actor de Reparto – Álvaro Cervantes
Mejor Actriz de Reparto – Elena Irureta
Mejor Actriz Revelación – Miriam Garlo
Mejor Sonido – Urko Garai, Enrique G. Bermejo, Alejandro Castillo
Aquí la Academia ha hecho algo bien: dar visibilidad sin condescendencia.
🎭 Interpretaciones: luces, alegrías… y el elefante en la habitación
😀 Los hermanos Cervantes
Que Ángela Cervantes esté nominada a mejor actriz protagonista y Álvaro Cervantes a mejor actor de reparto es una noticia estupenda.
Dos carreras construidas sin ruido, sin hype artificial, a base de trabajo serio.
Aquí no hay discusión posible: merecidísimo.
🤨 Mario Casas
Mario Casas ha sido nominado a los Goya 2026 por su papel en la película Muy lejos, dirigida por Gerard Oms.
En esta película interpreta a Sergio, un personaje que atraviesa una crisis vital y acaba enfrentándose a sus propias incertidumbres lejos de su entorno habitual.
Y ahora sí.
Respiramos.
Lo decimos.
La nominación de Mario Casas como mejor actor protagonista provoca asombro, desconcierto y ese gesto de ceja levantada que todos hemos hecho alguna vez en el cine.
No es una cuestión personal.
Es una cuestión interpretativa.
Que esté nominado no lo convierte de repente en buen actor.
Lo convierte en nominado, que no es lo mismo.
Aquí la Academia ha optado claramente por el nombre popular, por el actor reconocible, por el “bueno, venga, metámoslo”. Y ya.
🎞️ Lectura general: una Academia muy reconocible
Estos Goya 2026 dejan claro que:
– Los domingos es la apuesta central
– Sirât es el gesto de autor
– Maspalomas y La cena son el consenso
– Sorda es la conciencia tranquila
– Y Mario Casas… es Mario Casas
Todo bastante previsible.
Todo bastante reconocible.
Y aun así, entretenido, que no es poca cosa.
📋 LISTA DE NOMINADOS – CATEGORÍAS PRINCIPALES
Mejor Película
La cena
Los domingos
Maspalomas
Sirât
Sorda
Mejor Dirección
Alauda Ruiz de Azúa – Los domingos
Oliver Laxe – Sirât
Aitor Arregi & Jose Mari Goenaga – Maspalomas
Carla Simón – Romería
Albert Serra – Tardes de soledad
Mejor Actor Protagonista
José Ramón Soroiz – Maspalomas
Mario Casas – Muy lejos
Alberto San Juan – La cena
Miguel Garcés – Los domingos
Manolo Solo – Una quinta portuguesa
Mejor Actriz Protagonista
Patricia López Arnaiz – Los domingos
Nora Navas – Mi amiga Eva
Susana Abaitua – Un fantasma en la batalla
Antonia Zegers – Los Tortuga
Ángela Cervantes – La furia
Mejor Actor de Reparto
Álvaro Cervantes – Sorda
Kandido Uranga – Maspalomas
Miguel Rellán – El cautivo
Juan Minujín – Los domingos
Tamar Novas – Rondallas
Mejor Actriz de Reparto
Nagore Aranburu – Los domingos
Elena Irureta – Los domingos
Elvira Mínguez – La cena
Miriam Gallego – Romería
María de Medeiros – Una quinta portuguesa
La lista completa para los muy cafeteros:
MEJOR PELÍCULA
La cena
Los domingos
Maspalomas
Sirât
Sorda
MEJOR DIRECCIÓN
Alauda Ruiz de Azúa, por Los domingos
Carla Simón, por Romería
Oliver Laxe, por Sirât
Jose Mari Goenaga y Aitor Arregi, por Maspalomas
Albert Serra, por Tardes de Soledad
MEJOR ACTRIZ PROTAGONISTA
Ángela Cervantes, por La furia
Patricia López Arnaiz, por Los Domingos
Antonia Zegers, por Los Tortuga
Nora Navas, por Mi amiga Eva
Susana Abaitua, por Un fantasma en la batalla
MEJOR ACTOR PROTAGONISTA
Alberto San Juan, por La cena
Miguel Garcés, por Los domingos
Jose Ramón Soroiz, por Maspalomas
Mario Casas, por Muy lejos
Manolo Solo, por Una quinta portuguesa
MEJOR ACTRIZ DE REPARTO
Elvira Mínguez, por La Cena
Nagore Aramburu, por Los domingos
Miryam Gallego, por Romería
Elena Irureta, por Sorda
María de Medeiros, por Una quinta portuguesa
MEJOR ACTOR DE REPARTO
Miguel Rellán, por El cautivo
Juan Minujín, por Los domingos
Kandido Uranga, por Maspalomas
Tamar Novas, por Rondallas
Álvaro Cervantes, por Sorda
MEJOR ACTRIZ REVELACIÓN
Nora Hernández, por La cena
Blanca Soroa, por Los domingos
Elvira Lara, por Los Tortuga
Llúcia García, por Romería
Miriam Garlo, por Sorda
MEJOR ACTOR REVELACIÓN
Antonio “Toni” Fernández Gabarre, por Ciudad sin sueño
Julio Peña, por El cautivo
Hugo Welzel, por Enemigos
Jan Monter Palau, por Estrany Riu
Mitch, por Romería
MEJOR DIRECCIÓN NOVEL
Ion de Sosa, por Balearic
Jaume Claret Muxart, por Estrany riu
Gemma Blasco, por La furia
Gerard Oms, por Muy lejos
Eva Libertad, por Sorda
MEJOR GUION ORIGINAL
Alauda Ruiz de Azúa, por Los domingos
José Mari Goenaga, por Maspalomas
Agustín Díaz Yanes, por Un fantasma en la batalla
Oliver Laxe y Santiago Fillol, por Sirât
Avelina Prat, por Una quinta portuguesa
MEJOR GUION ADAPTADO
Guillermo Galoe y Víctor Alonso-Berbel, por Ciudad sin sueño
Celia Rico Clavellino, por La buena letra
Joaquín Oristrell, Manuel Gómez Pereira y Yolanda García Serrano, por La cena
Carla Simón, por Romería
Eva Libertad, por Sorda
MEJOR MÚSICA ORIGINAL
Carlos F. Benedicto, por El talento
Iván Palomares de la Encina, por Leo & Lou
Julio de la Rosa, por Los Tigres
Aránzazu Calleja, por Maspalomas
Kangding Ray, por Sirât
MEJOR CANCIÓN ORIGINAL
“La Arepera”, de Paloma Peñarrubia Ruiz, por Caigan las rosas blancas
“Flores para Antonio”, de Alba Flores y Silvia Pérez Cruz, por Flores para Antonio
“Hasta que me quede sin voz”, de Leiva, por Hasta que me quede sin voz
“Y mientras tanto, canto”, de Víctor Manuel, por La cena
“Caminar el tiempo”, de Blanca Paloma Ramos, Jose Pablo Polo y Luis Ivars, por Parecido a un asesinato
Wilde: cuando ser brillante en público y libre en privado te sale carísimo (y no lo cubre el seguro).
Brian Gilbert dirige con bastante pulso y sin ponerse estupendo (que ya lo hace Wilde por todos).
Antes había firmado Vice Versa (1988), la polémica Not Without My Daughter (1991) y Tom & Viv (1994).
Después hizo The Gathering (2003).
No es un autor “de marca”, pero aquí le sale una peli muy fina y muy humana.
Esto no es el biopic de “nació, triunfó, cayó, Oscar a maquillaje”.
Wilde va a lo importante: el alma del personaje.
Y ahí Stephen Fry está sensacional, rotundo, con una verdad que te hace pensar que no está interpretando: está conviviendo con Oscar Wilde.
La peli te lo pinta ilusionado, ingenioso, provocador, capaz de hacer reír y fascinar… mientras su vida privada despierta una inquina social que da ganas de repartir collejas con guante victoriano.
El retrato funciona porque no lo convierte en estatua: es un intelectual y un artista que quiere vivir su sexualidad en libertad y defenderla, con lucidez y con miedo, con orgullo y con desgaste.
Y luego está el “entorno”, que es como para pedir cambio de reparto en la vida real.
Jude Law (como Lord Alfred Douglas, el famoso “Bosie”) resulta perfectamente detestable: niño rico caprichoso, manipulador, y encima con ese punto de “yo rompo cosas y tú pagas”.
Frente a eso, la peli coloca contrapuntos que elevan todo: Jennifer Ehle está magnífica como la esposa, y Vanessa Redgrave impone esa presencia suya de “he entrado en plano y ya me pertenece”.
Michael Sheen se nota ya el futuro de actor grande (aquí interpreta a Robbie Ross, el amigo leal).
Tom Wilkinson borda al Marqués de Queensberry (odioso con doctorado).
Lo de Orlando Bloom es la típica anécdota cinéfila deliciosa: aparece en un papel pequeño antes de ser Legolas en El Señor de los Anillos (pero aquí no hay elfos: hay hostias morales).
Una película magnífica, elegante sin ser cursi, emotiva sin chantaje, y con un punto “educativo” que hoy vendría bien recuperar: el recordatorio de que el talento no te salva de la hipocresía colectiva… pero al menos te deja frases mejores para responder.
La asistenta o “te limpio la casa y de paso el cerebro”
Paul Feig es un director muy reconocible, especialista en comedia comercial con brillo industrial.
En su currículum están La boda de mi mejor amiga, Cazafantasmas (2016), Un pequeño favor y Last Christmas.
Sabe manejar reparto y ritmo, pero rara vez se mete en charcos profundos.
Aquí no es la excepción: todo muy pulcro, muy medido… y muy vacío.
La gran baza de La asistenta es, sin discusión, el reparto. Encabezado por Sydney Sweeney, que viene con el aura de estrella generacional tras Euphoria, y por Amanda Seyfried, veterana ya del cine de guapas con oficio, que ejerce de contrapunto perfecto. Entre ambas sostienen el invento.
En el lado masculino aparecen Brandon Sklenar y Michele Morrone que no son más que comparsas en una trama que sostienen las mujeres.
La película es tramposa hasta decir basta: juega a intercambiar roles morales —los malos parecen buenos, los buenos parecen malos— para luego revelarnos que todo era mentira, que el guion nos ha llevado del ronzal como a una cabra.
El problema es que el truco es tan espurio, tan impostado y tan fuera de tono que no sorprende: chirría.
Está llena de giros absurdos, situaciones prácticamente increíbles y estupideces varias, pero todo envuelto en ese envoltorio confortable del telefilme de serie B para plataforma.
Cero provocación, cero riesgo. Cine para ver mientras miras el móvil y olvidar al día siguiente.
Y sí, Sydney Sweeney aprovecha su tirón para lucir cuerpo delante de la cámara —como si no hubiera otra cosa que ofrecer—, lo cual resulta tan evidente como triste.
Desolador que un producto tan rutinario funcione tan bien en taquilla. Pero ya sabemos: la asistenta limpia… y el público traga.
¿Carlos Boyero ha dicho algo? Que conste: no he encontrado comentario suyo sobre esta película. Igual la vio y decidió proteger su salud mental. No se lo reprocho.
El médico II o “cuando la peste no es la enfermedad sino la película”
Philipp Stölzl es un director alemán con querencia por el cine histórico-grandilocuente y la épica de cartón piedra.
En su filmografía destacan Cara Norte, Joven Goethe en el amor, El médico (sí, aquella…) y La piel fría.
Sabe mover la cámara, pero a veces se le olvida mover el alma del relato.
Aquí vuelve a tropezar en la misma piedra. La grande. La que ya conocemos.
Fue bochornoso ver cómo hace años este mismo director destrozaba la novela de Noah Gordon en El médico, y esta segunda parte insiste en el desastre con una perseverancia casi científica.
Todo suena falso: los personajes, las situaciones, los conflictos… Parece un cuento medieval mal contado, de esos que no engañan ni al juglar.
No te crees absolutamente a nadie. Ni al bueno, ni al malo, ni al que pasa por allí.
Y cuando llega la reina supermalvada —tan mala que roza el esperpento— la cosa ya entra en territorio involuntariamente cómico: más que villana, caricatura con corona.
La trama avanza a trompicones, forzada, impostada, sin pulso ni emoción.
No entretiene, no convence y no molesta… porque para eso tendría que provocar algo.
Un absoluto desastre, dicho con todo el cariño del mundo y ninguna misericordia.
¿Carlos Boyero ha dicho algo? Que yo sepa, no. Y casi mejor así. A veces el silencio también es crítica.
Diagnóstico final: pronóstico muy grave. Y esta vez no hay médico que lo cure. 🩺💀
Amanecer, o cómo casi matas a tu mujer y luego te arrepientes (mal)
Si existe el cine con mayúsculas, éste va en el primer párrafo del diccionario. Amanecer no es solo un clásico: es cine en estado puro, sin anestesia y con belleza a paladas.
F. W. Murnau, alemán, expresionista, genio y señor muy serio. Venía de firmar Nosferatu, El último y Fausto, y en Hollywood se marcó este milagro visual donde manda la cámara, la luz y el movimiento.
Cine de sombras, de atmósferas y de personajes diseñados casi como si fueran esculturas.
Aquí no hay plano porque sí. Todo suma. Todo pesa.
Amanecer es, probablemente, una de las grandes películas de la historia del cine. Y no es postureo cinéfilo: es verdad verdadera.
George O’Brien está descomunal, pasando de ogro inquietante a amante refinado con una transformación física que hoy se estudiaría en primero de Actor Studio.
Janet Gaynor es la bondad hecha persona: dulzura, inocencia y una mirada que te reconcilia con la humanidad.
Y Margaret Livingston, sofisticada y venenosa, es la tentación con tacones.
La película se divide clarísimamente en tres actos.
Primero, drama rural con aroma a thriller: tensión pura ante un asesinato que parece inevitable.
Segundo, comedia romántica luminosa, casi un baile continuo de amor recuperado, con humor y alegría inesperados.
Y tercero, tragedia: la naturaleza se enfada, el destino aprieta y el drama vuelve a llamar a la puerta con mala leche.
Visualmente es una locura: cámara en movimiento cuando nadie lo hacía, dobles exposiciones, decorados expresionistas y una fotografía que sigue siendo moderna casi cien años después. Murnau estaba jugando en otra liga.
Sobre Carlos Boyero, no es sospechoso de sentimentalismo barato, y aun así ha citado Amanecer en más de una ocasión como una de las cumbres absolutas del cine, de esas que te recuerdan por qué amas este arte.
Y encima, vista en pantalla grande, en la Asociación de Amigos del Cine de Azuqueca. Un lujo irrepetible. De esos que no se olvidan. Cine, cine y más cine. 🎬
Ocho mujeres cabreadas y el patriarcado que las hizo así.
Félix Sabroso vuelve a su terreno favorito: personajes al borde del ataque de nervios, humor negrísimo y tragedias que te hacen reír… y luego pensar “uy, esto era muy serio”.
Aquí no inventa la pólvora, pero la prende fuego con elegancia y mala leche.
Dirección segura, ritmo medido y un gusto por el exceso que ya es marca de la casa.
Félix Sabroso ha construido una filmografía marcada por la comedia negra, el exceso y personajes al límite.
En cine destacó con Perdona bonita, pero Lucas me quería a mí y Descongélate!, puro veneno pop noventero.
Luego afinó su mala leche con Los años desnudos (Clasificada S), mirando a la Transición con ironía y melancolía.
En televisión ha brillado con series corales y provocadoras, culminando ahora con Furia, su versión más afilada.
Lo que parece una comedia es en realidad una tragedia con tacones afilados.
Furia nos presenta a un grupo de mujeres muy distintas —en edad, clase y vida— unidas por una constante: la desgracia, casi siempre con nombre y barba.
La serie arranca contando historias separadas y acaba cruzándolas como si Robert Altman se hubiera ido de cañas con Pedro Almodóvar.
Todo es exceso, provocación y mala uva bien canalizada: dramas gordos tratados en clave de comedia que acaban siendo dolorosamente cómicos.
El reparto es un auténtico aquelarre de talento: Candela Peña, Carmen Machi, Cecilia Roth, Nathalie Poza, Pilar Castro, Ana Torrent, Claudia Salas, Claudia Roset, Mima Riera… imposible elegir sin pelearse con uno mismo.
Mención aparte para Marilú Marini, maravillosa en ese registro dramático-cómico que te hace reír y, al segundo, tragar saliva.
Entre los hombres, pocos santos: Alberto San Juan está enorme (sorpresa: ninguna), Pedro Casablanc cumple con solvencia y Pepón Nieto se lo pasa pipa haciendo de malo, rompiendo su histórico carné de “buen chico del cine español”.
Furia es una de las apuestas más potentes del año porque mezcla humor, mala leche y actuaciones descomunales sin pedir perdón.
¿Qué dijo Carlos Boyero? Aquí soy honesto: no me consta ningún comentario suyo específico sobre la serie. Si lo hay, aún no ha llegado a mis oídos (ni a mis enfados habituales).
¿Por qué verla? Por las actrices, por el humor negro y porque, entre risa y risa, te clava una verdad incómoda. Y eso siempre escuece… pero engancha. 😏