

Cutrecomentario de Ramón:
Cuando el dolor cae del cielo y se queda a vivir en el campo
El director sudafricano Teboho Edkins lleva años moviéndose entre el documental observacional y las películas que exploran las heridas invisibles de las comunidades rurales africanas.
En su filmografía destacan trabajos como The Wound, Days of Cannibalism o Sorcery, Mayhem & Crystal Balls, piezas donde mezcla lo íntimo, lo político y lo antropológico sin necesidad de ponerse estupendo con voz en off de documental de La 2 a las tres de la mañana.
En An Open Field vuelve a ese territorio emocional donde el cine sirve más para intentar entender una pérdida que para resolverla. Y ya se sabe: el duelo no entiende de finales felices ni de manuales de autoayuda con tacitas de Mr. Wonderful.
El mediometraje ha pasado por diversos festivales especializados en cine documental y no precisamente por casualidad. La propuesta tiene esa mezcla de verdad emocional y mirada respetuosa que suele gustar en certámenes donde todavía se valora el cine que no parece un anuncio de perfume.
En el Festival de Cine Africano Tarifa-Tánger encaja perfectamente dentro de esa línea de cine africano íntimo, humano y pegado a la tierra.
Y claro, aquí no hay thriller, ni giros sorpresa, ni un Jason Statham pilotando el avión accidentado mientras reparte puñetazos. Lo que hay es algo bastante más duro: un padre y un hijo —el propio director— intentando rememorar la muerte del otro hijo y hermano en un accidente aéreo. Así, sin anestesia emocional. Visitando el lugar donde el avión se estrelló y quedó reducido a chatarra y recuerdos imposibles de ordenar.
Lo interesante del documental es que no convierte el dolor en espectáculo lacrimógeno de televisión de sobremesa. Más bien lo contempla. Lo acompaña. Lo deja respirar.
Los habitantes de la zona conmemoran cada año aquella tragedia y esa ceremonia colectiva acaba funcionando como una especie de abrazo silencioso hacia las víctimas y hacia quienes siguen vivos intentando entender cómo demonios se continúa adelante después de algo así.
La película tiene momentos de una sencillez devastadora. Gente caminando por un terreno abierto, hablando poco, mirando mucho. Porque hay duelos que no se pueden explicar con discursos grandilocuentes ni con frases de taza de desayuno. A veces solo queda volver al lugar donde todo ocurrió y aceptar que las cicatrices también forman parte del paisaje.
Y ahí aparece el gran hallazgo del mediometraje: cómo transforma un espacio físico en un espacio emocional. Ese campo abierto del título acaba siendo una especie de cementerio sin lápidas, un lugar donde el recuerdo sigue flotando en el aire como si el accidente hubiese ocurrido ayer mismo.
No es una película fácil ni especialmente complaciente. Tampoco pretende serlo. Pero tiene una honestidad emocional muy poco habitual en tiempos donde hasta el sufrimiento parece editado para TikTok. Aquí el dolor es lento, incómodo y profundamente humano. Y precisamente por eso funciona.
Mi puntuación: 7,55/10.

Ficha: En este enlace.
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Muchos besos y muchas gracias.
¡Nos vemos en el cine!

Chistes y críticas en holasoyramon.com
Crítico de Cine de El Heraldo del Henares
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