

Cutrecomentario de Ramón:
Dos viejos, dos bancos y una charla que dura más que la trilogía de El Señor de los Anillos
Juan José Campanella juega en otra liga dentro del cine argentino.
Ganador del Óscar por El secreto de sus ojos, ha firmado títulos tan notables como El hijo de la novia, Luna de Avellaneda, Vientos de agua o Metegol.
Además, buena parte de su mejor cine ha contado con la presencia de Eduardo Blanco, uno de sus actores fetiche.
En Parque Lezama vuelve a reunirse con él para adaptar al cine una exitosa obra teatral que ya protagonizaban los mismos intérpretes.
Cutrecomentario
La receta parecía infalible.
Un director enorme como Juan José Campanella.
Dos actores extraordinarios como Eduardo Blanco y Luis Brandoni.
Y una obra teatral que había funcionado estupendamente sobre los escenarios argentinos.
¿Qué podía salir mal?
Pues que una obra de teatro siga pareciendo una obra de teatro cuando la conviertes en película.
Porque eso es exactamente lo que ocurre en Parque Lezama.
La historia transcurre casi íntegramente entre dos bancos de un parque y un puñado de personajes secundarios que aparecen de forma esporádica para recordar que existe vida más allá de los protagonistas. Y no pasa nada. De hecho, hay películas maravillosas construidas sobre premisas mínimas. El problema es que aquí la cámara parece estar muchas veces de vacaciones.
La gran fortaleza de la película son sus intérpretes.
Luis Brandoni interpreta a un fabulador profesional, un embaucador simpático, un cuentista de categoría olímpica capaz de reinventarse cada cinco minutos y de presentarse como quien haga falta según la ocasión. Es un personaje lleno de matices y con bastante gracia.
Frente a él aparece Eduardo Blanco, que vuelve a demostrar por qué es uno de los actores más fiables del cine argentino. Su personaje es casi la víctima perfecta de todas esas historias, un hombre mucho más débil, más vulnerable y más fácil de manipular.
La química entre ambos funciona.
Y mucho.
De hecho, funciona tan bien que sostiene prácticamente toda la película.
El problema es que la película les exige hacerlo absolutamente todo.
Porque la imagen queda relegada a un papel secundario. El cine se convierte en un mero acompañamiento visual para una sucesión casi interminable de diálogos. Y ahí es donde empiezan los problemas.
Hay espectadores que disfrutan viendo a dos personajes hablar durante hora y media. Yo no estoy entre ellos.
Llega un momento en que la película resulta agotadora. No porque los diálogos sean malos. No lo son. Ni porque los actores fallen. Tampoco. El problema es la acumulación. Conversación tras conversación, anécdota tras anécdota, reflexión tras reflexión.
Y el parque empieza a parecer más grande que Siberia.
Es una de esas películas que se admiran más de lo que se disfrutan.
Uno reconoce la calidad de la dirección, la categoría de los actores y la inteligencia del texto. Pero al mismo tiempo mira el reloj con cierta frecuencia y empieza a sospechar que el banco donde están sentados los protagonistas lleva más minutos en pantalla que algunos secundarios de Ben-Hur.
Al final queda la sensación de haber asistido a una representación teatral muy bien interpretada, pero no necesariamente a una película que aproveche las posibilidades del cine.
Tiene momentos entrañables.
Tiene interpretaciones magníficas.
Tiene oficio por todas partes.
Pero también tiene bastante de losa.
Y por mucho que Campanella, Brandoni y Blanco empujen juntos, no siempre consiguen levantarla.
Mi puntuación: 4,57/10.

Dirigido por Juan José Campanella:

Ficha: En este enlace.
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Muchos besos y muchas gracias.
¡Nos vemos en el cine!

Chistes y críticas en holasoyramon.com
Crítico de Cine de El Heraldo del Henares
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