

Cutrecomentario de Ramón:
Tarzán era un culturista y Jane le robaba la película
W.S. Van Dyke fue uno de los grandes artesanos de la Metro-Goldwyn-Mayer.
Director rápido, eficaz y todoterreno, firmó películas tan importantes como Trader Horn, La cena de los acusados, San Francisco o María Antonieta.
Nunca fue un autor al estilo de Ford o Hitchcock, pero sabía contar historias con un ritmo endiablado y un enorme sentido del espectáculo.
Con Tarzán de los monos creó, además, la imagen definitiva del personaje para varias generaciones.
Cutrecomentario
Recuerdo haber visto esta película siendo un crío, en aquella televisión cuadrada en blanco y negro que presidía el salón de la casa de la calle Predicadores número 66, donde pasé prácticamente toda mi infancia.
La recordaba con muchísimo cariño.
Los elefantes arrasando el poblado, Tarzán peleándose con los leones… esas eran las imágenes que habían sobrevivido en mi memoria.
Lo curioso es que al revisarla, ya instalado oficialmente en eso que llaman tercera edad —que traducido al castellano significa que uno ya va siendo un anciano—, descubro que la verdadera protagonista de la película no es Tarzán, sino Jane Parker.
Y ahí aparece una Maureen O’Sullivan absolutamente esplendorosa.
Su personaje resulta fascinante precisamente porque está lleno de contradicciones.
Es una mujer decidida, viaja a África sin achantarse, sabe manejar un rifle y demuestra iniciativa… pero al mismo tiempo pasa media película gritando como si le pagaran por decibelios.
Tan pronto transmite valentía como desespera con ese aire de damisela permanentemente aterrorizada. Y, aun así, tiene un encanto irresistible.
Además, es ella quien toma realmente la iniciativa sentimental. Porque, seamos sinceros, Johnny Weissmuller está como un queso. Es un salvaje integral, apenas articula cuatro palabras, pero el físico ayuda bastante a la hora de enamorar a Jane.
Visualmente la película sigue teniendo mucho mérito. Se mezclan imágenes documentales rodadas en África con transparencias y trucajes que hoy resultan ingenuos, pero también bastante ingeniosos. Lo que en 1932 debió parecer un prodigio técnico sigue conservando un encanto artesanal difícil de imitar.
Y luego están las peleas de Weissmuller con leones, leopardos y demás fauna africana. Probablemente muchas estén aceleradas o montadas con todo tipo de recursos, pero el resultado sigue funcionando sorprendentemente bien. Da esa sensación de un Hollywood salvaje, donde todavía parecía que cualquier locura era posible delante de una cámara.
Eso sí, también hay que verla con el contexto histórico muy presente. La película rezuma supremacismo y racismo por los cuatro costados.
Los indígenas africanos aparecen retratados como personajes torpes, miedosos y caricaturescos, y la representación de otra tribu resulta todavía más llamativa. En un momento se habla de pigmeos, para acabar mostrando personas con acondroplasia caracterizadas como africanos. Vista hoy, esa representación resulta directamente incómoda.
Pero, haciendo el esfuerzo de contextualizarla y de separar la película de unos valores que hoy serían completamente inaceptables, sigue siendo un entretenimiento muy eficaz.
Conserva el aroma de las aventuras clásicas y esa capacidad que tienen algunos títulos de transportarte automáticamente a la infancia.
Y sí, lo confieso. Maureen O’Sullivan me vuelve a conquistar. Ya sé que su personaje es chillón, ya sé que resulta un poco ñoño por momentos… pero qué queréis que os diga. Me parece absolutamente encantadora.
Maureen, te adoro.
Mi puntuación: 7,55/10.

Dirigido por W.S. Van Dyke:

Ficha: En este enlace.
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Curiosidades de Tarzán de los monos (1932)
Aunque durante décadas muchos espectadores pensaron que los elefantes de la película eran africanos, en realidad eran elefantes asiáticos, mucho más fáciles de adiestrar. Para disfrazarlos les colocaron grandes orejas postizas y colmillos falsos, intentando que parecieran auténticos paquidermos africanos. En las secuelas abandonaron incluso ese truco, convencidos de que nadie apreciaría la diferencia.
Otro de los grandes misterios del cine clásico siempre ha sido el famoso grito de Tarzán. Durante años se dijo que había sido creado mezclando distintos sonidos en el estudio, pero tanto Maureen O’Sullivan como Johnny Weissmuller defendieron siempre que el alarido era completamente suyo. De hecho, Weissmuller llegó a reproducirlo en televisión, en el programa The Mike Douglas Show, para zanjar la discusión.
La producción dejó también una anécdota de lo más curiosa: varios de los monos utilizados durante el rodaje escaparon y acabaron estableciendo una población salvaje en la zona de Silver Springs, en Florida, donde sus descendientes siguieron viviendo durante décadas.
La película nació casi por casualidad.
MGM tenía una enorme cantidad de imágenes rodadas en África que habían sobrado de Trader Horn (1931), también dirigida por W.S. Van Dyke.
En un primer momento el estudio pensó unir a Trader Horn con Tarzán en una misma aventura, pero finalmente optó por dedicar toda la película al hombre mono, reutilizando buena parte de aquel valioso material documental.

Muchos besos y muchas gracias.
¡Nos vemos en el cine!

Chistes y críticas en holasoyramon.com
Crítico de Cine de El Heraldo del Henares
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