La odisea – The Odyssey – 2026 – Christopher Nolan – #YoVoyAlCine

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Náufrago en Ítaca: veinte años para descubrir que siempre se puede volver a casa… y encontrarla llena de okupas

 

Christopher Nolan, el cineasta que no conoce la palabra pequeño

 

Christopher Nolan comenzó rodando cortometrajes prácticamente artesanales: Tarantella (1989), Larceny (1996) y Doodlebug (1997). En ellos ya aparecían algunas de sus obsesiones: la identidad, la percepción de la realidad, el tiempo y unos personajes bastante peor de la cabeza de lo que ellos mismos sospechan.

 

Su primer largometraje fue Following (1998), un thriller realizado con poquísimo dinero, rodado los fines de semana y construido mediante una narración fragmentada.

 

Con Memento (2000) alcanzó el reconocimiento internacional contando la historia prácticamente al revés.

El truco podía parecer una exhibición de virtuosismo, pero funcionaba porque la forma reproducía la desorientación mental del protagonista.

 

Después llegó Insomnio (2002), remake de la película noruega homónima, con Al Pacino, Robin Williams y Hilary Swank.

Fue su primera gran producción de estudio y la demostración de que podía manejar estrellas, presupuesto y atmósferas sin perder personalidad.

 

Con Batman Begins (2005) resucitó al personaje de Batman después de que Joel Schumacher lo hubiera dejado cinematográficamente listo para ingresar en la UCI.

Nolan convirtió al superhéroe en protagonista de un drama oscuro sobre el miedo, la culpa y la corrupción.

 

Entre medias dirigió El truco final (El prestigio) (2006), duelo de magos, egos y obsesiones con Christian Bale y Hugh Jackman.

Una película que funciona como uno de los números de ilusionismo que describe: preparación, giro y prestigio final.

 

Con El caballero oscuro (2008) llevó el cine de superhéroes hasta los territorios del thriller criminal y regaló a Heath Ledger un Joker inolvidable.

 

Nolan cerró la trilogía con El caballero oscuro: La leyenda renace (2012), más grandilocuente y algo menos redonda, pero igualmente ambiciosa.

 

Antes había dirigido Origen (2010), una película de atracos dentro de los sueños que consiguió convertir varias capas de realidad, unas peonzas y un tutorial de arquitectura mental en un enorme éxito comercial.

 

En Interstellar (2014) mezcló agujeros negros, relatividad, viajes espaciales y melodrama familiar.

Incluso quienes no entendimos del todo las explicaciones científicas comprendimos perfectamente que Matthew McConaughey tenía que llorar mucho dentro de una nave.

 

En 2015 rodó el cortometraje documental Quay, dedicado a los hermanos animadores Stephen y Timothy Quay.

 

Después llegó Dunkerque (2017), donde volvió a jugar con varias escalas temporales para contar una derrota militar convertida en operación de supervivencia colectiva.

 

Tenet (2020) llevó su pasión por manipular el tiempo hasta el punto de que buena parte del público salió del cine convencida de haber visto algo extraordinario, aunque incapaz de explicar qué demonios acababa de ocurrir.

 

Con Oppenheimer (2023) alcanzó la consagración definitiva.

Transformó la biografía de un físico en un thriller de tres horas y obtuvo siete premios Óscar, incluidos los de mejor película y mejor dirección.

Fueron los dos primeros Óscar competitivos de Christopher Nolan, que hasta entonces había acumulado candidaturas sin llevarse la estatuilla.

 

Y ahora se embarca en La odisea (2026), su decimotercer largometraje.

Una superproducción de unos 250 millones de dólares basada en el poema épico de Homero, el texto fundacional al que, en cierto modo, llevan conduciendo todas sus películas anteriores: tiempo alterado, montaje fragmentado, culpa, identidad, memoria y un protagonista que intenta regresar a un hogar que tal vez ya no exista.

 

 

Los pasajeros habituales de la nave de Nolan

 

Para esta travesía, Christopher Nolan ha vuelto a llamar a unos cuantos intérpretes conocidos de su cine.

 

Matt Damon, aquí convertido en Odiseo, ya había participado en Interstellar y Oppenheimer.

 

Anne Hathaway, que interpreta a Penélope, estuvo en El caballero oscuro: La leyenda renace e Interstellar.

 

Robert Pattinson, ahora Antínoo, protagonizó Tenet, mientras que Elliot Page formó parte del equipo de Origen.

 

También repiten Benny Safdie, visto en Oppenheimer; Himesh Patel, procedente de Tenet; Bill Irwin, la voz y referencia física del robot TARS en Interstellar; y Josh Stewart, presente en El caballero oscuro: La leyenda renace.

 

Por el contrario, Tom Holland, Zendaya, Lupita Nyong’o, Charlize Theron, John Leguizamo, Jon Bernthal, Mia Goth y Samantha Morton se incorporan por primera vez al universo de Nolan.

 

Aquí no hay reparto: hay una concentración de estrellas que podría verse desde el Olimpo.

 

Tras el triunfo de Oppenheimer, Nolan se perfila nuevamente como uno de los nombres importantes de la próxima temporada de premios.

Es demasiado pronto para hablar de nominaciones concretas, pero la campaña ya apunta alto y la película reúne interpretación, fotografía, montaje, música, diseño de producción y dirección suficientes para poner a trabajar horas extras a los académicos.

 

 

Cutrecomentario

 

Quien entre en La odisea esperando una alegre película de aventuras, con monstruos, espadazos y un héroe enseñando abdominales al atardecer, puede llevarse una sorpresa.

 

Esta no es tanto la historia de una hazaña como la crónica de un fracaso.

 

La película habla de la derrota, del dolor, de la culpa y de las penalidades.

 

Habla de un hombre que ganó una guerra, pero quedó destruido por la manera de ganarla.

 

Odiseo, interpretado por Matt Damon, lleva sobre los hombros el peso de haber ideado el caballo de Troya y de ser uno de los responsables de la matanza ocurrida dentro de la ciudad.

 

La Guerra de Troya tampoco aparece presentada como una romántica expedición destinada a rescatar a Helena.

Bajo la leyenda amorosa asoman intereses políticos, económicos y estratégicos: controlar Troya significaba dominar rutas comerciales decisivas.

Vamos, que detrás del amor más célebre de la Antigüedad también había geopolítica.

Nada nuevo bajo el sol ni bajo Donald Trump.

 

Odiseo pasa veinte años lejos de Ítaca: diez combatiendo en Troya y otros diez intentando regresar.

 

El supuesto triunfador comienza el viaje acompañado por sus hombres y lo termina completamente solo.

 

Cada etapa supone una pérdida, cada decisión abre una nueva herida y cada encuentro parece confirmar que los dioses lo han tomado como entretenimiento para las tardes aburridas del Olimpo.

 

Nolan organiza el relato alrededor de tres personajes: Odiseo, Penélope y Telémaco.

 

El montaje de Jennifer Lame alterna sus respectivos puntos de vista y consigue mantener el interés durante sus 173 minutos, evitando que el viaje quede reducido a una simple sucesión de episodios mitológicos.

 

Tom Holland interpreta a Telémaco, atrapado entre la esperanza y la incertidumbre.

No sabe si su padre continúa vivo, desea ocupar el lugar que cree corresponderle como rey y, al mismo tiempo, no puede hacerlo mientras Penélope siga esperando el regreso de su marido.

 

Anne Hathaway compone una Penélope firme, inteligente y sufriente, cercada por unos pretendientes que observan Ítaca como quien contempla un piso vacío en el centro de Madrid.

Ella constituye el principal obstáculo para quienes desean repartirse el reino y mantiene viva una fidelidad que puede parecer esperanza, obstinación o ambas cosas al mismo tiempo.

 

Mientras tanto, Odiseo atraviesa un Mediterráneo que no tiene absolutamente nada de folleto turístico.

No hay crucero, pulserita ni bufé libre.

Es un mar violento, imprevisible y hostil, que va devorando barcos, compañeros y cualquier resto de optimismo.

 

La película recoge los grandes episodios del poema de Homero, aunque los reorganiza, condensa y adapta con libertad.

Conviene recordar que La odisea no es una novela, sino un poema épico compuesto probablemente entre los siglos VIII y VII antes de Cristo.

Nolan conserva su estructura quebrada, llena de relatos dentro de otros relatos y de saltos temporales.

Al director debió de hacerle tanta ilusión encontrar una narración no lineal escrita hace unos 2.700 años que seguramente pensó que Homero era de los suyos.

 

Zendaya (siempre maravillosa) interpreta a Atenea, protectora de Odiseo y voz divina que lo orienta, lo aconseja y, en ocasiones, parece surgir de su propia conciencia.

Su presencia traduce muy bien esa relación de los héroes griegos con unos dioses que hablan, intervienen y manejan a los mortales como fichas sobre un tablero.

 

Charlize Theron encarna a Calipso, la ninfa que retiene a Odiseo durante siete años en la isla de Ogigia y pretende convertirlo en su compañero inmortal.

No es exactamente su “segunda esposa”, aunque la relación funciona como una familia impuesta, sostenida mediante la seducción, el aislamiento y, en la versión de Nolan, una voluntad progresivamente anulada.

Más que un refugio amoroso, Ogigia termina siendo una prisión con unas vistas estupendas.

 

Especialmente poderosa resulta la manera en que la película presenta la soledad final de Odiseo.

Ha perdido a todos sus hombres, ha fracasado como jefe y ya no conserva nada del orgulloso guerrero que salió de Troya.

 

Su regreso no representa el desfile victorioso de un héroe, sino la lenta reconstrucción de un ser humano despedazado.

 

Solo después de perderlo todo puede Odiseo renacer.

 

La parte final adquiere así una dimensión catártica.

 

El regreso a Ítaca no borra el sufrimiento ni convierte retrospectivamente sus derrotas en victorias.

Lo obliga a enfrentarse a las consecuencias de su ausencia, al paso del tiempo y a un hogar ocupado por quienes ya lo daban por muerto.

 

Matt Damon ofrece una interpretación física, fatigada y dolorosa.

Su Odiseo no es un héroe de mármol, sino un hombre envejecido por la guerra, el mar y la culpa.

 

Anne Hathaway aporta contención y dignidad, mientras Tom Holland transmite bien la impaciencia de un hijo que ha crecido bajo la sombra de un padre convertido en leyenda.

 

Técnicamente, la película es descomunal.

 

La fotografía de Hoyte van Hoytema convierte el mar, los paisajes y los cuerpos en elementos narrativos.

 

La música de Ludwig Göransson se integra con las imágenes sin limitarse a subrayarlas, y el montaje de Jennifer Lame enlaza los tres ejes del relato con una precisión extraordinaria.

 

La odisea es, además, la primera película de ficción rodada íntegramente con cámaras de película IMAX.

Se utilizó negativo de 65 mm, destinado a copias de exhibición IMAX de 70 mm, y se consumieron más de 600 kilómetros de celuloide.

El voluminoso equipo podía alcanzar unos 136 kilos y obligaba a rodar en fragmentos de alrededor de tres minutos antes de cambiar la carga. 

 

El resultado posee una definición, una profundidad y una escala impresionantes.

 

El pequeño inconveniente es que prácticamente ninguna sala española puede proyectarla en IMAX 70 mm fotoquímico y con la relación de aspecto original.

 

Nolan fabrica un Rolls-Royce visual y luego buena parte del planeta tiene que conducirlo por una carretera comarcal.

 

Su perfeccionismo es admirable, aunque también tenga algo de empresa faraónica concebida para muy pocos templos.

 

La película ha comenzado con enorme fuerza comercial: recaudó alrededor de 264 millones de dólares en todo el mundo durante su primer fin de semana, frente a un presupuesto estimado de 250 millones.

No parece, por tanto, que Odiseo vaya a naufragar en taquilla. 

 

Las valoraciones iniciales también son excelentes.

En el momento de redactar este comentario mantiene un 8,5 en IMDb —una nota siempre provisional— y las críticas la sitúan entre los trabajos más ambiciosos de Nolan. 

 

El crítico José Luis Alarcón, colaborador de Radio Marca, comentó en un grupo de WhatsApp que había visto una auténtica obra maestra.

Mi primera reacción fue pensar: “Josecico, te has venido arriba”.

Pero, después de darle vueltas, resulta difícil negar que la película reúne casi todos los ingredientes necesarios: grandes interpretaciones, una fotografía extraordinaria, música perfectamente ensamblada, montaje excepcional y una concepción visual de enorme potencia.

 

Eso no significa que sea una película para todos los públicos.

Quien espere una aventura heroica puede encontrarse con una obra áspera, dolorosa y sombría.

Aquí hay monstruos, dioses y grandes escenarios, pero su verdadero argumento es el sufrimiento de un hombre que contempla cómo su mundo se descompone.

 

Nolan no ensalza al héroe: lo desnuda, lo castiga y lo obliga a regresar convertido en otra persona.

 

La odisea habla de la caída de un imperio, de la brutalidad escondida detrás de las leyendas y del precio que pagan quienes regresan de una guerra creyendo que han vencido.

 

Es espectacular, pero no complaciente; monumental, pero profundamente triste.

 

¿Una obra maestra? Tal vez convenga dejar que repose un poco, como los buenos vinos y algunos traumatismos craneoencefálicos. Pero, si no lo es, se queda peligrosamente cerca.

 

Mi puntuación: 9,87/10.

 

 

 

Dirigido por Christopher Nolan:

 

Ficha: En este enlace.

 

 

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Muchos besos y muchas gracias.

¡Nos vemos en el cine!

 

 

 

 

Chistes y críticas en holasoyramon.com

Crítico de Cine de El Heraldo del Henares

 

 

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