
Autolesiones en la adolescencia: una mirada profunda a un problema silencioso
Las autolesiones en adolescentes son un fenómeno clínico y social que, con frecuencia, se interpreta mal.
No son una “fase tonta” ni simplemente “buscar atención”.
Tampoco son siempre lo mismo que una tentativa de suicidio (aunque pueden coexistir).
Detrás de cada corte, quemadura, golpe intencionado o lesión autoinfligida hay una historia de angustia, emoción intolerable y una dificultad real para encontrar otras formas de manejar el dolor emocional.
El concepto: no es un “capricho”, es un síntoma
Cuando hablamos de autolesión no suicida (ANS) nos referimos a conductas en las que una persona se hace daño deliberadamente sin intención de morir.
Es decir: corta la piel, se quema, se golpea con fuerza, se da cabezazos contra la pared o se lastima de otra forma, pero no busca morir.
El objetivo suele ser otro: bajar tensión emocional, calmar una sensación abrumadora, expulsar algo insoportable que está dentro.
Este fenómeno aparece con mayor frecuencia en la adolescencia y, en menor medida, en adultos jóvenes.
Lo que distingue a la ANS de una tentativa de suicidio es precisamente la intención.
En el caso de una tentativa suicida, el objetivo es acabar con la propia vida.
En la ANS, la persona busca alivio de una emoción insoportable, aunque el método sea peligroso.
Sin embargo, esta distinción clínica no significa que la autolesión sea inofensiva: repetida, intensa o sin apoyo terapéutico, puede evolucionar hacia riesgos mayores, incluida la aspiración suicida con el tiempo.
¿Por qué aparece en la adolescencia?
La adolescencia es una etapa profundamente transformadora: el cerebro cambia, las emociones se intensifican, el cuerpo se modifica y el mundo social —amigos, identidad, presión escolar— pesa muchísimo.
La clave aquí no es que “todos pasen por eso”, sino que el cerebro adolescente todavía está aprendiendo a regular emociones complejas.
La corteza prefrontal, que ayuda a planificar, evaluar consecuencias y controlar impulsos, no termina de madurar hasta los veintipico.
Mientras tanto, el sistema límbico —las emociones— va a toda máquina.
En ese contexto, un adolescente que no ha aprendido estrategias adaptativas para manejar ansiedad, tristeza intensa, frustración, vergüenza o vacío puede experimentar momentos en los que el malestar es tan intenso que la única salida disponible parece ser causar dolor físico para silenciar el tormento interno.
Esa lógica puede sonar rara desde fuera, pero clínicamente tiene sentido: el dolor físico, aunque sea autoinfligido, activa circuitos neurobiológicos que reducen momentáneamente la activación emocional extrema.
Es como si el cerebro dijera: “si la mente duele demasiado, que duela el cuerpo y, por lo menos, esto se puede manejar”.
A corto plazo puede “funcionar” para algunos, aunque a largo plazo no resuelve las causas profundas.
No es solo “una moda”: incidencia real, datos y tendencias
Medir la frecuencia exacta de autolesiones es complicado porque, como muchas conductas de salud mental, esconde en silencio.
Muchas personas no lo cuentan y no todos los casos llegan a consulta.
Aun así, existen estudios epidemiológicos que ofrecen aproximaciones fiables.
Revisiones internacionales sugieren que alrededor del 15–20% de adolescentes han practicado autolesiones no suicidas al menos una vez durante la adolescencia.
En algunos trabajos comunitarios se mencionan cifras cercanas al 25%, dependiendo de cómo se pregunta y del grupo de edad evaluado.
En los últimos años, diversos datos —incluidos informes clínicos y encuestas de salud mental — han mostrado un aumento en la frecuencia de consultas por autolesiones, especialmente entre adolescentes femeninas de 13 a 16 años.
Un análisis publicado en revistas pediátricas de gran impacto mostró que, en varios países, las consultas por autolesión se duplicaron en menos de una década en ciertos grupos adolescentes.
Esto no significa que “la mitad de los adolescentes se corten”, sino que más adolescentes están recurriendo a este tipo de conducta, o más familias y profesionales los están detectando y solicitando ayuda.
En España, los datos del estudio HBSC (una encuesta internacional que monitorea la salud y el bienestar de adolescentes) han mostrado un aumento del malestar emocional persistente en adolescentes en los últimos años, especialmente entre chicas de 15–17 años.
Ese incremento de malestar es un contexto relevante: más ansiedad, más presión escolar, más comparación social, más redes digitales —todo ello crea un caldo de cultivo donde es más difícil aprender otras estrategias de afrontamiento.
Más allá del estigma: entender lo que hay detrás
Una de las cosas que más dificulta abordar este tema es que hay estigma alrededor del dolor emocional.
Culturalmente no estamos muy entrenados para hablar de emociones complejas o intensas.
Decimos “no pasa nada”, “tienes que ser fuerte”, “otros tienen problemas de verdad”… y con eso sólo empujamos a los adolescentes a intentar resolver lo que sienten por su cuenta.
Las autolesiones —como muchas conductas de riesgo— suelen estar relacionadas con experiencias emocionales abrumadoras, tensión interna insostenible o traumas no resueltos. No aparecen “porque sí”.
La literatura clínica ha identificado varias causas que muchas veces concurren:
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Regulación emocional deficiente: dificultad para manejar angustia, frustración o rabia sin que se disparen.
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Historia de maltrato, abuso o negligencia: experiencias tempranas que rompen la sensación de seguridad interior.
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Ansiedad intensa y/o depresión no tratada: que hace que el malestar sea crónico o recurrente.
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Entornos familiares con alta crítica, invalidación emocional o comunicación deficiente: donde no se aprende a poner palabras a lo que se siente.
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Presión social y escolar elevadas, donde el rendimiento y la comparación se vuelven omnipresentes.
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Redes sociales y grupos: pueden actuar como espejo emocional, amplificando comparaciones, contenidos normalizadores de autolesión o “formas de expresarse” que no ayudan.
Todo esto no “causa” autolesión por sí solo, pero sí actúa como conjunto de factores de riesgo que aumentan la probabilidad de que un adolescente busque alivio de maneras dañinas.
Escondido, silencioso… y difícil de detectar
Una de las razones por las que las autolesiones pueden pasar desapercibidas es que muchas veces no dejan huellas evidentes, o bien se camuflan bajo explicaciones aceptables (“me tropecé”, “me corté cocinando”, “esa marca siempre ha estado ahí”).
También puede haber un esfuerzo deliberado por ocultar las lesiones por miedo al juicio o a las consecuencias.
Por eso, los profesionales insisten en que la detección no debe basarse solo en signos físicos.
Cambios de comportamiento —aislamiento social, bajón académico, irritabilidad persistente, abandono de actividades que antes se disfrutaban— pueden ser señales importantes cuando se acompañan de otros indicios.
¿Qué hacer cuando ocurre?
Primero: no minimizar
Decirle a alguien “no es para tanto, no lo vuelvas a hacer” suele cerrar la puerta al diálogo.
La autolesión no es una búsqueda de atención superficial; es una estrategia de supervivencia mal adaptada, y se necesita más que una reprimenda para cambiar eso.
Segundo: buscar ayuda profesional
La evaluación por parte de un profesional de salud mental especializado —psicólogo clínico o psiquiatra infanto-juvenil— es vital.
Un enfoque clínico bien hecho no consiste en “evitar que se corte”, sino en entender su función en la vida emocional del adolescente, desarrollar herramientas alternativas de regulación emocional, y abordar los factores subyacentes (ansiedad, depresión, trauma, etc.).
Entre los tratamientos con mayor evidencia para autolesión no suicida en adolescentes están:
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Terapias que enseñan habilidades para manejar emociones intensas, especialmente las que incorporan técnicas de aceptación, tolerancia al malestar y regulación afectiva.
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Intervenciones que implican a la familia, porque mejorar la comunicación y reducir la invalidación emocional en casa suele ser un factor clave.
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Programas terapéuticos estructurados como la terapia dialéctico-conductual adaptada a adolescentes (DBT-A), que han mostrado eficacia en algunos estudios clínicos.
Si hay otros diagnósticos coexistentes —ansiedad, depresión, TDAH o trastornos de la alimentación— tratarlos de manera integral también suele ayudar a disminuir la frecuencia de autolesiones.
Tercero: apoyos cotidianos
Un entorno familiar que valida emociones (“entiendo que te sientas así”) sin reforzar conductas perjudiciales, y que acompaña sin juzgar, puede marcar una gran diferencia.
No se trata de consentir la autolesión, sino de generar un espacio seguro para hablar sobre lo que duele y buscar alternativas juntos.
¿Autolesión = intención de suicidio?
No necesariamente, pero tampoco es imposible que coexistan.
La autolesión no suicida y la conducta suicida pueden estar relacionadas en el tiempo: cuanto más frecuentes y graves son las autolesiones, mayor es el riesgo de que surjan pensamientos suicidas.
Por eso, cualquier evaluación clínica responsable incluye una valoración clara de ideación suicida, planes, acceso a medios y señales de alarma, además de la conducta autolesiva.
Un problema de salud pública silencioso
Aunque muchas veces se presenta como un caso individual, las autolesiones en adolescentes son un problema de salud pública.
Las tendencias recientes muestran un número creciente de consultas, y sistemas sanitarios en varios países han desarrollado guías de manejo de autolesión precisamente porque no se trata de conductas raras o infrecuentes.
Las guías más recientes —incluida la Guía NICE sobre autolesión y su prevención (Reino Unido, 2022)— insisten en varios puntos:
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La autolesión tiene múltiples funciones psicológicas, no siempre evidentes.
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Evaluación integral de factores psicológicos, sociales y de riesgo es imprescindible.
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Intervención temprana y apoyo continuado reducen la recurrencia y mejoran el pronóstico.
En España, dentro de los servicios de salud, también hay protocolos clínicos que recomiendan manejo especializado en atención primaria y salud mental infanto-juvenil para adolescentes con autolesión, integrando evaluación, intervención y seguimiento.
Reflexión final
Hablar de autolesiones sin sensacionalismo no quiere decir minimizar la gravedad. Al contrario: significa comprender que detrás de cada gesto hay dolor, y que ese dolor puede encontrarse, nombrarse, entenderse y tratarse científicamente.
Como sociedad, necesitamos menos tabú y más respuestas basadas en evidencia, empatía y acompañamiento.
Referencias científicas y recursos
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NICE Guideline NG225: Self-harm: assessment, management and preventing recurrence (2022). Available at nice.org.uk.
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Estudio de tendencias de autolesión en atención sanitaria en adolescentes — The Lancet Child & Adolescent Health (publicación reciente).
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Estudio HBSC — Ministerio de Sanidad, España (2022).
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Revisiones sobre tratamientos con evidencia en adolescentes con autolesión no suicida (Bases de datos PMC / PubMed).
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Recursos de apoyo en España: Línea 024 (Ministerio de Sanidad), ANAR (900 20 20 10 y 116 111), Teléfono de la Esperanza (717 003 717).
(Artículo redactado, según mis indicaciones, por IA y posteriormente corregido y modificado por holasoyramon)
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Crítico de Cine de El Heraldo del Henares
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