
Crónica final del 29 Festival de Málaga (2026) – #29FestivalMálaga – @festivalmalaga
Gema Santamaría (crítica de cine y colaboradora de Nueva Alcarria).
El Festival de Málaga nació en 1998 con el objetivo de impulsar y dar visibilidad al cine español. Su primera edición estuvo dirigida por Fernando Méndez-Leite, y desde el principio el certamen se celebró en marzo en distintos espacios de la ciudad, con el Teatro Cervantes como sede emblemática. Durante sus primeros años el festival se centró exclusivamente en el cine español, convirtiéndose rápidamente en un escaparate fundamental para la industria nacional y consolidando la Biznaga de Oro como su principal galardón.
A lo largo de su historia el festival ha tenido muy pocos directores, algo que refleja una notable estabilidad en su gestión. Fernando Méndez-Leite estuvo al frente entre 1998 y 2004, sentando las bases del certamen. En 2004 tomó el relevo Salomón Castiel, que dirigió el festival hasta 2011 y contribuyó a ampliar su proyección mediática y su peso dentro de la industria cinematográfica. Tras su salida, la dirección pasó brevemente a Carmelo Romero, que ocupó el cargo entre 2011 y 2012 en una etapa de transición.
Desde 2012 el director del festival es Juan Antonio Vigar, responsable de la etapa más larga y de una importante expansión del certamen. Bajo su mandato el Festival de Málaga ha ampliado su programación y, en 2017, dio un paso decisivo al abrir oficialmente su sección oficial al cine iberoamericano, reforzando así su dimensión internacional.
Hoy el Festival de Málaga es uno de los encuentros cinematográficos más importantes de España, un punto de reunión para cineastas, críticos y profesionales del sector, y también un excelente termómetro para medir el estado del cine español… todo ello con el Mediterráneo de fondo, alfombra roja y muchas conversaciones cinéfilas que se alargan más de lo previsto.
Cuando Málaga descubrió que el cine español también podía cantar y arrasar en taquilla
La presentación de El otro lado de la cama en el Festival de Málaga de 2002 supuso uno de los momentos más recordados de la historia del certamen. La película, dirigida por Emilio Martínez-Lázaro, participó en la sección oficial y se llevó un buen botín: la Biznaga de Oro a la mejor película, el premio a la mejor dirección y también el premio del público.
El impacto fue considerable porque el festival todavía era joven —apenas celebraba su quinta edición— y el triunfo de esta comedia musical ayudó a consolidar su prestigio dentro del panorama del cine español. La película conectó de manera inmediata con el público gracias a su mezcla de comedia romántica, enredos sentimentales y versiones de canciones míticas del pop español.
Además, el éxito en Málaga fue el preludio de un fenómeno comercial: tras su paso por el festival, El otro lado de la cama se convirtió en una de las películas españolas más taquilleras de 2002. Aquella noche quedó claro que el Festival de Málaga podía ser mucho más que un escaparate para el cine español: también podía ser el trampolín de auténticos éxitos populares.
Málaga 2026
El Festival de Málaga tiene algo especial que no se percibe del todo hasta que se vive desde dentro. Después de haber pasado el año anterior por dos gigantes del circuito europeo como San Sebastián y Sevilla, el aterrizaje en Málaga supuso descubrir un certamen con personalidad propia, con códigos muy particulares y con una cercanía difícil de encontrar en otros festivales.
Aquí el cine se vive casi a ras de suelo. Directores, actores, técnicos y periodistas comparten espacios, cafés y conversaciones con una naturalidad que convierte al festival en una experiencia muy humana. Esa cercanía también se percibe en la organización. Cada mañana, tras el pase de prensa de las ocho y media, se celebra una rueda de prensa en la que participa gran parte del equipo de la película proyectada.
Estas ruedas de prensa tienen además un moderador muy particular: Fernando Méndez-Leite, actual presidente de la Academia de Cine y figura histórica vinculada al festival desde sus inicios. Su presencia aporta siempre un tono cordial y casi familiar. Con su humor tranquilo y sus pequeños chascarrillos, convierte estos encuentros en conversaciones relajadas más que en comparecencias solemnes.
El ritmo del festival está muy bien medido. Tras la rueda de prensa matinal llega el pase de las 14:30, también acompañado de su correspondiente encuentro con el equipo artístico. Y por la tarde el festival se despliega con dos o tres proyecciones más, muchas de ellas de cine latinoamericano.
No es casualidad. El Festival de Málaga siempre ha reivindicado su identidad como escaparate del cine en español —denominación que incluso formó parte de su nombre durante algunos años—. Hoy esa idea se ha matizado un poco, pero el espíritu sigue siendo el mismo: reunir cinematografías que comparten lengua, historia o sensibilidad cultural.
La Biznaga de Oro continúa siendo el gran símbolo del certamen, que distingue tanto a la mejor película española como a la mejor producción latinoamericana. Un reconocimiento que sitúa a Málaga como uno de los puntos clave del calendario cinematográfico en lengua española.
Málaga, una ciudad hecha para pasear el cine
También la ciudad juega su papel. Málaga es luminosa, amable y muy fácil de recorrer. El centro histórico está lleno de calles peatonales siempre animadas, con turistas, estudiantes de cine, periodistas y equipos de rodaje mezclándose sin demasiadas barreras.
Los Cines Albéniz, epicentro de los pases de prensa, están situados en un lugar privilegiado: junto al Teatro Romano, a los pies de la Alcazaba y a apenas unos pasos del puerto y del Muelle 1. A pocos minutos también aparece la playa de La Malagueta, recordando que aquí el cine convive con el mar.
Todo queda cerca: las salas, los hoteles, los restaurantes donde comer entre película y película. Esa escala humana contribuye a crear una atmósfera de festival muy agradable, donde es fácil encontrarse con conocidos o iniciar nuevas conversaciones cinéfilas.
El inevitable equilibrio entre industria y cine de autor
El festival cuenta con el patrocinio de grandes grupos audiovisuales como Antena 3 y Televisión Española, algo que inevitablemente condiciona parte de su programación. Ese apoyo garantiza músculo económico, pero también introduce algunas producciones claramente orientadas al gran público.
Es el pequeño peaje que paga el festival para sostener su estructura. En la clausura, por ejemplo, se proyectó La familia Benetón +2, dirigida por Joaquín Mazón, una comedia claramente diseñada para el gran público. Probablemente tendrá buen recorrido comercial, aunque su presencia en un festival siempre genera cierto debate entre los espectadores más exigentes.
Aun así, la edición ha sido muy variada, con títulos de enorme interés. Como suele ocurrir, el palmarés no siempre refleja la diversidad real del festival. Este año, además, muchos premios se concentraron en pocas películas, algo que dejó fuera a trabajos muy estimables.
Un recorrido por las películas del festival
La inauguración llegó con Calle Málaga, de Maryam Touzani, protagonizada por Carmen Maura. Ambientada en Tánger, la película ofrecía una comedia elegante y muy entretenida que llegaba además con el respaldo de haber triunfado en el circuito internacional.
Entre los títulos españoles destacó Altas capacidades, dirigida por Víctor García León, con Marian Álvarez e Israel Elejalde, una sátira social sobre las aspiraciones de ascenso social de una familia que intenta abrirse paso a través de su hijo.
Muy celebrada fue Corredora, de Laura García Alonso, un retrato intenso sobre la enfermedad mental y los traumas infantiles que empujan a su protagonista a buscar refugio en la competición deportiva.
Desde Chile llegó Hangar Rojo, de Juan Pablo Sallato, un relato ambientado en las horas previas al golpe de Estado de Augusto Pinochet, con una interpretación muy sólida de Nicolás Zárate, premiado como mejor actor.
Otra propuesta interesante fue Día de caza, de Pedro Aguilera, protagonizada por Carmen Machi, Rossy de Palma, Blanca Portillo y Zoe Arnao, que mezclaba ecos de La escopeta nacional y La caza en un relato sobre una reunión entre amigas que termina revelando tensiones ocultas.
Solos, dirigida por Guillermo Ríos Bordón, reunió a Kira Miró, Carlos Santos, Salva Reina y Elia Galera en un drama de cámara muy teatral sobre un encuentro entre amigos que acaba derivando en un conflicto emocional.
En Nueve lunas, de Patricia Ortega, el festival abordó el embarazo de un hombre trans. La presencia de Jorge Sanz, María León y Kití Mamber aportaba solidez a una propuesta irregular pero interesante.
Desde Cuba llegó Neurótica anónima, dirigida por Jorge Perugorría, una comedia muy cinéfila y llena de imaginación que retrata con ironía la vida cultural cubana.
Una de las propuestas más comentadas fue Mi querida señorita, de Fernando González Molina, producida por Los Javis, reinterpretación contemporánea del clásico Mi querida señorita (1972) de Jaime de Armiñán, protagonizado por José Luis López Vázquez y Julieta Serrano. Ésta producción habla, básicamente, de identidad. De buscar quién eres cuando todo el mundo parece tener una opinión sobre lo que deberías ser. Y también de algo más simple: de intentar ser feliz aunque no tengas ni idea de cómo hacerlo.
En televisión destacó la miniserie Por cien millones, dirigida por Oriol Capel, que recrea el famoso secuestro del futbolista Quini en 1981. Muy divertida.
La programación también incluyó títulos como Viaje al país de los blancos, de Dani Sancho, inspirada en la historia real del activista Ousman Umar, o Laponia, de David Serrano, una comedia de cámara con Natalia Verbeke, Julián López y Ángela Cervantes sobre el choque cultural entre españoles y nórdicos.
Entre los dramas más duros destacó Mil pedazos, de Sergio Castro San Martín, una historia familiar devastadora que deja al espectador emocionalmente exhausto.
Mala Bestia, de Bárbara Farré, sorprendió por su atmósfera inquietante en torno a una adolescente criada en un internado, mientras Iván & Hadoum, de Ian de la Rosa, exploró la relación entre un joven trans y una chica marroquí en el entorno agrícola de Almería.
Más ligera fue A una isla de ti, de Alexis Morante, ambientada en Gran Canaria, mientras que Yo no moriré de amor, de Marta Matute, terminó siendo una de las grandes triunfadoras del festival con su historia sobre la demencia y el impacto que tiene en toda la familia.
En clave cinéfila brilló Pizza Movies, de Carlo Padial, con Berto Romero y Judith Martín, una divertida reflexión sobre la crisis del periodismo cultural y el amor por el cine.
Entre los documentales destacó el mediometraje El inventor del cine invisible, de Manuel Jiménez Núñez, dedicado al periodista malagueño Guillermo Jiménez Esmerdou.
También recibieron una gran acogida La buena hija, de Julia de Paz, con Julián Villagrán, Janet Novás y Petra Martínez, o la producción peruana El corazón del lobo, del veterano Francisco J. Lombardi.
En la sección latinoamericana sobresalieron Ángeles, de Paula Markovitch, y El jardín que soñamos, de Joaquín del Paso, que terminó llevándose la Biznaga de Oro.
Entre las comedias destacó Cada día nace un listo, de Arantxa Echevarría, con Hugo Silva, Susi Sánchez y Diego Anido, mientras que el drama carcelario La mujer de la fila, de Benjamín Ávila, ofreció una mirada conmovedora a las madres que esperan frente a las cárceles.
La televisión también tuvo su espacio con la serie Cochinas, creada por Carlos del Hoyo, protagonizada por Malena Alterio, una comedia delirante sobre un videoclub que intenta sobrevivir ampliando su catálogo de cine para adultos.
Un festival que deja huella
Cuando se hace balance de todos estos días aparece una sensación curiosa: durante el festival uno apenas es consciente de la cantidad de cine que está viendo. Solo al mirar atrás se percibe la dimensión real del recorrido.
El Festival de Málaga vuelve a demostrar que es un lugar de encuentro privilegiado para el cine en español. Un festival cercano, vital y profundamente humano, donde el cine se vive no solo en la pantalla, sino también en las conversaciones, en las ruedas de prensa, en los cafés compartidos y en las caminatas entre sala y sala.
Al final, más allá de premios o palmarés, eso es lo que permanece. Y eso es, probablemente, lo que hace que muchos quieran volver cada año.
Gema Santamaría (crítica de cine y colaboradora de Nueva Alcarria).
Crónicas de Festivales de Gema Santamaría
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Muchos besos y muchas gracias.
¡Nos vemos en el cine!

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Crítico de Cine de El Heraldo del Henares
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