

Cutrecomentario de Ramón:
Amarga Navidad o “Almodóvar en bucle… pero qué bucle”
Hablar de Pedro Almodóvar a estas alturas es como discutir si el gazpacho lleva pepino: no hay consenso, pero hay tradición.
El manchego lleva cuatro décadas haciendo cine con firma propia, desde ¿Qué he hecho yo para merecer esto!! hasta Dolor y gloria, pasando por Mujeres al borde de un ataque de nervios, Todo sobre mi madre o Hable con ella.
Dos Óscar en la vitrina y un estilo tan reconocible que podría dirigir un anuncio de yogures y sabrías que es suyo.
Cutrecomentario
Amarga Navidad llega precedida de lo de siempre: expectación alta, promoción cuidada y ese aura de “evento cultural” que acompaña cada estreno de Almodóvar.
No es solo una película, es casi una cita obligada.
Warner la ha lanzado con músculo, distribución amplia (más de 300 salas) y con el respaldo de El Deseo y Movistar+ en la recámara para su vida posterior.
¿El resultado? Un arranque bastante digno: alrededor de 700.000 euros en su primer fin de semana, superando incluso a algunos títulos recientes del director como Madres paralelas.
Eso sí, tampoco nos volvamos locos: mientras tanto, Santiago Segura iba arrasando con Torrente como si esto fuera un combate desigual entre cine de autor y bocadillo de calamares.
La peli, por cierto, no es menor en ambición. Tiene presupuesto de unos 11,6 millones, reparto potente (Bárbara Lennie, Leonardo Sbaraglia, Aitana Sánchez-Gijón, Carmen Machi…) y una historia que mezcla duelo, ansiedad y creación artística con ese rollo de “película dentro de la película” que ya huele a testamento creativo.
Y aquí viene lo importante.
Si alguien esperaba una revolución… que siga esperando.
Amarga Navidad es, otra vez, puro Almodóvar.
Melodrama de alta gama, mujeres emocionalmente al borde del colapso (pero con vestuario impecable), traumas, memoria, identidad… y ese puntito de autoficción que ya no es un recurso: es una religión.
La estructura, además, se complica un poco más de lo habitual: cine dentro del cine, personajes que parecen reflejos de otros personajes, y la sensación constante de que el director está hablando de sí mismo… pero con filtros.
Vamos, que si te despistas cinco minutos, igual no sabes si estás viendo la peli o el making of emocional del propio Almodóvar.
Visualmente, ni una queja: colores saturados, encuadres de exposición y una puesta en escena que sigue siendo marca de la casa.
El problema (para algunos) es que la emoción no siempre acompaña al envoltorio.
De hecho, la crítica ha estado bastante dividida: desde quien la ve como una obra madura y reflexiva… hasta quien, como Carlos Boyero, directamente dice que “ver llover es más entretenido”.
Y claro, ahí está el dilema eterno con Almodóvar:
¿está repitiéndose… o está perfeccionando su fórmula?
Porque sí, puede que ya hayas visto esta película varias veces. Pero también es verdad que pocos directores consiguen que sigamos yendo a ver la misma historia con distinto vestido durante décadas.
En resumen:
no hay sorpresa, pero hay oficio.
no hay reinvención, pero hay identidad.
Y a estas alturas, igual eso vale más que cualquier giro de guion.
Pero ojo, porque aquí viene el matiz importante. Amarga Navidad es una película técnicamente impecable.
Pedro Almodóvar dirige con precisión quirúrgica: cada segundo, cada gesto, cada mirada está medida como si alguien hubiera pasado un calibrador emocional por el metraje. Y eso se nota. Vaya si se nota.
Puede parecer impostada, sí. Artificial incluso. Pero precisamente ahí está parte de su encanto: ese gusto por lo artificioso que Almodóvar lleva reivindicando toda la vida. Aquí no se busca la naturalidad, se busca la construcción, el artificio como forma de verdad. Y funciona.
Además, la película esconde una reflexión bastante potente sobre la creación artística. Sobre ese momento casi mágico —y bastante cabrón cuando no llega— en el que aparece la inspiración. Porque puedes tirarte meses trabajando en un guion, sudando tinta, creyendo que estás haciendo algo grande… y de repente darte cuenta de que no hay alma. Y luego, un día cualquiera, llega la chispa y todo cobra sentido. De eso va también esta película.
Y no se queda ahí. Almodóvar se mete en un terreno delicado: ¿hasta qué punto un autor puede apropiarse de la realidad?
Y más aún, cuando esa realidad es íntima, confidencial, casi sagrada.
¿Dónde está el límite entre inspirarse y traicionar?
La película no da respuestas cerradas, pero deja la pregunta flotando… que ya es bastante.
A todo esto se suma ese juego de capas: la ficción que vemos y la ficción que se está creando dentro de la propia película.
Ese director al que da vida Leonardo Sbaraglia, que huele claramente a alter ego del propio Almodóvar, y que funciona como espejo y confesión a la vez.
En cuanto a interpretaciones, nivel alto: Aitana Sánchez-Gijón está estupenda, Bárbara Lennie muy sólida y Milena Smit, que no siempre convence, aquí está francamente bien. Se nota la mano del director en cada uno de ellos, en cómo respiran los personajes.
Eso sí, que nadie espere cierre fácil.
Almodóvar deja la historia abierta, como queriendo enseñar las costuras del propio guion, como diciendo: “esto no va de cerrar, va de mostrar cómo se construye”. Y esa decisión puede desesperar a algunos… o fascinar a otros.
Una película formalmente impecable, emocionalmente medida y con más capas de las que parece a simple vista.
Una película, en el fondo, muy Almodóvar. Para bien… y para lo otro también.
Mi puntuación: 8,87/10.

Dirigido por Pedro Almodóvar:

Ficha: En este enlace.
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Muchos besos y muchas gracias.
¡Nos vemos en el cine!

Chistes y críticas en holasoyramon.com
Crítico de Cine de El Heraldo del Henares
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