

Cutrecomentario de Ramón:
“Más Prada, más drama… y más puñaladas con tacón de aguja”
El director David Frankel no es precisamente un recién llegado. Ya dirigió la primera El diablo viste de Prada, así que aquí juega en casa.
También ha firmado cosas como Marley y yo o Un lugar para soñar, siempre moviéndose en ese terreno de cine comercial bien empaquetado, elegante y con actores luciéndose.
No es un revolucionario, pero sabe contar historias y, sobre todo, sabe sacar partido a sus intérpretes. Y aquí, claro, con este reparto, lo tenía medio hecho.
En cuanto a premios y nominaciones, esta segunda entrega no ha tenido recorrido destacable (al menos de momento). Ni Oscars ni Globos ni nada que se le parezca. Vamos, que no ha venido a hacer historia… sino caja y conversación, que tampoco está mal.
Y ahora sí, al desfile.
Confesión rápida: memoria selectiva. De la primera entrega, vista hace ya veinte años, quedan cuatro flashes mal contados. Pero tampoco pasa nada. Esta El diablo viste de Prada 2 se deja ver perfectamente sin hacer examen previo. Y oye… sorpresa agradable.
La película entra como un guante caro: bien montada, ágil, entretenida y, para qué negarlo, bastante emotiva. Y además, con chicha. Porque aquí no solo se habla de modelitos y egos XXL, sino de cosas bastante más jugosas: la crisis del periodismo, el imperio de los likes, las redes sociales convertidas en oráculo supremo y esa idea deprimente de que la calidad importa menos que los numeritos. Vamos, que cualquiera que haya renegado de las redes (hola) se siente bastante identificado.
También mete mano al mundo de la moda: cómo ha pasado de ser un club elitista a un parque temático para todos los públicos. ¿Democratización? Sí. ¿Riesgo de caer en el chabacanismo? También. Y esa tensión está bastante bien planteada.
Y luego está el espectáculo. Ver a Meryl Streep, Anne Hathaway y Emily Blunt desfilando con esos modelazos es un placer culpable de manual. No hace falta saber de moda: si algo es bonito, entra solo. Puro disfrute visual, como cuando uno veía Sexo en Nueva York y se quedaba embobado sin tener ni idea de marcas.
El tema empresarial también tiene mala leche: aquí lo importante no es la marca, ni el prestigio… es el rendimiento económico. Y punto. Capitalismo sin anestesia, envuelto en seda.
Entre las actrices no hay ni rastro de esa sororidad tan de moda. Aquí lo que hay es rivalidad fina, tensión elegante y una relación casi simbiótica: no se soportan del todo, pero se necesitan. Y eso está muy bien visto, porque no todas las relaciones humanas tienen que acabar en abrazos.
Stanley Tucci aporta ese punto de calma dentro del huracán. Siempre agradecido.
Justin Theroux (no, no es francés, aunque el apellido despiste) se marca un personaje pasado de vueltas, de rico insoportable, que funciona justo porque no tiene filtro.
Kenneth Branagh, en pequeño papel, cumple con elegancia.
Y ojo a Lady Gaga, que aparece y hace lo que suele hacer: comerse la pantalla sin pedir permiso. Poderío máximo.
Mención especial para Simone Ashley, muy sólida, y para Lucy Liu, que en poco tiempo deja huella.
Una película que entra sola, que entretiene, que tiene más fondo del que parece y que, sin cambiarle la vida a nadie, consigue algo cada vez más difícil: que pases un rato estupendo.
Y oye, si además sales del cine con ganas de comprarte una americana que no necesitas… misión cumplida. 🎬
Mi puntuación: 8,78/10.

Dirigido por David Frankel:

Ficha: En este enlace.
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Muchos besos y muchas gracias.
¡Nos vemos en el cine!

Chistes y críticas en holasoyramon.com
Crítico de Cine de El Heraldo del Henares
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