Harakiri – Seppuku (Harakiri) – 1962 – Masaki Kobayashi – Asociación Amigos del Cine de Azuqueca de Henares (ACAZ)

 

 

 

 

 

 

 

Cutrecomentario de Ramón:

 

El samurái en paro que convirtió una visita protocolaria en la peor reunión de recursos humanos de la historia

 

Hablar de Harakiri es hablar de una de esas películas que aparecen siempre en las listas de “las mejores de la historia” y que, milagrosamente, sí merecen estar ahí.

 

Porque hay clásicos que envejecen como el vino… y otros que envejecen como una ensaladilla olvidada en agosto. Esta no. Esta sigue cortando como una katana recién afilada.

 

Detrás de la criatura estaba Masaki Kobayashi, uno de los grandes nombres del cine japonés y probablemente uno de los directores más incómodos para el poder y las tradiciones militaristas de Japón.

 

Su cine siempre tuvo un punto profundamente humanista y crítico.

 

Entre sus obras más importantes están La condición humana, monumental trilogía antibelicista, Kwaidan, uno de los grandes clásicos del terror japonés, y El más allá.

 

En Harakiri demuestra una capacidad prodigiosa para manejar el suspense, el drama social y la tragedia familiar sin perder nunca la elegancia visual.

 

Y ojo, porque lo hace prácticamente con gente hablando sentada en tatamis durante buena parte del metraje. Que eso hoy lo intentas y te sale una serie de sobremesa de Antena 3.

 

La película ganó el Premio Especial del Jurado en el Festival de Cannes de 1963 y está considerada una de las obras maestras absolutas del cine japonés.

 

Con el tiempo su prestigio no ha hecho más que crecer y suele aparecer entre las películas mejor valoradas de la historia en rankings internacionales y páginas especializadas. Y sí, por una vez el hype está justificado.

 

Porque lo fascinante de Harakiri es que empieza casi como una ceremonia burocrática y acaba convirtiéndose en una historia devastadora de pobreza, humillación y venganza.

 

La película se sitúa en el Japón feudal del siglo XVII, tras las guerras entre clanes. Y aquí aparece una idea muy curiosa: la paz trae ruina económica.

 

Miles de samuráis y mercenarios se quedan sin señor al que servir y pasan a ser ronin, es decir, guerreros sin trabajo. El equivalente feudal a LinkedIn lleno de “abierto a nuevas oportunidades”, pero con katana.

 

Nuestro protagonista, Tsugumo Hanshirō —interpretado de manera absolutamente monumental por Tatsuya Nakadai— llega a la residencia del clan Ii solicitando permiso para realizar allí el seppuku ritual. Pero claro, poco a poco uno entiende que aquel hombre no ha venido exactamente a suicidarse y marcharse discretamente. Ha venido a ajustar cuentas.

 

La película mezcla drama social, tragedia familiar, cine de espadachines y relato de venganza con una naturalidad impresionante.

 

Lo que empieza siendo una historia sobre el honor termina siendo una demolición absoluta de la hipocresía del código samurái.

 

Porque aquí Kobayashi viene a decir que muchas veces el honor es simplemente una palabra elegante utilizada por los poderosos para aplastar a los desesperados.

 

Y todo está contado con una calma hipnótica. La tensión crece poco a poco, casi sin que uno se dé cuenta.

 

Cada flashback añade una nueva capa de dolor y rabia.

 

Y mientras tanto la película despliega una fotografía en blanco y negro sencillamente espectacular. Hay planos que parecen cuadros. Imágenes potentísimas visualmente: las armaduras vacías, los pasillos silenciosos, los rituales, las miradas contenidas… Todo tiene un peso tremendo.

 

Además, cuando llega la violencia, no se siente como espectáculo vacío. Se siente amarga. Dolorosa. Trágica. Como si cada golpe fuera también un ajuste de cuentas moral.

 

Y luego está ese final. Ese final demoledor donde la película termina de clavar el cuchillo en la idea romántica del samurái heroico. Porque Harakiri no es una glorificación del código de honor. Es casi una autopsia.

 

Una película enorme. Bellísima. Durísima.

 

De esas que hacen que uno termine pensando que igual el cine moderno debería dejar de gastar 300 millones en explosiones digitales y volver a confiar un poco más en un buen guion, un gran actor y una habitación llena de silencios incómodos.

 

Mi puntuación: 7,86/10.

 

 

 

Dirigido por Masaki Kobayashi:

 

Ficha: En este enlace.

 

 

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Muchos besos y muchas gracias.

¡Nos vemos en el cine!

 

 

 

Chistes y críticas en holasoyramon.com

Crítico de Cine de El Heraldo del Henares

 

 

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