Desayuno con diamantes – Breakfast at Tiffany’s – 1961 – Blake Edwards – Asociación Amigos del Cine de Azuqueca de Henares (ACAZ)

 

 

 

 

 

 

 

 

Cutrecomentario de Ramón:

 

 

Audrey Hepburn desayunó frente a Tiffany’s y el cine decidió perdonárselo todo

 

Blake Edwards dirigió en 1961 Desayuno con diamantes, adaptación bastante libre de la novela corta de Truman Capote.

 

Una de esas películas que han pasado a la historia no tanto por lo que cuentan, sino por la imagen que dejaron clavada en la retina colectiva: Audrey Hepburn, vestida de negro, con gafas oscuras, moño imposible, collar de perlas y un desayuno humilde frente al escaparate más glamuroso de Nueva York.

 

Ahí está el milagro.

 

Porque Desayuno con diamantes es una película mucho más problemática de lo que su envoltorio elegante quiere hacernos creer.

 

Tiene encanto, tiene música, tiene momentos memorables, tiene a Audrey Hepburn en estado de gracia y tiene esa pátina dorada del Hollywood clásico que todo lo embellece, incluso lo que quizá no debería embellecer tanto.

 

Pero vista hoy, con cierta distancia, la película cruje más que una silla barata en una cena de gala.

 

La gran salvación de la película se llama Audrey Hepburn. Sin ella, esto habría envejecido todavía peor. Ella convierte a Holly Golightly en un icono, pero también en algo más complejo que el simple maniquí sofisticado que muchas veces se recuerda.

 

Holly es alocada, imprevisible, caótica, caprichosa, un poco errática y bastante rota por dentro.

 

La película va dejando caer, casi como quien no quiere la cosa, que detrás de esa fachada de fiestas, vestidos, joyas y ricachones hay una vida tristísima.

 

Holly tuvo una infancia miserable junto a su hermano pequeño, Fred, con hambre, abandono y robos de comida incluidos.

 

Después acabó casándose siendo prácticamente una niña con Doc Golightly, un hombre mayor, viudo y con varios hijos.

 

Vamos, un panorama sentimental que no es precisamente Sonrisas y lágrimas, sino más bien “sálvese quien pueda y que alguien cierre la puerta del granero”.

 

Luego Holly llega a Nueva York e intenta reinventarse. Quiere ser libre, quiere ser elegante, quiere ser rica, quiere vivir sin pertenecer a nadie. Pero la realidad es bastante menos glamurosa: vive sacando dinero a hombres adinerados, ejerciendo como señorita de compañía, amante ocasional o prostituta encubierta bajo capas de sofisticación hollywoodiense.

 

Y ahí entra uno de los grandes problemas de la película.

 

Blake Edwards idealiza muchísimo ese mundo. Lo perfuma, lo ilumina, lo viste de Givenchy y le pone música de Henry Mancini para que todo parezca más bonito.

 

La prostitución aquí aparece como una especie de juego social entre adultos elegantes, una transacción casi simpática, un intercambio con copas, fiestas y apartamentos de diseño.

 

No hay explotación, no hay sordidez, no hay miedo, no hay desgaste real. Hollywood pasando lejía por la alfombra, como tantas veces.

 

Eso lo hemos visto después en otras películas, siendo el ejemplo más evidente Pretty Woman, donde Julia Roberts también convertía la prostitución en cuento de hadas con tarjeta de crédito y final de revista del corazón.

 

El cine norteamericano ha tenido siempre una habilidad extraordinaria para blanquear ciertas realidades.

 

Te coge una situación durísima, le pone una actriz maravillosa, un vestido precioso, dos canciones inolvidables y, hala, ya tenemos romanticismo. Como si la vida fuera una boutique con buena iluminación.

 

En Desayuno con diamantes pasa algo parecido.

 

Holly es una mujer sin red. No tiene dinero, no tiene familia estable, no tiene futuro claro y vive de hombres que la desean o la compran de una forma más o menos elegante.

 

Pero la película prefiere presentarla como una criatura encantadora, libre y excéntrica. Y lo consigue porque Audrey Hepburn era una actriz milagrosa.

 

Podía interpretar a una princesa, a una florista, a una monja, a una chica perdida o a una mujer que sobrevive como puede, y siempre encontraba la forma de hacerla luminosa.

 

Aquí le da a Holly elegancia, frescura, alegría, ligereza y una fragilidad que asoma cuando menos se espera. Holly puede parecer una cabeza loca, pero Audrey Hepburn deja ver constantemente que esa alegría es una coraza. Una forma de no hundirse. Una manera de mirar escaparates porque mirar la propia vida debe de dar bastante más miedo.

 

La otra gran salvación de la película es la música de Henry Mancini.

 

Su banda sonora es sencillamente maravillosa. Y Moon River, con letra de Johnny Mercer, es una de esas canciones que ya no pertenecen solo a una película, sino a la memoria sentimental del cine. La canción ganó el Oscar a la mejor canción original y Henry Mancini ganó también el Oscar a la mejor banda sonora. Merecidísimos ambos. La música consigue darle a la película una melancolía que el guion a veces no termina de alcanzar.

 

Porque ese es otro asunto: la película tiene mucho más poder como icono que como relato.

 

La historia, reducida a su esqueleto, es la relación entre una prostituta elegante y un gigoló con aspiraciones literarias. Holly vive de hombres ricos. Paul Varjak, interpretado por George Peppard, vive mantenido por Patricia Neal, que interpreta a Emily Eustace Failenson, la famosa “decoradora” de su apartamento. Decoradora, claro. En Hollywood todo suena más fino si se le pone un nombre de interiorismo.

 

Paul es un escritor frustrado que lleva años sin publicar nada relevante. Vive cómodo gracias al dinero de una mujer rica que lo mantiene. Ella le paga el apartamento, le da dinero y lo trata como una posesión. Es decir, Paul critica a Holly, pero tampoco es exactamente San Francisco de Asís con máquina de escribir.

 

Y entonces estos dos seres perdidos se conocen por casualidad, son vecinos por casualidad, se fascinan por casualidad y acaban enamorándose porque el guion ha decidido que el amor puede redimirlo todo. El problema es que la relación entre ellos no resulta tan sana como la película quiere vender.

 

Hay un momento especialmente revelador cuando Paul le dice a Holly que ella le pertenece. La película lo plantea como una declaración apasionada, como un gesto romántico, como si el muchacho acabara de descubrir el amor verdadero y no un preocupante concepto de propiedad privada.

 

Holly, en cambio, insiste en que no quiere pertenecer a nadie. Quiere ser libre. Quiere no ser encerrada en una jaula, aunque la jaula tenga vistas a Manhattan.

 

Pero la película parece ponerse del lado de Paul.

 

Como si amar significara poseer. Como si el final feliz consistiera en aceptar que uno pertenece al otro. Como si la libertad de Holly fuera una enfermedad que el amor masculino debe curar. Visto hoy, ese mensaje chirría bastante. No chirría un poquito, no. Chirría como una bisagra oxidada en una película de terror de bajo presupuesto.

 

Y lo curioso es que Paul no aparece retratado como un personaje tóxico. Al contrario. La película lo presenta como el hombre bueno, el que ve más allá de la fachada, el que puede rescatar a Holly de sí misma. Pero muchas de sus frases tienen un aroma machista bastante evidente. Ese tipo de romanticismo posesivo que durante décadas el cine vendió como pasión y que ahora suena más bien a “amiga, sal de ahí”.

 

La película también blanquea al personaje de Doc Golightly, interpretado por Buddy Ebsen, actor muy reconocible por la serie The Beverly Hillbillies, emitida en España como Los nuevos ricos y también conocida como Rústicos en Dinerolandia.

 

Doc aparece como un pobre hombre entrañable que viene a recuperar a su mujer. Pero, si uno se para a pensar, el asunto es bastante turbio. Estamos hablando de un hombre mayor que se casó con una chica muy joven, prácticamente una menor, a la que recogió en una situación de pobreza extrema. Y cuando aparece en Nueva York intenta chantajear emocionalmente a Holly con el hermano, diciéndole que no va a recogerlo cuando vuelva del ejército si ella no regresa con él.

 

Vamos, una joyita.

 

Pero la película lo envuelve en nostalgia rural, bondad aparente y música sentimental. Otro ejemplo de ese Hollywood que te coloca delante una situación bastante inquietante y luego te dice: “No mires mucho, que se nos descose el glamour”.

 

También aparece John McGiver en una escena muy recordada como el vendedor de Tiffany’s. Aquí conviene corregir un recuerdo cinéfilo habitual: John McGiver no era el padre de los niños en Mary Poppins; ese papel lo interpretaba David Tomlinson. Pero John McGiver sí es uno de esos secundarios con cara inolvidable, de esos actores que aparecen dos minutos y parece que llevan toda la vida viviendo dentro de una vitrina de plata.

 

El personaje de Patricia Neal también tiene su gracia amarga. Es una mujer rica, dominante, convencida de que puede comprarlo todo, incluido a Paul. Su apartamento es un monumento al mal gusto caro: dorados, teléfonos imposibles, decoración recargada y ese aire kitsch de señora que ha confundido el lujo con el escaparate de una tienda de lámparas atacada por el rococó.

 

Ella tampoco es un buen personaje, pero al menos la película no la disfraza demasiado. Sabemos que compra compañía. Sabemos que utiliza su dinero como una correa. Y sabemos que Paul se deja comprar mientras juega a ser escritor sensible. Todo muy edificante. Como un club de lectura patrocinado por la hipocresía.

 

Luego está Martin Balsam, que interpreta a O.J. Berman, presentado como agente de Holly. Pero más que agente parece una figura bastante cercana al proxeneta emocional y profesional, alguien que conoce bien el engranaje de ese mundo y que habla de Holly como de un producto que no termina de funcionar según las normas del mercado.

 

Aparece también José Luis de Vilallonga como José da Silva Pereira, el brasileño rico, atractivo y convenientemente exótico que entra en la película como posible vía de escape para Holly. Su personaje representa otro sueño de ascenso social, otra fantasía de salvación mediante un hombre con dinero, apellido largo y pasaporte elegante. Porque Holly no busca solo amor; busca salida. Y la película lo sabe, aunque a veces prefiera maquillarlo con ligereza.

 

Y luego llegamos al elefante en la habitación. O, mejor dicho, al japonés de pega golpeándose con una lámpara.

 

El personaje de Mickey Rooney como I.Y. Yunioshi es, directamente, indefendible. Un actor blanco interpretando a un personaje japonés mediante maquillaje, prótesis dentales, gestos exagerados y una caricatura grotesca. Cada aparición suya hoy produce más incomodidad que risa. No es solo que ahora no se permitiría; es que cuesta entender cómo aquello pudo parecer gracioso sin que nadie levantara la mano y dijera: “Oigan, igual esto dentro de unos años nos explota en la cara”.

 

Y explotó.

 

Yunioshi es un bufón racista, siempre cabreado, torpe, ridiculizado, despertado a gritos, golpeándose con lámparas y convertido en una sucesión de tics ofensivos. Es uno de esos elementos que envejecen fatal y que contaminan una película que, por otro lado, mucha gente sigue adorando.

 

La adoración no debería impedir ver las grietas. Una cosa es amar el cine clásico y otra mirar hacia otro lado como si lleváramos gafas de soldador.

 

La famosa fiesta del apartamento de Holly tiene momentos divertidos y cierto aire de caos organizado que anticipa el talento de Blake Edwards para la comedia física.

 

Hay gags que funcionan, movimientos de personajes bien calculados y una sensación de descontrol elegante muy propia del director.

 

En algunos momentos recuerda a ese tipo de humor coral y absurdo que Edwards llevaría mucho más lejos en El guateque.

 

Pero también hay situaciones que hoy resultan forzadas, diálogos impostados y escenas que parecen más pendientes de mantener la pose que de contar algo verdadero.

 

La película tiene encanto, sí, pero a ratos uno nota demasiado el envoltorio. Como si alguien hubiera decidido que bastaba con poner a Audrey Hepburn en pantalla para que todo lo demás quedara automáticamente perdonado.

 

Y, en parte, funciona.

 

Porque Audrey Hepburn está maravillosa. Lo está siempre, pero aquí especialmente. Es imposible no mirarla. Imposible no entender por qué se convirtió en icono. Su Holly Golightly es luminosa, triste, divertida, irresponsable, elegante, infantil, seductora y profundamente vulnerable. Una contradicción con vestido negro.

 

La película se salva por ella.

 

Se salva por su forma de mirar el escaparate de Tiffany’s como si estuviera mirando una vida que nunca termina de alcanzar.

 

Se salva por su manera de cantar Moon River en la ventana, con una sencillez desarmante.

 

Se salva por cómo convierte a una superviviente bastante desesperada en un personaje inolvidable.

 

Pero eso no significa que la película haya envejecido bien.

 

No lo ha hecho del todo.

 

El mensaje amoroso está bastante pasado de fecha. La visión de la prostitución está blanqueada hasta lo absurdo. La relación entre Paul y Holly tiene elementos tóxicos que la película presenta como romanticismo.

 

El personaje de Doc Golightly resulta más inquietante de lo que el tono quiere admitir.

 

El de Mickey Rooney es una caricatura racista que hoy da vergüenza ajena.

 

Y varios diálogos desprenden una ideología machista que en su momento sería invisible para muchos, pero que ahora canta más que un crooner borracho en una boda.

 

Y, sin embargo, Desayuno con diamantes sigue fascinando.

 

Ahí está la paradoja.

 

Es una película problemática, anticuada en muchas cosas, ingenua en otras y directamente molesta en algunas. Pero contiene una de las imágenes más poderosas del cine clásico.

 

Contiene una banda sonora inmortal.

 

Contiene a Audrey Hepburn construyendo un personaje que ha sobrevivido incluso a las limitaciones de la propia película.

 

Quizá por eso conviene revisarla sin incienso.

 

No hace falta destruirla, pero tampoco canonizarla como si fuera una reliquia intocable.

 

Desayuno con diamantes es una película hermosa y tramposa.

 

Encantadora y caduca.

 

Elegante y profundamente discutible.

 

Un clásico con vestido de gala y zapatos incómodos.

 

Hay gente que adora la película.

 

Yo creo que lo que de verdad debe adorarse es a Audrey Hepburn.

 

Ella sí pertenece al Olimpo de las diosas de Hollywood.

 

La película, en cambio, se queda un poco más abajo, en una planta noble, con vistas a Tiffany’s, música de Henry Mancini y unas cuantas humedades ideológicas que el paso del tiempo ha dejado bastante a la vista.

 

Pero claro, sale Audrey Hepburn, suena Moon River y uno acaba perdonando más de lo que debería.

 

El cine también tiene estas trampas.

 

Y nosotros caemos en ellas como tontos, pero con mucha elegancia.

 

Mi puntuación: 3,47/10.

 

 

 

Curiosidades y anécdotas de Desayuno con diamantes: cuando un gato, una canción y un croissant hicieron historia

 

Hay películas que envejecen.

 

Y luego está Desayuno con diamantes, que lleva más de sesenta años convirtiendo a media humanidad en experta en vestidos negros, desayunos imposibles y escaparates de lujo.

 

La película dirigida por Blake Edwards en 1961 parece una comedia romántica elegante y ligera. Pero detrás de las cámaras ocurrieron tantas cosas que casi da para otra película.

 

 

Marilyn Monroe era la primera opción

 

La anécdota más conocida es también una de las más sorprendentes.

 

Truman Capote, autor de la novela original, quería a toda costa que Marilyn Monroe interpretara a Holly Golightly. De hecho, cuando supo que el papel había ido a parar a Audrey Hepburn, montó en cólera.

 

Durante años afirmó que la elección había sido un error monumental y llegó a decir que era una de las peores decisiones de casting posibles.

 

Lo curioso es que el tiempo terminó dejando a Capote en fuera de juego.

 

Hoy resulta prácticamente imposible imaginar a otra actriz que no sea Audrey Hepburn desayunando frente al escaparate de Tiffany’s.

 

 

La propia Audrey no quería hacer la película

 

Lo que tampoco suele contarse es que Audrey Hepburn dudó muchísimo antes de aceptar el papel.

 

Ella se consideraba demasiado tímida para interpretar a una mujer tan extrovertida, imprevisible y caótica como Holly. Fue Blake Edwards quien acabó convenciéndola de que era la actriz adecuada.

 

Menos mal.

 

Porque aquel personaje terminó convirtiéndose en la interpretación más emblemática de toda su carrera.

 

 

La escena más famosa fue un pequeño infierno

 

La secuencia inicial es una de las más icónicas de la historia del cine.

 

Un taxi se detiene en la Quinta Avenida de Nueva York. Holly baja elegantemente vestida de negro, se planta ante el escaparate de Tiffany’s y desayuna mientras contempla las joyas.

 

Parece sencilla.

 

No lo fue.

 

Había cientos de curiosos observando el rodaje, el control del tráfico fue complicado y, para colmo, a Audrey Hepburn no le gustaban los bollos daneses que debía comer durante la escena. Acabó bastante harta de repetir tomas mordiendo algo que no soportaba.

 

 

Tiffany’s abrió un domingo por primera vez en décadas

 

La joyería Tiffany’s llevaba décadas sin abrir los domingos.

 

Pero hizo una excepción histórica para permitir que el equipo pudiera rodar dentro de la tienda. Fue la primera vez desde el siglo XIX que el establecimiento abrió sus puertas un domingo.

 

No está mal como prueba de poder cinematográfico.

 

 

Moon River estuvo a punto de desaparecer

 

Imaginemos un universo paralelo en el que Moon River no existe.

 

Pues estuvo cerca.

 

Después de un pase previo, algunos ejecutivos de Paramount consideraron que la canción ralentizaba la película y propusieron eliminarla.

 

La respuesta fue un rotundo no.

 

La canción sobrevivió, ganó el Oscar a la Mejor Canción Original y terminó convirtiéndose en una de las melodías más famosas de toda la historia del cine.

 

 

El gato era una estrella más importante que muchos actores

 

El gato de Holly se llamaba simplemente “Cat”.

 

Muy original no era el nombre.

 

Pero el animal sí tenía currículum.

 

Estaba interpretado principalmente por un gato actor llamado Orangey, ganador de varios premios para animales cinematográficos. De hecho, el rodaje utilizó varios gatos naranjas distintos porque cada uno sabía hacer una cosa diferente: uno saltaba mejor, otro permanecía quieto, otro era más dócil ante las cámaras.

 

Los actores tienen dobles.

 

Los gatos también.

 

 

La escena que Audrey más odiaba

 

Entre todas las escenas de su carrera, Audrey Hepburn declaró que había una que detestaba especialmente.

 

La secuencia bajo la lluvia en la que Holly abandona al gato.

 

Aunque sabía que era ficción, le resultó emocionalmente insoportable grabarla. Años después seguía afirmando que era una de las cosas más desagradables que había tenido que hacer delante de una cámara.

 

 

El sofá era una bañera

 

Si se observa con atención el apartamento de Holly aparece uno de los muebles más extraños de la historia del cine.

 

Porque no era un sofá.

 

Era una bañera cortada por la mitad.

 

Los decoradores decidieron reutilizarla como mueble para reflejar el carácter excéntrico y bohemio del personaje.

 

 

Una película que su autor detestaba

 

Pocas veces una adaptación cinematográfica ha tenido tanto éxito mientras el escritor original la criticaba con tanta pasión.

 

Truman Capote nunca quedó satisfecho con la película.

 

No le gustaba el tono, no le gustaban los cambios respecto a la novela, no le gustaba el reparto y tampoco le gustaba especialmente Blake Edwards como director del proyecto.

 

Lo cual demuestra que incluso los genios se equivocan de vez en cuando.

 

 

Y sin embargo…

 

Sesenta y cinco años después seguimos recordando a Holly Golightly.

 

Seguimos escuchando Moon River.

 

Seguimos viendo el vestido negro diseñado por Hubert de Givenchy como uno de los iconos de la moda del siglo XX.

 

Y seguimos asociando un escaparate de joyería a una de las imágenes más famosas jamás filmadas.

 

No está nada mal para una película que su propio autor consideraba un desastre.

 

A veces el cine tiene estas cosas.

 

Y afortunadamente las tiene.

 

 

 

 

 

 

Dirigido por Blake Edward:

 

Blake Edwards: el elegante maestro de la comedia que convirtió el caos en arte

 

Hablar de Blake Edwards es hablar de uno de los grandes artesanos de la comedia clásica norteamericana.

 

Director, guionista y productor, su nombre quedó asociado para siempre a un tipo de cine elegante, sofisticado y aparentemente ligero, aunque bajo esa superficie escondía una mirada bastante crítica sobre las relaciones humanas, el éxito, la fama y las miserias de la sociedad moderna.

 

Nació el 26 de julio de 1922 en Tulsa (Oklahoma) y creció en el seno de una familia vinculada al mundo del espectáculo.

 

Tras servir en la Guardia Costera durante la Segunda Guerra Mundial, comenzó trabajando como actor antes de descubrir que su verdadero talento estaba detrás de la cámara.

 

Durante la década de 1950 empezó a escribir guiones y dirigir para televisión, donde participó en series de enorme popularidad.

 

Su salto definitivo al cine llegó a finales de esa década, iniciando una carrera que se prolongaría durante más de cuarenta años.

 

Aunque muchos espectadores lo recuerdan principalmente por la saga de la Pantera Rosa, Edwards fue un cineasta mucho más versátil de lo que suele reconocerse. Alternó la comedia sofisticada, la sátira, el musical, el drama romántico e incluso el thriller.

 

Su estilo se caracterizaba por un extraordinario sentido visual, un dominio magistral del ritmo cómico y una enorme admiración por los grandes maestros del cine mudo, especialmente por figuras como Buster Keaton y Charlie Chaplin.

 

Muchas de sus mejores secuencias funcionan prácticamente sin diálogos, apoyadas únicamente en la puesta en escena y el movimiento de los actores.

 

Su vida personal también estuvo muy ligada al cine. En 1969 se casó con Julie Andrews, con quien formó una de las parejas más conocidas de Hollywood. Juntos realizaron varias películas que permitieron a la actriz alejarse de la imagen inocente asociada a sus primeros éxitos.

 

A lo largo de su carrera recibió numerosas nominaciones y reconocimientos. En 2004 obtuvo un Oscar Honorífico por el conjunto de su trayectoria, un galardón que muchos consideraron una forma de compensar el hecho de que nunca hubiera ganado un Oscar competitivo.

 

Sin embargo, si existe una película que resume a la perfección su talento, esa es sin duda Desayuno con diamantes (1961). Adaptando la novela de Truman Capote, Edwards creó una de las obras más icónicas de la historia del cine. La interpretación de Audrey Hepburn como Holly Golightly se convirtió en una imagen inmortal de la cultura popular.

La película combina romance, comedia y melancolía con una delicadeza extraordinaria.

 

Detrás del glamour de los vestidos negros, las joyas y los desayunos frente a Tiffany’s, Edwards construyó el retrato de una mujer profundamente sola que intenta encontrar su lugar en el mundo.

 

Más de seis décadas después sigue siendo una de las películas más influyentes y admiradas jamás realizadas.

 

Aunque, tal vez, el tiempo no haya sido generoso con esta película y su mensaje y su trama están en cuestión en los tiempos actuales.

 

La banda sonora de Henry Mancini, especialmente la canción Moon River, terminó de convertir la película en un clásico absoluto.


 

 

Filmografía esencial de Blake Edwards

 

 

Década de 1950

 

  • Vacaciones sin novia (1957)

  •  
  • Operación Pacífico (1959)

 

 

Década de 1960: la consagración

 

  • Desayuno con diamantes (1961)

  •  
  • Días de vino y rosas (1962)

  •  
  • La pantera rosa (1963)

  •  
  • El nuevo caso del inspector Clouseau (1964)

  •  
  • La carrera del siglo (1965)

  •  
  • ¿Qué hiciste en la guerra, papi? (1966)

  •  
  • La fiesta inolvidable (1968)

 

 

Década de 1970

 

  • Darling Lili (1970)

  •  
  • El guateque (siguió creciendo como película de culto durante estos años)

  •  
  • 10, la mujer perfecta (1979)

 

 

Década de 1980

 

  • S.O.B. (1981)

  •  
  • Víctor o Victoria (1982)

  •  
  • Tras el corazón verde (1984)

  •  
  • La maldición de la Pantera Rosa (1983)

  •  
  • Cita a ciegas (1987)

 

 

Década de 1990

 

  • El hijo de la Pantera Rosa (1993)


 

 

 

Sus películas más importantes

 

Desayuno con diamantes (1961)
Su obra más famosa y una de las grandes películas románticas de todos los tiempos.

 

Días de vino y rosas (1962)
Durísimo drama sobre el alcoholismo protagonizado por Jack Lemmon y Lee Remick.

 

La pantera rosa (1963)
El nacimiento del inolvidable inspector Clouseau.

 

La fiesta inolvidable (1968)
Una de las mayores demostraciones de humor físico de la historia del cine gracias a Peter Sellers.

 

10, la mujer perfecta (1979)
Comedia romántica emblemática de finales de los setenta.

 

Víctor o Victoria (1982)
Musical inteligente y adelantado a su tiempo sobre identidad y apariencia.


 

 

Cuando Blake Edwards falleció en 2010, dejó tras de sí una filmografía repleta de clásicos.

 

Pocos directores han sabido combinar con tanta naturalidad la elegancia visual, el humor físico, la sátira social y la melancolía romántica.

 

Y aunque creó personajes inolvidables como el inspector Clouseau, probablemente su legado más duradero siga siendo esa mujer vestida de negro desayunando frente al escaparate de Tiffany’s, una imagen que continúa simbolizando la magia eterna del cine.

 

 

Ficha: En este enlace.

 

 

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Muchos besos y muchas gracias.

¡Nos vemos en el cine!

 

 

 

Chistes y críticas en holasoyramon.com

Crítico de Cine de El Heraldo del Henares

 

 

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