

Cutrecomentario de Ramón:
Cuando Harry conoció al Womanizer
Reem Kherici es actriz, guionista y directora francesa.
Tras hacerse popular delante de las cámaras, dio el salto a la dirección con títulos como París a toda costa, Jour J y No me gustan los hombres, pero sí los gordos.
Con El placer es mío se enfrenta a una historia inspirada libremente en la creación del famoso Womanizer, intentando combinar comedia romántica, reivindicación sexual y humor popular.
El resultado, al menos sobre el papel, parecía tener posibilidades. En la pantalla ya es otra historia. (AlloCiné)
Cutrecomentario
Hay películas malas.
Hay películas muy malas.
Y luego está El placer es mío, que parece rodada para demostrar científicamente que una buena idea puede ser destruida con una eficacia casi militar.
La premisa no era mala. Ni siquiera era regular. Era una idea que podía haber dado lugar a una comedia inteligente.
Una mujer descubre después de veinte años de matrimonio que jamás ha tenido un orgasmo. Su marido, ingeniero electrónico, decide entonces inventar un dispositivo para solucionar el problema.
La historia está inspirada libremente en la creación del Womanizer, uno de los juguetes sexuales más vendidos del mundo.
Con semejante punto de partida podían haber salido muchas cosas.
Una reflexión divertida sobre la sexualidad en la pareja.
Una comedia romántica adulta.
Una sátira sobre los tabúes sexuales.
Incluso una historia entrañable sobre dos personas que intentan redescubrirse después de veinte años juntos.
Pero no.
Lo que sale es una película ridícula, absurda, artificial y desesperantemente aburrida.
Y lo peor no es que sea mala.
Lo peor es que resulta irritante.
Cada escena parece escrita cinco minutos antes del rodaje. Los personajes no tienen profundidad, las situaciones no evolucionan, los conflictos aparecen y desaparecen sin dejar huella y la película avanza con la misma energía que una lavadora en modo ahorro.
La comedia nunca funciona.
Ni una sola vez.
Hay sonrisas de compromiso, alguna mueca de incredulidad y muchos momentos en los que uno mira el reloj preguntándose cómo es posible que apenas hayan pasado veinte minutos.
El drama tampoco funciona.
Porque para que exista drama primero tienen que existir personajes.
Y aquí los personajes son poco más que figuras de cartón moviéndose de una escena a otra.
La película pretende hablar del placer femenino, de la comunicación en la pareja y de la sexualidad madura, pero lo hace con una superficialidad tan enorme que acaba pareciendo un folleto publicitario alargado hasta el límite de la resistencia humana.
Solo se salva Alexandra Lamy.
Y ni siquiera porque esté especialmente brillante.
Se salva porque es una actriz con talento y experiencia suficiente para no hundirse completamente en semejante naufragio.
Hace lo que puede.
Que no es mucho.
Porque cuando el guion se empeña en dispararse en ambos pies cada diez minutos tampoco existen milagros interpretativos.
Del resto del reparto poco puede decirse. Especialmente de François Cluzet, completamente perdido dentro de un personaje que oscila entre la caricatura y el vacío absoluto.
Francia produce una enorme cantidad de cine gracias a un potente sistema de ayudas públicas. Cada semana nos llegan estrenos franceses. Entre ellos aparecen auténticas maravillas, algunas películas interesantes y una cantidad nada despreciable de mediocridades.
Y luego aparecen casos como este.
Películas que parecen preguntarse si realmente hacía falta gastar tiempo, dinero y recursos para existir.
La respuesta, en esta ocasión, es bastante sencilla.
No.
No hacía falta.
Cero patatero.
Y siendo generoso.
Mi puntuación: Cero patatero/10.

Dirigido por Reem Kherici:

Ficha: En este enlace.
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Muchos besos y muchas gracias.
¡Nos vemos en el cine!

Chistes y críticas en holasoyramon.com
Crítico de Cine de El Heraldo del Henares
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