El cuarto mandamiento – The Magnificent Ambersons – 1942 – Orson Welles – Asociación Amigos del Cine de Azuqueca de Henares (ACAZ)

 

 

 

 

Ramón junto a Marlon Brando, Monica Bellucci, Humphrey Bogart, Marilyn Monroe, Grace Kelly, Gal Gadot y Cary Grant

 

 

Cartel original de El cuarto mandamiento

 

 

Cutrecomentario de Ramón:

 

Lo que el automóvil se llevó

 

Estamos ante un inmenso melodrama familiar que habla del amor, de los celos y de las relaciones entre padres e hijos.

 

Pero, sobre todo, El cuarto mandamiento retrata la decadencia de una forma de vivir y de entender el mundo.

 

Los Amberson representan a esa especie de aristocracia provinciana norteamericana que domina la ciudad desde su enorme mansión. Una clase social autoritaria, orgullosa y convencida de que su apellido durará eternamente.

 

Hasta que llega el automóvil.

 

Y con él, los nuevos empresarios, la industrialización y una sociedad que ya no respeta demasiado los apellidos ilustres.

 

Los Amberson viven del patrimonio heredado, derrochan el dinero y son incapaces de adaptarse. Mientras ellos contemplan su propio ombligo, el mundo sigue avanzando por la carretera.

 

Y no precisamente en coche de caballos.

 

El protagonismo está muy repartido.

 

Dolores Costello interpreta a Isabel Amberson, una mujer incapaz de apostar definitivamente por el hombre al que ama. Posiblemente sea el mejor papel de su carrera.

 

Joseph Cotten encarna a Eugene Morgan, aquel joven un poco atolondrado que, con el paso del tiempo, se convierte en un próspero fabricante de automóviles.

 

El tercer personaje en discordia es George Amberson Minafer, el hijo consentido, clasista y profundamente egoísta interpretado por Tim Holt.

 

George es quien incumple el cuarto mandamiento que da título español a la película: honrar al padre y a la madre.

 

Aunque lo suyo no es simplemente desobedecer a su madre. Es decidir por ella, controlar su vida y negarle cualquier posibilidad de ser feliz.

 

 

Alerta: a partir de aquí destripo el argumento

 

El conflicto amoroso entre Isabel y Eugene nunca llega a resolverse porque George hace todo lo posible para impedirlo.

 

Considera a Eugene Morgan un don nadie indigno de una gran dama como su madre. Su soberbia de heredero le impide comprender que ese supuesto advenedizo representa el futuro, mientras él pertenece ya a un mundo que se está desmoronando.

 

Isabel termina renunciando al amor por no enfrentarse a su hijo.

 

Y esa renuncia la hunde hasta la muerte.

 

Entre tanta amargura aparece Lucy Morgan, la hija de Eugene, interpretada por una jovencísima Anne Baxter.

 

Baxter tenía diecinueve años cuando se estrenó la película y compone aquí un personaje dulce, alegre y de sonrisa enternecedora.

 

Años después demostraría que también sabía ser más mala que un dolor de muelas interpretando a Eve Harrington en Eva al desnudo y a Nefretiri en Los diez mandamientos.

 

A mí me parece una actriz extraordinaria.

 

También resulta fundamental Agnes Moorehead como Fanny Minafer, hermana de Isabel y eterna enamorada de Eugene.

 

Fanny permanece condenada al ostracismo sentimental. A veces malmete, otras veces ejerce como voz de la razón y casi siempre transmite una frustración acumulada durante demasiados años.

 

Moorehead está soberbia.

 

La firma de Orson Welles aparece en cada plano.

 

La cámara permanece muchas veces quieta, componiendo grandes retratos familiares de una simetría casi perfecta. Cada encuadre parece un cuadro cuidadosamente pintado.

 

Welles puede intentar contenerse y adoptar una puesta en escena aparentemente académica, pero no lo consigue del todo.

 

Por fortuna.

 

Terminan apareciendo sus contrapicados, sus perspectivas deformadas, su profundidad de campo y esos movimientos de cámara con los que parece recordarnos quién está detrás del objetivo.

 

Por cierto, en esto de la profundidad de campo podrían aprender muchos cineastas actuales que se empeñan en agredirnos con desenfoques continuos.

 

El travelling del baile es especialmente vistoso y virtuoso.

 

Welles también aporta la voz del narrador y cierra la película con unos insólitos créditos orales. En lugar de leer los nombres escritos sobre la pantalla, escuchamos al propio director presentando a los actores y a buena parte del equipo técnico.

 

Un remate absolutamente wellesiano.

 

La película fue remontada por la RKO sin el control final de su director. Se eliminaron alrededor de cuarenta minutos de su versión y se rodaron escenas adicionales, incluido un desenlace distinto.

 

A pesar de esa mutilación, la película conserva la mano del gran cineasta.

 

Tras su apariencia de melodrama sentimental se esconde una obra con fuertes raíces sociales: la desaparición de una clase privilegiada, el nacimiento de una nueva burguesía industrial y la llegada de una modernidad que no espera a nadie.

 

Los Amberson creían que su apellido era eterno.

 

Pero el automóvil no respetaba las señales de tráfico de la aristocracia.

 

 

Después de la caída de los Amberson

 

El cuarto mandamiento fue el segundo largometraje estrenado por Orson Welles después de Ciudadano Kane.

 

Adaptó la novela de Booth Tarkington sobre la decadencia de una familia acomodada de Indiana durante la llegada del siglo XX.

 

En su filmografía destacan también La dama de Shanghái, Otelo, Sed de mal y Campanadas a medianoche.

 

La versión estrenada quedó reducida a 88 minutos después de que la RKO retirara a Welles el control del montaje mientras trabajaba en Brasil.

 

La película obtuvo cuatro nominaciones al Óscar: mejor película, actriz secundaria para Agnes Moorehead, fotografía en blanco y negro para Stanley Cortez y dirección artística en blanco y negro. No ganó ninguna.

 

 

Un título español con bastante mandamiento

 

En España, The Magnificent Ambersons se tituló El cuarto mandamiento en referencia a «Honrarás a tu padre y a tu madre».

 

El título alude irónicamente a George Minafer, quien, dominado por los celos y el egoísmo, impide que su madre Isabel rehaga su vida con Eugene Morgan.

 

Mientras el título original destaca la grandeza y decadencia de los Amberson, el español pone el foco en la enfermiza relación entre madre e hijo. Es una traducción completamente libre, pero sorprendentemente acertada.

 

Mi puntuación: 7,98/10.

 

 

Escena de El cuarto mandamiento con la familia Amberson

 

 

Dirigido por Orson Welles:

 

Orson Welles durante el rodaje de El cuarto mandamiento

 

 

Ficha: En este enlace.

 

 

Orson Welles: el hombre que llegó demasiado pronto y al que Hollywood pasó la factura

 

Orson Welles no entró en la historia del cine de puntillas. Derribó la puerta, cambió los muebles de sitio y, antes de cumplir los treinta, ya se había ganado una reputación de genio, provocador y problema con piernas.

 

Nacido en 1915 en Kenosha, Wisconsin, fue uno de esos talentos difíciles de encerrar en una sola disciplina.

 

Actor, director, guionista, productor, hombre de teatro, estrella radiofónica, prestidigitador ocasional y magnífico contador de historias, Welles parecía capaz de hacerlo todo.

 

El problema es que también pretendía hacerlo a su manera. Y Hollywood tolera muchas cosas, excepto que alguien crea que manda más que Hollywood.


Orson Welles en una fotografía promocional de Ciudadano Kane
Orson Welles en una fotografía promocional de Ciudadano Kane (1940). RKO Radio Pictures / Alexander Kahle. Dominio público. Fuente: Wikimedia Commons.

 

 

Antes del cine ya había conquistado los escenarios

 

En los años treinta, Welles revolucionó el teatro estadounidense con el Mercury Theatre, compañía fundada junto a John Houseman. Sus montajes de Shakespeare combinaban respeto por los textos y una puesta en escena descaradamente moderna.

 

Su versión de Macbeth de 1936, interpretada por un reparto íntegramente afroamericano y ambientada en el Caribe, se convirtió en un acontecimiento.

 

Un año después presentó un Julio César vestido con la estética de los fascismos europeos.

 

Welles comprendía que los clásicos no estaban hechos para acumular polvo, sino para hablar del presente.

 

En 1938 alcanzó una fama aún mayor con la adaptación radiofónica de La guerra de los mundos, de H. G. Wells.

 

Durante décadas se contó que la emisión había provocado un pánico multitudinario en Estados Unidos.

 

Las investigaciones posteriores han matizado mucho aquella leyenda, pero el episodio confirmó algo indiscutible: Orson Welles sabía utilizar los medios de comunicación como pocos.

 

Hollywood no tardó en llamar a su puerta.

 

 

Ciudadano Kane: debutar alcanzando la cima

 

La productora RKO le ofreció unas condiciones insólitas para un debutante: libertad artística, control sobre el reparto y una intervención decisiva en el montaje final. El resultado fue Ciudadano Kane (1941).

 

Con apenas veinticinco años durante buena parte del rodaje, Welles dirigió, produjo, coescribió y protagonizó una película que dinamitaba las formas tradicionales de narrar.

 

Profundidad de campo, grandes angulares, techos visibles, contrapicados, saltos temporales, narradores poco fiables y una estructura construida como una investigación imposible sobre un hombre convertido en mito.

 


Orson Welles y Joseph Cotten en Ciudadano Kane
Orson Welles y Joseph Cotten en una fotografía promocional de Ciudadano Kane (1941). RKO Radio Pictures / Alexander Kahle. Dominio público. Fuente: Wikimedia Commons.

 

Muchas de aquellas técnicas no eran estrictamente nuevas, pero Welles, junto al director de fotografía Gregg Toland, las reunió con una audacia extraordinaria.

 

Ciudadano Kane obtuvo nueve nominaciones al Óscar, aunque solo ganó el correspondiente al guion original, compartido por Welles y Herman J. Mankiewicz.

 

La película no fue el éxito comercial que esperaba la productora.

 

La campaña emprendida contra ella por el magnate William Randolph Hearst, que se sintió retratado en el protagonista, tampoco ayudó. Pero el principal problema estaba por llegar.

 

 

El cuarto mandamiento: una obra maestra mutilada

 

Después de Ciudadano Kane, Welles decidió adaptar la novela de Booth Tarkington The Magnificent Ambersons.

 

Estrenada en España como El cuarto mandamiento, la película relata la decadencia de una familia aristocrática del Medio Oeste estadounidense ante la llegada del automóvil, la industria y una sociedad nueva que ya no está dispuesta a reverenciar los viejos apellidos.

 

El título español alude al mandamiento «Honrarás a tu padre y a tu madre» y conecta directamente con George Minafer, el joven arrogante interpretado por Tim Holt. Su egoísmo y su enfermiza posesividad hacia su madre, Isabel Amberson, destruyen la posible relación amorosa de esta con Eugene Morgan, encarnado por Joseph Cotten.

 

Pero la película es mucho más que un melodrama familiar. Es una elegía sobre el paso del tiempo, la desaparición de una clase social y la llegada de una modernidad que trae progreso, ruido, contaminación y desarraigo.

 

La mansión de los Amberson funciona como un personaje más: primero representa poder y esplendor; después parece un mausoleo ocupado por personas incapaces de comprender que su mundo ya ha terminado.

 


Escena de El cuarto mandamiento, dirigida por Orson Welles

Escena de El cuarto mandamiento (The Magnificent Ambersons, 1942). RKO Radio Pictures. Dominio público. Fuente: Wikimedia Commons.

 

Welles no aparece físicamente en la película, pero su presencia se percibe en cada plano. Suya es la voz del narrador y también la original despedida final, con unos créditos recitados en lugar de escritos.

 

La fotografía de Stanley Cortez, los decorados, los movimientos de cámara y las composiciones llenas de sombras convierten la casa familiar en un espacio progresivamente asfixiante.

 

Durante la posproducción, Welles viajó a Brasil para trabajar en el proyecto documental It’s All True. Aprovechando su ausencia y después de unas proyecciones de prueba mal recibidas, RKO tomó el control de El cuarto mandamiento.

 

Su primer montaje, de unos 131 minutos, fue reducido hasta aproximadamente 88. El estudio eliminó más de cuarenta minutos, reorganizó escenas y rodó un desenlace mucho más optimista que el previsto por el director.

 

El material descartado fue destruido y, hasta hoy, no se ha localizado ninguna copia completa. Por eso resulta imposible saber exactamente cómo habría sido la versión definitiva de Welles.

 

Conviene no convertir la especulación en certeza: conocemos guiones, fotografías, documentos de montaje y testimonios, pero la película original no puede reconstruirse plenamente con el material conservado.

 

Aun mutilada, El cuarto mandamiento sigue siendo una obra extraordinaria.

 

Recibió cuatro nominaciones al Óscar: mejor película, actriz secundaria para Agnes Moorehead, fotografía en blanco y negro y dirección artística en blanco y negro.

 

Su grandeza resulta casi dolorosa, porque en cada secuencia brillante parece asomar la película aún mejor que pudo haber sido.

 

Dentro de la carrera de Welles, supuso un punto de ruptura.

 

No fue el final inmediato de su trayectoria, como se afirma a veces, pero sí dañó gravemente su relación con los grandes estudios.

 

Desde entonces tuvo enormes dificultades para conseguir financiación y conservar el control sobre sus obras.

 

El cuarto mandamiento fue, paradójicamente, una película sobre la decadencia que marcó el comienzo de la propia decadencia industrial de su director.

 

 

Un cineasta condenado a buscar dinero

 

Welles continuó trabajando, pero su carrera se convirtió en una sucesión de proyectos rodados con dificultades, financiados a trompicones o terminados años después de haber comenzado.

 

Dirigió títulos tan importantes como La dama de Shanghái, Macbeth, Otelo, Sed de mal, El proceso y Campanadas a medianoche.

 

Para sostener sus proyectos aceptó numerosos trabajos como actor, algunos memorables —como Harry Lime en El tercer hombre— y otros elegidos principalmente para pagar facturas.

 

Esa precariedad dio lugar a películas irregulares e incluso inacabadas, pero también alimentó una libertad creativa extraordinaria.

 

Welles podía convertir la escasez de medios en estilo: decorados fragmentados, rodajes repartidos por varios países, montajes vertiginosos y actores filmados con meses o años de diferencia.

 

En F for Fake llevó todavía más lejos su pasión por el engaño, la autoría y la fabricación de mitos.

 

A esas alturas, el supuesto joven prodigio de Hollywood se había transformado en un cineasta nómada que utilizaba su propia leyenda como material cinematográfico.

 

 

El gigante que Hollywood nunca pudo domesticar

 

Orson Welles murió en 1985 dejando películas terminadas, proyectos inconclusos y kilómetros de material disperso.

 

Durante años fue presentado como un genio que había desperdiciado su talento. Es una explicación cómoda, pero demasiado simple.

 

Welles cometió errores, asumió proyectos imposibles y no siempre administró bien sus recursos. Sin embargo, también sufrió la intervención sistemática de productores y estudios que desconfiaban de su independencia. No fue únicamente víctima de Hollywood, pero tampoco el irresponsable caprichoso que la industria se empeñó en retratar.

 

Su obra habla obsesivamente del poder, la memoria, la traición y la caída de los grandes hombres. En ese sentido, su propia trayectoria parece escrita por él mismo: comenzó como Charles Foster Kane, dueño de su pequeño universo, y terminó pareciéndose a Falstaff, enorme, brillante, derrotado y todavía capaz de convertir la derrota en arte.

 

El cuarto mandamiento ocupa el centro de esa historia. Es la película que demostró que Ciudadano Kane no había sido una casualidad, pero también la que enseñó a Welles que el talento no basta cuando otro conserva las llaves de la sala de montaje.

 

Hollywood no logró domesticarlo. Se limitó a ponerle obstáculos, quitarle dinero y cortar sus películas. Afortunadamente, ni siquiera así consiguió volverlo pequeño.

 

 

 

 

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Escena de El cuarto mandamiento en la mansión de los Amberson

 

 

Muchos besos y muchas gracias.

 

¡Nos vemos en el cine!

 

 

Despedida de holasoyramon.com

 

 

Chistes y críticas en holasoyramon.com

Crítico de Cine de El Heraldo del Henares

 
 

 

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