

Cutrecomentario de Ramón:
Visita Nueva York por Navidad.
El director (4 líneas):
Allen Baron fue uno de esos francotiradores del cine americano que, con muy poco dinero y mucha mala leche, firmó una joya de cine negro independiente.
En El negro silencio del dolor no solo dirige: también escribe, produce y protagoniza, como si no se fiara de nadie (y viendo la película, igual hacía bien).
Su filmografía como director es corta y dispersa, pero esta obra le ha dado un lugar de culto.
Y sí: es de esas películas que te hacen pensar “¿cómo demonios no conocía yo a este hombre?”.
Cutrecomentario (y con datos de producción):
Lo primero: El negro silencio del dolor (título español de Blast of Silence) es un milagro del cine independiente de 1961.
Rodada en blanco y negro, en localizaciones reales de Nueva York y con un presupuesto mínimo, es de esas películas que huelen a calle, a frío y a derrota.
Y además tiene un detalle precioso: transcurre en Navidad, pero en la Navidad más triste y más fea que se ha filmado nunca. Nada de luces bonitas: aquí las guirnaldas son como sogas.
Esto es un ejercicio de estilo asombroso.
Una película que, con cuatro duros, te monta una atmósfera que ya la quisieran muchos thrillers modernos con drones, Dolby Atmos y tráileres de 2 minutos y medio.
La voz en off (y mi odio justificado)
Odio la voz en off (muchas veces es el “te explico lo que ya estás viendo” del cine).
Pero aquí tiene truco: no es el típico narrador en primera persona de detective con resaca.
Es una voz en tercera persona, como si la película fuera una novela negra que te lee un narrador implacable, metiéndose dentro del protagonista para contarte lo que él nunca diría en voz alta.
Es un recurso raro… y funciona.
Porque lo convierte todo en un cuento moral, pero sin moralina.
El protagonista: un asesino al que no quieres abrazar… pero casi
El personaje central (el propio Allen Baron) es un sicario despiadado, frío, desagradable, un tipo que vive en un sótano emocional.
Y sin embargo —y esto es lo que hace grande la peli— la película consigue que sientas compasión por él. No simpatía. Compasión. Porque lo ves tan roto, tan solo, tan fuera del mundo, que da miedo.
Y aparece la posibilidad de redención: una chica, Lori (interpretada por Molly McCarthy), la hermana de un viejo amigo.
Ella es, literalmente, el único personaje limpio en un universo lleno de basura humana.
Y lo peor es que ella es cariñosa con él, complaciente, le da una oportunidad… cuando él no se la merece.
Y ahí es donde la película te clava el cuchillo: no te está contando un romance; te está contando una tragedia.
Nueva York: no es la ciudad de postal, es la ciudad de “huye”
La Nueva York de El negro silencio del dolor es una ciudad sombría, desoladora, gris, con calles desiertas que invitan a largarte a una granja en Wisconsin aunque odies las vacas.
Es una ciudad hostil, sin glamour, sin promesa.
Y esto en 1961 es oro puro: es casi documental, casi neorrealismo negro.
Los secundarios: una galería de seres humanos para no invitar a cenar
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El amigo del bar: un plomazo, un pesado, un tipo que te hace desear que el sicario le dispare solo para que se calle.
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El proveedor de armas gordo: asqueroso, bruto, repulsivo.
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El del barco: otro individuo desagradable, como si en esta película no existiera la higiene moral.
Es como si la peli dijera: “mira, el mundo está lleno de gente que da grima, y tú eres uno más”.
¿Qué te deja al final?
Te deja una sensación rara: tristeza, vacío, frío.
Y una admiración enorme por lo bien que está contado todo sin necesidad de adornos.
Es cine negro puro, pero con una mirada casi existencial: no va solo de matar, va de no tener a nadie, de ser un monstruo y al mismo tiempo ser un hombre.
Una película extraña, desoladora, tristísima y gris.
Como su propio título español: El negro silencio del dolor.
Mi puntuación: 8,87/10.

Dirigido por Allen Baron:

Ficha: En este enlace.
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Muchos besos y muchas gracias.
¡Nos vemos en el cine!

Chistes y críticas en holasoyramon.com
Crítico de Cine de El Heraldo del Henares
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