

Cutrecomentario de Ramón:
Viaje lisérgico a Tokio con billete solo de ida (y sin garantía de cordura)
Si alguna vez te has preguntado cómo sería morirse, salir flotando de tu cuerpo y convertirte en un dron espiritual colocado hasta las cejas… Gaspar Noé tiene la respuesta. Y no es corta. Ni cómoda.
Cuatro líneas (psicotrópicas) sobre Gaspar Noé
Gaspar Noé, argentino criado en Francia, es ese director que no rueda películas: las lanza como cócteles molotov.
Se dio a conocer con Solo contra todos y dejó al personal en shock con Irreversible (sí, la de la escena que nadie quiere volver a ver).
Luego llegaron Love, Climax y Vortex, todas fieles a su estilo: experiencias sensoriales extremas, sexualidad explícita, violencia, culpa y una cámara que parece poseída.
Con Enter the Void (2009) se metió en Cannes y salió con fama reforzada de cineasta radical. Y aquí no hay medias tintas.
El cutrecomentario
La película arranca en Tokio, luces de neón, drogas, sexo, música electrónica y un protagonista, Nathaniel Brown, que hace de camello filosófico con trauma infantil incorporado. A los veinte minutos ya sabes que esto no va a ser una tarde tranquila.
Y entonces pasa lo que pasa. Y lo que parecía una peli de colegas colocados se convierte en una experiencia extracorpórea en primera persona. Literalmente. La cámara se despega del cuerpo y empieza a sobrevolar la ciudad como si fueras el espíritu del protagonista con resaca existencial.
La referencia clara es el Libro tibetano de los muertos, y Noé lo asume sin disimulo: muerte, tránsito, reencarnación. Todo pasado por un filtro psicodélico que convierte Tokio en una maqueta fluorescente que parece diseñada por un DJ con insomnio.
Técnicamente es una barbaridad. Planos secuencia imposibles, travellings que atraviesan techos, suelos y úteros (sí, úteros), una cámara subjetiva que te obliga a mirar lo que igual preferirías no mirar. Es cine inmersivo antes de que la palabra se pusiera de moda.
Ahora bien. ¿Es fácil? No. ¿Es cómoda? Tampoco. ¿Se pasa de intensidad? Pues depende de tu umbral de tolerancia al delirio visual. Hay quien sale fascinado y quien necesita una tila doble.
Lo interesante es que, debajo de la provocación marca de la casa, hay una historia tristísima sobre dos hermanos rotos, abandono, culpa y dependencia emocional. El problema es que para llegar a esa emoción tienes que atravesar tres capas de neón, sexo explícito y viajes astrales.
¿Y Carlos Boyero?
Carlos Boyero, en El País, no fue precisamente fan. Reconocía la ambición visual y el riesgo, pero le parecía excesiva, reiterativa y agotadora. Vamos, que admiraba el despliegue técnico, pero no conectaba con la experiencia. Y es comprensible: esto no es una peli que se vea, es una peli que se sobrevive.
En resumen
Enter the Void no es cine para todos los públicos. Ni siquiera para todos los cinéfilos.
Es una experiencia sensorial radical sobre la muerte, la memoria y el deseo.
Puede parecer pretenciosa. Puede parecer hipnótica. Puede parecer una fiesta rave metafísica que se alarga demasiado. Probablemente es todo eso a la vez.
Pero lo que no es, desde luego, es indiferente.
Y en tiempos de cine anestesiado, que un director te meta dos horas y pico de trance existencial con luces de neón… casi se agradece.
Eso sí, mejor verla despejado. O al menos con el móvil apagado y la mente abierta. Porque Gaspar Noé no te lleva de la mano. Te empuja al vacío.
Mi puntuación: 7,85/10.

Dirigido por Gaspar Noé:

Ficha: En este enlace.
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Muchos besos y muchas gracias.
¡Nos vemos en el cine!

Chistes y críticas en holasoyramon.com
Crítico de Cine de El Heraldo del Henares
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