Novecento (1900) – 1976 – Bernardo Bertolucci – Prime Vídeo

 

 

 

 

 

 

 

Cutrecomentario de Ramón:

 

 

Novecento (1900) (1976) – Cinco horas de película… o cómo hacer un máster en lucha de clases sin apuntes

 

 

🎬 El director (cuatro líneas, que si no se nos va a seis horas también)

 

Bernardo Bertolucci no dirigía películas, dirigía experiencias vitales con pretensiones filosóficas.

 

Venía de firmar El conformista (1970) y de escandalizar medio planeta con El último tango en París (1972), así que cuando se puso con Novecento (1900) ya sabía perfectamente que lo suyo era provocar y pensar a lo grande.

 

Más tarde remataría la jugada con El último emperador (1987), que le dio nueve Óscar. Vamos, que el hombre alternaba polémicas y premios como quien cambia de camisa.


 

 

🏆 Premios y nominaciones

 

Novecento (1900) no fue una película de grandes premios tipo Óscar (entre otras cosas, por su duración y su complicado encaje comercial), pero sí tuvo reconocimiento crítico y presencia en festivales internacionales.

 

Destaca su participación en el Festival de Cannes de 1976 (fuera de competición), donde ya dejó claro que aquello no era una película más, sino un artefacto cinematográfico de dimensiones poco habituales.

 

Con los años, su prestigio ha crecido hasta ser considerada por muchos como una obra clave del cine europeo.


 

 

📝 Cutrecomentario (o intento de resumir lo inabarcable)

 

Novecento (1900) es, probablemente, una obra maestra… y desde luego una obra descomunal.

 

Bertolucci se toma su tiempo —y cuando digo su tiempo, digo el tuyo también— para contarnos algo que en otras manos duraría dos horas y aquí se convierte en una especie de epopeya rural con ideología incluida.

 

La cosa va de tres formas de estar en el mundo.

 

Por un lado, Robert De Niro como Alfredo Berlinghieri, terrateniente de cuna, heredero de privilegios y, siendo finos, un parásito social con traje elegante.

 

Por otro, Gérard Depardieu como Olmo Dalcò, campesino, proletario de manual, alguien que no hereda nada salvo callos en las manos y jornadas interminables.

 

Y luego está el personaje fascista, ese elemento violento y necesario —según nos cuenta la película— para que el sistema no cambie nunca, para que todo siga exactamente igual aunque el mundo se caiga a pedazos.

 

Lo que hace Bertolucci no es solo contar una historia: es retratar una época de Italia, la del auge del fascismo, estructurada además en cuatro estaciones, como si el calendario también tuviera ideología.

 

Pero en el fondo lo que late es la lucha de clases de toda la vida, la tensión entre los que tienen todo y los que no tienen nada, y cómo el sistema se organiza para que eso no cambie. Vamos, que Karl Marx habría salido del cine diciendo: “correcto, pero un poco larga”.

 

La película está llena de momentos brillantes.

 

La fotografía de Vittorio Storaro es directamente una barbaridad: cada plano parece pintado con mimo.

 

Y la música de Ennio Morricone (sí, ese Morricone) acompaña todo con una elegancia que te hace olvidar que llevas tres horas sentado… hasta que miras el reloj y te das cuenta de que todavía queda media película.

 

Y ojo al reparto femenino: Stefania Sandrelli y Dominique Sanda están estupendas, dando cuerpo a personajes complejos dentro de un mundo bastante masculino y bastante brutal.

 

Y luego aparece Burt Lancaster al principio, que parece sacado directamente de El gatopardo (1963) de Luchino Visconti, como si su personaje hubiera decidido seguir viviendo unos años más en otra película. Un cameo con pedigree.

 

Todo sucede prácticamente en el mismo escenario: esas fincas rurales donde el campesinado malvive y los ricos, bastante depravados en general, mantienen su estatus sin demasiados remordimientos. Es un microcosmos que sirve para explicar un país entero.

 

Y luego está la experiencia personal. Volver a ver Novecento (1900) es reencontrarte con una película que recuerdas a trozos, a escenas sueltas, a sensaciones. En España, muchos la vimos proyectada en dos partes, allá por principios de los 80, como si fuera una miniserie antes de que existieran las miniseries. Y no era mala idea, porque verla del tirón exige más resistencia que una etapa del Tour.

 

Una película inmensa, excesiva, brillante, incómoda y, sí, tremendamente larga. Pero de esas que justifican por qué el cine, a veces, puede aspirar a contar el mundo entero. Aunque te deje sin palomitas a mitad de camino.

 

Mi puntuación: 9,78/10.

 

 

 

Dirigido por Bernardo Bertolucci:

 

Ficha: En este enlace.

 

 

Novecento (1900) (1976) – El siglo XX según Bertolucci… con pausa para cenar (y desayuno)

 

Si alguien te dice que ha visto Novecento (1900) del tirón, no le preguntes si le ha gustado: pregúntale si ha sobrevivido. Bernardo Bertolucci no rodó una película, rodó una especie de vida paralela con intermedio largo y digestión complicada.

 

Para empezar, la versión original sin cortes se va a las cinco horas y diecisiete minutos. Una cosa manejable, lo típico para una tarde ligera… si esa tarde dura medio día. Y claro, en ese metraje cabe de todo: escenas más crudas que en el montaje internacional, violencia sin edulcorar, sexo explícito (sin cortinillas ni fundidos pudorosos) y hasta la polémica presencia de muertes reales de animales, algo que hoy provocaría un escándalo de dimensiones bíblicas. Entre todo ese material hay una escena especialmente comentada —por decirlo fino— en la que coinciden Alfredo, Olmo y Neve, y que deja al espectador en ese territorio incómodo donde uno no sabe si mirar o pedir un vaso de agua.

 

El reparto tampoco salió indemne. Donald Sutherland, que interpreta al sádico fascista Atila, se llevó el personaje tan lejos que luego no quiso saber nada de él. De hecho, tras verse en pantalla, no pudo volver a ver la película durante años. No es que no le gustara su trabajo: es que le dio auténtico repelús. Pocas veces un actor consigue que su mayor enemigo sea él mismo.

 

En lo narrativo, Bertolucci jugó a ser poeta sin que se notara demasiado. Estructuró la película siguiendo las estaciones del año: la infancia es verano, la madurez llega en otoño, el ascenso del fascismo congela todo en invierno y el final de la Segunda Guerra Mundial florece en primavera. Vamos, que mientras uno intenta no perder el hilo entre terratenientes, campesinos y revoluciones, el director te está colando un calendario simbólico de esos que luego quedan muy bien en los libros de cine.

 

Claro, tanta ambición tenía un problema: los productores. La versión internacional que circuló en su momento se quedó en unas tres horas y media, que ya es larga, pero para Bertolucci era poco menos que una mutilación. Él mismo se encargó del recorte para evitar que otros hicieran un destrozo mayor, porque los estudios querían todavía menos metraje. Y por si fuera poco, tampoco le hizo ninguna gracia el título en inglés, “1900”. Para él, “Novecento” no era un número: era una declaración de intenciones, un retrato del siglo XX entero. Vamos, que le cambiaron el nombre a su criatura y encima le recortaron las piernas. Un drama casi tan grande como el de la propia película.

 

 

Y luego está la famosa escena con Gérard Depardieu, Robert De Niro y Stefania Casini, que tiene más historia fuera de cámara que dentro. Casini lo contaba con bastante naturalidad: ella no tenía problema con el desnudo, lo veía como algo bello, casi artístico. Los que lo pasaron peor fueron ellos, los dos pesos pesados masculinos. Según ella, para un hombre es más complicado exponerse así, por razones… digamos… de logística. Bertolucci, encantado: le fascinaba llevar a sus actores al límite, sacarles de la zona de confort y ver qué pasaba. Y lo que pasaba, claro, era esto.

 

Al final, Novecento (1900) es una de esas películas que no se explican, se atraviesan. Un fresco histórico, político y humano de dimensiones descomunales, rodado con la ambición de quien quiere contarlo todo… absolutamente todo. Y lo consigue, vaya si lo consigue. Otra cosa es que el espectador llegue al final con la misma energía con la que empezó.

 

Si decides verla, consejo de amigo: planifica bien el día. Y la cena. Y el desayuno del día siguiente. Porque salir, sales… pero no igual.

 

 

 

 

 

Bernardo Bertolucci: el poeta que quiso filmar el siglo (y de paso incomodarnos a todos)

 

Hablar de Bernardo Bertolucci es hablar de un tipo que nunca entendió el cine como entretenimiento ligero. Lo suyo era otra liga: hacer películas como quien escribe novelas-río, mezclar política con sexo, poesía con ideología y, de paso, meterte en un lío moral del que no sales igual. Vamos, un director de los que no se ponen de fondo mientras planchas.

 

Nació en 1941 en Parma, en una familia con pedigree cultural. Su padre, Attilio Bertolucci, era poeta. Eso ya te marca: en vez de jugar al balón, el chaval crece entre versos, intelectuales y debates que seguramente no eran precisamente sobre el último partido del Parma. De hecho, antes de coger una cámara, Bertolucci ya escribía poesía. Luego se pasó al cine… pero nunca dejó de filmar como si estuviera escribiendo un poema.

 

Su entrada en el cine no fue precisamente por la puerta de atrás. Con poco más de veinte años ya estaba colaborando con Pier Paolo Pasolini, otro que tampoco era precisamente de los tranquilos. Trabajó como ayudante en Accattone y de ahí saltó a dirigir su primera película, La commare secca (1962). Desde el principio se notaba que había talento, pero también cierta tendencia a complicarse la vida.

 

El gran despegue llegó con El conformista (1970), una obra que hoy sigue siendo un referente visual. Ahí ya aparece el Bertolucci que marcaría su carrera: obsesión por el poder, la identidad, la política y una estética tan cuidada que casi duele. La historia de ese hombre que se somete al fascismo para encajar es, en el fondo, una radiografía incómoda de cómo funciona el ser humano cuando tiene miedo a ser diferente. Y sí, ya empezaba a incomodar, que luego sería marca de la casa.

 

 

Pero si hay una película que lo colocó en el mapa mundial (y también en el ojo del huracán) fue El último tango en París (1972). Protagonizada por Marlon Brando y María Schneider, la película se convirtió en un escándalo monumental. No solo por su contenido sexual explícito, sino por la famosa escena de la mantequilla, que décadas después generó una polémica enorme por cómo se rodó. Aquí conviene decirlo claro: el mito del genio también tiene sombras, y Bertolucci cargó con críticas muy serias por decisiones que hoy serían directamente inaceptables. Su cine podía ser fascinante, sí, pero también profundamente problemático.

 

Lejos de achantarse, en 1976 se lanzó a por su gran obra total: Novecento (1900). Una película gigantesca, en todos los sentidos. Cinco horas largas para contar la historia de Italia a través de dos personajes, uno rico y otro pobre, interpretados por Robert De Niro y Gérard Depardieu. Aquí Bertolucci se desata: política, lucha de clases, sexo, violencia… todo cabe. Es su visión del siglo XX, sin filtros y sin prisa. Una película que no se ve, se atraviesa. Y que resume perfectamente su obsesión: el cine como herramienta para entender la historia y al ser humano, aunque duela.

 

En los años 80 dio un giro que nadie esperaba. Con El último emperador (1987) se fue a China y firmó una superproducción que le valió nueve premios Óscar, incluyendo mejor película y mejor director. La historia de Puyi, el último emperador chino, le permitió combinar su mirada política con un despliegue visual espectacular. Y aquí viene lo curioso: el mismo director que había escandalizado medio mundo con El último tango en París se convertía en el niño bonito de Hollywood. Cosas del cine.

 

Pero Bertolucci no era de acomodarse. Después vinieron películas como El cielo protector (1990), con ese aire existencialista en el desierto, o Pequeño Buda (1993), donde se metía en terrenos espirituales. Y en 2003 regresó a su terreno favorito con Soñadores, una película que mezcla cinefilia, política y despertar sexual en el contexto del Mayo del 68 en París. Aquí vuelve el Bertolucci provocador, el que juega con los límites y con la mirada del espectador, el que te hace sentir un poco incómodo mientras disfrutas de lo que estás viendo.

 

Su estilo es inconfundible. Visualmente, sus películas son una barbaridad: composición de planos, uso del color, movimientos de cámara… todo está pensado al milímetro. Pero no es solo estética. En el fondo, siempre hay una pregunta incómoda: ¿qué hacemos con el poder, con el deseo, con la ideología? Sus personajes están constantemente en conflicto, atrapados entre lo que quieren y lo que la sociedad espera de ellos.

 

Ideológicamente, Bertolucci fue siempre un cineasta comprometido. Su relación con el marxismo, su visión crítica del fascismo y su interés por las estructuras de poder atraviesan toda su filmografía. Pero no lo hace desde el panfleto, sino desde lo humano, desde personajes llenos de contradicciones. Nadie sale limpio en sus películas, y eso las hace más interesantes… y también más incómodas.

 

En sus últimos años, problemas de salud lo alejaron del ritmo frenético de rodaje. Aun así, volvió con Io e te (2012), una película más pequeña, más íntima, casi como un susurro después de tantos gritos. Fue su despedida cinematográfica. Falleció en 2018, dejando una filmografía que sigue generando debate.

 

Porque ese es, al final, el legado de Bernardo Bertolucci: un cine que no te deja tranquilo. Un cine que mezcla belleza y polémica, inteligencia y exceso, poesía y provocación. Un cine que, para bien o para mal, no se olvida.

 

Y eso, en los tiempos del “la veo y la olvido mientras miro el móvil”, tiene bastante mérito.

 

 

 

 

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Muchos besos y muchas gracias.

¡Nos vemos en el cine!

 

 

 

Chistes y críticas en holasoyramon.com

Crítico de Cine de El Heraldo del Henares

 

 

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