

Cutrecomentario de Ramón:
Hombres G: cuando cuatro amigos hicieron más felices los ochenta que media clase política
Hay documentales musicales que parecen un expediente administrativo con guitarras. Y luego está Los mejores años de nuestra vida, que consigue algo mucho más complicado: divertir, emocionar y recordar por qué demonios medio país acabó cantando aquello de “devuélveme a mi chica” como si fuera un himno nacional no oficial.
Detrás del documental están Charlie Arnaiz y Alberto Ortega, dos directores especializados precisamente en documentales musicales y retratos culturales.
Ya habían trabajado juntos en títulos como Anatomía de un Dandy, sobre Francisco Umbral, o Raphaelismo, dedicado a Raphael.
Aquí vuelven a demostrar que saben manejar muy bien el material de archivo, el ritmo narrativo y, sobre todo, el componente emocional.
Porque el documental tiene mucha nostalgia, sí, pero también bastante verdad humana detrás de las hombreras ochenteras.
Los mejores años de nuestra vida es un documental extremadamente divertido. Y eso, en tiempos donde muchos documentales parecen diseñados para que uno se plantee abandonar la civilización e irse a criar cabras al Pirineo, se agradece muchísimo.
Los Hombres G forman parte de la memoria sentimental de mucha gente.
Eran un grupo que hacía canciones pegadizas, gamberras, románticas y, sobre todo, divertidas.
Mezclar música con humor siempre es una maravilla.
Hay grupos que parecen dar una conferencia doctoral sobre el sufrimiento existencial de una berenjena escandinava.
Hombres G, en cambio, te hablaban de ligar fatal, de pasarlo bien y de vivir. Y eso conecta mucho más de lo que algunos críticos intensitos quisieron admitir en su día.
El documental se centra casi exclusivamente en la trayectoria profesional del grupo. Y eso es una decisión inteligente. Aquí no se entra demasiado en drogas, miserias íntimas ni en el clásico “mi dolor interior explicado delante de una ventana con lluvia”.
La película va al núcleo: cuatro amigos —David Summers, Dani Mezquita, Rafa Gutiérrez y Javi Molina— que montan una banda para divertirse y acaban convertidos en un fenómeno gigantesco.
Y claro, llega el éxito descomunal. La histeria colectiva. Las fans. Los conciertos imposibles. La sensación de que media España llevaba flequillo y cantaba a gritos. Pero también aparecen las críticas feroces de cierta prensa progresista de la época, que los despachaba como “niños de papá” o grupo superficial. Una cosa muy española: cuando algo hace feliz a demasiada gente, inmediatamente aparece alguien dispuesto a explicar por qué eso está mal.
El documental también aborda la ruptura entre ellos. Y ahí la película gana mucha fuerza emocional. Porque detrás del fenómeno pop había amistades reales. Y cuando esas amistades se rompen, duele. Se percibe que aquellos años separados fueron bastante tristes para varios de ellos. Precisamente por eso emociona tanto la reconciliación posterior, que parecía imposible.
Y funciona muy bien que sean los propios protagonistas quienes cuentan todo. No hay demasiada voz externa pontificando. Son ellos recordando, riéndose, emocionándose y reconstruyendo juntos su propia historia. Eso da muchísima vida al documental.
Además, todo está salpicado por las canciones de Hombres G, que siguen teniendo una capacidad insultante para quedarse pegadas al cerebro cuarenta años después. Uno sale del cine con ganas de volver a escuchar el grupo y probablemente de buscar fotos antiguas para comprobar si realmente llevaba aquella ropa o si fue una alucinación colectiva nacional.
También hay un componente muy bonito relacionado con Manolo Summers, padre de David Summers y uno de los cineastas importantes del cine español, director de películas como Del rosa al amarillo o La niña de luto. El documental le rinde un homenaje cariñoso y deja caer una idea interesante: posiblemente su figura no ha sido suficientemente reivindicada por motivos ideológicos. Y probablemente algo de eso hay.
Lo mejor de Los mejores años de nuestra vida es que consigue algo dificilísimo en un documental musical: emocionar de verdad.
No solo apelar a la nostalgia fácil, sino transmitir la sensación de amistad, pérdida, reconciliación y paso del tiempo.
Y eso, al final, es mucho más importante que vender discos.
Mi puntuación: 7,55/10.

Dirigido por Charlie Arnaiz, Alberto Ortega:

Ficha: En este enlace.
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Muchos besos y muchas gracias.
¡Nos vemos en el cine!

Chistes y críticas en holasoyramon.com
Crítico de Cine de El Heraldo del Henares
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