O profeta – 2026 – Ique Langa – Festival de Cine Africano Tarifa-Tánger (FCAT) 2026 – @FCAT_CineAfrica – #FCAT2026

 

 

 

 

Cutrecomentario de Ramón:

 

El profeta que descubrió el milagro más grande del cine de autor: aburrir en formato cuadrado

 

Hay películas lentas. Hay películas contemplativas. Hay películas que se toman su tiempo. Y luego está O profeta, de Ique Langa, que directamente parece rodada para comprobar cuánto aguanta un ser humano sentado sin pedir auxilio a Protección Civil. Una experiencia cinematográfica que convierte esperar el turno en el ambulatorio en una montaña rusa emocional.

 

Lo primero que llama la atención es la apuesta estética. La película está rodada en un blanco y negro áspero y en formato 1:1, el viejo formato cuadrado que prácticamente desapareció con la televisión de tubo y las fotos del DNI de los años ochenta. Y claro, uno se pregunta inmediatamente: ¿para qué? ¿Qué aporta esto? ¿Qué pretende demostrar exactamente Ique Langa? Porque hay veces que ciertas decisiones formales parecen tomadas únicamente para que en un coloquio posterior alguien diga la palabra “rupturista” mientras acaricia una barba cuidadosamente descuidada.

 

Ique Langa, cineasta mozambiqueño, ha trabajado especialmente en el ámbito del cortometraje y del cine experimental, desarrollando una filmografía muy vinculada al simbolismo, la identidad africana y los lenguajes contemplativos.

 

En O profeta, su primer largometraje de ficción de gran recorrido internacional, mantiene esa línea autoral radical que parece más interesada en la experiencia sensorial que en la narración convencional. Una propuesta que seguramente entusiasmará a cierta crítica de gafapasta extrema y desesperará profundamente al resto de la humanidad.

 

La película ha pasado por el circuito de festivales internacionales y su presencia en el Festival de Cine Africano Tarifa-Tánger (FCAT) 2026 confirma el interés que despierta dentro del cine africano contemporáneo más experimental.

 

Una de esas películas que suelen venir acompañadas de textos promocionales donde aparecen palabras como “poética”, “trascendencia”, “espiritualidad” o “deconstrucción de la mirada”. Mala señal casi siempre.

 

La historia, en realidad, podría haber tenido bastante interés. El protagonista es un pastor evangélico bastante torpe, con pocos fieles y dificultades hasta para leer ciertos pasajes bíblicos. Un hombre gris, mediocre y perdido que, tras una extraña experiencia en una cabaña perdida en la selva, comienza a adquirir fama y relevancia religiosa. Allí aparece uno de los elementos más fascinantes de la película: un hombre acondroplásico vestido con traje y pajarita que se dedica únicamente a barrer la tierra de la entrada. Una imagen perturbadora, surrealista y muy potente que hacía pensar que quizá la película iba a lanzarse definitivamente al delirio simbólico interesante.

Pero no.

 

Porque O profeta toma la peor decisión posible: aburrirse a sí misma.

 

La película se recrea continuamente en planos larguísimos, eternos, insufribles. Planos donde vemos al protagonista levantarse lentamente de la cama, abrocharse la camisa botón a botón, caminar durante minutos enteros mostrando únicamente cogotes y espaldas. Y no, eso no es cine profundo. Eso no es reflexión. Eso no es espiritualidad. Eso es convertir tareas domésticas en metraje.

 

Aquí el problema no es la lentitud. Hay cine lento extraordinario. El problema es que casi nada de lo que muestra tiene interés visual, dramático o emocional. El espectador no descubre nada nuevo observando durante varios minutos cómo un señor se anuda la ropa con parsimonia funcionarial. El cine contemplativo necesita tensión interna, atmósfera o capacidad hipnótica. Y aquí lo único hipnótico era la posibilidad muy real de quedarse dormido.

 

Da rabia porque debajo de todo esto sí parece haber una película interesante. El retrato de la culpa religiosa, de la fe popular, del fanatismo y de las transformaciones espirituales en ciertos entornos africanos podría haber dado muchísimo juego. Incluso esa mezcla entre superstición, evangelismo y miseria social tiene fuerza. Pero la película decide sacrificarlo todo en el altar del “mirad qué autor soy”.

 

Y mientras tanto, el público huyendo de la sala como si repartieran multas en la puerta.

 

De hecho, una parte importante de la experiencia consistía casi en observar quién aguantaba hasta el final. Una especie de supervivencia cinematográfica colectiva. Los que permanecieron sentados hasta los títulos de crédito merecen, sinceramente, algún tipo de reconocimiento institucional. Una medalla. Un diploma. Una botella de agua isotónica. Algo.

 

Porque sí, la película pretende reflexionar sobre la culpa, la fe y la transformación espiritual. Eso dicen los textos promocionales. Pero la realidad es que cuenta poquísimo y lo hace además con una autosuficiencia estética tremenda. Todo está tan preocupado por parecer trascendente que se olvida de algo fundamental: interesar.

 

Y el cine, incluso el más arriesgado y experimental, debería tener al menos un poco de amor por el espectador. Aquí da la sensación de que directamente lo castigan.

 

Mi puntuación: Cero patatero/10.

 

 

 

 

Ficha: En este enlace.

 

 

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Muchos besos y muchas gracias.

¡Nos vemos en el cine!

 

 

 

Chistes y críticas en holasoyramon.com

Crítico de Cine de El Heraldo del Henares

 

 

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