Troya – Troy – 2004 – Wolfgang Petersen – HBO Max

 

 

 

 

 

 

 

Cartel de Troya (Troy), de Wolfgang Petersen

 

Cutrecomentario de Ramón:

 

Troya: Aquiles, bíceps, gloria eterna y un caballo con muy malas intenciones

 

Wolfgang Petersen sabía manejar el espectáculo a lo grande.

 

El director alemán alcanzó fama internacional con El submarino (Das Boot) y después se instaló cómodamente en Hollywood con En la línea de fuego, Estallido, Air Force One (El avión del presidente) y La tormenta perfecta.

 

Troya encaja perfectamente en esa filmografía: acción, grandes escenarios, estrellas y un director que sabe dónde poner la cámara cuando hay que movilizar a unos cuantos miles de soldados.

 

Troya obtuvo una nominación al Oscar de 2005 al mejor diseño de vestuario, obra de Bob Ringwood.

 

 

Cutrecomentario de Ramón

 

Revisito Troya (Troy) veintidós años después de su estreno.

Cómo pasa el tiempo.

Y cómo han envejecido algunos de sus protagonistas mientras nosotros, naturalmente, seguimos exactamente igual.

 

Lo primero que me llama la atención es lo espectacular que sigue resultando.

Wolfgang Petersen convierte la guerra de Troya en una película bélica de toda la vida, solo que con espadas, escudos, sandalias y unos abdominales bastante mejor trabajados que los habituales.

 

La película recoge el espíritu general de La Ilíada y de la tradición sobre la guerra de Troya, pero se toma enormes libertades. Y hace bien en no disimularlo. Esto no es una clase de filología clásica, sino una superproducción de Hollywood escrita por David Benioff.

 

Las batallas siguen funcionando estupendamente.

Los movimientos de masas están bien resueltos y Troya aparece como una ciudad monumental, viva, imponente y aparentemente inexpugnable.

Su estética incluso tiene por momentos algo más egipcio que griego.

 

Y hay otra cosa que llama mucho la atención vista hoy: la luz.

 

Los cielos son azules. El Mediterráneo parece Mediterráneo. Hay colores. Hay sol. Hay brillo.

 

Después de haber visto La Odisea de Christopher Nolan, la comparación resulta inevitable.

La película de Nolan presenta un mundo mucho más sombrío y hostil; incluso su tratamiento visual del Mediterráneo ha provocado comentarios precisamente por esa ausencia de la luminosidad tradicionalmente asociada al Egeo.

 

Tal vez cada película sea hija de su tiempo.

 

En 2004 vivíamos todavía en plena expansión económica, antes del estallido de la burbuja inmobiliaria y de la crisis financiera.

Troya es una película luminosa, expansiva, confiada en el espectáculo y en la épica.

La Odisea de 2026 parece surgir de una época bastante menos optimista.

 

El cine habla de la época que retrata, pero también de la época en la que se rueda.

 

Aquí hay épica y hay sentimiento. Incluso demasiado sentimiento.

 

Porque uno de los defectos de Troya es esa costumbre tan de determinado cine de principios de siglo de parar la película para indicarnos solemnemente que ahora toca emocionarse.

Petersen subraya algunos momentos sentimentales más de lo necesario y ahí la película se vuelve algo pesada.

 

Pero llega otra batalla y se nos pasa.

 

El protagonismo está bastante repartido, aunque fundamentalmente se disputa entre dos hombres: Aquiles y Héctor.

 

Brad Pitt está en plenitud física interpretando a Aquiles.

Bíceps musculados, muslos robustos, nalgas poderosas y unos desnudos cuidadosamente planificados para enseñarnos prácticamente todo excepto aquello que hubiera elevado considerablemente la calificación por edades.

 

Aquiles está hecho un cachas estupendo.

 

Pero reducir a Brad Pitt a su físico siempre me ha parecido injusto.

Parece existir esa extraña teoría según la cual para ser considerado gran actor hay que ser feo.

Pitt ya había demostrado mucho antes, en Doce monos o Amor a quemarropa, que además de ser insultantemente guapo sabía actuar.

Y aquí vuelve a demostrarlo.

 

Su Aquiles es arrogante, sobrado y extraordinariamente consciente de su talento.

Pero sobre todo tiene una obsesión: trascender.

 

Quiere que dentro de miles de años alguien siga pronunciando su nombre.

Y, mira tú por dónde, lo consiguió.

 

Ese deseo de permanecer después de la muerte es profundamente humano.

Las religiones prometen cielos, paraísos o nirvanas; las ideologías levantan monumentos; los artistas dejan obras y los guerreros de Homero buscaban gloria.

 

Aquiles quiere la inmortalidad más eficaz que conocemos: que alguien se acuerde de ti cuando ya no estés.

 

Frente a él está Héctor, interpretado magníficamente por Eric Bana.

 

Héctor es prácticamente su contrario. Prudente, familiar, responsable.

Sabe que la guerra es una desgracia y precisamente por eso puede ser un excelente guerrero.

Tener miedo no le convierte en cobarde; le convierte en alguien que sabe perfectamente lo que puede perder.

 

Y después tenemos a Paris.

Ay, Paris.

Orlando Bloom interpreta a un flojucho que, por enamorarse de Helena, interpretada por una jovencísima y deslumbrante Diane Kruger, consigue arrastrar a toda una ciudad hacia la catástrofe.

 

 

Cuando tiene que enfrentarse a Menelao, interpretado por Brendan Gleeson, descubrimos que de héroe anda bastante justito.

 

Así que termina refugiándose en aquello que mejor se le daba a Orlando Bloom por aquellos años: coger un arco y convertirse otra vez en Legolas.

 

También están estupendos Brian Cox como el ambicioso y desagradable Agamenón, Brendan Gleeson como Menelao y, por supuesto, Peter O’Toole como el rey Príamo.

 

Y aparece una jovencísima Rose Byrne interpretando a Briseida, protegida una y otra vez por Aquiles.

 

Patroclo, interpretado por Garrett Hedlund, es aquí presentado como primo y protegido de Aquiles.

Su muerte a manos de Héctor desencadena finalmente la furia del héroe griego.

La película modifica así de manera importante la tradición homérica y elimina además prácticamente toda intervención directa de los dioses.

 

Y me estaba dejando a uno de mis personajes favoritos: Odiseo, interpretado por Sean Bean.

 

Aquí Odiseo representa la inteligencia práctica.

 

No es el más fuerte ni el más espectacular.

Tampoco necesita serlo.

Conoce su posición dentro del ejército aqueo, sabe negociar, conciliar, convencer y esperar.

 

Mientras Aquiles se mueve por la gloria y Agamenón por el poder, Odiseo utiliza la cabeza.

 

Es, de alguna manera, el contrapunto griego de Héctor: dos hombres que comprenden que una guerra no debería ser una competición para descubrir quién tiene la testosterona más descontrolada.

 

Y, naturalmente, será Odiseo quien tenga la idea del caballo.

 

La película comprime brutalmente la cronología tradicional de una guerra que dura diez años.

Aquí todo sucede a velocidad de AVE: desembarco, batallas, retirada aparente, caballo de madera y a conquistar Troya.

 

Pero funciona.

 

Además, Troya es más adulta de lo que recordaba.

Hay sexo, desnudos y, sobre todo, la conquista de la ciudad no se presenta como una fiesta heroica.

Cuando los aqueos entran en Troya aparecen asesinatos de civiles, mujeres atacadas, niños muertos y toda la brutalidad que acompaña a una ciudad saqueada.

 

Petersen no se recrea especialmente en ello, pero tampoco lo oculta.

 

El fuego final canta algo más.

Han pasado veintidós años y algunos efectos visuales empiezan a enseñar las costuras.

Pero sorprende lo bien que aguanta casi todo el espectáculo.

 

Troya no tiene la profundidad ni la amargura de La Odisea de Christopher Nolan. Tampoco creo que lo pretenda.

 

Esta es fundamentalmente una película épica, luminosa, espectacular y entretenida.

 

Una adaptación muy libre de Homero que sacrifica dioses, cronología y complejidad para construir un gran espectáculo cinematográfico.

 

Y veintidós años después sigue funcionando.

 

Además, tiene a Brad Pitt haciendo de Aquiles prácticamente en pelotas.

 

Homero no especificó ese detalle.

 

Pero tampoco creo que hubiera protestado.

 

Mi puntuación: 7,77/10.

 

 

Dirigido por Wolfgang Petersen:

 

 

Ficha: En este enlace.

 

 

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Muchos besos y muchas gracias.

¡Nos vemos en el cine!

 

 

Chistes y críticas en holasoyramon.com

Crítico de Cine de El Heraldo del Henares

 

 

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