Los cuatrocientos golpes – Les Quatre Cents Coups (Les 400 Coups) – 1959 – François Truffaut – Wilder Cinema – #YoVoyAlCine

 

 

 

 

 

 

 

Cartel de Los cuatrocientos golpes para Wilder Cinema

 

Cutrecomentario de Ramón:

 

Los cuatrocientos golpes: Antoine Doinel contra el mundo

 

Cuando yo tenía un añito, François Truffaut estrenaba Los cuatrocientos golpes (Les Quatre Cents Coups), una obra maestra y una de las películas emblemáticas de la Nouvelle Vague.

 

La primera vez que la vi fue durante la Transición, en un cine de Arte y Ensayo, muy posiblemente el cine Eliseo de Zaragoza.

 

Años más tarde, en los ochenta, volví a verla en La 2, dentro de uno de aquellos estupendos ciclos que la televisión pública dedicaba a grandes directores. Después la he revisitado varias veces en casa.

 

Si soy capaz de recordar cuándo y dónde vi una película hace tantos años es porque desde aquella primera vez me subyugó. Hay películas que uno ve y olvida. Otras se quedan viviendo en algún rincón de la memoria. Los cuatrocientos golpes pertenece claramente a las segundas.

 

Y después de haberla visto tantas veces, me sigo compadeciendo del pobre Antoine Doinel.

 

François Truffaut nos presenta de manera descarnada y realista, pero nunca sentimentaloide, la vida de este niño que terminaría convirtiéndose en uno de los personajes míticos de la historia del cine.

 

Antoine es un niño malquerido. Tal vez incluso un niño no deseado.

 

Recibe escasa atención de su madre, una atractiva mujer de vida complicada, y tampoco encuentra demasiado cariño ni comprensión en casa.

 

En el colegio las cosas no mejoran. Tiene que soportar a un profesor autoritario que parece haber decidido de antemano que aquel muchacho inquieto solo puede ser un desastre.

 

Y Antoine es travieso, desde luego. Inquieto, contestatario y mentiroso cuando necesita salir del paso. Pero en él no hay maldad.

 

Sus frecuentes trastadas contrastan continuamente con su inocencia y con una sinceridad que aparece cuando menos se espera.

 

Hay una escena especialmente reveladora.

 

Después de descubrir a Honoré de Balzac, Antoine escribe una magnífica redacción. Su profesor, en lugar de descubrir que detrás de aquel alumno problemático puede existir sensibilidad e inteligencia, decide que ha copiado.

 

El prejuicio ya ha dictado sentencia.

 

Nadie parece dispuesto a preguntarse por qué se comporta así Antoine. Padres y profesores prefieren castigarlo antes que intentar comprenderlo.

 

Por eso despierta una ternura y una compasión inmensas.

 

Pero Truffaut tampoco convierte a su protagonista en una pobre criatura indefensa diseñada para provocar la lágrima fácil.

 

Antoine es fuerte, decidido, curioso y posee un extraordinario instinto de supervivencia. Tiene una sorprendente claridad para algunas cosas y una ingenuidad absoluta para otras.

 

Es un niño intentando sobrevivir en un mundo de adultos que no sabe qué hacer con él.

 

Y ahí está una de las grandes virtudes de la película.

 

Detrás de las peripecias de Antoine aparece también el retrato social de toda una época.

 

Las calles, los abrigos, las aulas, las viviendas y aquella austeridad de la Francia de finales de los cincuenta me resultan extrañamente familiares.

 

Antoine Doinel me sacaría diez o doce años, pero ese mundo francés de los cincuenta guarda semejanzas con la España en la que transcurrió mi infancia durante los sesenta.

 

Aunque había una diferencia monumental.

 

Aquí teníamos encima el universo gris del franquismo y del nacionalcatolicismo, impregnándolo prácticamente todo. En la vida de Antoine sorprende, vista desde aquella España, la ausencia de esa omnipresencia religiosa.

 

Francia salía de las heridas de la guerra y España arrastraba las suyas, pero las sociedades no eran iguales. Compartían austeridad y estrecheces, no el mismo grado de libertad.

 

Truffaut sale literalmente a la calle para contar todo esto.

 

La ciudad no funciona como un decorado. Es parte esencial de la película.

 

Calles, colegios, pisos pequeños, coches, escaparates y descampados construyen el universo de Antoine.

 

La cámara lo acompaña con una libertad extraordinaria.

 

Hay travellings, planos largos, movimientos de cámara, tomas desde posiciones elevadas y una utilización magnífica de los espacios reales.

 

Pero lo mejor es que Truffaut nunca parece presumir de técnica.

 

La cámara está al servicio de Antoine y no Antoine al servicio de la cámara.

 

Eso es algo que siempre agradezco.

 

También utiliza los primeros planos con contención. Nada de colocar permanentemente la cámara pegada a la nariz de los actores para indicarnos a martillazos qué tenemos que sentir.

 

La emoción surge de las situaciones.

 

Y, por supuesto, surge de Jean-Pierre Léaud.

 

Su interpretación es prodigiosa.

 

Resulta difícil imaginar a otro actor interpretando a Antoine Doinel. Léaud transmite al mismo tiempo insolencia, fragilidad, inteligencia, miedo, desparpajo y candidez.

 

El encuentro entre Truffaut y Léaud terminó siendo uno de esos acontecimientos afortunados que cambian la historia del cine.

 

Porque Los cuatrocientos golpes no terminó realmente con Los cuatrocientos golpes.

 

Truffaut siguió a Antoine durante años y Jean-Pierre Léaud continuó interpretándolo mientras el personaje crecía, se enamoraba, trabajaba, se casaba y se enfrentaba a la vida adulta.

 

Eso convierte a Antoine Doinel en algo excepcional: un personaje que envejeció delante de la cámara al mismo tiempo que su actor.

 

Pero aquí todavía es un niño.

 

Un niño que corre.

 

Corre por París, escapa de la escuela, huye de los adultos y finalmente corre también para escapar del lugar en el que han decidido encerrarlo.

 

Y entonces llega uno de los finales más hermosos de la historia del cine.

 

Antoine corre hacia algo que nunca ha visto.

 

El mar.

 

Por fin llega hasta él.

 

Durante toda la película ha estado encerrado entre paredes: la vivienda familiar, el colegio, la comisaría, el centro de menores.

 

De repente tiene delante un horizonte sin paredes.

 

El mar se convierte así en libertad, esperanza y posibilidad de escapar.

 

Pero Truffaut tampoco nos concede un final tranquilizador.

 

Antoine llega hasta la orilla, se vuelve hacia nosotros y la imagen queda detenida sobre su rostro.

 

Ahí termina la película.

 

¿Y ahora qué?

 

No lo sabemos.

 

Ese rostro de Jean-Pierre Léaud mirando a cámara sigue resultando conmovedor más de seis décadas después.

 

Tal vez porque Antoine no está pidiendo nuestra compasión.

 

Nos está preguntando qué coño van a hacer ahora los adultos con él.

 

Y después de tantas revisiones, sigo sin poder apartar la mirada.

 

Mi puntuación: 10/10.

 

Antoine Doinel en una escena de Los cuatrocientos golpes

 

 

 

 

Los 400 golpes: cuando François Truffaut convirtió su infancia en cine

En 1959, un joven crítico de cine francés de 27 años llamado François Truffaut estrenó su primer largometraje, Los 400 golpes (Les Quatre Cents Coups). Aquella película pequeña, rodada en buena medida por las calles de París y protagonizada por un adolescente prácticamente desconocido, Jean-Pierre Léaud, terminó convirtiéndose en uno de los títulos fundamentales de la historia del cine europeo y en una de las películas que dieron carta de naturaleza a la Nouvelle Vague.

Más de seis décadas después, sigue conservando una sorprendente modernidad. En buena medida porque Truffaut no pretendía hacer una película «sobre la infancia», con toda la sensiblería que esa expresión puede acarrear, sino contar la infancia desde el punto de vista de un niño.

Los 400 golpes, de François Truffaut

 

Los 400 golpes (1959), de François Truffaut.

Una película nacida de una infancia complicada

Los 400 golpes tiene mucho de autobiografía. Antoine Doinel, su protagonista, es en parte el propio Truffaut, aunque el director incorporó también experiencias de su amigo Robert Lachenay y posteriormente rasgos del propio Jean-Pierre Léaud. Truffaut siempre dejó claro que se trataba de una película parcialmente autobiográfica, no de unas memorias filmadas.

Su infancia había sido bastante poco idílica. Creció con una relación difícil con su madre y con un padrastro; fue un alumno problemático, hizo novillos, se escapó de casa y terminó internado en un centro de observación de menores en Villejuif. El cine y la literatura fueron dos de sus principales refugios.

Inicialmente, la historia de Antoine iba a formar parte de una película compuesta por varios episodios sobre la infancia. Pero, al desarrollar el material junto al guionista Marcel Moussy, Truffaut comprendió que aquella historia daba para un largometraje. La intención era apartarse de la habitual mirada nostálgica sobre la niñez y mostrar la adolescencia como una etapa difícil, contradictoria y, a veces, bastante puñetera.

El título francés procede de la expresión faire les quatre cents coups, que significa aproximadamente hacer todas las trastadas imaginables, vivir a lo loco o meterse continuamente en líos. Por eso una traducción literal como Los 400 golpes resulta algo engañosa.

La aparición de Jean-Pierre Léaud

Uno de los grandes aciertos fue encontrar a Jean-Pierre Léaud. En septiembre de 1958, Truffaut publicó un anuncio en France-Soir buscando un muchacho de unos trece años. Se presentaron alrededor de sesenta candidatos.

Léaud tenía algo distinto. Truffaut recordaría después que parecía desesperadamente interesado en conseguir el papel y que detrás de su actitud desenvuelta percibió ansiedad e intensidad. Pero ocurrió algo todavía más interesante: durante el rodaje, Antoine Doinel empezó a dejar de ser exclusivamente Truffaut para convertirse también en Léaud. El director permitió que el muchacho aportara gestos, maneras de hablar y elementos de su personalidad.

Jean-Pierre Léaud en Los 400 golpes

 

Jean-Pierre Léaud como Antoine Doinel.

De aquella mezcla surgió uno de los grandes personajes del cine francés.

Y no terminó aquí. Truffaut siguió a Antoine Doinel y a Jean-Pierre Léaud durante veinte años en Antoine et Colette (1962), Besos robados (1968), Domicilio conyugal (1970) y El amor en fuga (1979). Actor, personaje y director terminaron envejeciendo juntos.

Un rodaje en las calles

El rodaje comenzó el 10 de noviembre de 1958. Al día siguiente murió de leucemia, con solo 40 años, André Bazin, fundador de Cahiers du cinéma, maestro intelectual de Truffaut y prácticamente su padre adoptivo durante los momentos más complicados de su juventud. Truffaut dedicó la película a su memoria.

Las imágenes fueron realizadas por Henri Decaë, uno de los grandes directores de fotografía asociados al nuevo cine francés. Buena parte de la película se filmó en escenarios naturales de París, especialmente en zonas que Truffaut conocía perfectamente. El exterior de la escuela, por ejemplo, corresponde al número 85 de la rue de Vaugirard. El famoso desenlace junto al mar se rodó en Villers-sur-Mer, Normandía, con los acantilados de Les Vaches Noires al fondo.

Este uso de localizaciones auténticas contribuye decisivamente a su aspecto casi documental. París no funciona como decorado bonito, sino como territorio de Antoine: calles, viviendas pequeñas, cines, colegios, comisarías y descampados por los que el muchacho intenta escapar de unos adultos que parecen empeñados en organizarle la vida sin molestarse demasiado en comprenderlo.

El rodaje terminó a comienzos de enero de 1959. La película fue casi enteramente postsincronizada y en el montaje participó una entonces joven Marie-Josèphe Yoyotte, posteriormente una prestigiosa montadora. La música fue compuesta por Jean Constantin. Incluso aparecen fugazmente amigos de Truffaut como Jeanne Moreau, Jean-Claude Brialy o Jacques Demy.

El nacimiento de una nueva manera de hacer cine

La importancia de Los 400 golpes no puede separarse de lo que estaba ocurriendo en el cine francés.

Truffaut procedía de Cahiers du cinéma, donde, junto a futuros cineastas como Jean-Luc Godard, Claude Chabrol, Éric Rohmer o Jacques Rivette, había combatido ferozmente contra cierto cine francés académico y excesivamente dependiente de grandes guiones literarios, estudios y estructuras industriales.

Defendían otra cosa: el director como verdadero autor de la película, un cine personal en el que la puesta en escena expresara una mirada propia.

Lo divertido es que Truffaut había sido particularmente feroz. En 1958 llegó a ser persona non grata en Cannes debido a sus críticas contra el propio festival. Un año después regresaba convertido en director y con una película seleccionada para la competición oficial.

Los 400 golpes, junto con películas como El bello Sergio de Chabrol y, poco después, Al final de la escapada de Godard, representó la irrupción de aquella nueva generación que acabaría siendo conocida internacionalmente como Nouvelle Vague.

No existía un único «estilo Nouvelle Vague». De hecho, el propio Truffaut señalaba que aquellos directores eran muy distintos entre sí. Lo que compartían era fundamentalmente la libertad de hacer películas personales al margen de muchas convenciones industriales.

Cannes 1959: de apestado a triunfador

La presentación de Los 400 golpes en el Festival de Cannes de 1959 fue un acontecimiento.

François Truffaut y Jean-Pierre Léaud en Cannes

 

François Truffaut y Jean-Pierre Léaud durante la época del estreno de la película.

La película fue recibida con entusiasmo, Jean-Pierre Léaud fue llevado en volandas y Truffaut obtuvo el Premio a la Mejor Dirección. El antiguo crítico que había atacado ferozmente al festival regresaba apenas un año después convertido en una de sus grandes revelaciones.

En Francia se estrenó comercialmente el 3 de junio de 1959. Según los datos recogidos por el CNC francés, permaneció catorce semanas en exhibición exclusiva y reunió unos 260.000 espectadores durante ese periodo. Ese mismo año recibió además el Premio Méliès del Sindicato Francés de Críticos, compartido con Hiroshima mon amour de Alain Resnais.

Pero su importancia terminó siendo bastante mayor que sus resultados comerciales inmediatos.

El plano que terminó convirtiéndose en historia del cine

El desenlace es una de las imágenes más famosas del cine moderno.

Antoine escapa del centro de menores y corre durante un larguísimo plano hacia algo que nunca ha visto: el mar. Llega a la playa, avanza hasta el agua y se vuelve hacia la cámara. Entonces Truffaut congela su rostro.

No hay moraleja. No sabemos si Antoine ha conseguido la libertad o simplemente ha llegado hasta otro callejón sin salida.

Ese fotograma congelado terminó convirtiéndose en una de las imágenes emblemáticas de la Nouvelle Vague. El BFI destaca precisamente ese final como una de las innovaciones estilísticas fundamentales de la película: el futuro de Antoine queda literalmente suspendido ante nosotros.

Ahí reside buena parte de la grandeza de Los 400 golpes. Truffaut no juzga a Antoine ni pretende demostrar una tesis sociológica. Tampoco convierte a los padres o profesores en monstruos. Simplemente se coloca junto al niño y observa el mundo desde su altura.

François Truffaut después de Antoine Doinel

Los 400 golpes convirtió inmediatamente a François Truffaut en uno de los grandes nombres del nuevo cine europeo.

Después llegarían Tirad sobre el pianista (1960), Jules y Jim (1962), La piel suave (1964), Fahrenheit 451 (1966), La novia vestía de negro (1968), El pequeño salvaje (1970), Las dos inglesas y el amor (1971), La noche americana (1973), La historia de Adèle H. (1975), El último metro (1980) o Vivamente el domingo (1983), además de las sucesivas películas dedicadas a Antoine Doinel.

Su cine fue evolucionando, pero permanecieron algunas obsesiones: la infancia, la educación, las relaciones sentimentales, las mujeres, los libros y, por encima de casi todo, el propio cine.

Truffaut murió prematuramente en 1984, con solo 52 años.

Una película que nunca terminó de envejecer

Los 400 golpes se ha convertido con el tiempo en una película canónica, estudiada en escuelas de cine y universidades y situada repetidamente entre las grandes obras de la historia del cine. En la encuesta internacional de Sight and Sound organizada por el BFI (*) en 2022 quedó situada en el puesto 50 entre las mejores películas de todos los tiempos.

Pero reducirla a «película histórica» sería casi una injusticia. Su valor no reside únicamente en haber contribuido a fundar la Nouvelle Vague.

Sigue funcionando porque detrás de toda aquella revolución cinematográfica hay algo bastante más sencillo: un chaval que no encuentra su sitio ni en casa ni en el colegio y que descubre que escaparse tampoco garantiza encontrarlo.

Truffaut convirtió recuerdos bastante dolorosos de su propia infancia en una película sin sentimentalismo, pero llena de empatía. Y, paradójicamente, aquel joven crítico que había pasado años explicando cómo debían hacerse las películas descubrió con su primer largometraje que la mejor manera de demostrarlo era dejar de escribir sobre cine y ponerse detrás de una cámara.

Con Los 400 golpes no solo comenzó la carrera de François Truffaut. También empezó, en buena medida, una nueva época del cine europeo.

(*) British Film Institute (Instituto Británico de Cine)

 

Dirigido por François Truffaut:

François Truffaut

 

Ficha: En este enlace.

 

 

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Antoine Doinel en Los cuatrocientos golpes

 

Muchos besos y muchas gracias.

¡Nos vemos en el cine!

 

 

Chistes y críticas en holasoyramon.com

Crítico de Cine de El Heraldo del Henares

 

 

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