


Cutrecomentario de Ramón:
Mi querida señorita 2.0: identidad, Pamplona y una escapada a Madrid para respirar un poco.
El director Fernando González Molina lleva años moviéndose con soltura entre el cine comercial y la televisión de gran presupuesto.
Ha dirigido títulos muy populares como Tres metros sobre el cielo (2010), Tengo ganas de ti (2012) o Palmeras en la nieve (2015).
En televisión también ha firmado proyectos de gran impacto como El guardián invisible (2017), Legado en los huesos (2019) y Ofrenda a la tormenta (2020), adaptaciones de la trilogía del Baztán de Dolores Redondo.
Es un director con buen pulso narrativo y clara vocación de conectar con el público amplio.
Cutrecomentario
Más que un remake de Mi querida señorita (1972), la película que dirigió Jaime de Armiñán con guion suyo y de José Luis Borau, esta nueva versión es una especie de revisitación o actualización del clásico.
Aquella estaba protagonizada por José Luis López Vázquez y Julieta Serrano y, en plena España franquista, hablaba de identidad sexual con una sutileza que hoy resulta admirable.
La película de 2026 juega en otra liga temporal.
Estamos en el siglo XXI, en una España donde —al menos sobre el papel— se puede hablar de estas cosas con bastante más libertad.
Aquí la protagonista es Adela, interpretada por Elizabeth Martínez, una chica solitaria que arrastra desde la infancia una historia médica complicada relacionada con intervenciones gonadales. Es decir, una identidad sexual construida a golpe de bisturí y de decisiones ajenas.
La película sitúa a Adela en una Pamplona gris, lluviosa, fría, opresiva. Una ciudad que parece diseñada para que nadie levante demasiado la cabeza.
Sus padres, interpretados con firmeza por Nagore Aramburu, mantienen un control férreo sobre su vida. Horarios, normas, expectativas… todo muy ordenado, muy correcto, muy asfixiante.
En ese ambiente tan poco respirable aparece una pequeña ventana al mundo: una fisioterapeuta interpretada por Anna Castillo, que además sueña con convertirse en actriz. Ella será, de alguna manera, la chispa que le recuerda a Adela que existe algo parecido a la libertad.
Mientras tanto, hay novio en escena. Eneko Sagardoy interpreta a un chico que le declara su amor y que además se encarga de definir Pamplona con una frase bastante graciosa: una ciudad con “cien personas y diez calles”. Exagerado, pero se entiende la idea.
Y entonces llega el momento clave: la huida. Adela se va a Madrid, y ahí la película cambia completamente de tono.
Frente a la ciudad cerrada del norte aparece la capital, donde la protagonista empieza a construir algo parecido a una familia elegida: amigos, apoyo, red afectiva.
En ese nuevo universo aparecen Manu Ríos y Lola Rodríguez, que dan vida a ese grupo de amigos que ayudan a Adela —que ahora se hace llamar AD— a encontrar su lugar.
No quiero olvidarme de María Galiana como la abuela, que siempre es un placer ver en pantalla, porque tiene ese talento raro de parecer completamente natural incluso cuando está diciendo cosas muy serias.
La película habla, básicamente, de identidad. De buscar quién eres cuando todo el mundo parece tener una opinión sobre lo que deberías ser. Y también de algo más simple: de intentar ser feliz aunque no tengas ni idea de cómo hacerlo.
Aquí entran en juego Javier Calvo y Javier Ambrossi, los Javis, que están detrás del proyecto como productores e ideólogos. Y claro, eso se nota. La película es mucho más explícita, más discursiva, incluso más didáctica que la original de 1972.
La comparación con la obra de Jaime de Armiñán es inevitable. Aquella tenía una delicadeza y una ambigüedad que hoy casi parecen de otro planeta. Pero también hay que decir que jugaba con la censura franquista encima de la mesa. Aquella película tenía que insinuar lo que no podía decir.
Esta nueva Mi querida señorita dice las cosas sin rodeos. Es más directa, más emocional, más contemporánea.
Son películas distintas para épocas distintas.
Y, por cierto, conviene recordar un dato: la original de 1972 fue un auténtico fenómeno en España y se convirtió en una de las películas más importantes del año.
Habrá que ver si esta nueva versión consigue algo parecido.
Desde luego, la historia que cuenta —la de alguien intentando descubrir quién es— sigue siendo igual de universal que hace más de cincuenta años. Y eso, al final, siempre conecta con el público.
Mi puntuación: 7,66/10.

Ficha: En este enlace.

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Muchos besos y muchas gracias.
¡Nos vemos en el cine!

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Crítico de Cine de El Heraldo del Henares
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