

Barcelona, ciudad de Goya y de furgón policial
Barcelona es un decorado natural. Eso ya lo sabíamos. Pero vestida de Goya, con su brisilla fresca y su cielo de “mejor ponte bufanda”, tenía ese punto de ciudad europea encantada de haberse conocido.
Susan Sarandon, Goya Internacional de Honor, dijo que era la mejor ciudad española por su gente, sus museos, su arquitectura y su gastronomía. Vamos, que si le dan cinco minutos más, se empadrona en Gràcia.
No desaproveché la ocasión de visitar la Sagrada Familia, que ya luce su torre central. Impresiona. Sales de allí con tortícolis y cierta sensación de insignificancia existencial. El día no acompañaba mucho para pasear, pero cayeron kilómetros como si estuviera entrenando para la San Silvestre Vallecana.
Eso sí: me llamó poderosamente la atención el despliegue policial. Mossos por todas partes. En el tren desde Atocha —con agentes recorriendo vagones como si buscaran a alguien que hubiera ganado un Goya sin estar nominado— y un festival de furgones en los alrededores del auditorio. Supongo que la presencia del presidente del Gobierno ayudó a que aquello pareciera más una cumbre internacional que una gala de cine.

Premios: la noche de Alauda Ruiz de Azúa
La gran vencedora moral y artística fue Alauda Ruiz de Azúa con Los domingos, que se llevó los premios gordos: película, dirección, guion, actriz protagonista para Patricia López Arnaiz y actriz de reparto para Nagore Aranburu. Cinco Goyas de los que pesan.
Es verdad que Sirat acumuló seis, pero más en el terreno técnico. Mucho mérito también, pero ya sabemos cómo funciona esto: el titular se lo lleva quien conquista el trío dirección-película-guion.
En su discurso, Ruiz de Azúa recordó a Isabel Coixet y Pilar Miró, subrayando lo excepcional que sigue siendo que una mujer gane el Goya a mejor dirección. Y ahí el aplauso fue sincero.
Ojo a Miriam Garlo, hermana de la directora y protagonista, que se llevó el Goya a actriz revelación.
Y mención especial a Álvaro Cervantes, premiado por Sorda, que aprovechó para hablar de discapacidad con naturalidad y elegancia. Me alegré muchísimo por él… y lamenté que su hermana, Ángela, no se llevara el cabezón por La furia, porque estaba extraordinaria. Pero bueno, si lo ganó Patricia López Arnaiz, tampoco vamos a quejarnos demasiado.
Y el Goya a mejor actor protagonista fue para José Ramón Soroiz por Máspalomas, encarnando a ese anciano homosexual lleno de matices. Discurso en euskera, breve y contenido. Milagro en la tierra.

Una gala más corta… y más plana
Duró hora y cuarto menos que la del año pasado. ¿El motivo? Agradecimientos comprimidos. Nadie hizo la lista telefónica de Albacete. Incluso José Ramón Soroiz, que prometía discurso enciclopédico, fue conciso. Bien.
El problema no fue la duración. Fue el contenido. Mucha ristra de nombres sin relato. Mucho “gracias a todos” sin que sepamos muy bien a qué.
Los presentadores, Rigoberta Bandini y Luis Tosar, no estuvieron finos.
Guion flojísimo, cero chispa.
Todo muy plano.
El único momento con algo de vida fue el discurso institucional de Fernando Méndez-Leite, que coló la única broma decente de la noche.
Muy bien Susan Sarandon, generosa con España y hasta con su presidente.
Elegante Gonzalo Suárez en su intervención, con Maria de Medeiros entregando el Goya de Honor.
Y siempre estimulante escuchar a Albert Serra, que tiene más personalidad que la mitad del patio de butacas junto.
Pero, en conjunto, gala aburrida.
Más corta, sí. Más vibrante, no.

Actuaciones musicales: entre el aprobado y el ole



Si el año pasado las actuaciones tuvieron más brillo que una chaqueta de lentejuelas, este año se quedaron en notable raspadito.
El arranque fue con Rigoberta Bandini y Luis Tosar, apareciendo desde detrás del escenario con Hoy puede ser un gran día. Ella tirando de potencia vocal, que la tiene. Él… bueno, digamos que actuar se le da mejor que afinar. Fue un inicio digno, simpático, sin fuegos artificiales.
Uno de los momentos más bonitos llegó con Tu Mirá. Alba Molina y Ángeles Toledano, acompañadas por 14 niños de la Escolania del Orfeó Català, se marcaron una versión emocionante del clásico de Lole y Manuel. Aquí sí hubo duende, sensibilidad y un montaje escénico impecable. Para mí, la mejor actuación de la noche. Vibró todo. Hasta los que estaban mirando el móvil, que no eran pocos.
Cerca de la medianoche apareció el combo pop: Ana Mena junto a La Casa Azul, mezclando español e italiano en una versión muy particular de La Bamba (con ese aire eurovisivo que siempre entra bien a esas horas). Correcto, vistoso, pero sin hacer historia.
El bloque catalán tuvo doble homenaje:
Bad Gyal con Arrels de Gràcia reivindicando la rumba barcelonesa al estilo Gato Pérez, y la propia Rigoberta Bandini interpretando Tot cor, del mallorquín Tomeu Penya, en catalán. Fue un guiño claro a la sede y a la identidad cultural del lugar.
Y luego llegó el momento serio: el In Memoriam. Este año ha sido especialmente doloroso para la Academia; una auténtica sangría de nombres ilustres.
Belén Aguilera y Dani Fernández interpretaron Si te vas mientras desfilaban los rostros de quienes nos dejaron. Silencio respetuoso y alguna lágrima furtiva.
Un homenaje, también, a Roberto Iniesta.
Belén comenzó la actuación, que subió de nivel cuando Roberto entró en escena. Es una pena porque ella no se le entendía la potente letra de una estupenda canción.
En conjunto, actuaciones bien resueltas, aunque sin la chispa memorable de otras ediciones.
Eso sí, imagino a Susan Sarandon con el Goya Internacional en la mano, mirando a su alrededor mientras sonaba flamenco y rumba catalana a todo trapo, y pensando: “Vale, esto en Hollywood no lo tengo cada domingo”.
Y oye, por eso también molan los Goya.
Noche de cine y reivindicación política
Este año en Barcelona los Premios Goya han estado salpicados de mensajes políticos. Que si Free Palestine por aquí, que si discursos sobre genocidios y guerras por allá… El cine español se manifiesta, como ha hecho casi siempre.
Desde la alfombra roja hubo actores y actrices con pin de solidaridad con Gaza y mensajes pidiendo el fin de la violencia, y se notó que el conflicto israelo-palestino fue el tema recurrente de la noche.
En el escenario fueron frecuentes las referencias a conflictos internacionales.
La noche se convirtió en un altavoz moral.
Pero claro, las reacciones no fueron unánimes: hubo quien habló de “propaganda” y de empacho de consignas, y hasta comentarios que insinuaban que quizá sobraba pancarta en una gala que, en teoría, iba de cine.
Al final, el debate quedó servido: ¿son los Goya un escenario legítimo para posicionamientos públicos? ¿O debería haber más focos en las películas que en las banderas?
Como dijo hace poco Ana Belén (aunque hablando de cine y política en general), “todo es político, incluso la vida cotidiana”.
Guste o no, en esta edición los discursos, las intervenciones y los símbolos políticos tuvieron bastante protagonismo.
Organización y fiesta: menos brillo
Aquí hay que decirlo claro: organización deficiente.
Llegada de autobuses caótica, entrada con aglomeración impropia de un evento de este nivel.
Nada que ver con la calidez y el orden de Granada o Valladolid en años anteriores.
La fiesta posterior —3.500 invitados, que se dice pronto— parecía una macrodiscoteca industrial.
Música altísima, imposible conversar sin dejarse las cuerdas vocales.
Catering más flojo que en otras ediciones. Y no es una opinión aislada: era comentario generalizado entre académicos.
Barcelona no transmitió el calor popular que sí se vivió en otras sedes. Más protocolo que pasión.

El famoseo: abrazos y confidencias
Recorrimos la nave entera, como quien hace inspección técnica del cotilleo.
No vimos a todos los amigos que queríamos, pero sí nos encontramos con Diego Ferro, siempre simpático, siempre cercano.
Pudimos felicitar a Álvaro Cervantes y transmitirle nuestra admiración (y nuestra pequeña espinita por su hermana).
Conversamos un rato con Oliver Laxe, director de Sirat, entrañable y sincero como siempre.
Y cuando ya nos íbamos, apareció Albert Serra. Le expresé mi admiración y se arrancó con charla larga: próximo proyecto casi terminado, reparto internacional, temas de actualidad… y objetivo claro: Cannes. Muy francés él. Y muy querido allí. No me extrañaría verlo en la Croisette.
Epílogo
Viaje agotador, sí. Horas intensas, también. Pero participar en la gran fiesta anual del cine español sigue siendo un privilegio.
Aunque la gala sea aburrida. Aunque el catering flojee. Aunque haya más Mossos que chistes.
Al final, estar allí compensa. Porque el cine —cuando es bueno— siempre merece la pena. Y el Goya, con sus luces y sus sombras, sigue siendo nuestro gran ritual colectivo.
Chistes y críticas en holasoyramon.com
Crítico de Cine de El Heraldo del Henares
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Gracias Ramón por tu crítica sincera.
Como espectadora desde el sofá cómo de mi casa, la gala no se hizo pesada ni aburrida, los agradecimientos breves ayudaron muchísimo.
Las actuaciones fueron flojas, si, la verdad, pero los audiovisuales me gustaron, recordando imágenes épicas d nuestro cine .
Como digo, desde casa no estuvo mal.
Con la peque el ir al cine se nos complica salvo que las horas de las proyecciones y el poder tirar de los yayos lo permita. Para el cine español es más factible porque no se limita a una sola sesión por día, habitualmente muy tarde, como nos pasa con las VOSE.
Ya te dije por WhatsApp que no me fio a priori de “Los domingos” por su carga y temática religiosa y mi ateísmo practicante que me advierte que quizás no sea para mí. Pero la veré en casa.
Habrá que ver si me resulta tan notable como Sirat, que es un monumento.
Lo que sí me parece que no creo que ninguna de las ganadoras supere a esa otra maravilla injustamente ninguneada en la gala como es “Romería”…