

Cutrecomentario de Ramón:
El chaval perfecto entra en el instituto y se encuentra con un miserable.
La italiana Margherita Ferri no es precisamente una recién llegada caída de un olivo. Se formó entre la UCLA y el Centro Sperimentale di Cinematografia de Roma, y ya había llamado la atención con Zen sul ghiaccio sottile, presentada en la sección Biennale College de Venecia 2018, una película también muy pendiente de la adolescencia, la identidad y los márgenes. Vamos, que lo suyo no es el cine de marcianitos ni de señores que explotan cosas: le interesa la fragilidad de los chavales y cómo el mundo se empeña en fastidiarla.
Y en esa misma línea se mueve El chico de los pantalones rosas, basada en el caso real de Andrea Spezzacatena, el adolescente italiano que se suicidó en 2012 tras sufrir acoso y ciberacoso.
La película, además, no pasó precisamente de puntillas: tuvo estreno en la Festa del Cinema di Roma en octubre de 2024, estuvo en competición en Tallinn Black Nights, fue candidata al David di Donatello a mejor guion adaptado y acabó convertida en un auténtico fenómeno popular. O sea, que no: no era una peli huérfana de festivales, ni mucho menos.
En Italia pegó un petardazo serio. A finales de 2024 ya se hablaba de más de 9 millones de euros de recaudación y de la película italiana más vista del año; después siguió creciendo hasta rondar los 10 millones y superar 1,6 millones de espectadores. Para una película de denuncia social sobre bullying, no está nada mal: no es que funcionara bien, es que arrasó con más fuerza que muchos títulos teóricamente más comerciales. Y luego todavía dio el salto a Netflix en Italia, lo que amplió aún más su repercusión.
La película nos presenta a Andrea, interpretado por Samuele Carrino, y la verdad es que el chaval está estupendo.
Es un adolescente casi modélico: buen estudiante, deportista, sensible, empático con sus padres, amante de la música, con esa cosa de niño bueno que parece diseñado para caer bien sin esfuerzo. Incluso llega a cantar en un coro ante el Papa, detalle que refuerza esa imagen de criatura aplicada, noble y casi demasiado perfecta para el mundo infecto que le toca sufrir. Y ahí está una de las claves del filme: se esfuerza mucho en mostrarnos lo estupendo que era este chico para que luego el golpe del acoso entre con toda la mala leche del mundo.
En su vida aparece ese otro chico, más guapo, más chulo, más seguro de sí mismo, de esos que en el instituto van dejando un rastro de idiotez envuelto en carisma barato.
Andrea siente hacia él una mezcla rara de admiración, fascinación y deseo de parecerse a lo que representa. Mala idea, claro. Porque esa atracción acaba siendo nefasta.
El muchacho, lejos de aportarle algo, se convierte en una figura cruel, uno de esos pequeños tiranos de patio escolar que quizá actúan por envidia, por miedo, por inseguridad o por una mezcla explosiva de todo junto. Y detrás de él se forma el clásico coro de palmeros del acoso, esa masa de seguidores sin criterio que convierte la cobardía individual en violencia colectiva.
El refugio emocional está en la amiga del protagonista, interpretada con mucha solvencia por Sara Ciocca, que funciona como apoyo, como consuelo y como recordatorio de que en mitad del estercolero humano a veces aparece alguien decente.
También está muy bien Claudia Pandolfi, que compone a la madre con mucha verdad y sin sobreactuar el dolor, lo cual siempre se agradece.
Entre los intérpretes, la película va bien servida: aquí hay nivel, y eso ayuda mucho a que el conjunto funcione.
Ahora bien, el título El chico de los pantalones rosas es casi un spoiler con luces de neón, porque el asunto de los pantalones no aparece hasta bastante avanzado el metraje.
El nombre tiene gancho, sí, pero también condiciona la mirada del espectador y casi reduce una historia muy compleja a su símbolo más llamativo.
En el fondo, la película habla menos de unos pantalones que de la demolición de un adolescente sensible a manos de una panda de energúmenos con conexión a internet. Podría haberse llamado El hijo perfecto, Crónica de una crueldad escolar o Manual para destrozar a un chaval decente, y tampoco habría desentonado.
La película está bien construida, emociona y cumple muy bien su función de denuncia.
Se nota que está diseñada para señalar el bullying, el ciberacoso, la cobardía de grupo y la indiferencia que a veces rodea estas tragedias.
Todo está bastante calculado para que el espectador entienda quién es la víctima, quién hace daño y cómo ese daño se multiplica cuando otros ríen la gracia, callan o miran para otro lado.
Puede parecer un poco subrayada en esa voluntad pedagógica, sí, pero tampoco es que el tema pida precisamente sutileza de encaje de bolillos.
No inventa la pólvora, eso también hay que decirlo. La película carga las tintas, ordena emocionalmente al espectador y aprieta bien los botones de la empatía. Pero lo hace con eficacia y con una claridad que probablemente explica parte de su éxito brutal en Italia: es una peli pensada para que la entienda todo el mundo, para que duela, para que indigne y para que deje una conversación incómoda al salir del cine. Y visto el patio, bastante falta hace.
El chico de los pantalones rosas funciona.
Tiene buenas interpretaciones, una historia tremenda detrás, una directora que sabe manejar el material con sensibilidad y una vocación de denuncia muy clara.
No es cine especialmente sutil ni revolucionario, pero sí cine útil, emotivo y bien armado. Y a veces eso vale más que ponerse estupendo.
Porque salir del cine conmovido está bien; salir con ganas de no comportarse como un canalla, mejor todavía.
Mi puntuación: 6,56/10.

Dirigido por Margherita Ferri:

Ficha: En este enlace.
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Muchos besos y muchas gracias.
¡Nos vemos en el cine!

Chistes y críticas en holasoyramon.com
Crítico de Cine de El Heraldo del Henares
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