Magnolia – 1999 – Paul Thomas Anderson – Filmin

 

 

 

 

 

 

 

Cutrecomentario de Ramón:

 

Lluvia de traumas con pronóstico de anfibios

 

Magnolia es una película de 1999 escrita y dirigida por Paul Thomas Anderson, uno de esos cineastas que no filman: organizan terremotos emocionales con cámara.

 

Venía de llamar mucho la atención con Boogie Nights y después firmaría títulos como Embriagado de amor, Pozos de ambición, The Master, Puro vicio, El hilo invisible y Licorice Pizza.

 

En Magnolia, con apenas veintinueve años, ya parecía dirigir como si llevara tres vidas encerrado en una sala de montaje.

 

La película ganó el Oso de Oro en el Festival de Berlín y obtuvo tres nominaciones a los Oscar: mejor actor secundario para Tom Cruise, mejor guion original para Paul Thomas Anderson y mejor canción original por Save Me, de Aimee Mann.

 

Tom Cruise ganó además el Globo de Oro como mejor actor secundario.

 

Vamos, que la película no pasó precisamente de puntillas, aunque puntillas tampoco usa: entra con botas, trauma y megáfono.

 

 

Cutrecomentario

 

Magnolia es una película extraña, ambiciosa, desmesurada y muy consciente de que quiere ser una película de culto. Y lo consigue, aunque a ratos parezca que la película se mira al espejo y se dice: “Qué intensa soy, madre mía”.

 

Estamos ante un melodrama de vidas cruzadas ambientado en el Valle de San Fernando, en Los Ángeles. Nueve tramas paralelas, nueve heridas abiertas, nueve maneras distintas de estar hecho polvo y seguir respirando por pura cabezonería. Hay un niño prodigio, un presentador de concurso televisivo, un exniño prodigio, un moribundo, su hijo perdido, la esposa del moribundo, su enfermero y varios personajes que parecen arrastrar una mochila emocional llena de ladrillos mojados.

 

Todos tienen algo en común: son personajes golpeados por la vida, maltratados por el pasado, atrapados en una existencia mediocre o directamente dolorosa. Buscan una salida, una redención, una explicación o, al menos, que alguien les diga que no están solos en este festival de desgracias encadenadas.

 

Llama mucho la atención Tom Cruise como Frank T.J. Mackey, ese predicador de autoayuda machista, misógino hasta la médula, vendedor de testosterona envasada al vacío y gurú de la masculinidad más rancia. Un personaje con un pasado que no ha sabido soportar y que se protege bajo una coraza de chulería, gritos y frases de seminario para hombres que necesitan urgentemente terapia y quizá también una tila.

 

La interpretación de Tom Cruise ha sido muy celebrada, y es verdad que tiene fuerza, presencia y entrega. Pero a mí me parece exagerada, desmedida, casi pasada de rosca. No termino de comprar esa idea de que aquí demuestra ser un grandísimo actor. Entrega hay, claro. Sudor también. Pero sutileza, lo que se dice sutileza, poquita. Como ir a comprar pan con un lanzallamas.

 

Donde sí veo auténtico brillo interpretativo es en Julianne Moore, que está magnífica, rota, nerviosa, desesperada y llena de verdad.

 

También están estupendos William H. Macy, con esa mezcla de ternura y patetismo que maneja como nadie, y John C. Reilly, que demuestra una vez más que puede parecer despistado y, al mismo tiempo, sostener una escena con una humanidad tremenda.

 

El reparto incluye además a Philip Baker Hall, Jason Robards, Philip Seymour Hoffman, Melora Walters, Melinda Dillon y Jeremy Blackman. Casi nada: una reunión de intérpretes en estado de gracia y algún que otro en estado de sobreactuación controlada.

 

La película dura más de tres horas —según las fuentes, alrededor de 188-189 minutos— y se nota. No porque aburra, sino porque es una de esas obras que no quieren contarte una historia: quieren meterte en una centrifugadora de culpa, azar, dolor, soledad, televisión basura, padres tóxicos, hijos abandonados y canciones de Aimee Mann. Una merienda ligera, vamos.

 

Visualmente, Paul Thomas Anderson demuestra una maestría sensacional. Hay planos secuencia que siguen a los personajes por pasillos, platós, habitaciones y espacios estrechos con una fluidez impresionante.

 

El montaje es estupendo, la puesta en escena tiene nervio y el director consigue que tantas historias, tantos decorados y tantos personajes no se conviertan en una paella narrativa con exceso de ingredientes.

 

Pero lo mejor de Magnolia es que, pese a su tamaño descomunal, es una película íntima, lírica y profundamente poética. Tiene una sensibilidad muy especial para hablar de la culpa, del perdón, de los padres que destrozan a sus hijos y de los hijos que no saben qué hacer con esas ruinas heredadas.

 

Es exagerada, sí. Es aparatosa, también. Pero tiene alma. Y eso, en una película tan ambiciosa, no siempre ocurre.

 

Magnolia es cine grande, imperfecto, excesivo, emocional y a ratos fascinante. Una película que se mueve entre el melodrama, la tragedia íntima y el milagro absurdo. Y cuando todo va mal, cuando parece que ya no queda salida posible, conviene recordar una cosa: a veces pueden llover ranas.

 

Y eso, amigos, ni el hombre del tiempo de Antena 3 lo tiene fácil para explicarlo.

 

Mi puntuación: 8,75/10.

 

 

 

Curiosidades de Magnolia: cuando Paul Thomas Anderson decidió que tres horas, nueve tramas y una lluvia de ranas eran “una cosita íntima”

 

Magnolia nació, según cuentan las notas de producción y varias entrevistas, como una película pequeña. Paul Thomas Anderson quería hacer algo más contenido después de Boogie Nights, pero aquello empezó a crecer como una enredadera con ansiedad. El propio proyecto acabó convertido en un mosaico coral sobre culpa, padres horribles, hijos rotos, azar, perdón y gente que necesita urgentemente un abrazo… o un psiquiatra de guardia.

 

Una de las grandes claves de la película está en la música de Aimee Mann. Anderson llegó a decir que el guion podía entenderse casi como una adaptación de sus canciones. De hecho, una frase de “Deathly” —“Now that I’ve met you, would you object to never seeing each other again?*— acabó convertida en una línea central del personaje de Melora Walters. Vamos, que aquí la banda sonora no acompaña: manda.

*“Deathly” —“Ahora que te he conocido, ¿te importaría no volver a verme nunca?”

 

El fichaje de Tom Cruise también tiene su miga. Cruise era admirador de Boogie Nights y contactó con Anderson mientras rodaba Eyes Wide Shut con Stanley Kubrick. De ahí salió Frank T.J. Mackey, ese gurú testosterónico de la seducción que parece salido de una convención de machirulos con micrófono de diadema. Anderson investigó a gurús reales de ligue y autoayuda masculina para construir el personaje.

 

Y aún hay más: Tom Cruise contó recientemente que parte del famoso monólogo de Mackey no estaba desarrollado al principio. Él mismo preparó una versión, con puesta en escena incluida, para enseñársela a Paul Thomas Anderson. El director se quedó, digamos, bastante impactado. Bendito susto: Cruise acabó consiguiendo por esta película una nominación al Oscar y ganó el Globo de Oro al mejor actor secundario.

 

Otra curiosidad jugosa es la de Jason Robards, que interpreta a Earl Partridge, un hombre moribundo. Anderson escribió el papel pensando en él, aunque el actor tuvo problemas de salud y estuvo a punto de no hacerlo. Al final participó, y la cosa resulta casi estremecedora: fue su último papel en cine. De esas coincidencias que en Magnolia no parecen coincidencias, sino señales con luces de neón.

 

La famosa lluvia de ranas, una de las imágenes más recordadas de la película, no salió de la nada. Anderson se inspiró en los textos de Charles Fort, recopilador de fenómenos extraños. También se ha relacionado la escena con el Éxodo bíblico, aunque Anderson dijo que al principio no era consciente de esa conexión. Es decir: quería rareza cósmica y le salió plaga bíblica deluxe.

 

El rodaje tampoco fue precisamente un paseíto por el parque. Comenzó el 12 de enero de 1999 y terminó el 24 de junio, con unos 90 días de rodaje más segunda unidad. Para una película coral de 189 minutos, con largos planos secuencia y coreografías de cámara bastante endiabladas, casi parece poco. Casi.

 

En premios, Magnolia recibió tres nominaciones al Oscar: mejor actor secundario para Tom Cruise, mejor guion original para Paul Thomas Anderson y mejor canción original por “Save Me”, de Aimee Mann. No ganó ninguno, porque los Oscar a veces son como una tómbola de feria, pero sí conquistó el Oso de Oro en la Berlinale de 2000.

 

En resumen, Magnolia es una película hecha de excesos, intuiciones, canciones, heridas familiares y ranas cayendo del cielo como si Dios hubiera perdido los papeles. Y lo más curioso es que, con todo ese aparente desmadre, sigue funcionando como una de las obras más personales, desbordadas y emocionantes de Paul Thomas Anderson. Una película que no se ve: te cae encima. Como las ranas, pero con mejor montaje.

 

 

 

 

Dirigido por Paul Thomas Anderson:

 

Ficha: En este enlace.

 

 

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Muchos besos y muchas gracias.

¡Nos vemos en el cine!

 

 

 

Chistes y críticas en holasoyramon.com

Crítico de Cine de El Heraldo del Henares

 

 

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