

Cutrecomentario de Ramón:
Ya nada fue igual.
“Tres colegas, una boda, Vietnam… y ya si eso luego terapia”
El director Michael Cimino firmó aquí su gran obra maestra antes de que Hollywood le pusiera la cruz con La puerta del cielo.
Venía de dirigir Un botín de 500.000 dólares y con esta película tocó techo: Oscar, prestigio y carta blanca… que luego se le fue de las manos. Un talento enorme con tendencia al exceso, vamos.
Y ahora sí, al lío.
Esto no es solo una peli sobre Vietnam. Es la peli sobre cómo una guerra te destroza por dentro aunque vuelvas entero por fuera. Y lo hace con una estructura en tres actos que es puro manual de cine… pero sin que se note el manual, que es lo difícil.
Primero, la América profunda. Esa comunidad de inmigrantes (de origen eslavo) currando en la fábrica, bebiendo como si no hubiera mañana y celebrando una boda larguísima que, ojo, funciona mejor que muchas pelis enteras. Ahí hay verdad, hay vida, hay ese rollo casi documental que te mete dentro. Una boda que huele a sudor, vodka y tradición. Y sí, recuerda un poco a El padrino, pero aquí sin mafia, solo con resaca.
Luego llega Vietnam. Y aquí ya no hay bromas. El horror. La degradación. La locura. La famosa ruleta rusa (que no está documentada como práctica real, pero da igual, funciona como símbolo brutal). Cimino te mete en un infierno donde los personajes dejan de ser héroes para convertirse en carne emocional picada. No hay épica, hay angustia.
Y después, lo peor: volver. Porque volver no significa regresar. Significa sobrevivir con lo que has visto. Robert De Niro se marca un tercer acto de esos de quitarse el sombrero, con ese sentimiento de culpa de “¿por qué yo sí y otros no?”. Ese regreso incómodo, roto, donde ya nada encaja.
Y en medio, un reparto que da miedo de lo bueno que es:
Meryl Streep, en su primera nominación al Oscar (luego ya sabemos… se abonó a las nominaciones como quien paga Netflix),
Christopher Walken, que se llevó el Oscar y está absolutamente desatado,
John Cazale, siempre enorme (y siempre en obras maestras, el tío no fallaba), nuestro Fredo de El Padrino,
y John Savage, completando un grupo de personajes que parecen de verdad.
La película arrasó: 5 Oscars, incluyendo Mejor Película y Mejor Director, y se convirtió en uno de esos títulos que cambiaron la percepción pública sobre Vietnam. No porque diera datos, sino porque enseñó cicatrices.
Una obra maestra sin discusión. De las que duelen, de las que se te quedan dentro y de las que te recuerdan que el cine, cuando quiere, te destroza mejor que la vida real… pero en solo tres horas. Y sin tener que ir a la guerra, que ya es algo.
Mi puntuación: 9,88/10.

El cazador: cuando rodar una película parecía peor que ir a terapia
El cazador —The Deer Hunter, 1978— no solo fue una película enorme: fue también un rodaje con pinta de prueba de resistencia, casting emocional y concurso de “a ver quién sale vivo de aquí”.
Dirigida por Michael Cimino, ganó cinco Óscar, entre ellos mejor película, mejor dirección, mejor actor de reparto para Christopher Walken, mejor montaje y mejor sonido. Además, recibió nueve nominaciones y convirtió a Meryl Streep en nominada al Óscar por primera vez.
Una de las anécdotas más brutales tiene a Christopher Walken escupiendo en la cara de Robert De Niro por indicación de Cimino. La reacción de De Niro fue real: se quedó helado, luego furioso, y casi se larga del rodaje. Vamos, que el método interpretativo ese día pidió excedencia.
Las bofetadas de las escenas de la ruleta rusa también fueron reales. Nada de “te hago como que te doy”. Aquí se repartía cariño tailandés con la mano abierta. Incluso se cuenta que De Niro sugirió que Walken recibiera una bofetada sin avisar para capturar una reacción auténtica. La cara de Walken, por tanto, no era actuación: era “acabo de replantearme mi contrato”.
El caso de John Cazale es el más conmovedor. Llegó al rodaje enfermo de cáncer de pulmón, y por eso sus escenas se filmaron primero. El estudio quiso reemplazarlo al considerarlo difícil de asegurar, pero Meryl Streep, que era su pareja, amenazó con abandonar si lo echaban. También está documentada la historia de que Robert De Niro ayudó pagando el seguro para que pudiera trabajar. Cazale murió en marzo de 1978, poco después del rodaje, sin llegar a ver la película terminada.
Otra joya del caos: cuando John Savage grita “Michael, hay ratas aquí”, no estaba solo actuando. Le gritaba a Michael Cimino porque en el río había ratas de verdad. El director, viendo que aquello funcionaba dramáticamente, lo dejó en la película. Cine de autor: tú sufres, yo monto.
El realismo llegó a niveles de insensatez fina. De Niro y Savage hicieron ellos mismos la caída al río, repitiéndola numerosas veces. Las escenas de Vietnam se rodaron en condiciones duras, con humedad, insectos y jaulas de bambú junto al río Kwai. Todo muy bonito para el folleto turístico de “Tailandia: ven y pierde la paz mental”.
Meryl Streep tampoco lo tuvo fácil. Su personaje, Linda, era inicialmente muy poco desarrollado en el guion, y Cimino le permitió construir parte de sus líneas. De Niro la había visto en teatro y la propuso para el papel. Con ella llegó también John Cazale, y con Cazale, una capa emocional que atraviesa toda la película.
La famosa boda fue otro rodaje dentro del rodaje. Cimino quiso que los extras se comportaran como si aquello fuera una boda real. Les pidió cajas envueltas como regalos falsos, pero muchos aparecieron con regalos auténticos. La producción buscaba realismo y casi acaba con lista de boda.
La ceremonia se rodó en la Catedral Ortodoxa Rusa de San Teodosio, en Cleveland. El coro era real y tuvo que repetir los himnos una barbaridad de veces. Si al final alguien perdió la fe, tampoco sería raro.
La película también generó una enorme polémica por las escenas de ruleta rusa. Muchos críticos y veteranos señalaron que no había pruebas documentadas de que aquello se practicara así durante la Guerra de Vietnam. Cimino defendió que la película no pretendía ser un documento histórico literal, sino una parábola sobre la presión, el trauma y la destrucción moral. Aun así, la controversia la acompañó desde el estreno.
En el Festival de Berlín de 1979 la cosa ardió. La delegación soviética abandonó el certamen por considerar ofensivo el retrato de los vietnamitas, y después se sumaron otros países del bloque socialista. Una película, un festival y media Guerra Fría sentada en la misma sala. Mal plan para tomar palomitas.
La estrategia de estreno también fue muy astuta: lanzamiento limitado para críticos y académicos, nominaciones al Óscar, y después estreno amplio. Hoy eso nos parece normal, pero El cazador ayudó a consolidar esa táctica de “primero prestigio, luego taquilla”.
El sonido fue otra obsesión de Cimino. Fue su primera película con Dolby Stereo, y dedicó meses a la mezcla. No quería solo que se oyera bien: quería que el espectador entrara en la película como quien se cae por una trampilla emocional.
Y luego está la maldición del éxito. El cazador convirtió a Michael Cimino en genio bendecido por Hollywood. Ese prestigio le abrió la puerta a La puerta del cielo, cuyo desastre industrial casi se estudia en las escuelas de cine con casco y chaleco reflectante. La cima y el precipicio, separados por un Óscar y un presupuesto desbocado.
Con los años, El cazador ha quedado como una película monumental, incómoda, discutible, excesiva y fascinante. El American Film Institute la situó en el puesto 53 de su lista de 2007 de las mejores películas estadounidenses.
Una obra maestra, sí. Pero también una película que demuestra que algunos rodajes no se hacen: se sobreviven.

Ficha: En este enlace.
Dirigido por Michael Cimino:

Michael Cimino: el genio que ganó el Óscar… y luego incendió Hollywood (con gasolina súper)
Hay directores que hacen historia. Y luego está Michael Cimino, que hizo historia… y después se pasó la historia por encima con una excavadora.
Un tipo capaz de firmar una obra maestra como El cazador y, acto seguido, protagonizar uno de los mayores desastres de la historia del cine con La puerta del cielo. Vamos, que no conocía el término medio: o tocaba el cielo o te dejaba la cuenta bancaria llorando.
De arquitecto a cineasta con mirada de francotirador
Michael Cimino nació en Nueva York en 1939. Antes de meterse en el cine, estudió arquitectura y arte. Esto no es un dato random: explica bastante su obsesión enfermiza por el encuadre, la composición y que todo estuviera colocado exactamente donde él quería. Era de los que si una taza estaba dos centímetros fuera de sitio, paraba el rodaje. Y si hacía falta, repetía la toma veinte veces. O cincuenta. O las que hicieran falta hasta que el equipo empezara a plantearse cambiar de profesión.
Entró en Hollywood como guionista. Su primer gran salto fue coescribiendo Harry el fuerte (1973), dirigida por Ted Post y protagonizada por Clint Eastwood. Ahí ya dejó claro que sabía manejar historias duras, de tipos con más capas que una cebolla y con menos ganas de sonreír que un notario en lunes.
Pero donde empezó a enseñar los dientes de verdad fue con su debut como director en Un botín de 500.000 dólares (1974), también con Eastwood. Una mezcla de cine negro y comedia que no es su obra más recordada, pero que ya dejaba ver su estilo: personajes marcados, atmósferas densas y una narrativa que no te da la mano precisamente.
El pelotazo: cuando El cazador lo cambió todo
Y entonces llegó 1978. Y llegó el terremoto.
El cazador no fue solo una película. Fue un puñetazo en el estómago. Una historia sobre la guerra de Vietnam que, más que hablar de balas, hablaba de lo que pasa después: el trauma, la culpa, la descomposición emocional. O, dicho en fino, cómo te rompe la cabeza la guerra aunque sobrevivas.
La película arrasó: cinco Óscar, incluyendo mejor película y mejor director para Cimino. Nominaciones para Robert De Niro y Meryl Streep, y estatuilla para Christopher Walken. Crítica rendida, público impactado y Hollywood diciendo: “este tío es un genio”.
Y claro, cuando Hollywood te llama genio… peligro.
El ego entra en escena (y no paga entrada)
El éxito de El cazador convirtió a Cimino en un director con carta blanca. Y él no la usó para pedir un café. No. La usó para hacer lo que le dio la gana.
Su siguiente proyecto fue La puerta del cielo (1980). Un western ambicioso, enorme, con aspiraciones épicas. El problema: también fue un caos monumental.
El rodaje se descontroló. Presupuesto disparado. Reescrituras constantes. Tomas repetidas hasta el infinito. Cimino rodando escenas durante días para conseguir la luz “perfecta”. El estudio, United Artists, viendo cómo el dinero desaparecía más rápido que un político en rueda de prensa incómoda.
El resultado: un fracaso de taquilla brutal. De esos que hacen temblar a la industria. La película fue destrozada por la crítica en su estreno (aunque con los años ha sido parcialmente reivindicada, porque el cine es así de caprichoso). Pero el daño ya estaba hecho.
Se dice —y no es exageración— que La puerta del cielo contribuyó a hundir United Artists. Y, de paso, se cargó la carrera de Cimino tal y como la conocíamos.
De genio a apestado en dos años. Récord mundial no oficial.
Después del apocalipsis
Tras el desastre, Cimino siguió rodando, pero nunca volvió a estar en la primera línea.
Dirigió El año del dragón (1985), con Mickey Rourke, una película potente pero polémica por su retrato de la comunidad china. Luego vinieron títulos como El siciliano (1987), Horas desesperadas (1990) o El cazador de sueños (1996). Películas con momentos interesantes, pero lejos del impacto de El cazador.
Hollywood ya no confiaba en él como antes. Y él tampoco parecía dispuesto a rebajar su estilo ni un milímetro. Era un director de los de “o se hace como yo digo o no se hace”. Y en una industria que vive del equilibrio entre arte y dinero… eso suele acabar regular.
Un tipo peculiar (por decirlo suave)
Cimino siempre fue un personaje rodeado de misterio. Su biografía tiene zonas difusas, versiones contradictorias y cierto aire de leyenda urbana. Le gustaba construir su propia narrativa personal, como si su vida fuera otra de sus películas.
También era famoso por su obsesión con el detalle. Controlaba cada elemento del rodaje: decorados, vestuario, iluminación… Todo tenía que encajar en su visión. Eso le convirtió en un director admirado… y temido. Trabajar con él no era precisamente un spa emocional.
Pero también hay que decirlo: cuando esa obsesión funcionaba, el resultado era cine con mayúsculas.
El legado: entre la obra maestra y el desastre
Hablar de Michael Cimino es hablar de extremos.
Por un lado, El cazador, una de las grandes películas del cine estadounidense, incluida en múltiples listas de lo mejor de la historia. Una obra que sigue siendo referencia cuando se habla de cine bélico y de trauma.
Por otro, La puerta del cielo, símbolo del descontrol, del ego sin freno y de cómo un proyecto puede hundir a un estudio entero.
Entre medias, una filmografía irregular, con destellos de talento y momentos de caos.
Pero ojo: reducir a Cimino a “el del desastre” sería injusto. Fue un cineasta con una visión muy clara, con una sensibilidad especial para retratar la amistad, la masculinidad y la fragilidad humana. Y con un estilo visual que, cuando estaba inspirado, era puro espectáculo.
El final de la historia
Michael Cimino murió en 2016. Se fue sin volver a dirigir una gran producción, pero dejando una huella imborrable en la historia del cine.
Su historia es casi una película en sí misma: ascenso meteórico, gloria absoluta, caída espectacular y legado discutido.
Si Hollywood fuera una partida de ruleta rusa —muy apropiado, por cierto—, Cimino sería el tipo que dispara, gana, vuelve a disparar… y decide meter otra bala “para darle más intensidad”.
Y claro, así pasa lo que pasa.
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Muchos besos y muchas gracias.
¡Nos vemos en el cine!

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Crítico de Cine de El Heraldo del Henares
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