

TRABAJILLOS
Hay vidas que se cuentan por etapas. La mía, si me pongo nostálgico (pero sin pasarse, que luego uno se pone blandito), podría dividirse en una cosa muy poco épica: trabajos. Muchos. Pequeños. A veces absurdos. Casi siempre útiles. Y todos, de alguna manera, necesarios para llegar a aquel 29 de julio de 1981 en el que, con la tinta del título aún fresca, ya estaba pasando consulta en Mandayona haciendo una sustitución de verano. Así, sin anestesia.
Porque sí: terminé Medicina ese julio. Empecé en el 75 y acabé en el 81. Y entre medias, una colección de “trabajillos” que hoy, vistos con perspectiva, darían para un máster en supervivencia.
El primero que recuerdo fue de camarero. Bueno… camarero elevado. Literalmente. Me subían a una caja de cerveza —de las de madera, que aquello tenía más astillas que dignidad— para que llegara a la cafetera en el restaurante de mi padre, el Coimbra, en la calle Coimbra de Zaragoza, al ladito del Huerva. Yo tendría 14 años. Me plantaban allí en bodas y comuniones a hacer cafés como si no hubiera un mañana. Y oye, no se me daba mal. Luego venía lo mejor: comer lo que no se había servido. Y aquello, amigos, era gloria bendita.
Ese fue el inicio. Luego llegaron los veranos en el Parque Sindical. Mi padre, don Fernando, y su socio tenían la concesión de los bares y el restaurante desde la inauguración, y allí me pasé años, desde los 14 hasta los 22, currando julio y agosto (y algún septiembre de propina). Jornadas completas, de sol a cierre, sirviendo Coca-Colas, cafés y copas de Soberano, Fundador, Veterano, Terry… todo el catálogo etílico nacional. El primer sueldo: 3.000 pesetas. Aquello me pareció Wall Street.
No me disgustaba. Conocí a mucha gente, hice amigos y aprendí que el cliente siempre tiene razón… aunque no la tenga. Durante el año también iba a reforzar bodas y eventos, pero eso mi padre lo consideraba formación gratuita. Vamos, que no veía un duro. Pero con lo de verano y otros apaños fui pagando la universidad, los libros (que revendía como un broker de apuntes) y hasta el carnet de conducir. Y sí, me compré un coche: un Seat 600 con matrícula de Barcelona, más viejo que Matusalén —creo que tenía 17 años— por 17.000 pesetas. Una ganga… si no te importaba que arrancara cuando le daba la gana.
Pero claro, no todo era servir cafés con sonrisa. También probé el campo. Fui temporero antes de que se llamara así, básicamente. Vendimié tres años en Mara, cerca de Cariñena. Aquello sí que era duro. Por la mañana, frío de cortarte la cara. Al mediodía, calor de desierto. Y por la tarde, el infierno: moscas, avispas, abejas… no podías ni abrir la boca sin riesgo de comerte una fauna entera. Cortaba uvas con una pequeña hoz, pero sobre todo cargaba estos al remolque. Trabajo físico del bueno.
Allí fui por un amigo, Delfín. Un tío estupendo. Murió muy joven, con 20 o 21 años, de una hemorragia cerebral jugando al fútbol. De esas cosas que te dejan tocado para siempre.
También recogí cebollas. Y aquí el dato estrella: entre tres personas movimos 65 toneladas en unos 12 días. Cebollas gigantes, casi de kilo, para exportación. Yo me llevaba una cada día a casa y mi madre estaba hasta el gorro de cebolla. Normal.
Y manzanas. Eso vino por un compañero de la facultad que tenía más negocios que un político en excedencia. Dormíamos en un hostal bastante… digamos “mejorable”, y trabajábamos de sol a sol. Pero oye, se sacaba dinero.

Entre medias fui peón de albañil. En Zaragoza. Trabajo curioso: no construía nada, pero lo movía todo. Ladrillos, sacos, herramientas… El capataz señalaba: “eso de ahí, allí”. Y yo, con el carretillo, a obedecer. Al final del día recogía herramientas en sitios donde parecía que las habían escondido para un juego del tesoro.
Me llamaban “Ramoncico”. Siempre. No sé por qué, pero en casi todos los trabajos. Comía bocadillo mientras los demás regaban la comida con vino como si fuera agua. Y luego estaba lo de “mojar las paredes”. Por fuera, agua. Por dentro… orujo. Aquello me parecía una barbaridad. Lo probaba y, en cuanto podía, lo tiraba. Porque subirse a un andamio con eso en el cuerpo… era jugar a la ruleta rusa versión albañil.
También limpié garajes. Ahora hay máquinas. Antes, escoba y riñones. Recuerdo uno en La Jota que parecía el Sahara con parking. Cuatro dedos de polvo y escombro. Me dieron 8.000 pesetas. Pensé que lo hacía en dos días. Ja. Me pasé horas y horas, días enteros, sacando sacos sin ver el final. Ahí aprendí que el optimismo es bonito… pero peligroso.
Con unos amigos, Conchita y Quique, limpiamos pisos reformados en el centro. Trabajo fino: quitar yeso, limpiar alicatados, dejar todo listo para estrenar. Era duro, pero al menos había conversación.
Y luego está el episodio de la Mejillonera. Fiestas del Pilar. Yo, 16-17 años. Contratado como camarero… pero en realidad era el rey del mejillón. Limpiando todo el día. Eso sí, de vez en cuando salía a barra a servir algo, para no perder glamour. Luego, vuelta al mejillón.
Hice también mudanzas. Dos veces. Y con eso tuve suficiente para toda la vida. Jornadas maratonianas, cargando y descargando sin parar. Recuerdo un segundo sin ascensor… y aún me duelen las piernas de pensarlo.
Y el mejor negocio: los apuntes. Aquí sí que hubo cerebro. Un grupo de compañeros hacíamos apuntes, los editábamos y los vendíamos por suscripción. Tercero: microbiología. Cuarto: dermatología. Quinto: medicina interna. Teníamos 300 o 400 suscriptores. Aquello era una pequeña industria editorial clandestina en el hall de la facultad. Y además, estudiabas mejor. Redondo.
Con todo esto, fui tirando. Me pagué la carrera, los libros, el coche, la gasolina… Mis padres ponían casa, comida y ropa. El resto, a base de trabajillos.
Y así, entre cafés, cebollas, ladrillos, mejillones y apuntes, llegué a aquel verano del 81.
El día 29 ya estaba trabajando de médico.
Casi sin darme cuenta.
Pero con mucho, mucho rodaje.

Chistes y críticas en holasoyramon.com
Crítico de Cine de El Heraldo del Henares
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