

Cutrecomentario de Ramón:
Tiburón 3: la secuela apócrifa que acabó entre abogados
Estamos ante un estupendo documental de cine dentro del cine. O, más exactamente, de cine sobre cine.
¿Sobre qué película? Sobre L’ultimo squalo, una producción italiana de 1981 dirigida por Enzo G. Castellari que llegó a las pantallas españolas con el muy poco disimulado título de Tiburón 3.
No era una secuela oficial de Tiburón ni tenía relación alguna con la saga de Steven Spielberg, pero eso no impidió que fuera promocionada como si lo fuera.
Lo que ahora llamaríamos apropiación indebida de la propiedad intelectual. O, hablando en plata, echarle un morro tremendo.
El documental está conducido en buena medida por el propio Castellari, que recuerda aquella aventura industrial con desparpajo, simpatía y una ausencia absoluta de arrepentimiento.
El hombre hizo su película, consiguió estrenarla y estuvo a punto de pegar un buen mordisco en Estados Unidos.
Hasta que apareció Universal Pictures.
L’ultimo squalo se estrenó allí como Great White en unas 300 salas, pero Universal demandó a sus responsables por las semejanzas con Tiburón.
Un tribunal concedió una medida cautelar y la película fue retirada de la circulación estadounidense.
El tiburón de Castellari pudo enfrentarse a bañistas, barcos y helicópteros, pero no logró sobrevivir a los abogados de Hollywood.
Aquel último tiburón utiliza esta historia para recordar una etapa en la que la industria italiana copiaba sin demasiados complejos los grandes éxitos norteamericanos.
Primero fue el péplum, nuestro querido cine de romanos, cine de espada y sandalias. Después llegó el spaghetti western, que comenzó imitando y terminó alcanzando extraordinarias cotas creativas gracias, entre otros, a Sergio Leone.
También hubo terror y cine de explotación, mientras que el giallo desarrolló una personalidad propia y genuinamente italiana.
En España tuvimos nuestra variante particular: el fantaterror.
No siempre eran simples fotocopias baratas. Algunas de aquellas películas poseían imaginación, descaro y una libertad que ya quisieran muchas superproducciones actuales, cuidadosamente fabricadas para no molestar ni al algoritmo.
El documental es divertido, está lleno de información cinéfila y cuenta una historia fascinante sobre una manera de hacer cine que hoy parece imposible.
Pero, por encima de todo, desprende un amor por el cine absolutamente maravilloso.
Un documental con mucha aleta, bastante morro y toneladas de cinefilia.
Después de los mordiscos
Víctor Matellano ha alternado la ficción —Wax y Vampyres— con documentales cinéfilos como Mi adorado Monster y El valle del Concavenator.
Su cine suele mirar con especial cariño al fantástico, al terror y a quienes trabajaron en sus márgenes.
Ángel Sala, escritor y crítico cinematográfico, dirige el Festival de Sitges desde 2001 y ha publicado numerosos ensayos sobre cine fantástico y de terror.
Esa experiencia convierte la película en algo más que la crónica de un plagio: también es una pequeña historia de la industria del cine popular.
El documental, de 73 minutos, celebró su estreno mundial en la 58.ª edición del Festival de Sitges, dentro de la sección Sitges Documenta–Sessions Especials.
Mi puntuación: 7,65/10.

Dirigido por Víctor Matellano:
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Dirigido por Ángel Sala:
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Ficha: En este enlace.
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Muchos besos y muchas gracias.
¡Nos vemos en el cine!

Chistes y críticas en holasoyramon.com
Crítico de Cine de El Heraldo del Henares
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