Náufragos, traumas laborales y gore con mala leche.
El director
Hablar de Sam Raimi es hablar de un director con personalidad desbordada.
Viene del terror más gamberro y creativo con Posesión infernal, Terroríficamente muertos y El ejército de las tinieblas, supo colarse en el gran Hollywood con la trilogía de Spider-Man, y ha seguido alternando encargos de estudio con su vena más juguetona en Arrástrame al infierno o Doctor Strange en el multiverso de la locura.
Raimi rueda con ritmo, mala leche, humor negro y gusto por el exceso.
Nunca ha sido fino, pero sí muy reconocible.
Y aquí vuelve a mezclar géneros como quien hace un cóctel peligroso.
Cutrecomentario
Mi principal interés por Send Help era ver a Rachel McAdams, que me parece una actriz sensacional y con una filmografía mucho más rica de lo que a veces se recuerda.
Su gran popularidad le llega con El diario de Noah, pero antes ya había despuntado en De boda en boda y luego ha demostrado que sabe moverse entre el drama romántico (Una cuestión de tiempo), el cine comercial (Sherlock Holmes), el superhéroe y la televisión, donde estuvo estupenda en la segunda temporada de True Detective.
Aquí vuelve a sostener la película con oficio y presencia.
La peli arranca como cine de acoso laboral bastante incómodo: una mujer ninguneada y humillada por una panda de machitos con poder, cretinos sin matices.
Raimi aprieta ahí bien el dedo.
Después la historia vira al cine de catástrofes y acaba desembocando en supervivencia pura en una isla desierta: buscar agua, comida y mantener la cabeza fría.
Y ahí se produce el giro interesante: ella demuestra ser mucho más competente para la vida real, mientras su jefe, interpretado por Dylan O’Brien, es poco menos que un lastre con piernas.
Entre ambos se establece una relación rara, incómoda, de amor-odio constante: se necesitan, se detestan, se miden.
Funciona… hasta que no.
Porque lo que a mí me chirría es el tramo final, cuando el personaje de McAdams deriva hacia un comportamiento casi psicótico y se insinúa una relación de sumisión emocional con quien antes la había humillado.
Esa decisión narrativa me resulta bastante molesta.
En ese último tercio la película se decanta por una comedia negra algo torcida, con momentos de terror y gore muy marca Raimi, algunos bastante ingeniosos, otros más gratuitos.
Se deja ver, entretiene, tiene ideas y energía, pero no termina de rematar lo que plantea.
Una película irregular, con una Rachel McAdams estupenda, un Sam Raimi reconocible y juguetón, y una mezcla de géneros que a ratos funciona y a ratos se le va de las manos.
Interesante, sí. Redonda, no.
Pero tampoco es un naufragio total.