


Cutrecomentario de Ramón:
Cuando el fin del mundo parece un vertedero y ¿el más cuerdo es Bruce Willis?
Hablar de 12 monos es hablar de una de esas películas de ciencia ficción que parecen rodadas dentro de un contenedor lleno de chatarra, humedad, locos, tuberías oxidadas y resaca emocional. Y ahí está parte de su grandeza.
Gran acierto de Juan Ignacio programando una película que, con el paso de los años, no ha perdido fuerza. Al contrario. Después de pandemias reales, negacionistas de saldo y gente peleándose por papel higiénico en supermercados, la película de Terry Gilliam parece menos ciencia ficción y más documental con anfetaminas.
Terry Gilliam es uno de esos directores incapaces de rodar algo normal.
Exmiembro de los Monty Python, siempre ha tenido una imaginación visual desbordada, barroca y muchas veces directamente delirante.
En su filmografía aparecen títulos fundamentales como Brazil, El rey pescador, Las aventuras del barón Munchausen, Miedo y asco en Las Vegas o El imaginario del Doctor Parnassus.
Su cine suele estar lleno de personajes derrotados, mundos opresivos, burocracias monstruosas y una sensación constante de que la realidad está a punto de romperse como una vajilla barata.
12 monos obtuvo dos nominaciones al Oscar, incluyendo la de mejor actor secundario para Brad Pitt, que además ganó el Globo de Oro por su interpretación.
También recibió nominaciones en los premios BAFTA y en los Saturn Awards, consolidándose rápidamente como una de las grandes películas de ciencia ficción de los años noventa.
Curiosamente, la película está inspirada en el mediometraje francés La Jetée de Chris Marker, una obra experimental compuesta casi exclusivamente por fotografías fijas. O sea, de unas fotos quietas salió este monumento al caos mental. El cine tiene estas cosas maravillosas.
Y entrando ya en harina, lo primero que llama la atención en la película es la dirección artística y de producción de Terry Gilliam. Ese futuro subterráneo, infectado, húmedo y miserable donde vive la humanidad tras la pandemia es sencillamente extraordinario. Todo es feo. Pero feo con ganas. No hay una sola pared limpia. No existe el orden. Todo parece diseñado por alguien con síndrome de Diógenes y una fijación enfermiza por el metal oxidado. La película convierte el feísmo en arte.
Pero lo interesante es que el pasado tampoco es mucho mejor. Cuando James Cole, el personaje interpretado por Bruce Willis, viaja a los años noventa para investigar el origen de la pandemia, se encuentra un mundo igualmente degradado. Hay homeless, toxicómanos, hospitales psiquiátricos infernales, calles sucias y una sensación permanente de decadencia urbana.
El futuro no surge de la nada. El futuro ya estaba incubándose en aquel presente mugriento. Y ahí la película conecta muy bien ambos tiempos: la humanidad ya estaba rota antes del virus.
Luego están los personajes, todos absolutamente desquiciados de una manera u otra.
El Jeffrey Goines de Brad Pitt es una auténtica bomba de relojería humana. Un torbellino verbal y físico. Gesticula, salta, grita, articula frases como si hubiese desayunado cafeína mezclada con plutonio. El personaje es casi un pelele dentro de la trama, pero su energía resulta tan salvaje que acaba devorando cada escena donde aparece. Puede parecer excesivo o incluso pasado de vueltas, pero funciona de maravilla. Ahí Brad Pitt dejó claro que no era solamente un chico guapo con melena noventera y mandíbula perfecta. Había actor de verdad debajo de la percha.
Además, el personaje claramente se mueve dentro de un trastorno bipolar en fase maníaca permanente. Es puro descontrol, pura excitación psicomotriz, puro cerebro disparado a mil por hora.
Por otro lado aparece Madeleine Stowe interpretando a la psiquiatra Kathryn Railly, probablemente el personaje más anclado a la realidad. Ella intenta racionalizar lo que ocurre, analizarlo clínicamente y mantener cierta lógica dentro del disparate temporal y psicológico que plantea la película. Pero incluso ella acaba cayendo en una espiral emocional complicada. Cuando es secuestrada por James Cole, desarrolla claramente elementos compatibles con un síndrome de Estocolmo.
Al final, todos los personajes están dañados mentalmente de una manera u otra. Y quizá ahí reside parte del mensaje de la película: cualquiera puede quebrarse psicológicamente si el mundo se convierte en un manicomio.
Y luego está el pobre James Cole, posiblemente uno de los personajes más atormentados que ha interpretado nunca Bruce Willis.
Un hombre atrapado entre tiempos, obligado a viajar al pasado para intentar resolver el misterio de los llamados doce monos, sin saber nunca si está viviendo la realidad o un delirio psicótico. Y lo fascinante es que quizá sea el más cuerdo de todos.
Porque él sí tiene claro algo esencial: el pasado era un paraíso. Había aire puro, sol, charcos, árboles, libertad. Cosas sencillas que el ser humano moderno no valora hasta que vive encerrado bajo tierra como una rata radiactiva. Ahí la película tiene algo profundamente melancólico. Una nostalgia por el mundo cotidiano. Por algo tan simple como respirar al aire libre sin una máscara ni un científico vigilándote desde una pantalla mugrienta.
Bruce Willis está inconmensurable. Muy lejos del héroe chulesco de otras películas. Aquí interpreta a un hombre agotado, confundido, emocionalmente destruido y permanentemente desubicado. Un personaje que intenta agarrarse a algo sólido mientras el tiempo, la memoria y la realidad se le derrumban encima.
Respecto al argumento, la película está muy bien construida. Es verdad que Terry Gilliam de vez en cuando se saca algún conejo de la chistera que no encaja del todo y hay momentos donde la lógica interna hace un poco de equilibrismo borracha, pero en general la trama está extraordinariamente bien urdida. Además engaña constantemente al espectador.
Porque los doce monos no son realmente el núcleo de la historia. Son un macguffin perfecto. Una cortina de humo gigantesca que distrae mientras la película conduce hacia otro lugar mucho más clásico y terrorífico: el científico loco. Un elemento heredado directamente del cine de terror clásico, pero aquí vestido con paranoia biológica y viajes temporales.
Y al final esa es la grandeza de 12 monos: una película que juega continuamente con la percepción, que manipula al espectador igual que los personajes son manipulados por el tiempo, por la locura y por sus propias obsesiones.
Una obra extraordinaria, incómoda, sucia, enfermiza y fascinante. Como abrir una nevera olvidada desde 1995… y descubrir que dentro sigue latiendo algo vivo.
Mi puntuación: 8,77/10.

Dirigido por Terry Gilliam:

Ficha: En este enlace.
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Muchos besos y muchas gracias.
¡Nos vemos en el cine!

Chistes y críticas en holasoyramon.com
Crítico de Cine de El Heraldo del Henares
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