

Cutrecomentario de Ramón:
“Poeta, borracho y superviviente: Bukowski se queda corto en Medellín”
El colombiano Simón Mesa Soto se confirma como uno de esos directores que no vienen a caer bien, sino a remover.
Ganador de la Palma de Oro al mejor cortometraje en Cannes con Leidi (2014), su filmografía es breve pero muy contundente, centrada en retratar realidades sociales sin edulcorantes.
Tras varios trabajos en corto, da el salto al largo con Un poeta, manteniendo ese pulso crudo, casi documental, que no pide permiso ni perdón.
En cuanto a premios, Un poeta ha pasado por festivales importantes, incluyendo su estreno en la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes 2025, lo que ya es una carta de presentación bastante seria. La película ha sido destacada por su mirada social y su estilo incómodo, generando división entre crítica y público (vamos, lo típico cuando alguien hace algo con personalidad).
Vamos a hacer el intento —con todo el respeto del mundo— de hablar un poquito en colombiano, porque la peli lo pide y el cuerpo también.
Parce, lo primero que hay que decir de Un poeta es que tiene un valor berraco. Simón Mesa Soto se la juega toda poniendo en pantalla a un protagonista que no es que no sea atractivo… es que directamente te genera rechazo. Y ahí está la gracia. Este poeta, interpretado de forma brutal por Ubeymar Ríos (que ojo, es su única película), es un tipo ya mayor, desordenado, medio sucio, incómodo, de esos que uno ve venir y cruza de acera.
El hombre vive de la pensión de la mamá —ojo al dato—, ha publicado dos libritos y se autodenomina poeta, aunque todo el mundo a su alrededor tiene bastante claro que lo que es, es un parado con ínfulas.
Es el antihéroe definitivo, un friki de la poesía que da más pena que admiración.
Y su vida… uff, su vida es un desastre total: alcoholismo, relaciones familiares hechas trizas, especialmente con su hija, con la que tiene una relación bastante turbia que roza el acoso. Incómodo es poco.
Y cuando ya parece que este man no tiene arreglo, aparece Yurlady, una niña interpretada por Rebeca Andrade, que escribe poemas sobre su vida cotidiana en un entorno de marginalidad absoluta. Una casa donde cabe medio barrio: hermanos, sobrinos, embarazos, abuela, tíos… y una madre que solo aparece los domingos porque trabaja interna. Vamos, un cuadro social de los que no salen en los anuncios de turismo.
Y es ahí donde la peli encuentra su corazón. Este poeta ve en la niña una especie de luz, un faro, algo a lo que agarrarse para intentar salir de su miseria personal. Y sin hacer spoilers, lo que viene después es una mezcla muy rara, pero muy potente.
Porque la peli es rara, sí. Tiene momentos muy duros, bastante sórdidos, pero también otros de una ternura inesperada.
Es trágica, pero a ratos tiene un humor muy negro que te descoloca.
Es fea, pero a su manera también es bonita. Vamos, que no sabes muy bien dónde meterla.
Y ojo, no es una película fácil. Hay gente que probablemente en los primeros minutos ya esté mirando el reloj o pensando en la cena. Pero si entras en su juego, si te dejas llevar por ese ritmo y ese personaje incómodo, la película te acaba atrapando.
No es para todos los públicos. Pero precisamente por eso merece mucho la pena.
Mi puntuación: 7,58/10.

Dirigido por Simón Mesa Soto:

Ficha: En este enlace.
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Muchos besos y muchas gracias.
¡Nos vemos en el cine!

Chistes y críticas en holasoyramon.com
Crítico de Cine de El Heraldo del Henares
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