

Cutrecomentario de Ramón:
American Psycho: El lobo de Wall Street se pone loción sin alcohol
Mary Harron es una cineasta canadiense surgida del cine independiente norteamericano.
Debutó en el largometraje con Yo disparé a Andy Warhol y después dirigió The Notorious Bettie Page, The Moth Diaries, Las chicas de Manson y Dalíland.
También realizó la estupenda miniserie Alias Grace.
Su cine suele fijarse en personajes incómodos y en las relaciones entre poder, identidad, deseo y violencia.
En American Psycho adaptó junto a Guinevere Turner la polémica novela de Bret Easton Ellis.
Cutrecomentario de Ramón
Vi American Psycho en el cine en el año 2000 y me repugnó bastante.
Ahora la he revisitado en las proyecciones de Wilder Cinema, después de que el tiempo la haya convertido en película de culto, y la he visto con otros ojos. No me entusiasma, pero entiendo mucho mejor su interés.
La película retrata a un espécimen muy reconocible de los años ochenta y noventa: el yuppie.
Un individuo con dinero, traje carísimo, cuerpo de gimnasio y una liturgia cosmética que entonces se asociaba más al universo femenino.
El antepasado directo del metrosexual, pero con conversaciones de machirulo de encefalograma social plano.
Patrick Bateman, interpretado por Christian Bale, no es tanto un personaje aislado como el representante extremo de toda una clase.
Sus compañeros son casi intercambiables.
Visten igual, hablan igual, se confunden unos con otros y compiten por reservar mesa en el restaurante más imposible o por exhibir la tarjeta de visita más elegante.
La escena de las tarjetas es una cumbre de la idiotez humana: tipos poderosos al borde del colapso porque uno ha elegido un blanco más distinguido.
También aparecen aquellos teléfonos móviles del tamaño de un ladrillo, que en el año 2000 todavía parecían una excentricidad para ejecutivos con ganas de hacerse notar.
Luego se hicieron diminutos y ahora vuelven a ser enormes.
La humanidad avanza mucho para terminar llevando una tabla de cortar en el bolsillo.
Ese retrato disgeneracional es lo mejor de la película.
Bateman vive rodeado de personas, pero no mantiene una relación auténtica con ninguna.
Entre los hombres solo hay competición, vanidad y conversaciones machistas.
Con las mujeres no existe intimidad: hay sexo, prostitución, pornografía, dominación y desprecio.
Todo está limpio, caro y perfectamente perfumado, pero moralmente huele a alcantarilla.
Además, Bateman es un psicópata que mata de manera compulsiva, sin empatía hacia sus víctimas y sin asumir responsabilidad alguna.
Siempre encuentra una explicación que lo descarga: una provocación, una mirada, una frase inconveniente o, sencillamente, que alguien tenga una tarjeta mejor que la suya.
Yo estuve quince años y un día en prisión. Trabajando, aclaro, que en internet nunca se sabe. Allí conocí a bastantes psicópatas, casi todos procedentes de estratos sociales muy bajos: hombres incultos, mal vestidos y que en ocasiones no olían precisamente a loción sin alcohol.
Bateman pertenece a la misma familia moral, pero envuelto en Armani.
La película acierta al recordarnos que la crueldad no necesita chándal ni navaja: también puede llevar corbata de seda y reservar en Dorsia.
La interpretación de Christian Bale se ha vuelto icónica, pero a mí no me parece redonda.
Su frialdad encaja con el personaje y su control físico es impresionante.
El problema llega cuando Bateman empieza a sufrir crisis, pierde el dominio de sí mismo y entra en un terreno cada vez más psicótico.
Ahí la interpretación se vuelve más aparatosa y la película empieza a hacer trampas.
Alerta: spoilers
El tramo final me chirría de forma absoluta.
No porque una persona con rasgos psicopáticos sea incapaz de padecer ansiedad —eso sería demasiado categórico—, sino porque la película introduce una descomposición psicótica que embarulla su discurso.
Ya no sabemos qué crímenes han sucedido, cuáles son delirios y hasta qué punto contemplamos una realidad deformada por Bateman.
La intención no era resolverlo con el viejo «todo estaba en su cabeza».
Mary Harron y Guinevere Turner han explicado que querían que los hechos fueran reales hasta que la percepción del personaje empieza a quebrarse abiertamente.
Pero el resultado permite precisamente esa escapatoria, y la propia directora ha reconocido que el final quedó demasiado inclinado hacia esa lectura.
Eso debilita la película. Si todo es producto de un delirio, Bateman deja de ser solo el monstruo perfectamente integrado en el capitalismo triunfante y el relato abre una coartada clínica que no necesitaba.
Y si lo que aparece es una crisis moral, tampoco funciona: los remordimientos romperían la lógica interna del personaje.
La ambigüedad no siempre es profundidad; a veces es simplemente niebla.
Estos planteamientos me parecen profundamente reaccionarios y victimizan al verdugo y, hasta cierto punto, lo exculpan. Una mierda.
También me incomoda la puesta en escena.
La película mantiene una mirada crítica sobre esos yuppies, pero en varios momentos los filma con contrapicados, engrandecidos alrededor de una mesa mientras beben bourbon y dicen barbaridades racistas, machistas y aporofóbicas.
En cambio, en bastantes ocasiones las mujeres aparecen observadas en planos picados, empequeñecidas.
No es una regla matemática —un picado no convierte automáticamente a nadie en inferior—, pero la reiteración introduce una contradicción visual que a mí me resulta molesta.
Hay, sin embargo, secuencias muy bien dirigidas.
Todo el bloque de la prostitución está montado con precisión, con una coordinación enfermiza entre el narcisismo de Bateman, los espejos y los cuerpos tratados como mercancía.
Y resulta magnífica la elipsis con Christie, interpretada por Cara Seymour, cuando cuenta que después de su anterior encuentro terminó en urgencias recuperándose de las heridas.
El tratamiento de los personajes femeninos también plantea problemas.
La película denuncia un universo profundamente misógino, pero a ratos parece contaminada por él.
Evelyn Williams, interpretada por Reese Witherspoon, es una pija frívola que vive en Babia.
Courtney Rawlinson, a la que da vida Samantha Mathis, permanece drogada casi de manera perpetua.
Las prostitutas son víctimas convertidas en objetos.
Y Jean, la secretaria encarnada por Chloë Sevigny, es la única figura con algo parecido a sensibilidad, aunque esté construida desde la sumisión y el enamoramiento ingenuo.
No diría que todos los personajes femeninos sean negativos de la misma manera, porque Jean funciona también como el único resto de humanidad de la historia.
Pero el abanico que se les concede es demasiado estrecho: tontas, sometidas, drogadas o prostituidas.
La intención crítica existe; el resultado no siempre consigue separarse de aquello que pretende denunciar. Otra mierda.
Y luego está Willem Dafoe como el inspector Donald Kimball, siempre estupendo. Da vida a una especie de Colombo.
Entra en la película sin levantar la voz y consigue que cada pregunta parezca una caricia o una amenaza.
Es de los pocos personajes que introduce una tensión verdadera sin necesidad de enseñar un hacha.
Veintiséis años después, American Psycho me sigue pareciendo una película desagradable y profundamente irregular.
Pero ahora veo con más claridad la potencia de su sátira: Patrick Bateman no es una anomalía dentro de aquel mundo, sino su producto mejor vestido.
La película ha ganado interés con el tiempo.
No tanto como retrato de un asesino, sino como autopsia de un segmento social social vacío, machista y obscenamente satisfecha de sí misma.
La he visto con otros ojos. Eso no significa que ahora me caiga mejor.
A Bateman ni una segunda oportunidad le mejora la tarjeta de visita.
Mi puntuación: 5,62/10.

Dirigido por Mary Harron:
Foto: John C. Walsh / Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0).
Ficha: En este enlace.
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Muchos besos y muchas gracias.
¡Nos vemos en el cine!

Chistes y críticas en holasoyramon.com
Crítico de Cine de El Heraldo del Henares
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