La princesa, la IA y el narrador que no se callaba ni debajo del agua
La película inaugural del FCAT 2026 venía con una premisa curiosa: ciencia ficción africana, comedia romántica, futuro utópico sin guerras, princesas desaparecidas y fondos generados con inteligencia artificial. Vamos, una mezcla entre cuento futurista, culebrón romántico y sobremesa de domingo con ChatGPT desatado.
Damien Hauser dirige esta producción keniata de apenas 79 minutos que demuestra bastante imaginación y una clara voluntad de construir un universo propio. No abundan demasiados datos sobre el director ni una filmografía especialmente conocida internacionalmente, algo bastante habitual todavía en determinados circuitos africanos de producción. Pero aquí sí deja claro que tiene energía visual, ganas de experimentar y una cierta querencia por el exceso narrativo. Y digo exceso con cariño… y con algo de agotamiento neuronal.
Memory of Princess Mumbi ha pasado por diversos festivales internacionales especializados en cine africano y fantástico, siendo seleccionada para inaugurar el Festival de Cine Africano de Tarifa-Tánger 2026.
La película ha llamado especialmente la atención por el uso de inteligencia artificial para generar parte de sus escenarios y efectos visuales, algo que le aporta una estética peculiar, entre artesanal y digitalmente lisérgica.
Y entrando en materia, la película plantea un futuro donde ya no existen guerras y África aparece dividida por una línea diagonal que separa dos territorios. Esto parece el inicio de una densísima reflexión geopolítica sobre el colonialismo, las fronteras artificiales y el futuro del continente. Pero luego la película decide que no. Que realmente lo suyo es otra cosa mucho más sencilla: chico conoce chica, chica desaparece seis años y reaparece convertida en princesa. Y ahí aparece el inevitable triángulo amoroso. Shakespeare mirando desde el más allá pensando: “Bueno, pues tampoco han cambiado tanto las cosas”.
La película aparenta ser enormemente compleja porque lanza ideas constantemente. Hay una sensación continua de torrente narrativo, de hiperactividad visual y verbal. Todo va muy deprisa. El montaje es frenético, la narración es exhaustiva y continuamente están ocurriendo cosas o explicándose cosas. Y ahí la película tiene parte de su encanto.
Funciona razonablemente bien como una comedia romántica un poco alocada y disparatada, casi como si alguien hubiese metido ciencia ficción africana, anime romántico y telenovela futurista en una batidora industrial.
Además, el uso de IA para crear fondos, decorados y algunos efectos especiales resulta curioso. A veces canta bastante, claro, pero también le da una personalidad visual peculiar.
Hay momentos donde parece que la película estuviese ocurriendo dentro de una ilustración animada creada a las cuatro de la mañana por alguien con insomnio y exceso de cafeína. Y eso, extrañamente, tiene cierto encanto.
Ahora bien, el gran problema para un servidor está clarísimo: la voz en off. Esa voz en off interminable, persistente, invasiva, que no deja respirar una sola escena. Yo es que no puedo con la voz en off como recurso constante. Me parece, casi siempre, un mecanismo de mal cineasta. Si algo no se puede transmitir con imágenes y hay que explicarlo continuamente con palabras, entonces el cine empieza a parecerse peligrosamente a un audiolibro ilustrado.
Y aquí no hay tregua. Cuando no habla el narrador, hablan los personajes. Cuando no hablan los personajes, vuelve el narrador. No existe prácticamente un solo instante de silencio, de contemplación o de pausa visual. Todo está verbalizado. Todo explicado. Todo subrayado. Y eso acaba resultando agotador.
Porque la película tiene ideas, tiene humor, tiene ritmo y tiene personalidad. Pero también produce cierta sensación de aturdimiento permanente. Como estar encerrado durante hora y pico con un amigo hiperactivo que no para de contar historias mientras mueve los brazos como un molino industrial.
Aun así, reconozco el valor de la propuesta. Hay imaginación, valentía y una energía contagiosa detrás de esta locura romántico-futurista.
No siempre funciona, pero cuando funciona resulta simpática y bastante divertida.
Así que sí, aprobado raspadillo. Como esos alumnos caóticos que entregan el examen lleno de flechas, tachones y dibujos absurdos… pero al final, misteriosamente, algo de talento sí tenían.
Cuando el fin del mundo parece un vertedero y ¿el más cuerdo es Bruce Willis?
Hablar de 12 monos es hablar de una de esas películas de ciencia ficción que parecen rodadas dentro de un contenedor lleno de chatarra, humedad, locos, tuberías oxidadas y resaca emocional. Y ahí está parte de su grandeza.
Gran acierto de Juan Ignacio programando una película que, con el paso de los años, no ha perdido fuerza. Al contrario. Después de pandemias reales, negacionistas de saldo y gente peleándose por papel higiénico en supermercados, la película de Terry Gilliam parece menos ciencia ficción y más documental con anfetaminas.
Terry Gilliam es uno de esos directores incapaces de rodar algo normal.
Exmiembro de los Monty Python, siempre ha tenido una imaginación visual desbordada, barroca y muchas veces directamente delirante.
En su filmografía aparecen títulos fundamentales como Brazil, El rey pescador, Las aventuras del barón Munchausen, Miedo y asco en Las Vegas o El imaginario del Doctor Parnassus.
Su cine suele estar lleno de personajes derrotados, mundos opresivos, burocracias monstruosas y una sensación constante de que la realidad está a punto de romperse como una vajilla barata.
12 monos obtuvo dos nominaciones al Oscar, incluyendo la de mejor actor secundario para Brad Pitt, que además ganó el Globo de Oro por su interpretación.
También recibió nominaciones en los premios BAFTA y en los Saturn Awards, consolidándose rápidamente como una de las grandes películas de ciencia ficción de los años noventa.
Curiosamente, la película está inspirada en el mediometraje francés La Jetée de Chris Marker, una obra experimental compuesta casi exclusivamente por fotografías fijas. O sea, de unas fotos quietas salió este monumento al caos mental. El cine tiene estas cosas maravillosas.
Y entrando ya en harina, lo primero que llama la atención en la película es la dirección artística y de producción de Terry Gilliam. Ese futuro subterráneo, infectado, húmedo y miserable donde vive la humanidad tras la pandemia es sencillamente extraordinario. Todo es feo. Pero feo con ganas. No hay una sola pared limpia. No existe el orden. Todo parece diseñado por alguien con síndrome de Diógenes y una fijación enfermiza por el metal oxidado. La película convierte el feísmo en arte.
Pero lo interesante es que el pasado tampoco es mucho mejor. Cuando James Cole, el personaje interpretado por Bruce Willis, viaja a los años noventa para investigar el origen de la pandemia, se encuentra un mundo igualmente degradado. Hay homeless, toxicómanos, hospitales psiquiátricos infernales, calles sucias y una sensación permanente de decadencia urbana.
El futuro no surge de la nada. El futuro ya estaba incubándose en aquel presente mugriento. Y ahí la película conecta muy bien ambos tiempos: la humanidad ya estaba rota antes del virus.
Luego están los personajes, todos absolutamente desquiciados de una manera u otra.
El Jeffrey Goines de Brad Pitt es una auténtica bomba de relojería humana. Un torbellino verbal y físico. Gesticula, salta, grita, articula frases como si hubiese desayunado cafeína mezclada con plutonio. El personaje es casi un pelele dentro de la trama, pero su energía resulta tan salvaje que acaba devorando cada escena donde aparece. Puede parecer excesivo o incluso pasado de vueltas, pero funciona de maravilla. Ahí Brad Pitt dejó claro que no era solamente un chico guapo con melena noventera y mandíbula perfecta. Había actor de verdad debajo de la percha.
Además, el personaje claramente se mueve dentro de un trastorno bipolar en fase maníaca permanente. Es puro descontrol, pura excitación psicomotriz, puro cerebro disparado a mil por hora.
Por otro lado aparece Madeleine Stowe interpretando a la psiquiatra Kathryn Railly, probablemente el personaje más anclado a la realidad. Ella intenta racionalizar lo que ocurre, analizarlo clínicamente y mantener cierta lógica dentro del disparate temporal y psicológico que plantea la película. Pero incluso ella acaba cayendo en una espiral emocional complicada. Cuando es secuestrada por James Cole, desarrolla claramente elementos compatibles con un síndrome de Estocolmo.
Al final, todos los personajes están dañados mentalmente de una manera u otra. Y quizá ahí reside parte del mensaje de la película: cualquiera puede quebrarse psicológicamente si el mundo se convierte en un manicomio.
Y luego está el pobre James Cole, posiblemente uno de los personajes más atormentados que ha interpretado nunca Bruce Willis.
Un hombre atrapado entre tiempos, obligado a viajar al pasado para intentar resolver el misterio de los llamados doce monos, sin saber nunca si está viviendo la realidad o un delirio psicótico. Y lo fascinante es que quizá sea el más cuerdo de todos.
Porque él sí tiene claro algo esencial: el pasado era un paraíso. Había aire puro, sol, charcos, árboles, libertad. Cosas sencillas que el ser humano moderno no valora hasta que vive encerrado bajo tierra como una rata radiactiva. Ahí la película tiene algo profundamente melancólico. Una nostalgia por el mundo cotidiano. Por algo tan simple como respirar al aire libre sin una máscara ni un científico vigilándote desde una pantalla mugrienta.
Bruce Willis está inconmensurable. Muy lejos del héroe chulesco de otras películas. Aquí interpreta a un hombre agotado, confundido, emocionalmente destruido y permanentemente desubicado. Un personaje que intenta agarrarse a algo sólido mientras el tiempo, la memoria y la realidad se le derrumban encima.
Respecto al argumento, la película está muy bien construida. Es verdad que Terry Gilliam de vez en cuando se saca algún conejo de la chistera que no encaja del todo y hay momentos donde la lógica interna hace un poco de equilibrismo borracha, pero en general la trama está extraordinariamente bien urdida. Además engaña constantemente al espectador.
Porque los doce monos no son realmente el núcleo de la historia. Son un macguffin perfecto. Una cortina de humo gigantesca que distrae mientras la película conduce hacia otro lugar mucho más clásico y terrorífico: el científico loco. Un elemento heredado directamente del cine de terror clásico, pero aquí vestido con paranoia biológica y viajes temporales.
Y al final esa es la grandeza de 12 monos: una película que juega continuamente con la percepción, que manipula al espectador igual que los personajes son manipulados por el tiempo, por la locura y por sus propias obsesiones.
Una obra extraordinaria, incómoda, sucia, enfermiza y fascinante. Como abrir una nevera olvidada desde 1995… y descubrir que dentro sigue latiendo algo vivo.
Había ganas de ver la nueva película de Kristoffer Borgli, ese director noruego especializado en incomodar al personal con una sonrisa torcida.
Después de llamar la atención con Sick of Myself y sobre todo con Dream Scenario —aquella marcianada con Nicolas Cage invadiendo los sueños de media humanidad—, el hombre vuelve a demostrar que le interesa más la neurosis contemporánea que contar historias bonitas para subirlas a Instagram con filtro Valencia. Y eso siempre se agradece. Porque para películas sobre gente feliz ya está la publicidad de los seguros dentales.
Borgli escribe y dirige esta especie de anticomedia romántica donde el “chico conoce chica” ya ocurrió hace tiempo y ahora toca algo muchísimo más terrorífico: convivir con lo que realmente es la otra persona.
El director vuelve a jugar con el ridículo social, las inseguridades y la incomodidad emocional, mezclando humor negro, paranoia y momentos que hacen que uno quiera esconderse debajo de la butaca del cine. Y eso, curiosamente, funciona muy bien.
La película tuvo un recibimiento bastante potente en su estreno norteamericano y ha generado bastante conversación crítica por el tono incómodo de algunas de sus propuestas narrativas.
Las interpretaciones de Zendaya y Robert Pattinson han sido especialmente alabadas y la cinta ha funcionado muy bien en taquilla para tratarse de una producción de A24.
Y ahora sí. Vamos al drama. Literalmente.
Acudo al preestreno de El drama en los Multicines Guadalajara gracias al proyecto Wilder, una iniciativa estupenda que mezcla reposiciones de clásicos y películas de culto con preestrenos como éste. Una bendita locura para quienes todavía creen que ir al cine no consiste únicamente en escuchar a alguien abrir una bolsa de Doritos durante dos horas.
El tráiler ya era muy sugerente. Vendía la idea de una relación de pareja aparentemente sólida que se rompe por culpa de una confesión probablemente innecesaria y desde luego profundamente inoportuna.
Y efectivamente, de eso va la película. De cómo una verdad puede convertirse en una bomba nuclear emocional pocos días antes de una boda convertida en macrofestival del postureo.
Hay una frase demoledora en la película: en una boda todo es postureo. Los trajes, las damas de honor, las flores, el vino, los invitados, los discursos horribles que la gente escucha emocionada como si estuvieran leyendo a Dostoievski y no soltando frases de taza de Mr. Wonderful. Todo fachada. Todo representación. Todo teatro. Y ahí entra el gran hallazgo de la película.
Porque El drama funciona muy bien como una especie de desmontaje salvaje de la comedia romántica tradicional. Aquí no se trata de enamorarse. Se trata de soportar el derrumbe psicológico que aparece cuando descubres algo del otro que no encaja con la imagen idealizada que habías fabricado.
Robert Pattinson, actor al que personalmente suelo soportar con el mismo entusiasmo con el que uno soporta una colonoscopia sin sedación, aquí está francamente bien. Muy poco contenido, muy neurótico, muy perdido dentro de su propia cabeza. Y precisamente la película se mete continuamente dentro de esa cabeza.
Lo mejor de El drama no es la trama. Es la dirección.
Borgli monta la película como un mecanismo de relojería neurótico donde aparecen insertos visuales de pensamientos intrusivos, ideas absurdas, imágenes mentales parásitas y asociaciones incómodas que reflejan perfectamente cómo funciona la ansiedad moderna.
Uno sabe que esos pensamientos son irracionales, incluso idiotas, pero no puede expulsarlos. Y la película consigue transmitir esa sensación de una manera brillantísima.
Hay momentos donde el montaje parece casi una versión sentimental de un ataque de ansiedad con presupuesto de A24.
Zendaya, por supuesto, está estupenda. Tiene una presencia enorme y consigue que su personaje nunca resulte del todo antipático ni del todo fiable. Y eso tiene muchísimo mérito.
Además, me gusta mucho cómo la película retrata esa adolescencia prolongada de treintañeros emocionalmente agotados que juegan a ser adultos funcionales mientras se desmoronan por dentro.
Muy bien también Alana Haim como esa amiga incapaz de comprender nada pero convencida de entenderlo todo. Ese tipo de persona que da consejos emocionales con la profundidad intelectual de una galleta de la fortuna.
Y ojo también a Hailey Gates, en un secundario muy interesante que aporta todavía más rareza a este festival de inseguridades sentimentales.
La película se mueve entre la comedia incómoda, el humor negro, el caos emocional y cierta sensación constante de catástrofe sentimental inminente.
A veces es frenética, a veces absurda, a veces muy divertida y otras veces directamente incómoda de narices. Pero nunca aburrida.
Y además deja pensando. Que ya es muchísimo más de lo que consiguen la mayoría de las comedias románticas actuales, generalmente escritas por gente que cree que el amor consiste en compartir contraseña de Netflix y hacerse fotos desayunando aguacate.
La película donde la testosterona suda más que los motores de los cazas
Hay películas que definen una época. Y luego está Top Gun (Ídolos del aire), que directamente ayudó a fabricar una parte del imaginario norteamericano de los años 80: patriotismo musculado, aviadores con sonrisa Colgate, gafas de sol, motos, testosterona industrial y la sensación de que entrar en la Marina estadounidense era lo más parecido a convertirse en una estrella del rock.
La película fue un fenómeno cultural gigantesco en United States, disparó el reclutamiento militar y convirtió a Tom Cruise en una superestrella mundial.
Décadas después llegaría Top Gun: Maverick, una secuela sorprendentemente más madura y bastante mejor película, que además funcionaba como monumento a la nostalgia y a la eterna juventud congelada de Cruise, que probablemente conserve su ADN en formol dentro de una base secreta de la Cienciología.
El director fue Tony Scott, hermano pequeño de Ridley Scott y probablemente el más gamberro visualmente de los dos.
Mientras Ridley tendía a la grandilocuencia elegante, Tony apostaba por el videoclip, el montaje frenético, los colores saturados, el humo, los contraluces y los personajes permanentemente sudorosos como si vivieran dentro de una sauna militar.
En su filmografía destacan títulos como Amor a quemarropa, Marea roja, El último boy scout, Spy Game o Déjà Vu.
Y aunque aquí ya demostraba una potencia visual enorme, la película también sirvió para lanzar definitivamente la carrera de Tom Cruise, que venía de títulos como Risky Business pero todavía no era el semidiós de taquilla en el que terminaría convirtiéndose.
Y ahora vamos al drama.
Porque sí, estamos ante una película bochornosamente mediocre. Un auténtico pestillo cinematográfico envuelto en música de sintetizador y sudor facial masculino.
Eso sí, hay que reconocerle a Tony Scott que sabe rodar. Algunas escenas en la cubierta del portaaviones tienen una atmósfera casi fantasmagórica, con esos aviones despegando entre humos y contraluces como si los pilotos fueran estrellas de rock patrocinadas por el Pentágono.
Visualmente la película tiene fuerza. Narrativamente, en cambio, es como escuchar a dos maniquíes intentando ligar en una tienda de cazadoras de cuero.
Los diálogos son absolutamente horribles. Artificiales, impostados, sin naturalidad ninguna. Nadie habla así en el planeta Tierra. Las relaciones entre personajes son totalmente falsas y construidas a martillazos. Todo parece diseñado para que alguien quede “molón” en pantalla aunque lo que esté diciendo sea una estupidez monumental.
Y luego está esa exhibición de masculinidad testosterónica digna de un concurso de “Mister Sobaco Aeronáutico 1986”. Los vestuarios, las miraditas, los musculitos, las escenas sin camiseta… aquello parece una mezcla entre anuncio de colonia barata y catálogo erótico de gimnasio militar.
Además, todos los actores masculinos aparecen permanentemente sudorosos de la cara. Solo de la cara. El resto del cuerpo permanece milagrosamente seco. Debía existir un maquillador especializado exclusivamente en echarles agua en la frente cada cuatro minutos.
Por supuesto, aparece constantemente Tom Cruise enseñando palmito en calzoncillos o sin camiseta, luciendo esa sonrisa absolutamente embriagadora que probablemente ha evitado guerras internacionales. Porque hay que reconocerlo: el hombre tiene un carisma descomunal.
Ahora bien, como actor… pues no. Nunca ha sido un gran actor. Aquí además se nota muchísimo esa interpretación de “pon cara de triste”, “pon cara de preocupado”, “ahora mira al horizonte como si sufrieras mucho por dentro”. No transmite emociones: pone caritas. Y eso es justo lo contrario de actuar.
También resulta fascinante comprobar cómo han pasado cuarenta años por casi todo el reparto menos por Cruise. Kelly McGillis, Meg Ryan, Val Kilmer… todos han envejecido de manera lógica y humana. Mientras tanto, Tom Cruise, con sus 63 años y su metro setenta aproximado, sigue prácticamente igual que en 1986. Hay aguacates que envejecen peor. Lo de la Cienciología debe incluir tratamientos antiedad con combustible de reactor militar.
En definitiva, una película terrible que, incomprensiblemente, se convirtió en mito cultural. Y da cierta pena que esta haya pasado a la historia mientras otras películas muchísimo más interesantes de aquella época quedaron olvidadas en videoclubs polvorientos y sesiones dobles de barrio.
La directora Fabienne Godet lleva años moviéndose en un cine francés muy interesada por los personajes excéntricos, frágiles o emocionalmente descolocados.
En su filmografía destacan títulos como Sauf le respect que je vous dois, Une place sur la Terre o Nos vies formidables, películas donde suele mezclar drama, humanidad y pequeñas rarezas cotidianas.
No es una directora especialmente conocida fuera del circuito cinéfilo francés, pero tiene buen ojo para observar personajes llenos de manías, soledades y contradicciones.
El amigo inesperado tuvo una recepción bastante cálida en Francia, especialmente por sus interpretaciones y por su planteamiento original dentro de una comedia muy contenida y elegante.
La película pasó por varios festivales franceses y recibió elogios por el trabajo de Salif Cissé y Denis Podalydès, uno de esos actores franceses capaces de parecer agotados por la vida incluso cuando están pidiendo un café.
Y ahora vamos al lío.
Estamos ante una película bastante curiosa y agradable, una de esas historias pequeñas que funcionan precisamente porque no intentan convertirse en una montaña rusa emocional ni en una comedia histérica de gente cayéndose por las escaleras. Aquí todo es más suave, más humano y bastante más inteligente de lo habitual.
Por un lado tenemos a Pierre Chozène, interpretado por Denis Podalydès, un escritor famoso absolutamente asediado por llamadas telefónicas: familia, editor, admiradores, compromisos y probablemente gente preguntándole si ha mirado ya el WhatsApp. El hombre solo quiere una cosa en la vida: tranquilidad para escribir su nueva novela y dejar de atender a media humanidad.
Y ahí aparece Baptiste, interpretado por Salif Cissé, un imitador de voces y cantantes que trabaja por las noches en un pequeño teatro mientras durante el día intenta vender seguros para mascotas por teléfono. Ya solo esa descripción parece el inicio de una depresión moderna patrocinada por LinkedIn.
La idea de la película es muy buena: el escritor contrata a Baptiste para responder sus llamadas y convertirse, literalmente, en una especie de contestador automático humano.
De hecho, el título original francés, Le répondeur, significa precisamente eso: “el contestador automático”. Y en el fondo eso es lo que desea el protagonista, desaparecer un poco del mundo sin desconectarse del todo.
A partir de ahí la película va construyendo relaciones bastante interesantes y humanas.
Baptiste empieza a mirar la vida del escritor desde fuera y a influir indirectamente en las relaciones con su padre, con su hija y con quienes le rodean.
Hay una idea muy bonita detrás de todo esto: a veces hace falta alguien ajeno para que uno descubra el tipo de persona en que se ha convertido.
La película funciona siempre dentro de un tono de comedia leve, elegante y bastante coherente. Nada de histrionismos ni personajes haciendo el idiota a gritos durante dos horas. Y eso se agradece muchísimo. Además, las interpretaciones están francamente bien.
Y atención especial al personaje de Clara, interpretado por Aure Atika, que aparece relativamente poco pero cada vez que sale se come la pantalla con una facilidad insultante. Tiene una mezcla de belleza, elegancia y presencia que deja al resto del reparto mirando discretamente hacia el suelo.
Una película entretenida, inteligente y bastante original dentro de un panorama donde muchas veces parece que todas las películas han sido escritas por el mismo algoritmo con resaca.
De Hayao Miyazaki se han dicho tantas cosas que ya solo falta que alguien asegure que aprendió a dibujar antes de nacer. Y probablemente habría un documental japonés de tres horas intentando demostrarlo.
Studio Ghibli fue fundado en 1985 por Hayao Miyazaki, Isao Takahata y el productor Toshio Suzuki, convirtiéndose en uno de los estudios de animación más prestigiosos de la historia gracias a películas artesanales, emocionalmente complejas y visualmente deslumbrantes.
Hayao Miyazaki revolucionó la animación mezclando fantasía, ecologismo, pacifismo y personajes femeninos memorables.
Entre sus obras más celebradas están Mi vecino Totoro, La princesa Mononoke, El viaje de Chihiro —Oscar a la mejor película de animación—, El castillo ambulante, Nausicaä del Valle del Viento y El viento se levanta.
Sus películas tienen la rara capacidad de parecer cuentos infantiles… hasta que uno descubre que también hablan de guerras, codicia, destrucción y de lo complicado que es ser humano.
Esta reposición en cines por el 40 aniversario de El castillo en el cielo permite volver a comprobar por qué el universo de Studio Ghibli sigue siendo un territorio absolutamente único dentro de la animación mundial.
Una película de aventuras, fantasía, aviación, piratas, robots gigantes y niños lanzándose al vacío con una tranquilidad que haría desmayarse a cualquier padre occidental medio.
La historia sigue a Sheeta —que en España muchas veces se conoció como Sita— y Pazu, dos chavales que buscan Laputa, una legendaria fortaleza flotante escondida entre las nubes y asociada a enormes riquezas y secretos tecnológicos.
Claro, detrás de ella va medio planeta: militares con muy mala leche, servicios secretos que disparan antes de preguntar y un grupo de piratas aéreos encabezados por la maravillosa Dola, esa mezcla imposible entre madre coraje, bruja sabia y jefa de banda con zapatillas de estar por casa.
Lo curioso es que los supuestos villanos más entrañables terminan siendo precisamente los piratas. Los hijos de Dola son unos torpecicos encantadores, casi más peligrosos para sí mismos que para los demás, y aportan a la película un humor que funciona todavía hoy de maravilla.
La película está llena de persecuciones, máquinas voladoras, explosiones y momentos de acción casi constantes. Quizá incluso demasiadas explosiones por momentos. A ratos la sensación es que todo estalla cada siete minutos como si Miyazaki hubiera descubierto que el TNT también podía ser poético. Pero incluso en ese caos hay una vitalidad fascinante, muy orgánica, muy física. Todo parece moverse, respirar y palpitar.
Y detrás de todo aparece una de las grandes obsesiones del director: la aviación. A Miyazaki le apasionan los cielos, las aeronaves y esa idea romántica de volar como símbolo de libertad. Aquí eso está por todas partes.
También llama mucho la atención la absoluta despreocupación de los protagonistas por la caída libre. Estos niños se tiran al vacío con una alegría que ni los especialistas de Hollywood después de tres cafés.
Pero lo que realmente sostiene la película es la relación entre Pazu y Sheeta. Hay ternura, inocencia y una química emocional muy limpia, muy sincera, sin cinismo.
Cuarenta años después, El castillo en el cielo sigue teniendo esa capacidad tan rara de hacer que entrar en el mundo de Miyazaki resulte facilísimo.
Sales del cine pensando que quizá vivir en una isla flotante llena de robots gigantes no era tan mala idea. Aunque explote bastante. Muchísimo, de hecho.
El niño con enuresis que tenía un padre que lloraba por las noches.
Machitos ibéricos, niños tristes y pañales emocionales.
Nacho La Casa, director procedente sobre todo del mundo de la animación, se lanza aquí al drama humano con una película basada en la novela de Alejandro Palomas, con guion firmado junto a Juana Macías Polo.
Hasta ahora había trabajado principalmente en animación, destacando la codirección de Ozzy, una película simpática pero bastante flojita.
Aquí cambia completamente de registro y se mete en un terreno emocional complicado donde no basta con tener buenas intenciones.
El reparto está encabezado por Hugo Silva, Macarena García, Jesús carroza, Adelfa Calvo y el jovencísimo Ian Cortegoso.
Un hijo es una película claramente voluntariosa. Se nota muchísimo que quiere emocionar, construir personajes complejos y hablar del duelo, de la masculinidad tóxica de toda la vida y de esa gente incapaz de verbalizar el dolor porque creen que llorar les convierte automáticamente en concursantes derrotados de un reality.
El personaje interpretado por Hugo Silva representa perfectamente ese machito ibérico que todos conocemos y probablemente hemos sufrido alguna vez en comidas familiares.
Un tipo que esconde sentimientos, que disimula el dolor y que intenta proteger a su hijo fabricando una especie de realidad paralela. No porque sea malo, sino porque es incapaz de asumir lo que le está ocurriendo. El problema es que cuanto más intenta proteger, más prolonga el duelo y más se hunde emocionalmente.
La película juega además a engañar un poco al espectador, insinuando que el personaje puede ser más oscuro, más agresivo o más peligroso de lo que realmente es. Y esa idea funciona durante parte del metraje.
Luego aparece Macarena García, haciendo de educadora social, psicóloga, orientadora escolar y prácticamente también terapeuta emocional de media película. Está muy bien. Tiene humanidad, naturalidad y una enorme capacidad para sostener escenas incluso cuando el guion empieza a hacer aguas por varios sitios.
También resulta interesante el personaje de Jesús Carroza, ese profesor entregado, taciturno y bastante solitario, que parece encontrar en el personaje de Macarena García una especie de última oportunidad sentimental o vital. Hay detalles bonitos ahí, aunque la película no siempre sabe desarrollarlos bien.
Y luego está el niño protagonista, interpretado por Ian Cortegoso, un crío espabiladísimo, verbalizador compulsivo y un poco marisabidillo. Sus escenas junto a Adelfa Calvo en los trayectos diarios de tranvía tienen bastante gracia. Son situaciones poco creíbles, bastante artificiales, pero simpáticas. Uno se las cree regular, pero las ve con una sonrisa.
El gran problema de Un hijo es que demasiadas cosas chirrían. Hay una sensación constante de falsedad, de película construida desde la buena intención más que desde la verdad emocional. Muchas conversaciones parecen escritas para explicar temas importantes en vez de surgir de personajes reales. Y eso termina pesando bastante.
Da la impresión de estar viendo una película con un poso artificial que nunca termina de resultar auténtico. Como si estuviera constantemente diciendo “ahora toca emocionarse” en lugar de lograr que la emoción aparezca sola.
Y ahí probablemente aparece también el problema de dirección. Los actores están bastante bien, especialmente Macarena García, pero no parece haber detrás una dirección de actores especialmente sólida ni una experiencia suficiente para manejar un drama tan delicado. La película quiere mucho más de lo que realmente consigue.
Y aun así, se deja ver. Porque al menos tiene algo que muchísimas películas actuales han perdido completamente: honestidad en sus intenciones.
Jugada maestra: capitalismo, crimen y piernas kilométricas
John Patton Ford, director y guionista estadounidense, ya había demostrado en Emily the Criminal que le interesa bastante eso de los personajes atrapados por el dinero, la precariedad y las malas decisiones.
En Jugada maestra vuelve a moverse por terrenos parecidos, aunque aquí cambia el thriller seco por una comedia negra mucho más juguetona, elegante y venenosa.
Una película donde todo el mundo sonríe bastante mientras moralmente se despeña por un barranco.
La película está protagonizada por Glen Powell y Margaret Qualley, que forman una pareja con tanta química que prácticamente podrían incendiar una gasolinera solo cruzándose una mirada.
La idea de Jugada maestra es bastante buena: ese deseo enfermizo de hacerse millonario rápidamente y descubrir que, cuando uno cruza ciertas líneas, luego las siguientes ya cuestan mucho menos. El crimen tiene eso. Empiezas con un pequeño desliz moral y acabas hablando de cadáveres mientras eliges vino para la cena.
La película tiene un guion competente, ágil y bastante inteligente. Nunca pretende ser trascendente ni dar lecciones morales subrayadas con rotulador fosforito. Todo se mueve en un tono de comedia negra ligera, soterrada, elegante, casi como si estuviera constantemente guiñando un ojo al espectador. Y eso funciona muy bien.
Glen Powell tiene el carisma suficiente para sostener al personaje principal, ese tipo que empieza jugando con fuego pensando que controla la situación y poco a poco va entrando en una espiral donde el dinero fácil, el lujo y la sensación de poder se convierten en una droga bastante potente.
Pero quien realmente se come la pantalla es Margaret Qualley, haciendo de femme fatale moderna. Está absolutamente arrolladora. Tiene presencia, magnetismo y esa capacidad de parecer peligrosa incluso cuando simplemente cruza las piernas o sonríe. Y sí, esas piernas kilométricas prácticamente tienen código postal propio. La cámara lo sabe, ella lo sabe y el espectador también.
Lo mejor es que detrás del tono juguetón hay una crítica bastante afilada al capitalismo salvaje y a ese viejo lema no escrito de que para hacerse rico vale absolutamente todo mientras no te pillen. O mientras puedas contratar un abogado mejor que el del vecino.
La película funciona. No inventa la pólvora, pero sí sabe cómo prenderle fuego con bastante estilo.
Damian McCarthy, director irlandés nacido en 1981, se ha ido haciendo un hueco muy reconocible en el terror reciente con Caveat y Oddity, dos películas pequeñas, rarunas y bastante eficaces en eso de convertir una casa en un sitio donde no apetece ni pedir un vaso de agua.
En Hokum, escrita y dirigida por él, vuelve al terror atmosférico, con casa inquietante, folklore, sustos bien colocados y personajes que parecen necesitar más un psicólogo que un exorcista.
La película está protagonizada por Adam Scott, Florence Ordesh, Peter Coonan y David Wilmot.
Adam Scott interpreta a Ohm Bauman, un escritor estadounidense que viaja a una posada rural irlandesa para esparcir las cenizas de sus padres, sin saber —pobre criatura, siempre hay uno que no lee las reseñas de Booking— que el lugar tiene fama de estar encantado por una bruja.
Hokum es una película de terror que mezcla thriller, casa encantada y folk horror, como si alguien hubiera metido en una coctelera una mansión húmeda, un trauma infantil, una leyenda local y a un protagonista con el carisma social de una persiana bajada.
El personaje de Adam Scott es un escritor de historias de aventuras, un tipo amargado, triste, huraño y profundamente desagradable. Está marcado por un suceso nefasto de la infancia que lo ha dejado más torcido que una silla de bar barato. Huye de los fans, soporta fatal los halagos y parece molestarle incluso que otros seres humanos respiren cerca. Vamos, un encanto para una escapada rural.
Cuando llega a ese pequeño hotel irlandés donde sus padres pasaron la luna de miel, con la intención de depositar sus cenizas, se encuentra con una colección de personajes extravagantes, una casa con misterio y una atmósfera de “aquí pasa algo y no precisamente una convención de Tupperware”.
Lo interesante es que él no es el héroe habitual ni el investigador valiente con linterna y mandíbula apretada. Es más bien un tío que pasaba por allí, descreído, antipático y con ganas de no implicarse en nada, pero que acaba metido hasta el cuello en una historia de brujería, desapariciones, secretos y habitaciones que sería mejor dejar cerradas con tres candados y una estampita de San Pancracio.
Me gusta mucho la relación que establece con Fiona, la camarera interpretada por Florence Ordesh, que está estupenda. Ella aporta frescura, misterio y humanidad, mientras Adam Scott, aunque algo soso, encaja bien precisamente por eso: su personaje no pide épica, pide mala leche contenida y cara de “yo no quería venir a Irlanda y menos a este hotel con humedad paranormal”.
Hokum funciona muy bien cuando apuesta por la atmósfera, por los sustos bien medidos y por esa sensación de que el edificio observa más que los propios personajes. No reinventa el terror, pero lo cocina con oficio. Tiene elementos de El resplandor, de cuento popular retorcido y de thriller sobrenatural con mala baba.
Una aportación más que interesante al género en este 2026.
Terror con bruja, hotel raro, protagonista antipático y suficiente mala leche como para salir satisfecho. Yo le daría un buen mordisco.
El slasher donde las adolescentes les devuelven las puñaladas a los psicópatas
Hablar de Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett es hablar de dos tipos que han sabido coger el terror moderno y mezclarlo con humor gamberro, gore y bastante mala leche.
Forman parte del colectivo Radio Silence, responsables de películas como Noche de bodas, las dos últimas entregas de Scream, la divertida Abigail o segmentos de antologías como V/H/S.
Su cine suele jugar con los códigos clásicos del terror para darles la vuelta, siempre con personajes conscientes de estar dentro de un universo bastante loco y violento.
Vamos, gente que entiende perfectamente que el terror también puede ser una fiesta salvaje llena de sangre, sarcasmo y gente tomando decisiones absurdas.
Y eso ya estaba muy presente en la primera Noche de bodas, aquella película de 2019 que convertía una noche de bodas en una auténtica carnicería familiar con mucho humor negro y un sentido del disparate bastante maravilloso.
Ya se comentaba entonces que la gracia de aquella película era precisamente funcionar como una especie de slasher al revés. Porque normalmente en este tipo de películas las víctimas suelen ser adolescentes perseguidas por un asesino en serie. Aquí no. Aquí las víctimas terminaban siendo los propios asesinos a manos de una novia desesperada con ganas de sobrevivir. Y eso tenía bastante mala leche y bastante gracia.
Esta segunda entrega ofrece más de lo mismo. Y lo digo como algo positivo.
La película vuelve a mezclar comedia, terror, intriga, gore y espíritu de parque de atracciones sangriento con bastante soltura.
Todo está planteado desde el entretenimiento puro y duro.
No pretende reinventar el cine ni ofrecer una tesis doctoral sobre la condición humana.
Lo que quiere es que el espectador se lo pase bien viendo cómo un grupo de idiotas bastante violentos reciben exactamente el tipo de desgracias grotescas que merecen.
Y funciona.
Además, esta vez la película introduce un elemento emocional que le da bastante cuerpo a toda la locura: la relación entre las dos hermanas protagonistas.
Ambas arrastran años de resentimiento, sensación de abandono y heridas emocionales bastante profundas.
Han pasado siete años distanciadas y cada una siente que la otra la traicionó de alguna manera. Pero debajo de todo eso sigue existiendo un vínculo muy fuerte, ese poso de cariño y hermandad que sobrevive incluso cuando la vida convierte las reuniones familiares en posibles escenas del crimen.
La película acierta bastante al desarrollar esa relación mientras alrededor todo explota, sangra y se llena de cadáveres.
Porque sí, los malos siguen siendo bastante de palo, muy caricaturescos y deliberadamente exagerados, pero precisamente ahí está parte de la diversión.
Nadie viene aquí buscando el realismo psicológico de Ingmar Bergman.
Aquí se viene a disfrutar viendo a gente muy desagradable recibiendo accidentes extremadamente creativos.
Y el final es una auténtica fiesta. Muy divertido, muy bestia y completamente consciente del tipo de película que quiere ser.
Eso se agradece muchísimo hoy en día, porque hay películas de terror tan empeñadas en ser trascendentales que parece que van a acabar citando a Nietzsche antes de sacar el cuchillo.
Además, tanto Samara Weaving como Kathryn Newton están estupendas. Funcionan perfectamente como heroínas y la química entre ambas sostiene toda la película.
Samara Weaving sigue teniendo ese talento maravilloso para parecer al mismo tiempo aterrorizada, histérica y peligrosamente capaz de arrancarle la cabeza a alguien con un candelabro. Y Kathryn Newton aporta muy bien ese punto entre vulnerabilidad y mala leche contenida.
Vamos, que Noche de bodas 2 no cambiará la historia del cine, pero consigue algo muy importante: que uno se lo pase estupendamente viendo cómo el caos, la sangre y las relaciones familiares tóxicas se mezclan en una fiesta absolutamente disparatada.
La nota final es un 6,66. Y sí, el número satánico le viene bastante bien a una película donde la gente se persigue, se mutila y se intenta asesinar con más entusiasmo que en una cena de Nochebuena familiar después de hablar de herencias.
El 6 para la película porque es un entretenimiento muy divertido, gamberro y perfectamente consciente de lo absurda que es.
Mezcla bastante bien el terror, el humor negro, el gore y ese slasher al revés donde las heroínas terminan convirtiendo a los asesinos en picadillo fino.
No le doy más porque realmente ofrece más de lo mismo respecto a la primera entrega y tampoco pretende reinventar nada.
El 6 para los directores porque Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett manejan muy bien el ritmo y saben perfectamente cómo convertir la violencia en una especie de montaña rusa grotesca y divertida.
Pero aquí juegan sobre seguro y la sensación es más de repetir fórmula con cariño que de arriesgar demasiado.
Y el 6 para las protagonistas porque tanto Samara Weaving como Kathryn Newton están estupendas y la relación entre las dos hermanas funciona muy bien emocionalmente dentro del disparate general.
Además, tienen bastante mérito haciendo creíble una película donde cada cinco minutos alguien parece a punto de morir atravesado por un objeto doméstico completamente aleatorio.
El amor en tiempos de multimillonarios progresistas y espaldas mojadas
Hablar de Michel Franco es hablar de uno de esos directores empeñados en hacer películas incómodas, desagradables y moralmente resbaladizas.
Un cineasta mexicano que parece disfrutar colocando al espectador en situaciones donde nadie termina de tener razón y donde todos los personajes esconden zonas oscuras bastante inquietantes.
Ahí están películas como Después de Lucía, probablemente una de las obras más duras sobre el acoso escolar que se han hecho en mucho tiempo, Chronic con Tim Roth, Las hijas de Abril, Nuevo orden, aquella bofetada social y política que dejó a medio mundo enfadado, o Memory, donde también trabajó con Jessica Chastain.
Su cine tiene siempre algo clínico, frío, distante, casi entomológico. Como si observara a sus personajes con una mezcla de curiosidad y mala leche mientras los deja destrozarse solos.
Y en Dreams vuelve a hacerlo.
La película está rodada con ese estilo tan característico suyo: cámara muchas veces fija, pocos primeros planos, cierta distancia física respecto a los actores y una sensación constante de que el director no quiere manipular emocionalmente al espectador. O al menos no de forma evidente.
Michel Franco parece colocar la cámara lejos, como diciendo: “ahí los tenéis, ahora apañaos vosotros para entender a esta gente”. Y claro, el espectador tiene que ir construyendo la historia poco a poco, intentando interpretar silencios, contradicciones y comportamientos que muchas veces resultan desconcertantes.
La historia gira alrededor de dos personajes situados en extremos sociales opuestos.
Por un lado está Jennifer McCarthy, interpretada por una maravillosa Jessica Chastain, una ricachona progresista de San Francisco, dedicada a causas sociales, elegantísima, sofisticada, siempre impecable, con esa clase de personas que parecen haber nacido oliendo a perfume caro y democracia liberal. Vive rodeada de comodidad, lujo y discursos bienintencionados.
Y enfrente aparece Fernando Rodríguez, interpretado por Isaac Hernández, un inmigrante mexicano que se juega la vida intentando cruzar la frontera hacia Estados Unidos.
Un hombre que ya ha sido deportado alguna vez y que pertenece a ese mundo de personas invisibles que sostienen el sistema mientras el sistema les niega incluso la dignidad básica.
Entre ellos existe una relación extraña, compleja, ambigua. Amor, deseo, dependencia, fascinación mutua… nunca queda del todo claro qué sienten exactamente el uno por el otro. Y ahí está precisamente una de las grandes virtudes de la película.
Michel Franco no ofrece respuestas cómodas. Lo que sí queda clarísimo es que entre ambos existe un abismo social gigantesco que condiciona absolutamente todo lo que ocurre. Incluso cuando creen relacionarse como iguales, nunca lo son realmente.
La película va proponiendo situaciones incómodas continuamente. Y lo interesante es que ninguno de los dos personajes queda reducido a héroe o villano.
Ni la millonaria progresista es tan buena persona como aparenta, ni el inmigrante desesperado es un mártir puro e inocente.
Ambos manipulan, ambos desean, ambos se equivocan y ambos terminan mostrando esa parte oscura y contradictoria que, en realidad, tenemos todos. Solo que aquí Michel Franco se dedica a iluminarla con una luz bastante cruel.
Y claro, eso puede desesperar a muchos espectadores. Porque el cine de Michel Franco nunca busca caer simpático. Sus películas parecen diseñadas para dejarte incómodo en la butaca, pensando cosas que preferirías no pensar.
Aquí vuelve a jugar con esa idea de la culpa progresista, del privilegio económico, de las relaciones atravesadas por el poder y de cómo incluso el amor puede estar contaminado por las diferencias sociales.
A mí me parece una película magnífica. Sinceramente, una de las mejores que se van a poder ver este año.
Estuvo presentada en el Festival Internacional de Cine de Berlín y también participó en la sección oficial del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, y ojalá reciba el reconocimiento que merece porque es una de esas películas que siguen creciendo en la cabeza cuando uno sale del cine.
Y luego está Jessica Chastain. Claro. ¿Cómo competir contra eso? Está absolutamente maravillosa. Elegantísima, fría, seductora, inquietante y profundamente humana al mismo tiempo.
Hay personas que entran en pantalla y automáticamente parecen de otra especie superior. Jessica Chastain es una de ellas. Imposible ser tan divina. De verdad que no es normal.
El 8 para la película porque me parece una obra magnífica, incómoda, inteligente y de esas que dejan poso.
Michel Franco vuelve a meter el dedo en heridas bastante desagradables relacionadas con el poder, el dinero, el deseo y las relaciones humanas.
Y además lo hace sin moralinas facilonas ni personajes diseñados para caer bien, que eso hoy en día casi parece cine de riesgo extremo.
No le doy más porque es una película fría a propósito y entiendo perfectamente que a ratos pueda desesperar o incluso irritar al espectador.
El 7 para Michel Franco porque sigue demostrando que tiene una personalidad brutal como director.
Esa manera de rodar distante, casi clínica, obliga al espectador a trabajar constantemente y convierte situaciones aparentemente normales en algo inquietante.
Pero también es verdad que a veces parece disfrutar demasiado torturando emocionalmente al público.
Hay momentos en los que uno sospecha que Michel Franco desayuna café solo, miradas incómodas y almas rotas.
Y el 8 para los protagonistas porque tanto Jessica Chastain como Isaac Hernández están magníficos.
La relación entre ambos funciona precisamente porque nunca termina de resultar cómoda ni transparente.
Y luego está Jessica Chastain, claro. Hay personas que entran en pantalla y automáticamente el resto de la humanidad parece recién salida de un catálogo de ropa térmica del Decathlon. Absolutamente maravillosa.
Cuando las lentejuelas son mejores que la realidad
Hablar de Bill Condon es hablar de un director capaz de moverse entre el musical, el drama y el melodrama con bastante elegancia.
En su filmografía aparecen títulos tan conocidos como Dioses y monstruos —con la que consiguió el Oscar al mejor guion adaptado—, Chicago como guionista, la estupenda Dreamgirls, la última etapa de la saga Crepúsculo con Amanecer partes 1 y 2, o la versión en imagen real de La bella y la bestia con Emma Watson.
Un director que siempre ha tenido cierta tendencia al exceso elegante, al artificio emocional y a personajes que utilizan el espectáculo como vía de escape. Vamos, que era bastante lógico que acabara aterrizando en El beso de la mujer araña.
Y claro, inevitablemente hay que acordarse de la película original de Héctor Babenco, aquella magnífica El beso de la mujer araña de 1985 basada en la novela de Manuel Puig.
Una película durísima y extraordinaria que consiguió cuatro nominaciones al Oscar y el premio al mejor actor para William Hurt, además de candidaturas para dirección, guion adaptado y película.
Aquella cinta tenía una mezcla muy especial entre sordidez política, deseo, manipulación emocional y necesidad desesperada de evasión.
Esta nueva versión de Bill Condon, lejos de intentar copiarla, toma otro camino. Y la verdad es que funciona bastante bien.
A mí me ha gustado mucho. Sobre todo por el contraste tan potente que establece entre dos mundos completamente opuestos.
Por un lado está la cárcel de la dictadura argentina: oscura, húmeda, gris, miserable, asfixiante. Una prisión donde la humanidad parece haber sido desalojada por decreto militar.
Y por otro lado está el universo musical y fantasioso que imagina y relata Luis Molina, interpretado por Tonatiuh Elizarraraz, como vía de escape mental frente a ese horror cotidiano.
Ese mundo de evasión está protagonizado por una inmensa Jennifer López, absolutamente espectacular. Baila, canta, llena la pantalla y se convierte en el auténtico centro gravitatorio de la película.
Como la rubia Ingrid Luna, aparece rodeada de vestidos imposibles, ambientes sofisticados, iluminación de ensueño y números musicales llenos de glamour clásico. Todo rezuma color, lujo y sensualidad. Es puro Hollywood escapista funcionando como antídoto contra la miseria.
Y luego está la otra Jennifer López, la morena, la misteriosa mujer araña. Más oscura, más fatal, más peligrosa, con un look absolutamente maravilloso.
Las dos versiones del personaje funcionan como espejos deformados del deseo masculino y de la fantasía romántica imposible.
Y sinceramente, las dos están divinas. Bellísimas. Hipnóticas. Casi dan ganas de pedir perdón por respirar el mismo aire cinematográfico que ellas.
Jennifer López está formidable y probablemente aquí haga uno de los trabajos más completos y carismáticos de toda su carrera.
Mientras tanto, en la celda, crece la relación entre Luis Molina y Valentín Arregui, interpretado por Diego Luna. Y ahí aparece otra de las grandes virtudes de la película: cómo convierte una convivencia forzada en una historia de amor profundamente humana.
Valentín es un activista político rígido, obsesionado con la lucha, convencido de sus ideales, pero también lleno de prejuicios y de una masculinidad algo incómoda pese a declararse progresista y feminista. Esa contradicción está muy bien retratada.
Porque a veces determinadas conciencias políticas extremadamente rígidas terminan construyendo nuevas cárceles morales mientras creen estar liberando el mundo.
En cambio Luis Molina es un personaje completamente distinto. Hedonista, sentimental, escapista, aparentemente superficial.
Un hombre que pasa de discursos ideológicos porque bastante tiene con intentar sobrevivir y conservar un mínimo espacio para el placer, la fantasía y la ternura.
Quiere volver con su madre, vivir tranquilo y sentirse querido. Nada más.
Y poco a poco, a través de la convivencia y de las historias que comparte, ambos personajes empiezan a comprenderse, a admirarse y finalmente a enamorarse.
Y esa historia de amor funciona muy bien porque nace de la comprensión mutua y de la vulnerabilidad compartida. No es un romance impostado ni una provocación gratuita. Surge de dos hombres rotos que encuentran refugio emocional en mitad del horror.
La película ha recibido críticas bastante frías, pero sinceramente creo que muchas vienen precisamente de su apuesta por el musical y el artificio.
Hay quien parece considerar que si una película habla de dictaduras, represión y tortura tiene que hacerlo necesariamente desde el gris absoluto, como si el color fuese una traición política. Y aquí precisamente el color, la música y el glamour funcionan como resistencia emocional frente a la barbarie.
Porque al final El beso de la mujer araña habla de eso: de cómo la imaginación, el cine, el deseo y el amor pueden convertirse en pequeñas revoluciones íntimas contra un sistema que pretende aplastarlo todo. Y eso sigue siendo válido para la Argentina de la dictadura militar, para muchas sociedades actuales y, lamentablemente, para demasiados lugares donde sigue habiendo gente empeñada en controlar incluso la forma en que los demás aman, desean o sueñan.
El 7 como película porque me parece un remake muy digno, muy bien construido y emocionalmente bastante potente.
La mezcla entre el drama carcelario de la dictadura argentina y el musical colorista funciona sorprendentemente bien.
La película consigue que uno pase de la sordidez de una celda horrible al glamour absoluto de Jennifer López sin que el cambio chirríe. Y eso tiene mucho mérito.
Además, esa historia de amor entre dos hombres tan distintos termina funcionando de verdad y acaba siendo bastante conmovedora.
No le doy más nota porque a veces el musical se alarga un poco y hay momentos donde el artificio amenaza con comerse la emoción.
El 7 para Bill Condon porque demuestra oficio de sobra y sabe manejar perfectamente el contraste entre oscuridad y fantasía.
La puesta en escena del universo musical es magnífica y visualmente la película tiene momentos preciosos.
Además, consigue que el remake tenga personalidad propia sin intentar copiar constantemente a la película de Héctor Babenco, que era un riesgo bastante serio.
No llega al sobresaliente porque en algunos momentos se nota demasiado el mecanismo del musical y alguna transición parece hecha por un decorador de Las Vegas después de tres cafés y una crisis existencial.
Y el 8 para los protagonistas porque aquí sí que hay festival importante.
Jennifer López está absolutamente espectacular. Canta, baila, llena la pantalla y convierte cada aparición en una mezcla entre diva clásica de Hollywood y aparición mariana con lentejuelas. La rubia, la morena, la mujer fatal, la estrella imposible… está fantástica en todas sus versiones.
Y tanto Diego Luna como Tonatiuh Elizarraraz consiguen que la relación entre sus personajes resulte creíble, humana y muy emotiva.
Entre los tres sostienen la película con bastante brillantez.
Vamos, que aquí Jennifer López entra en pantalla y la dictadura militar argentina parece quedarse cinco minutos mirando embobada el vestuario.
Movida celestial: el sueño americano, pero con ángel becario
Movida celestial arranca con una idea que huele —para bien— a Qué bello es vivir, ese clásico de Frank Capra que hemos visto tantas veces en Navidad que casi parece que venga con espumillón incorporado, pero que sigue siendo una película magnífica.
Aquí también hay intervención celestial, crisis vital y un intento de demostrarle a un pobre desgraciado que la vida no va solo de dinero. El problema es que, claro, cuando no tienes dinero, casa, estabilidad, ni futuro, esa frase suena un poco a consejo de cuñado con chalet.
Aziz Ansari, que además de dirigir y escribir la película interpreta a Arj, nos presenta a un hombre atrapado en trabajos basura, viviendo en el coche y sobreviviendo como puede. No es que no se esfuerce. No es que sea torpe. No es que le falte actitud, esa palabra tan querida por los vendedores de humo motivacional. Es que no ha tenido oportunidades. Y ahí está lo más interesante de la película: desmonta, al menos durante buena parte del metraje, esa mentira tan americana —y tan extendida ya por aquí— de que quien triunfa es porque se lo ha currado y quien fracasa es porque no se ha levantado suficientemente temprano.
Frente a Arj aparece Jeff, interpretado por Seth Rogen, un rico vividor que ha alcanzado el famoso sueño americano, pero con truco: buena familia, herencia, contactos y red de seguridad. Vamos, el Monopoly empezado con hoteles en el Paseo del Prado.
La película contrapone muy bien esos dos mundos: el del que cae y no tiene red, y el del que puede tropezar cien veces porque debajo siempre hay colchón, asistente, abogado y smoothie detox.
El ángel Gabriel, interpretado por Keanu Reeves, intenta arreglar el asunto con buena voluntad y poca pericia.
Es un ángel bienintencionado, pero algo incompetente, como si el cielo también hubiera externalizado servicios.
Su intervención permite el intercambio de posiciones entre Arj y Jeff, y ahí la película toca hueso: cuando Jeff cae en la precariedad, no escala, no remonta, no demuestra que “el talento siempre se abre camino”. Al contrario: se estrella contra la misma pared invisible contra la que chocan millones de personas. Esa barrera social existe. No es una excusa. Es una estructura.
Y eso es lo que hace que Movida celestial resulte más interesante de lo que su envoltorio de comedia celestial podría sugerir. Habla de la desigualdad, de los trabajos mal pagados, de la falsa meritocracia y de esa idea venenosa de que el pobre es pobre porque algo habrá hecho mal.
La película deja bastante claro que no todos salen desde la misma línea de salida. Algunos salen con zapatillas rotas; otros, directamente, nacen en la meta con medalla y catering.
Ahora bien, la película también tiene su punto falsete. Porque cuando parece que va a meter el dedo en la llaga hasta el fondo, se repliega hacia una solución amable, casi buenista.
En lugar de hablar de cambio social real, de transformación profunda o de revolución —aunque sea una revolución con palomitas—, prefiere apostar por la bondad individual, la empatía y el “si nos portamos mejor, todo irá un poquito menos mal”. Y claro, eso está bien, pero se queda corto. Muy corto. El capitalismo tardío no se arregla con abrazos, por mucho que los dé Keanu Reeves, que seguramente abraza como quien bendice una tostadora.
Aun así, Movida celestial funciona porque tiene gracia, tiene reparto con química y tiene una idea social potente debajo de la comedia.
No es perfecta, no es tan valiente como podría haber sido, pero al menos señala algo importante: el sueño americano muchas veces no es un sueño, sino una campaña publicitaria. Y algunos ni siquiera pueden permitirse dormir para soñarlo.
La nota final es un 6,56. El 6 como película porque la idea de fondo es potente y tiene momentos muy inteligentes, pero da rabia porque podría haber sido bastante más valiente. La película habla de desigualdad, de falsa meritocracia y de las barreras sociales que hacen imposible eso de “si te esfuerzas triunfas”, pero cuando parece que va a meter el cuchillo de verdad acaba buscando una solución amable y conciliadora. Empieza casi queriendo leer a Karl Marx y termina pareciendo una charla motivacional con café ecológico y smoothie detox.
El 5 para la dirección de Aziz Ansari porque demuestra sensibilidad y buenas ideas, pero también cierta inseguridad. No termina de decidir si quiere hacer una sátira social dura, una comedia fantástica o una feel-good movie con homeless y ángeles torpes. Y esa indefinición le quita fuerza a una película que podría haber sido bastante más incómoda y afilada.
Y el 6 para los actores protagonistas porque Seth Rogen está bastante bien como heredero privilegiado incapaz de sobrevivir fuera de su burbuja, y Keanu Reeves tiene mucho carisma haciendo de ángel despistado y celestial funcionario en prácticas, pero tampoco estamos ante interpretaciones legendarias de esas que obligan a abrir la Filmoteca a las tres de la mañana.
Hostias, amuletos mágicos y un tío que solo tiene el poder de ser famoso
Mortal Kombat II vuelve a estar dirigida por Simon McQuoid, responsable también de la anterior entrega de 2021, una película que ya dejaba claro que aquí la prioridad absoluta no era precisamente Bergman hablando del silencio de Dios.
Aquí la prioridad son las patadas voladoras, las vértebras crujientes y gente gritando nombres de ataques mientras atraviesan dimensiones imposibles.
Y la verdad… bendita sea esa sinceridad.
Porque esta película sabe perfectamente lo que es: una sucesión prácticamente ininterrumpida de peleas, monstruos, guerreros imposibles y gente con habilidades absurdas que se toman muy en serio cosas completamente ridículas. Y eso tiene hasta cierto encanto.
Confieso además cierta relación sentimental con el universo Mortal Kombat. Cuando mis hijos y mis sobrinos eran pequeños jugábamos muchísimo al videojuego. Yo siempre elegía a E. Honda… sí, ya sé que realmente era de Street Fighter, pero mi cerebro ya mezcla universos de hostias pixeladas como si aquello fuera el multiverso de Marvel después de tres cafés y una migraña. El caso es que yo era feliz repartiendo bofetadas y patadas con un luchador gordote mientras los niños me humillaban sistemáticamente con reflejos de adolescente hiperhormonado.
Y quizá por eso estas películas tienen algo entrañable para quienes vivimos aquella época de recreativas, mandos sudados y dedos destrozados.
Ahora bien: normalmente las escenas de lucha me aburren bastante. A los diez minutos suelo empezar a pensar en qué voy a cenar. Pero aquí aparece el milagro inesperado: Johnny Cage.
El personaje interpretado por Karl Urban —sí, el salvaje maravilloso de The Boys— es quien salva la función. Porque aporta humor, ironía y sobre todo distancia respecto al tono solemne que podría haber hundido la película como una piedra en el inframundo.
Su personaje es estupendo: una vieja estrella de acción venida a menos, antiguo experto en taekwondo y ahora actor decadente que vive de glorias pasadas y fans nostálgicos.
Lo eligen para representar a la Tierra en el torneo y el pobre hombre descubre rápidamente un pequeño inconveniente: no tiene poderes. Ninguno. Cero. Su principal habilidad consiste básicamente en ser atractivo y haber tenido pósters en habitaciones adolescentes en los noventa.
Y eso, comparado con demonios interdimensionales capaces de arrancarte la cabeza usando telequinesis satánica, pues queda un poco corto.
La trama es delirante y maravillosa en su simpleza: un malo malísimo quiere conquistar todos los mundos y dominar también la Tierra. Sus poderes dependen de un amuleto escondido en el inframundo y los héroes deben recuperarlo mientras se reparten mamporros continuamente.
Fin.
No hace falta más.
La película además tiene esa estética exagerada de videojuego que no intenta disfrazarse de cine serio.
Hay monstruos imposibles, sangre, peleas increíbles y personajes que parecen diseñados por adolescentes después de una noche entera jugando y bebiendo refrescos fluorescentes.
La presencia femenina quizá queda algo reducida a ciertos esquemas bastante clásicos del género —digámoslo suavemente—, pero dentro del tono gamberro y desmadrado general tampoco parece que la película aspire a convertirse en un tratado sociológico sobre la representación de género en el audiovisual contemporáneo. Bastante tienen ya intentando que no explote el universo.
Y al final funciona. Porque entretiene. Porque sabe reírse ligeramente de sí misma. Porque Karl Urban convierte a Johnny Cage en el personaje más humano del asunto. Y porque hay películas que no necesitan cambiar tu vida: basta con que durante dos horas consigan que olvides la tuya mientras alguien atraviesa una pared de piedra de una patada giratoria.
La película que convirtió a millones de personas en creyentes galácticos
Hablar de La guerra de las galaxias. Episodio IV: Una nueva esperanza es hablar de uno de esos momentos en los que el cine dejó de ser solamente cine para convertirse en religión popular.
Porque sí, hay gente que tiene fe en cosas invisibles. Y luego estamos los que escuchamos los primeros acordes de John Williams y automáticamente nos ponemos firmes como si acabara de aparecer un destructor imperial encima del salón.
George Lucas venía de dirigir THX 1138 y American Graffiti, pero con esta película de 1977 directamente abrió un agujero en la cultura popular del que todavía seguimos cayendo.
Estrenada en mayo de 1977 en Estados Unidos, revolucionó los efectos especiales, el merchandising, el blockbuster moderno y probablemente también la paciencia de miles de padres que acabaron comprando sables láser de plástico durante décadas.
Y verla ahora en pantalla grande gracias a la Asociación Amigos del Cine de Azuqueca de Henares sigue siendo una experiencia casi emocionalmente terapéutica. Porque uno recuerda perfectamente el impacto que tuvo verla en su estreno. Aunque entonces algunos íbamos de culturetas intensitos —con más pose que criterio, seamos honestos—, en el fondo aquello nos había atrapado por completo.
Porque La guerra de las galaxias es la aventura perfecta: un muchacho aburrido en una granja perdida descubre que el universo es muchísimo más grande de lo que imaginaba.
Pierde a su familia, pierde su hogar, pero encuentra amigos, propósito, aventuras y un destino gigantesco. Y eso conecta con algo muy básico y muy humano: la fantasía de escapar de una vida gris y descubrir que quizá uno está destinado a algo más grande que recoger humedad espacial entre dos soles.
Y luego están las imágenes.
Ese destructor imperial que tarda siglos en terminar de cruzar la pantalla sigue siendo hoy uno de los momentos más impresionantes de la historia del cine. No importa haberlo visto cien veces. El cerebro vuelve a tener ocho años automáticamente. Y ahí está la magia.
Lo fascinante es lo bien que aguanta el paso del tiempo. Las maquetas, los decorados, las criaturas, los robots manejados por pobres desgraciados sudando dentro de trajes imposibles… todo sigue funcionando. Te lo crees. Mucho más que toneladas de CGI moderno que cuesta millones y se olvida antes de salir del aparcamiento del cine.
Y luego aparece Darth Vader. El gran villano romántico del cine moderno. Un tipo vestido como si una aspiradora hubiera tenido un hijo con Drácula, pero que posee una presencia absolutamente hipnótica. Malo, sí. Terrorífico también. Pero con un magnetismo imposible de evitar.
Y enfrente, la maravillosa Leia Organa, que no era precisamente la princesa pasiva habitual del cine de aventuras. Inteligente, sarcástica, valiente y con más personalidad que la mitad de los héroes masculinos de la época juntos.
Mientras tanto, Luke Skywalker y Han Solo compiten por impresionarla como dos adolescentes espaciales con más testosterona que puntería.
Y qué decir de la música de John Williams. Probablemente una de las mejores bandas sonoras jamás compuestas. Cada personaje tiene su identidad musical, su leitmotiv, su alma sonora. La película podría funcionar incluso solo escuchándola con los ojos cerrados.
Lo mejor de todo es que esta película permite algo cada vez más raro: mirar el cine con inocencia.
Aquí los buenos son buenos, los malos son malos, la aventura es aventura y durante dos horas el mundo real desaparece. No hay cinismo, no hay distancia irónica, no hay necesidad de justificar emocionalmente cada fotograma con un trauma infantil de siete temporadas. Solo ganas de contar una historia enorme y maravillosa.
Y sí. El año que viene llegará el 50 aniversario. Medio siglo ya. Una barbaridad. Y allí estaremos otra vez, sentados en una butaca, esperando escuchar “Hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana…”.
Porque algunas películas no envejecen.
Algunas películas directamente se quedan viviendo contigo para siempre.
Un día en Lagos, una infancia rota y un país haciendo aguas
La sombra de mi padre —título original My Father’s Shadow— es la ópera prima de Akinola Davies Jr., codirigida en la escritura con su hermano Wale Davies.
La película hizo historia al convertirse en la primera producción nigeriana seleccionada oficialmente en el Festival de Cannes, dentro de Un Certain Regard, donde obtuvo una mención especial de la Caméra d’Or.
Ojo al dato: Lagos no era ya la capital oficial de Nigeria en 1993 —lo era Abuya desde 1991—, pero sí seguía siendo, y sigue siendo, el gran monstruo urbano, económico y sentimental del país. Vamos, la ciudad que se te come con patatas y luego te pide propina.
La sombra de mi padre cuenta un solo día: dos niños viajan con su padre, Folarin, a Lagos, en plena crisis política de 1993, tras la anulación de las elecciones del 12 de junio.
Desde la mirada de esos críos, la ciudad aparece como un animal enorme: ruido, calles, gente, tensión, vida, pobreza, esperanza y derrumbe. Todo al mismo tiempo, como si alguien hubiera metido a un país entero en una batidora sin tapa.
La película funciona muy bien porque no explica la Historia con mayúsculas desde un púlpito, sino desde la altura de dos niños que miran sin entenderlo todo, pero entendiéndolo casi todo.
Ven a su padre moverse por una fauna humana variadísima, en una ciudad caótica, mientras el país se hunde en la decepción política. Y, al mismo tiempo, ese día sirve para algo íntimo: conocer a un padre ausente, reconciliarse con él, tocar por unas horas una figura que hasta entonces era más sombra que presencia.
Lo más bonito de La sombra de mi padre es esa mezcla entre lo personal y lo colectivo: mientras Nigeria pierde una oportunidad de salir del régimen militar, los niños pierden también una inocencia.
No es una película de grandes explosiones dramáticas, sino de miradas, de gestos, de calles llenas de vida y de una tristeza que va entrando despacio, como humedad en una pared.
Una película melancólica, luminosa y dolorosa.
De esas que parecen pequeñas, pero luego se quedan dando vueltas.
Como los buenos recuerdos familiares: tiernos, incompletos y con alguna factura emocional pendiente de pago.
Madrid te come vivo: quinquis, alquileres imposibles y un chaval intentando no hundirse
Hugo 24 es una de esas películas que te agarran por el cuello desde el primer minuto y no te sueltan.
Cine social, sí. Thriller urbano también. Retrato generacional igualmente.
Pero sobre todo es una película profundamente humana, amarga y muy pegada a una realidad que demasiada gente conoce demasiado bien.
Detrás está Luc Knowles, director británico afincado en España que ya había trabajado en cortometrajes y proyectos documentales antes de lanzarse a este largometraje producido dentro del Proyecto Viridiana.
Aquí demuestra una capacidad enorme para mezclar ficción y sensación documental, construyendo una película muy física, muy callejera y muy viva.
Hay ecos clarísimos del cine quinqui español de los 70 y 80, inevitable acordarse de Deprisa, deprisa de Carlos Saura, pero también tiene una mirada completamente contemporánea sobre la precariedad, la vivienda y la violencia cotidiana.
La película pasó por el Festival de Málaga de 2026, donde fue una de las producciones españolas que más comentarios positivos despertó entre crítica y público, especialmente por las interpretaciones y por su retrato social.
De momento no acumula una gran lista de premios importantes, pero sí muchísimo boca a boca. Y sinceramente, tiene pinta de esas películas que con el tiempo pueden acabar convirtiéndose en referencia generacional.
Y ahora el cutrecomentario con olor a asfalto caliente y alquiler imposible.
Porque Hugo 24 recuerda muchísimo al cine quinqui clásico, pero sin caer en la nostalgia vacía ni en el postureo retro. Tiene ese tono social y desesperado de aquellas películas donde los personajes parecían condenados desde el minuto uno, donde el barrio y las circunstancias pesaban tanto como el propio argumento.
Aquí seguimos durante 24 horas a Hugo, interpretado magníficamente por Arón Piper, un chaval que va sobreviviendo como puede entre trabajos basura, pequeños hurtos y la sensación constante de que la ciudad se lo va a terminar tragando.
Su amigo Manu, interpretado por Marco Cáceres, está también estupendo. Los dos tienen una química brutal y transmiten perfectamente esa mezcla de amistad, rabia, cansancio y supervivencia cotidiana.
Y luego está el resto del reparto, que funciona de maravilla: Marta Etura, Greta Fernández y Javier Pereira están todos muy bien. Incluso Greta Fernández, actriz que personalmente nunca ha terminado de convencerme del todo, aquí está especialmente solvente y muy integrada en el tono de la película.
La historia arranca con algo muy sencillo: Hugo quiere vengarse del maltratador de su hermana. Pero la película enseguida se convierte en algo mucho más amplio. Porque realmente Hugo 24 no habla solo de un personaje. Habla de una ciudad.
Y ahí está una de las grandes virtudes de la película: el retrato de Madrid. Pero no del Madrid turístico de postal, no del Madrid del vermú caro en Malasaña ni del turista haciendo cola delante del Prado. Aquí vemos otra ciudad. Una ciudad dura. Hostil. Con viviendas deficientes, barrios olvidados, alquileres imposibles y una precariedad que parece una enfermedad crónica colectiva.
La película tiene algo casi documental en muchos momentos. Hay escenas donde uno siente que está viendo simplemente la vida pasar en esos barrios donde todo cuesta el doble: encontrar trabajo, pagar una habitación, dormir tranquilo o simplemente imaginar un futuro.
Y eso es lo que hace tan poderosa la película. Porque no hay milagros. Y eso el cine muchas veces lo olvida. Aquí no aparecen soluciones mágicas ni redenciones artificiales. La vida golpea. Las malas decisiones tienen consecuencias. Y a veces las desgracias son inevitables.
La ciudad acaba convirtiéndose casi en un monstruo. Un monstruo gris, inmenso y agotador que parece dispuesto a devorar a Hugo poco a poco.
Y aun así, la película tiene una humanidad tremenda. Muchísima verdad emocional. Muchísimo dolor contenido.
A mí me ha parecido una película estupenda. Una de las mejores películas españolas del año. Lo digo completamente convencido. Y además de esas películas que dejan poso, que siguen rondando por la cabeza cuando sales del cine.
Una pena habérmela perdido en Málaga entre aquella programación imposible de ver entera sin necesitar tres clones y una cápsula de sueño acelerado.
Pero desde luego es una película que nadie debería perderse.
El terror estaba en el piso de abajo… y también un poco en la dirección de actores
Bajo tus pies parte de una idea interesante: una madre se muda con sus hijos a una nueva vivienda y descubre que el verdadero susto no siempre está en el precio del alquiler, sino en los vecinos.
La película mezcla drama familiar, thriller psicológico y terror doméstico, con Maribel Verdú, Sofía Otero, Ibai Atanes, Urko Olazabal y Zorion Eguileor en el reparto. Se estrenó en España el 8 de mayo de 2026.
Dirige Cristian Bernard, cineasta argentino conocido por trabajos como 76 89 03, Regresados, la serie Germán, últimas viñetas y Ecos de un crimen.
En Bajo tus pies firma también el guion junto a Ana Villar.
Su propuesta quiere jugar con el miedo, la culpa, la familia y los secretos escondidos en un edificio que, desde luego, no parece ideal para poner una maceta y vivir tranquilo.
En cuanto a premios, consta que Maribel Verdú ganó el premio a mejor actriz en la sección de cine fantástico del Festival Internacional de Cine Fantástico de Oporto, Fantasporto. La película también tuvo estreno internacional en el Tallinn Black Nights Film Festival.
Y ahora el cutrecomentario, que viene con goteras.
Bajo tus pies tiene un planteamiento que podría haber dado para una película muy inquietante: madre con pasado complicado, niños, vecinos rarunos, secretos, sótanos emocionales y literales… Vamos, un menú degustación del mal rollo.
El problema es que muy pronto empiezan a chirriar las actuaciones. Algunas son deficientes y otras directamente grotescas. Y cuando una película quiere dar miedo pero uno empieza a mirar a los personajes como si estuvieran en una función de fin de curso con niebla, la cosa se complica.
Lo más sorprendente es lo de Sofía Otero, una actriz que en 20.000 especies de abejas estaba espléndida, con un desparpajo natural increíble. Aquí, sin embargo, parece mal dirigida. Y eso no es culpa de la niña, sino de una dirección de actores francamente penosa.
Maribel Verdú hace lo que puede, que no es poco, con un personaje que no termina de funcionar. Se nota el oficio, pero ni ella puede levantar una película que parece empeñada en sabotearse cada vez que podría despegar.
La mezcla de drama familiar, thriller psicológico y terror nunca acaba de encajar.
Hay elementos grotescos que rompen el tono, escenas que deberían inquietar pero provocan distancia, y un final triste no por lo que cuenta, sino porque uno no se cree casi nada de lo que está viendo.
Una pena, penita, pena.
Porque había película. Había reparto. Había atmósfera. Había posibilidad de hacer algo turbio y poderoso. Pero Bajo tus pies acaba siendo una de esas casas cinematográficas en las que, más que fantasmas, lo que hace falta es una buena reforma integral.
Hombres G: cuando cuatro amigos hicieron más felices los ochenta que media clase política
Hay documentales musicales que parecen un expediente administrativo con guitarras. Y luego está Los mejores años de nuestra vida, que consigue algo mucho más complicado: divertir, emocionar y recordar por qué demonios medio país acabó cantando aquello de “devuélveme a mi chica” como si fuera un himno nacional no oficial.
Detrás del documental están Charlie Arnaiz y Alberto Ortega, dos directores especializados precisamente en documentales musicales y retratos culturales.
Ya habían trabajado juntos en títulos como Anatomía de un Dandy, sobre Francisco Umbral, o Raphaelismo, dedicado a Raphael.
Aquí vuelven a demostrar que saben manejar muy bien el material de archivo, el ritmo narrativo y, sobre todo, el componente emocional.
Porque el documental tiene mucha nostalgia, sí, pero también bastante verdad humana detrás de las hombreras ochenteras.
Los mejores años de nuestra vida es un documental extremadamente divertido. Y eso, en tiempos donde muchos documentales parecen diseñados para que uno se plantee abandonar la civilización e irse a criar cabras al Pirineo, se agradece muchísimo.
Los Hombres G forman parte de la memoria sentimental de mucha gente.
Eran un grupo que hacía canciones pegadizas, gamberras, románticas y, sobre todo, divertidas.
Mezclar música con humor siempre es una maravilla.
Hay grupos que parecen dar una conferencia doctoral sobre el sufrimiento existencial de una berenjena escandinava.
Hombres G, en cambio, te hablaban de ligar fatal, de pasarlo bien y de vivir. Y eso conecta mucho más de lo que algunos críticos intensitos quisieron admitir en su día.
El documental se centra casi exclusivamente en la trayectoria profesional del grupo. Y eso es una decisión inteligente. Aquí no se entra demasiado en drogas, miserias íntimas ni en el clásico “mi dolor interior explicado delante de una ventana con lluvia”.
La película va al núcleo: cuatro amigos —David Summers, Dani Mezquita, Rafa Gutiérrez y Javi Molina— que montan una banda para divertirse y acaban convertidos en un fenómeno gigantesco.
Y claro, llega el éxito descomunal. La histeria colectiva. Las fans. Los conciertos imposibles. La sensación de que media España llevaba flequillo y cantaba a gritos. Pero también aparecen las críticas feroces de cierta prensa progresista de la época, que los despachaba como “niños de papá” o grupo superficial. Una cosa muy española: cuando algo hace feliz a demasiada gente, inmediatamente aparece alguien dispuesto a explicar por qué eso está mal.
El documental también aborda la ruptura entre ellos. Y ahí la película gana mucha fuerza emocional. Porque detrás del fenómeno pop había amistades reales. Y cuando esas amistades se rompen, duele. Se percibe que aquellos años separados fueron bastante tristes para varios de ellos. Precisamente por eso emociona tanto la reconciliación posterior, que parecía imposible.
Y funciona muy bien que sean los propios protagonistas quienes cuentan todo. No hay demasiada voz externa pontificando. Son ellos recordando, riéndose, emocionándose y reconstruyendo juntos su propia historia. Eso da muchísima vida al documental.
Además, todo está salpicado por las canciones de Hombres G, que siguen teniendo una capacidad insultante para quedarse pegadas al cerebro cuarenta años después. Uno sale del cine con ganas de volver a escuchar el grupo y probablemente de buscar fotos antiguas para comprobar si realmente llevaba aquella ropa o si fue una alucinación colectiva nacional.
También hay un componente muy bonito relacionado con Manolo Summers, padre de David Summers y uno de los cineastas importantes del cine español, director de películas como Del rosa al amarillo o La niña de luto. El documental le rinde un homenaje cariñoso y deja caer una idea interesante: posiblemente su figura no ha sido suficientemente reivindicada por motivos ideológicos. Y probablemente algo de eso hay.
Lo mejor de Los mejores años de nuestra vida es que consigue algo dificilísimo en un documental musical: emocionar de verdad.
No solo apelar a la nostalgia fácil, sino transmitir la sensación de amistad, pérdida, reconciliación y paso del tiempo.
Y eso, al final, es mucho más importante que vender discos.
Cuando las ovejas saben más que la Guardia Civil del pueblo
Las ovejas detectives / The Sheep Detectives es una de esas películas que, sobre el papel, parecen una tontada con lana, pero luego resulta que tiene más gracia, más ternura y más cabeza que muchas producciones supuestamente “importantes”. O sea, una película con ovejas resolviendo un crimen. El cine ha hecho cosas más raras y encima les han dado Óscar.
Kyle Balda dirige esta comedia familiar de misterio. Viene sobre todo del cine de animación, con títulos como Los Minions, Gru 3. Mi villano favorito y Los Minions: El origen de Gru.
Aquí da el salto a una mezcla de acción real, animales digitales y comedia detectivesca, con guion de Craig Mazin, responsable de Chernobyl y The Last of Us.
La película adapta la novela Three Bags Full, de Leonie Swann.
Las ovejas detectives cuenta la historia de George Hardy, un pastor que cada noche lee novelas de misterio a sus ovejas pensando, pobre hombre, que no se enteran de nada. Pero claro, las ovejas escuchan, procesan y, cuando el pastor aparece muerto, deciden investigar el crimen. Y lo mejor es que, comparadas con el investigador humano del pueblo, parecen Sherlock Holmes con pezuñas.
La película funciona como una mezcla entrañable entre Babe, el cerdito valiente y una historia de equipo detectivesco. Aquí no hay un investigador superdotado, sino un rebaño aparentemente torpe que acaba siendo bastante más listo que los humanos que tiene alrededor. Lo cual tampoco es tan raro: uno ha visto reuniones de comunidad de vecinos donde una oveja habría aportado más sensatez.
La película es familiar, simpática, amable y bastante divertida. No está pensada para niños muy pequeños, porque hay misterio, muerte y alguna idea algo más adulta, pero para chavales con cierta edad puede ser un entretenimiento estupendo. Tiene ritmo, tiene corazón y tiene ese punto de cuento raro que no insulta la inteligencia del espectador.
Además, por debajo de la comedia hay un mensaje bonito sobre el respeto a los animales. La película no se pone pesada ni da sermones con pancarta, pero deja claro que tratar bien a los animales importa. Y esto toca una fibra especial, porque quien ha visto de cerca la vida rural sabe que en el campo hay gente maravillosa, sí, pero también se han visto barbaridades con los animales. Tratar bien a los animales no nos hace blandos, nos hace menos cafres. Que falta nos hace.
Las ovejas detectives no pretende revolucionar el cine, ni falta que le hace.
Es una película con encanto, con humor, con misterio y con suficiente ternura como para salir del cine con una sonrisilla.
No molesta a nadie y puede gustar a muchos.
Una de esas películas pequeñas en apariencia, pero con buen corazón.
Y encima con ovejas investigadoras. Qué más queremos. Hollywood lleva años dándonos superhéroes con trauma; unas ovejas con olfato deductivo casi parecen neorrealismo.
El samurái en paro que convirtió una visita protocolaria en la peor reunión de recursos humanos de la historia
Hablar de Harakiri es hablar de una de esas películas que aparecen siempre en las listas de “las mejores de la historia” y que, milagrosamente, sí merecen estar ahí.
Porque hay clásicos que envejecen como el vino… y otros que envejecen como una ensaladilla olvidada en agosto. Esta no. Esta sigue cortando como una katana recién afilada.
Detrás de la criatura estaba Masaki Kobayashi, uno de los grandes nombres del cine japonés y probablemente uno de los directores más incómodos para el poder y las tradiciones militaristas de Japón.
Su cine siempre tuvo un punto profundamente humanista y crítico.
Entre sus obras más importantes están La condición humana, monumental trilogía antibelicista, Kwaidan, uno de los grandes clásicos del terror japonés, y El más allá.
En Harakiri demuestra una capacidad prodigiosa para manejar el suspense, el drama social y la tragedia familiar sin perder nunca la elegancia visual.
Y ojo, porque lo hace prácticamente con gente hablando sentada en tatamis durante buena parte del metraje. Que eso hoy lo intentas y te sale una serie de sobremesa de Antena 3.
La película ganó el Premio Especial del Jurado en el Festival de Cannes de 1963 y está considerada una de las obras maestras absolutas del cine japonés.
Con el tiempo su prestigio no ha hecho más que crecer y suele aparecer entre las películas mejor valoradas de la historia en rankings internacionales y páginas especializadas. Y sí, por una vez el hype está justificado.
Porque lo fascinante de Harakiri es que empieza casi como una ceremonia burocrática y acaba convirtiéndose en una historia devastadora de pobreza, humillación y venganza.
La película se sitúa en el Japón feudal del siglo XVII, tras las guerras entre clanes. Y aquí aparece una idea muy curiosa: la paz trae ruina económica.
Miles de samuráis y mercenarios se quedan sin señor al que servir y pasan a ser ronin, es decir, guerreros sin trabajo. El equivalente feudal a LinkedIn lleno de “abierto a nuevas oportunidades”, pero con katana.
Nuestro protagonista, Tsugumo Hanshirō —interpretado de manera absolutamente monumental por Tatsuya Nakadai— llega a la residencia del clan Ii solicitando permiso para realizar allí el seppuku ritual. Pero claro, poco a poco uno entiende que aquel hombre no ha venido exactamente a suicidarse y marcharse discretamente. Ha venido a ajustar cuentas.
La película mezcla drama social, tragedia familiar, cine de espadachines y relato de venganza con una naturalidad impresionante.
Lo que empieza siendo una historia sobre el honor termina siendo una demolición absoluta de la hipocresía del código samurái.
Porque aquí Kobayashi viene a decir que muchas veces el honor es simplemente una palabra elegante utilizada por los poderosos para aplastar a los desesperados.
Y todo está contado con una calma hipnótica. La tensión crece poco a poco, casi sin que uno se dé cuenta.
Cada flashback añade una nueva capa de dolor y rabia.
Y mientras tanto la película despliega una fotografía en blanco y negro sencillamente espectacular. Hay planos que parecen cuadros. Imágenes potentísimas visualmente: las armaduras vacías, los pasillos silenciosos, los rituales, las miradas contenidas… Todo tiene un peso tremendo.
Además, cuando llega la violencia, no se siente como espectáculo vacío. Se siente amarga. Dolorosa. Trágica. Como si cada golpe fuera también un ajuste de cuentas moral.
Y luego está ese final. Ese final demoledor donde la película termina de clavar el cuchillo en la idea romántica del samurái heroico. Porque Harakiri no es una glorificación del código de honor. Es casi una autopsia.
Una película enorme. Bellísima. Durísima.
De esas que hacen que uno termine pensando que igual el cine moderno debería dejar de gastar 300 millones en explosiones digitales y volver a confiar un poco más en un buen guion, un gran actor y una habitación llena de silencios incómodos.