El plano cogote y otras formas de tortura cinematográfica
Estamos ante una producción griega protagonizada por una adolescente de 15 años, cuya vida cotidiana vamos siguiendo a través de una cámara que parece incapaz de quedarse quieta.
Paneos innecesarios, planos de detalle frecuentes, desenfoques constantes, encuadres que dejan a los personajes fuera de campo y, lo peor de todo, planos cogote.
El plano cogote es para mí una de las peores cosas que se pueden ver en el cine.
Es un recurso facilón que ahora está de moda y que me parece absolutamente deleznable.
El cine es, ante todo, imagen. Y el plano cogote no aporta nada.
Tampoco soporto la voz en off. Me parece el anticine. Lo que no eres capaz de contar con imágenes no me lo cuentes hablando.
Y esta película utiliza una manera de narrar que rechazo totalmente.
A través de semejante despliegue de recursos formales vamos conociendo la vida de esta adolescente, su mala relación con su madre y la admiración que siente por una compañera de clase que le descubre otro tipo de música.
También asistimos a sus primeras experiencias sentimentales, con sus correspondientes besos con el novio.
Todo ello contado con una cámara inquieta y una puesta en escena que parece empeñada en llamar la atención sobre sí misma.
Pero lo peor está por llegar.
La película alcanza el paroxismo cuando abandona prácticamente la narración y se convierte en una especie de instalación de videoarte.
Durante muchos minutos, demasiados, asistimos a una sucesión de imágenes acompañadas de música que no me aportan absolutamente nada.
Un ejercicio de videoarte que, lejos de enriquecer la película, termina por destrozármela.
Aquellos minutos se me hicieron eternos.
La película dura unos 88 minutos y yo aguanté aproximadamente 80.
Me marché de la sala poco antes de que terminara la proyección, incapaz de soportar aquella parte final.
Estuve casi a punto de padecer una crisis de ansiedad.
Y mira que he visto películas difíciles, experimentales y extravagantes. Pero una cosa es experimentar con el lenguaje cinematográfico y otra muy distinta poner a prueba la resistencia del espectador.
El cine puede incomodar, desconcertar e incluso desesperar. Pero cuando lo único que deseas es escapar de la sala, algo ha salido rematadamente mal.
En mi caso, la única liberación posible fue levantarme de la butaca.
Y salir.
Sobre la directora y la película
Jacqueline Lentzou, nacida en Atenas en 1989, es una cineasta griega que ha desarrollado buena parte de su carrera en el cortometraje, con trabajos como Fox (2016), Hiwa (2017) y The End of Suffering (A Proposal) (2020).
Su primer largometraje fue Moon, 66 Questions (2021), presentado en la Berlinale y ganador del Premio Nuevas Olas del Festival de Sevilla.
A Day in the Life of Jo: Chapter Phaedra es su segundo largometraje, una coproducción de Grecia, Alemania y Francia, protagonizada por Evita Andriopoulou.
La película tuvo su estreno mundial en la sección Orizzonti del Festival de Venecia de 2026, donde Lentzou obtuvo el Premio a la Mejor Dirección.
Llegó a España en la sección Punto de Encuentro de la 71.ª Seminci, con una duración de 88 minutos.
Estamos ante una producción húngara que mezcla ciencia ficción, drama de pareja y una misteriosa desaparición que lo trastoca todo.
En 2020 vi Preparativos para estar juntosun periodo de tiempo desconocido, de Lili Horvát, una película que me gustó mucho y que me resultó especialmente atractiva.
Ahora, con My Notes on Mars, la directora vuelve a ofrecerme una historia turbadora, inquietante y absolutamente subyugadora.
Las interpretaciones de Mackenzie Davis y Rupert Friend son magníficas. Ambos sostienen una historia en la que nunca terminamos de comprender del todo lo que está sucediendo.
Y ahí está buena parte de su atractivo.
Como médico, no pude evitar buscarle una explicación psiquiátrica a lo que estaba viendo.
Durante un momento pensé que podríamos estar ante una especie de fuga disociativa, aunque con elementos que me hicieron pensar también en un posible cuadro psicótico.
Pero el devenir de la película termina por desmontarme el diagnóstico.
Vamos, que uno entra al cine con su título de Medicina y sale sin saber qué poner en el informe.
La película también analiza una relación de pareja compleja, complicada, que queda truncada por una desaparición y que después se reanuda de una manera absolutamente sorprendente.
Hay una reflexión muy interesante sobre el deseo, la culpa y nuestra capacidad para negar la realidad cuando aceptarla supone reconocer nuestras propias responsabilidades.
Porque a veces no vemos lo que tenemos delante.
O, sencillamente, preferimos no verlo.
Lili Horvát juega con esa incertidumbre, con lo que creemos saber y con lo que los personajes están dispuestos a aceptar.
No es una película redonda. Hay cuestiones que quedan en el aire y no todas sus propuestas terminan de encajar.
Pero es una película lo suficientemente sugerente, extraña e interesante como para haberme atraído mucho.
Y agradezco que el cine me plantee preguntas, aunque no me dé todas las respuestas.
Incluso aunque me deje sin diagnóstico.
Sobre Lili Horvát y su cine
La directora húngara Lili Horvát debutó en el largometraje con The Wednesday Child (2015).
En 2020 dirigió Preparativos para estar juntos un periodo de tiempo desconocido, con la que consiguió la Espiga de Oro de la Seminci y el Premio Pilar Miró a la mejor nueva dirección.
My Notes on Mars es su tercer largometraje y el primero rodado principalmente en inglés.
La película inauguró la sección Giornate degli Autori del Festival de Venecia de 2026 y tuvo su estreno español el 23 de octubre de 2026, inaugurando la 71.ª Seminci.
Está protagonizada por Mackenzie Davis y Rupert Friend, dura 111 minutos y su distribuidora en España es Elastica Films.
Primera película que veo en esta 71.ª edición de la SEMINCI, y empezamos con una producción turca que nos presenta a dos pueblos enfrentados.
Uno está en el valle y otro en la montaña.
Se ven perfectamente, están muy cerca, pero los separan conflictos territoriales y un enfrentamiento ancestral.
La película nos muestra cómo esa semilla de odio va germinando poco a poco, hasta convertirse en algo que termina por dominar a toda la comunidad.
El problema es que la película me ha resultado excesivamente discursiva.
Los personajes no paran de hablar. Continuamente mantienen conversaciones y pronuncian discursos solemnes que me resultan bastante desagradables.
Se habla mucho y se muestra poco.
Parece que el director no confía en las imágenes para contar la historia y necesita que sus personajes nos lo expliquen absolutamente todo.
Además, desde el principio sabemos que aquello va a terminar en una gran tragedia.
Y el problema es que ese desenlace se hace esperar demasiado.
El desarrollo es lento, tedioso, con una acumulación de situaciones que nos conducen hacia un final que ya presentíamos desde el comienzo.
Los personajes resultan bastante estereotipados. Algunos tienen poca personalidad, poca alma.
Más que individuos, parecen representar ese espíritu colectivo de odio que va creciendo y que termina encontrando justificación para la violencia desatada.
La película introduce de vez en cuando algunas ensoñaciones de sus personajes.
Curiosamente, estas secuencias oníricas me parecen de lo más atractivo de la película. Por fin se abandona tanto discurso y se deja hablar un poco a las imágenes.
La ambientación está muy conseguida.
Estos dos pueblos viven prácticamente en la miseria, en unas condiciones que parecen ancladas en otro siglo.
El único elemento que nos recuerda que estamos en el siglo XXI es el ordenador del ginecólogo.
Todo lo demás parece pertenecer a un mundo que se ha quedado detenido en el tiempo.
En definitiva, Salvación plantea una reflexión sobre el odio colectivo, los enfrentamientos territoriales y la facilidad con la que una comunidad puede justificar la violencia.
Pero la excesiva solemnidad, los diálogos interminables y la lentitud narrativa terminan por lastrar la película.
Villaarriba y Villaabajo no se llevan bien.
Y, además, tardan una eternidad en llegar a las manos.
Sobre Emin Alper y la película
Emin Alper nació en Turquía en 1974 y estudió Historia y Economía.
Debutó con Beyond the Hill (2012), a la que siguieron Frenzy (2015), Un cuento de tres hermanas (2019) y Burning Days (2022).
Su cine suele abordar los conflictos de poder, la violencia y las tensiones sociales.
Salvación (Kurtuluş) es su quinto largometraje, una coproducción internacional de 120 minutos.
Obtuvo el Oso de Plata – Gran Premio del Jurado en la Berlinale de 2026 y participa en Punto de Encuentro de la 71.ª SEMINCI, donde se presenta como estreno español.
Cada vez que veo una película de Buñuel, me convenzo un poco más de que es uno de los grandes directores de la historia del cine.
Esta producción mexicana se mueve en el territorio del neorrealismo. La descripción de la marginación y la pobreza es desgarradora.
Pero Buñuel no siente piedad por sus personajes. Tampoco se compadece de ellos. Solo en alguna escena concreta asoma cierta ternura.
Si estos niños despiertan sentimientos en mí, es por la situación social en la que viven, no por su personalidad.
La película es pesimista, desesperanzadora. Y Buñuel no renuncia a los elementos surrealistas, tan suyos y tan importantes para reconocerlo como autor.
Las gallinas que tanto le gustaban están muy presentes.
Impresiona Miguel Inclán como Don Carmelo, el ciego: un personaje siniestro que despierta compasión cuando es víctima y repugnancia cuando abusa de los demás.
También hay figuras positivas, como el director de la granja escuela, interpretado por Francisco Jambrina. Y está el pobre Pedro (Alfonso Mejía), víctima del abuso y de la mala influencia de Julián (Javier Amezcua), un auténtico malvado.
Realismo social sin contemplaciones, sin moralina y sin piedad.
Buñuel puro y duro.
La obra maestra de un genio.
Sobre Buñuel y la película
Luis Buñuel ya había dirigido Un perro andaluz y La edad de oro, y después firmaría títulos como Viridiana, El ángel exterminador y El discreto encanto de la burguesía.
Por Los olvidados recibió el premio a la mejor dirección en el Festival de Cannes de 1951.
El negativo original de la película ingresó en el Registro Internacional Memoria del Mundo de la UNESCO en 2003.
Buñuel convirtió un encargo sobre los niños pobres de México en una película sin consuelo, donde el realismo de la calle se quiebra con pesadillas surrealistas.
Un fotograma de la película: dos muchachos en el taller. Imagen difundida por el Museum of Modern Art (MoMA).
La ciudad que no salía en los folletos
En 1950, Luis Buñuel filmó en Ciudad de México una película que se negaba a mirar hacia otro lado.
Los olvidados sigue a un grupo de niños y adolescentes que intenta sobrevivir en barrios pobres, entre la violencia, el abandono y unas instituciones incapaces de ofrecerles una salida.
Pedro, Jaibo, Ojitos, Meche y el ciego don Carmelo no forman una galería de estampas ejemplares: son criaturas contradictorias, a veces crueles, casi siempre atrapadas por un entorno que ya ha empezado a decidir por ellas.
La película llegó en un momento en que México se presentaba como un país moderno y en transformación.
Buñuel enfocó el reverso de esa imagen: los suburbios que crecían al ritmo de la ciudad y la infancia condenada a arreglárselas sola.
No convierte la pobreza en una virtud ni a sus protagonistas en angelitos.
La compasión fácil queda fuera de campo.
Lo que aparece es más áspero: una sociedad que abandona a los niños y después se escandaliza cuando estos aprenden a defenderse con violencia.
Un exiliado que volvía a encontrar su sitio
Buñuel llevaba años lejos de España.
Tras la Guerra Civil pasó por Francia y Estados Unidos; en 1946 se instaló en México, donde empezó una etapa profesional irregular.
Gran Casino, su primera película mexicana, fue un fracaso comercial.
El gran calavera (1949), en cambio, funcionó mejor y le dio margen para proponer un proyecto menos convencional.
Para entonces ya había realizado Un perro andaluz y La edad de oro, pero su carrera no avanzaba como la de un autor consagrado: trabajaba dentro de una industria que le exigía películas capaces de llegar al público.
El productor Óscar Dancigers le planteó una historia sobre los niños pobres de México.
Buñuel aceptó la premisa y la transformó a su manera.
La documentación fue prolongada: el registro de la UNESCO señala que dedicó dos años a investigar y elaborar el guion, además de convencer al productor para que aceptara su libertad estética e ideológica.
El resultado no es un reportaje disfrazado de ficción, sino una narración construida con observación social, imaginación y una mirada que nunca se vuelve complaciente.
El guion lo firmaron Buñuel y Luis Alcoriza.
La fotografía de Gabriel Figueroa —maestro de la luz y del paisaje mexicano— da a las calles y los solares una textura cruda, sin embellecerlos.
En el reparto, Alfonso Mejía interpreta a Pedro y Roberto Cobo a Jaibo; Estela Inda es la madre de Pedro, Miguel Inclán encarna a don Carmelo y el pequeño Mario Ramírez da vida a Ojitos.
La mezcla de intérpretes jóvenes y adultos sostiene un mundo que parece observado de cerca, no ordenado desde una distancia moral.
Fotograma de Los olvidados. Imagen difundida por el Festival de Cannes.
Rodar deprisa, mirar de frente
La película se filmó en escenarios reales de los barrios pobres de la capital.
Un estudio académico sobre su producción cifra el rodaje en 24 días, un calendario breve para una obra de esta ambición.
Buñuel no convirtió esos espacios en decorado pintoresco: los callejones, las construcciones a medio hacer y los solares vacíos forman parte del drama.
La ciudad no es un fondo neutro, sino una fuerza que estrecha las opciones de los personajes.
Escena de calle con los muchachos y don Carmelo. Imagen: Instituto Cervantes de Tokio.
La dureza de la puesta en escena convive con irrupciones inequívocamente buñuelianas.
En el sueño de Pedro, la lógica cotidiana se suspende y las imágenes adquieren una intensidad casi física.
El surrealismo no aparece como adorno ni como fuga de la realidad: permite entrar en los miedos, deseos y resentimientos que los personajes no saben explicar.
La película avanza entre la calle y la pesadilla sin pedir permiso para cambiar de registro.
También las gallinas —animales recurrentes en el imaginario de Buñuel— aparecen en momentos cargados de inquietud.
Y el final, desolador, no ofrece una moraleja reparadora.
Hay, además, una curiosidad de archivo: se rodó en secreto un final alternativo, mucho más convencional, en el que Pedro logra regresar al reformatorio y Jaibo muere durante una pelea.
Esa versión, que suavizaba el destino del protagonista, se descubrió décadas después entre los materiales conservados.
No está claro quién decidió filmarla; lo que sí sabemos es que la versión estrenada mantuvo el golpe seco que Buñuel quería dar.
Los muchachos juegan con un aro. Imagen: Cinémathèque québécoise.
El rechazo de casa y el reconocimiento de fuera
El estreno mexicano tuvo lugar en noviembre de 1950 y provocó una reacción hostil entre sectores de la prensa y de la sociedad.
La película fue acusada de ofrecer una imagen injusta del país; su paso inicial por las salas fue muy breve.
Las fuentes no coinciden en si permaneció tres días o cerca de una semana, por lo que conviene hablar de una retirada temprana, no fijar una cifra como si estuviera fuera de discusión.
En 1951, Buñuel llevó la película al Festival de Cannes.
El apoyo del poeta Octavio Paz ayudó a defenderla frente a las objeciones oficiales mexicanas, y el certamen le concedió a Buñuel el premio a la mejor dirección, además del reconocimiento de la crítica internacional.
En los premios Ariel de México, Los olvidados obtuvo once galardones, entre ellos película y dirección.
El éxito exterior cambió su recepción y permitió que regresara a las salas mexicanas.
Pedro y sus compañeros en un solar de la periferia. Imagen: Festival Internacional de Cine de Morelia.
En España, la censura franquista retrasó su estreno hasta el 14 de septiembre de 1964, según el catálogo del ICAA.
La distancia entre el rodaje y su llegada a las pantallas españolas añade otra capa a la historia de una película que incomodó a ambos lados del Atlántico, aunque por motivos distintos.
En 2003, el negativo original ingresó en el Registro Internacional Memoria del Mundo de la UNESCO, custodiado por la Filmoteca de la UNAM.
No es una medalla decorativa: reconoce el valor documental de una ficción que retrata, sin concesiones, la infancia marginada en una gran ciudad.
Una película que no concede absoluciones
Lo que permanece no es solo la denuncia de la miseria, sino la negativa de Buñuel a simplificarla.
Sus personajes no son víctimas puras ni villanos de opereta; tampoco el espectador sale con la cómoda sensación de haber comprendido y resuelto el problema.
La película nos obliga a mirar cómo la violencia se aprende, cómo la pobreza reduce el horizonte y cómo la sociedad aparta de su vista a quienes no encajan en su relato de progreso.
Los olvidados pertenece a su tiempo —a la Ciudad de México de mediados del siglo XX y al exilio del propio Buñuel—, pero no se deja encerrar en él.
Su realismo es demasiado áspero para ser postal y su surrealismo demasiado preciso para ser escapatoria.
Setenta y seis años después, la película sigue preguntando quiénes son los olvidados y qué hacemos los demás para no tener que verlos.
Fuentes para la revisión
• Festival Internacional de Cine de Morelia, fotograma. Consultar fuente
• Cinémathèque québécoise, fotograma de Los olvidados. Consultar fuente
• Instituto Cervantes de Tokio, ficha de proyección y fotograma. Consultar fuente
• Festival de Cannes, galería de Los olvidados. Consultar fuente
• IMDb, curiosidades de la película (enlace aportado por el autor; algunos datos no se consultan directamente desde aquí). Consultar fuente
• Sistema de Información Cultural de México, ficha de producción. Consultar fuente
• UNESCO, negativo original de Los olvidados y hallazgo del final alternativo. Consultar fuente
Mezcla cine fantástico de supervivencia con drama familiar.
El padre tiene una personalidad arrolladora y el físico intenso de Josh Brolin. Su hijo, Jay, interpretado por Austin Abrams, es todo lo contrario: un muchachito apocado que vive atemorizado por él.
Lo sabemos a través de los continuos flashbacks.
Jay sale a buscar los restos de su padre, que se suicidó ahogándose en el mar. Era un apasionado del submarinismo. El joven Jay acaba dentro de una ballena.
Todo esto aparece ya en el tráiler, así que no desvelo ningún secreto.
La película entremezcla la lucha de Jay por sobrevivir dentro del animal con los traumas que le dejó un padre dominante y autoritario. Esas dos líneas sostienen la historia.
El problema es que pretende contarnos un relato realista, pero sobrevivir dentro de un cachalote ya exige un acto de fe considerable.
Los jugos gástricos no son precisamente un spa, aunque tampoco disuelven a una persona en cuestión de segundos. Aun así, nos tragamos eso y unas cuantas cosas más.
Alerta: spoilers
La estupidez alcanza límites inconmensurables cuando Jay escapa gracias a una bombona que, según parece, va a provocar una explosión por el oxígeno.
Las botellas habituales de submarinismo contienen aire comprimido, no oxígeno puro. Además, el manómetro indica que está prácticamente vacía.
Pese a todo, abre un agujero tremendo en la ballena y Jay consigue salir. Un despiporre absoluto.
La película me parece aburrida, poco entretenida, y me invitaba a la somnolencia.
No comparto el sufrimiento de este muchacho, que me resulta absolutamente irreal.
Si tienes problemas con tu padre, vete al psicólogo, por favor.
Con un padre como Josh Brolin, cualquiera puede tener problemas.
Pero con una madre como Elisabeth Shue, ninguno. Por favor.
Sobre Brian Duffield
Brian Duffield es guionista y director.
Debutó en la dirección de largometrajes con Spontaneous (2020), una comedia negra fantástica.
Después dirigió No One Will Save You (2023), de terror y ciencia ficción.
Whalefall combina el cine de supervivencia con el drama familiar.
La maleta se presenta como una comedia romántica disparatada que mezcla thriller y terrorismo.
El peso de la película recae en Lucía Caraballo, maravillosa. Tiene un potencial tremendo: una naturalidad y una frescura delante de la cámara que da gusto.
Su partenaire, Alejandro Speitzer, es un pinche huevón, un auténtico soseras. Su torpeza y su mala interpretación lastran toda la narración.
Ni siquiera Leonor Watling consigue levantar un papel francamente poco creíble. Y eso que soy fan absoluto suyo, pero esta vez no la puedo salvar.
David Lorente, en cambio, está estupendo, como siempre. Es un actor magnífico y muy competente.
La trama es absolutamente absurda. Nada se sostiene por su pie. Las situaciones delirantes se suceden de manera inconexa y la película pretende ser descacharrante, pero no lo consigue.
La vi en una sesión del Martes de los Yayos. Entré con el tiempo justo, con la entrada comprada de casa, y al llegar a la sala me encontré con que posiblemente era el más joven. Me sentí un muchachillo entre las personas que me rodeaban.
A mi derecha y a mi izquierda, dos señoras se merendaron durante todo el metraje un bol inmenso de palomitas. Ni ellas ni el resto del público esbozaron siquiera una sonrisa, y mucho menos una carcajada.
Yo sí me reí alguna vez, pero por lo absurdo de las situaciones. La película no provoca risa con lo que plantea: solo con lo disparatado de su desarrollo.
Es una pena que una actriz tan estupenda como Lucía Caraballo emplee su tiempo en producciones de tan poca calidad y con un guion tan poco cuidado.
A Alejandro Speitzer tampoco lo voy a salvar. Le recomiendo que se dedique a otra profesión y no a la de actor.
Un producto bastante penoso.
Lucía, por favor: elige mejor tus proyectos.
Sobre Carlos Therón
Carlos Therón ha dirigido comedias como Es por tu bien, Lo dejo cuando quiera y Operación Camarón.
En La maleta vuelve a combinar comedia y acción.
La película, de 107 minutos, se estrenó en los cines españoles el 16 de octubre de 2026.
Estamos ante una nueva adaptación de este videojuego que recuerdo con cariño.
Cuando mis hijos y mis sobrinos eran pequeños, jugaba con ellos. Yo siempre elegía a E. Honda. Entonces estaba bastante más gordo que ahora y me veía reflejado en aquel luchador de sumo. Uno busca representación donde puede.
Me ha gustado reencontrarme en pantalla con Ryu, Ken Masters, Chun-Li, Blanka, Vega, E. Honda y Don Sauvage, entre otros personajes que ya conocía.
La película mezcla el drama de dos amigos enfrentados con la comedia de quien acaba convertido en un payaso que solo representa marcas. Tiene su gracia esa idea de dejarse arrastrar por la publicidad hasta perder la personalidad por el camino.
También me atrae la combinación de imagen real y animación. La parte animada, con ese trazo de cómic, funciona muy bien. Todo tiene un aire caricaturesco, reforzado por los uniformes imposibles y la escotadísima indumentaria de las luchadoras. La película parece saber que está jugando a la parodia.
Lo que no consigue es que las peleas se me hagan cortas. A mí la acción suele aburrirme, y aquí los combates se alargan hasta el agotamiento. Eso sí: están muy bien rodados. Técnicamente, la película está muy bien hecha.
En Estados Unidos ha llegado al número uno de taquilla en su estreno, con unos 31 millones de dólares.
También se habla de ella como la mejor adaptación de Street Fighter. No era difícil: el listón de las anteriores tampoco estaba precisamente en el techo.
No se me va a olvidar, porque el recuerdo de jugar a este videojuego con mis hijos y mis sobrinos le da un carácter especial.
Pero, dejando a un lado la nostalgia, es una película regulera.
Me ha gustado, no me disgusta, pero no pasa de ahí.
Sobre Kitao Sakurai
Kitao Sakurai es un director y guionista japonés-estadounidense, conocido por su trabajo en The Eric Andre Show y por la comedia Bad Trip (2021).
También dirigió el episodio piloto de Twisted Metal. Street Fighter se estrenó en España y Estados Unidos el 16 de octubre de 2026.
En su primer fin de semana estadounidense fue número uno, con unos 31 millones de dólares.
La recepción crítica ha sido más dispar que la del público.
La película mezcla acción, algo de terror, aventuras en plena naturaleza y, sobre todo, animal gigante. Al final, además, se convierte en una especie de slasher.
La construcción es muy clásica en este tipo de historias de monstruos de la naturaleza.
Los personajes son de lo más estereotipado y hay escenas muy forzadas, poco creíbles.
El bicho en cuestión, además, da bastante poco miedo. A mí, por lo menos, no me impresiona nada.
La he visto con cierta desgana: no me han entrado ganas de salir del cine, pero tampoco me ha generado una inquietud especial. Me deja frío.
También me llama la atención el escaso carisma de unos personajes tan mal construidos que no sirven para nada.
Esa sucesión de escenitas que supuestamente deberían perturbarte no me produce ni la más mínima alteración.
Me parece una película totalmente fallida.
En lugar de tensión, emoción, inquietud o incluso miedo, produce un poco de aburrimiento.
Sobre Mike P. Nelson
Mike P. Nelson se mueve principalmente en el cine de terror y fantástico.
Entre sus largometrajes figuran The Domestics (2018) y Wrong Turn (2021), una nueva versión de la saga.
Con Boiúna vuelve al terror de supervivencia y a las criaturas monstruosas.
La película se estrenó en España el 16 de octubre de 2026, distribuida por Vértice Cine.
El maestro Kore-eda nos vuelve a regalar una joya cinematográfica.
Kakeru habla del duelo, de la maternidad frustrada y de cómo la tecnología intenta suplir nuestras carencias humanas.
Estamos en un futuro cercano. Una pareja ha perdido a su hijo en un accidente y ambos se culpan por lo ocurrido.
Para llenar ese vacío reciben a un niño biónico, un robot idéntico a su hijo al que han incorporado, a partir de fotografías, los recuerdos que conservaban de él.
La película está contada con ese tono tranquilo y delicado tan propio de Kore-eda.
Bajo su aire melodramático, me recuerda mucho a A.I. Inteligencia Artificial, de Steven Spielberg.
La historia plantea cómo tratar a unos humanoides que quizá no tengan sentimientos, pero que también buscan su libertad y su manera de estar en el mundo. Y cómo la culpa de unos padres puede marcar una vida entera.
También está esa madre chillona y autoritaria que atosiga a sus hijos. Estas figuras maternas, ásperas y oscuras, me afectan especialmente.
La película tiene un tono triste y melancólico, como pide la situación. Y nos recuerda que la tecnología no va a sustituir a las personas ni a las relaciones. Podemos vivir en un mundo virtual, incluso en una realidad construida por lo virtual, pero eso no basta: hacen falta relaciones personales y contacto directo con el mundo real.
El maestro Kore-eda nos deja todo esto sobre la mesa.
A mí me ha parecido estupenda. Y me gusta que me plantee tantas dudas.
Sobre Kore-eda y la película
El director japonés Hirokazu Kore-eda lleva años explorando la familia, la infancia y los vínculos que se salen de lo convencional.
En su filmografía destacan Nadie sabe, De tal padre, tal hijo, Nuestra hermana pequeña, Un asunto de familia y Monstruo.
Un asunto de familia ganó la Palma de Oro de Cannes en 2018.
Kakeru compitió en Cannes en 2026 y llegó a los cines españoles el 16 de octubre, distribuida por Vértigo Films.
La otra madre: cuando el terror se queda en telefilm
Es curioso que una película rebosante de elementos interesantes y de imágenes icónicas, muy impactantes, pueda resultar tan anodina.
Parece construida con pequeños retablos, trocitos y piezas de un puzle que deberían formar una gran película. Pero no encajan. El conjunto queda desvaído, desganado. Lamentablemente, no funciona.
Jessica Chastain aporta un arsenal interpretativo tremendo y Arabella Olivia Clark está eficaz. Aun así, la película resulta anodina y trivial. No impacta. No impresiona.
Quizá no ayuda que desde el principio veamos ya a esa otra madre, el elemento perturbador de la familia.
Al final adquiere tintes melodramáticos: intenta que la niña madure, que pierda su ingenuidad. En lugar de darle realce o profundidad, ese giro le da un aire de telefilm barato y recurre a una fórmula manida y aburrida.
Me ha decepcionado. Si no le pongo un cero patatero es por Jessica Chastain, una actriz a la que idolatro fervientemente.
Sobre Rob Savage
Rob Savage ya había dirigido Host y The Boogeyman, dos películas de terror.
En La otra madre vuelve al género sobrenatural con Jessica Chastain y Arabella Olivia Clark.
Universal Pictures Spain fechó el estreno español el 9 de octubre de 2026; Universal anunció la misma fecha para Estados Unidos.
Hace dieciséis años, David Fincher estrenó La red social y nos contó cómo Mark Zuckerberg levantó el imperio de Facebook.
Ahora llega El precio de la red, escrita y dirigida por Aaron Sorkin, que vuelve a ese universo para mirar sus consecuencias.
La película muestra cómo los algoritmos de Facebook podían enganchar a los usuarios y empujarlos hacia contenidos cada vez más extremos.
Sorkin lo cuenta con una jerga informática que a veces se me escapa, pero la investigación se sigue con interés.
Hay tres protagonistas. Jeremy Allen White interpreta al periodista Jeff Horwitz, que sabe hacer periodismo de investigación, aunque de informática ande justito.
Mikey Madison da vida a Frances Haugen, la trabajadora de Facebook que filtra información.
Y Jeremy Strong encarna a Zuckerberg, aquí un personaje siniestro, distante y de una inexpresividad que cuesta descifrar.
Sorkin presenta un feudalismo empresarial en el que las grandes compañías parecen más poderosas que los Estados y capaces de moldear la opinión pública.
Frente a eso, el gesto de Frances —su sacrificio en nombre de la ética— es un pequeño suspiro de esperanza: quizá todavía queda gente dispuesta a poner límites.
La película no parece hecha para emocionar, sino para provocar e incluso despertar la ira. A mí, sin embargo, me emocionó por momentos la amistad entre el periodista y Frances. Él es un buen reportero, pero un analfabeto informático; ella se mueve como pez en el agua entre los datos y la tecnología, y le duele que una herramienta tan útil para conectar a personas termine pervertida por un afán de lucro inconmensurable.
Zuckerberg suelta una frase tremenda: «Yo soy un absolutista de la libertad de expresión». En su nombre, parece que todo vale: mentiras, mensajes de odio y una barra libre para que la red se desmadre. Lo que podía servir para compartir opiniones y afianzar amistades se convierte en una maquinaria que alimenta el odio y los valores antidemocráticos.
¿Hasta dónde puede llegar una democracia en nombre de la libertad de expresión? Me cuesta separar democracia y justicia social: votar está bien, pero si el resultado sirve para aumentar las desigualdades y alimentar el odio, algo falla gravemente.
También está el papel de las redes sociales en el asalto al Capitolio, uno de los episodios más lamentables del siglo XXI. Una multitud enfervorizada, instigada por Donald Trump, asaltando la sede de la representación nacional: un ataque a la esencia misma de la democracia. Lamentable.
El reparto está estupendo. Madison y White, especialmente.
Strong hace su papel, aunque con esa inexpresividad me cuesta catalogarlo de buen actor.
Y Betty Gilpin, como una jefa de redacción genéticamente borde, está sensacional.
Hace años que no uso Facebook. Sigo teniendo cuenta, pero cada vez me siento más lejos de las redes sociales.
Sobre Aaron Sorkin
Sorkin es el creador y guionista de El ala oeste de la Casa Blanca y escribió La red social, dirigida por Fincher. Ganó el Óscar al guion adaptado por esta última.
Como director ha firmado Molly’s Game y El juicio de los 7 de Chicago.
El precio de la red continúa su interés por los conflictos políticos y sociales, ahora con Facebook en el banquillo.
La película está inspirada en la historia de Frances Haugen y el periodista de The Wall Street JournalJeff Horwitz.
Estamos ante una película insólita: un romance envuelto en fantasía y tragedia. Desde el principio intuimos que este amor imposible acabará mal. Y, aun así, queremos creer que no.
Siempre me ha parecido injusto reducir a Jennifer Jones a su matrimonio con David O. Selznick. Aquí demuestra que, bien dirigida, era una actriz extraordinaria. William Dieterle la conduce por una historia turbadora en la que Jennie va creciendo ante nuestros ojos hasta convertirse en una mujer de la que resulta imposible no enamorarse.
La fotografía tiene una importancia enorme. También Joseph Cotten, como ese pintor que se siente fracasado y que, al encontrar su inspiración, es capaz de crear una obra maestra. A veces basta un pequeño momento de éxito para volver a ver la luz. A todos nos ha pasado alguna vez, supongo; a algunos nos dura menos que a otros.
Lillian Gish, una de las grandes diosas del cine mudo, tiene aquí un pequeño papel de monja y está estupenda.
También brilla Ethel Barrymore, como la mecenas que apoya al pintor y comprende, hasta cierto punto, su ensueño con Jennie.
Una película romántica, fantástica, trágica y misteriosa.
Habla de amores imposibles y de ilusiones que quizá nunca se cumplan, pero que pueden convertirse en el leitmotiv de toda una vida.
Sobre William Dieterle y la película
El alemán William Dieterle emigró a Hollywood en 1930, antes de la llegada de Hitler al poder; más tarde participó en iniciativas antifascistas del exilio.
Entre sus películas destacan El sueño de una noche de verano, La vida de Émile Zola y El hombre que vendió su alma.
Jennie ganó el Óscar a los mejores efectos especiales.
Se estrenó en Los Ángeles el 25 de diciembre de 1948; una nueva versión llegó a Nueva York en marzo de 1949.
En el Festival de San Sebastián tuve la oportunidad de ver NAZA y decidí no hacerlo. Había oído hablar de ella en varios pódcast con tanto detalle que sentía que ya la había visto. Además, el tema me echaba para atrás: es triste y delicado. Pero apareció en la cartelera de los Multicines Guadalajara y no pude resistirme.
Es un documental muy bien construido, basado en entrevistas a militares y miembros de los servicios de inteligencia israelíes. Sus testimonios describen cómo se planifican los bombardeos sobre Gaza y cómo se calcula el número de civiles que podrían morir.
NAZA es el término que emplean para designar ese cálculo. Según explican en la película, se localiza a un objetivo de Hamás y se valora cuántas personas más podrían morir en el ataque. Si en un edificio hay cincuenta personas, entre ellas niños, mujeres y ancianos, ese número entra en la decisión de lanzar la bomba.
Las entrevistas se ruedan en azoteas de Tel Aviv. Con el zoom, la cámara observa a la gente en sus casas: ven la televisión, cenan o hacen ejercicio en la cinta, mientras la vida cotidiana sigue como si nada.
Algunos entrevistados parecen sentir cierta culpa. Otros lo presentan como un trabajo técnico. A mí esto me lleva a la banalidad del mal de Hannah Arendt: la despersonalización del asesinato, convertido en un procedimiento, en una industria. Aquí, además, se recurre a la inteligencia artificial para decidir si se acepta un número determinado de víctimas civiles. Así se diluye la responsabilidad de quienes participan en estos crímenes.
Las declaraciones son tremendas. La película deja muy mal cuerpo. Es interesante y está muy bien hecha, pero lo que cuenta te destroza: muestra cómo el ser humano puede construir una estructura artificial para matar en masa.
Sus 77 minutos ayudan a digerirla. El contenido, desde luego, no.
Es un documental terrible, pero necesario. Ojalá sirva algún día como prueba cuando, en un mundo ideal, se juzgue a los responsables de este genocidio.
Y desde aquí, desde mi modestia, toda mi solidaridad con el pueblo gazatí y el pueblo palestino, víctimas desde hace muchos años del asesinato, la destrucción y el olvido. También del olvido de los países árabes que los rodean.
Sobre esta película
Yuval Abraham y Rachel Szor codirigieron junto a Basel Adra y Hamdan BallalNo Other Land, ganadora del Óscar al mejor documental.
NAZA obtuvo el Premio Especial del Jurado en el Festival de Venecia.
El ICAA recoge una duración de 77 minutos y su estreno en España el 9 de octubre de 2026.
Vi algún cartel de La vida de una mujer durante mi pequeño periplo por el sur de Francia. Me llamó la atención y, al volver a España y encontrarla en la cartelera, no pude resistirme.
La protagonista es una mujer de éxito: jefa de servicio, autoritaria y acostumbrada a dominar las situaciones. Su relación con el marido tiene sus complicaciones y, mientras surgen problemas y decisiones vitales, encuentra el amor en otra mujer.
La película tiene un aire muy francés en la manera de tratar las relaciones personales. Gabrielle antepone su carrera a casi todo y espera que quienes trabajan a sus órdenes hagan lo mismo. El hospital parece reclamar la vida entera de sus profesionales; las horas libres, al parecer, son un invento de otros países.
También me parece que hay una defensa de la sanidad pública y del esfuerzo de quienes trabajan en ella. Con los recortes siempre al acecho, la película muestra cómo la entrega de algunos profesionales ayuda a que el sistema siga en pie.
Me sorprende que haya recibido malas críticas de algunos críticos reputados. Me pregunto si influye que el centro de la historia sea una mujer y que la película mire el mundo desde su experiencia. No tengo una respuesta, pero la pregunta se me queda rondando.
A mí me ha gustado. No me ha chirriado en ningún momento y describe bien la vida complicada de alguien con éxito profesional que intenta salir adelante también en lo personal.
Sobre Charline Bourgeois-Tacquet
La directora y guionista francesa Charline Bourgeois-Tacquet debutó en el largometraje con Los amores de Anaïs (2021).
Antes dirigió el corto Pauline asservie, que obtuvo reconocimientos en Clermont-Ferrand.
La vida de una mujer es su segundo largometraje y compitió en el Festival de Cannes de 2026; fue selección, no premio.
Se estrenó en Francia el 9 de septiembre y llegó a los cines españoles el 9 de octubre de 2026, distribuida aquí por BTeam Pictures.
Kolyada toma elementos del folclore rural de Guadalajara y los convierte en una historia fantástica con cierto tono costumbrista.
El gran problema es visual. Los personajes disfrazados, filmados de noche y en ambientes demasiado oscuros, casi no se ven.
Una cosa es crear misterio y otra esconder la película.
En medio queda la relación entre dos mujeres, una joven y otra que parece ser su madre. Un vínculo algo turbador que no termina de aclararse, aunque precisamente por eso resulta interesante.
Una propuesta con personalidad que, en demasiados momentos, hay que ver más con la imaginación que con los ojos.
Tras la procesión
Lolbeh Rubio dirige Kolyada, uno de los cuatro cortometrajes de la cuarta edición de Cine Alcarria.
Rodado en Arbancón, contó con la participación de los Diablos de Luzón y de estudiantes de distintos centros educativos de Guadalajara.
La banda sonora fue compuesta por Jorge Ferrero García e interpretada por el Orfeón Joaquín Turina.
El corto se estrenó el 1 de octubre de 2026 en Multicines Guadalajara.
Mi puntuación: 7,75/10.
Ficha:
Productora: Claudia Garrido Guionista: Lolbeh Rubio, Adriana Mottola y Luna Dao Directora: Lolbeh Rubio Directora de foto: Adriana Mottola
La cámara se mueve con agilidad por esos ambientes oscuros y tenebristas. A veces, demasiado oscuros.
El gran problema es que no hay guion suficiente para sostener el corto.
Apenas una premisa muy sencilla, con un malo excesivamente caricaturesco y un desarrollo tan previsible que sorprende poco o nada.
Mucho movimiento de cámara, mucha tiniebla y muy poca historia.
Después de arrancar la mala hierba
Mala hierba adopta el formato de found footage y fue rodada en Horche y Utande dentro del proyecto formativo Cine Alcarria.
En la gala de 2026 obtuvo la Mención al Montaje y Jaime Riofrío López, la Mención a la Interpretación Masculina.
Mi puntuación: 5,65/10.
Ficha:
Productor: Marcos Losa Lozano Guionistas: Ramón Polanco Leon Hector Martín Tornero Director: Ramón Polanco Leon Director de fotografía: Sara Jiménez Garcia
Santa Águeda nos acerca a esta fiesta en la que las mujeres ocupan el poder durante un día y eligen a su alcaldesa.
Elisa Aymí Frutos lo cuenta mediante una comedia costumbrista, con un tono jocoso y una realización juguetona que no se toma demasiado en serio a sí misma.
No hay solemnidad ni falta que hace.
El resultado es ligero, simpático y, la verdad, me ha resultado muy divertido.
Detrás de la fiesta
Elisa Aymí Frutos dirige este cortometraje dentro del proyecto educativo Cine Alcarria.
Santa Águeda fue rodado en Cogolludo, con la colaboración de las Águedas de Cogolludo y Espinosa de Henares y música original creada desde el Conservatorio Provincial de Música.
Se estrenó el 1 de octubre de 2026 en Multicines Guadalajara.
Obtuvo el Premio Cine Alcarria 2026, además de menciones al sonido y a la interpretación femenina de su reparto.
Mi puntuación: 8,75/10.
Ficha:
Productora: Mercedes Peco Sigüenza Guionistas: Elisa Aymí Frutos y Julia García Seguido Directora: : Elisa Aymí Frutos Director de fotografía: Julián González Naharro Directora de fotografía: Alejandra Grueso Zorrilla
Rodado en el Centro Social de Cifuentes, en Guadalajara, El baile observa en tono de comedia las relaciones que surgen durante las sesiones de baile para mayores.
Está el bailón que se atreve con todas, la recién llegada y esos dos mirones que no se levantan de la silla, pero no pierden detalle.
La construcción de los personajes funciona. Las imágenes son dinámicas, la fotografía está bien y la dirección de arte es estupenda.
El problema está en las interpretaciones. Los actores recitan un texto aprendido de memoria y se nota demasiado. Cada frase parece estar esperando su turno.
Una pena, porque podía haber sido un magnífico corto.
Detrás del baile
Lucía González Carrasco concibió la historia a partir de la experiencia de su abuelo, habitual de estas sesiones de baile.
El baile forma parte de la cuarta edición de CineAlcarria y se estrenó el 1 de octubre de 2026 en Multicines Guadalajara.
El jurado le concedió menciones a la dirección, al vestuario y a toda la figuración.
Mi puntuación: 6,72/10.
Ficha:
Productor: Gabriel Monge Esteban Guionistas: Lucía González Carrasco y Alex González Vicente Directora: Lucía González Carrasco Director de fotografía: Alex González Vicente
Disección de una incoherencia en crisis retrata a un padre y una hija atrapados en conflictos diferentes, pero unidos por una misma incapacidad para gestionar la envidia y el ego.
Dos personas destructivas y repugnantes.
Me sabe mal decirlo por la pequeña Aran.
No tanto por su nada pequeño padre, Artur, que es un gilipollas integral.
Un corto muy interesante sobre quienes viven sumergidos en la envidia.
Una lástima que, en esta familia, el trastorno parezca hereditario.
De la ESCAC a Karlovy Vary
Nausica Serra, nacida en Barcelona en 2003 y formada en dirección en la ESCAC, debuta con este cortometraje.
Disección de una incoherencia en crisis tuvo su estreno mundial en el programa Future Frames del Festival de Karlovy Vary y pasó por los festivales de Sevilla y D’A.
Serra obtuvo por este trabajo el Águila de Oro a la mejor dirección en el Aguilar Film Festival de 2025.
En una piscina de Madrid, Noelia confiesa a sus amigas que ha perdido la virginidad y relata con bastante detalle su experiencia sexual.
El problema es que su historia resulta poco verosímil. Nadie termina de creérsela y las dudas van enturbiando la amistad.
El corto es divertido, pero también deja un poso triste. Me hace pensar en la diferencia entre la sexualidad de mi generación —soy un boomer— y la de la generación Z.
Para nosotros, el sexo era un territorio desconocido. Íbamos explorando senderos sin saber dónde terminarían.
Ahora, gracias a la pornografía, parece que todo se conoce antes de empezar, aunque ese supuesto manual de instrucciones sea una ficción bastante tramposa. La realidad puede quedar muy por debajo de las expectativas.
Antes llegábamos sin mapa. Ahora llegan con un tutorial falso.
El primer verano de Sandra del Olmo
Sandra del Olmo Miranda, nacida en Madrid en 1996, es graduada en Comunicación Audiovisual y Guion Cinematográfico por la Universidad Rey Juan Carlos.
Trabajó durante seis años en la gestión de contenidos de Atresplayer y participó en la producción de los cortos Ágape y Los días libres, ambos dirigidos por Sergio de Mingo.
Fue un verano es su debut como guionista y directora.
El corto fue seleccionado en los festivales de Huesca y Madrid-PNR y recibió una mención especial del jurado en el Festival Internacional de Cine de Lanzarote.
Una artista y un informático debaten en off sobre el concepto de progreso mientras una avalancha de imágenes acompaña sus argumentos.
Tal vez el problema no esté en el progreso ni en los inventos, sino en el uso nocivo que el ser humano hace de ellos.
El recorrido va desde la mecanización del Holocausto y la industrialización nazi del asesinato hasta las máquinas que sustituyen a camareros, limpiadoras y trabajadores de las fábricas de automóviles.
Temas tremendos tratados con un tono jocoso y un montaje trepidante que convierte el corto en algo sorprendentemente divertido.
Entre las imágenes aparece varias veces Elon Musk levantando el brazo en aquel gesto de indudables resonancias fascistas.
No está mal que nos lo recuerden.
Mucho progreso, sí. El ser humano sigue necesitando una actualización urgente.
La mujer detrás de las máquinas
La valenciana Claudia García de Mateos compagina su trabajo como documentalista con la dirección de fotografía.
Entre sus anteriores cortometrajes están El pisito y Los chicos con las chicas, premiado como mejor corto documental en los Premis Lola Gaos.
Deprisa, deprisa tuvo su estreno mundial en Cinema Jove y su estreno internacional en el Palm Springs International ShortFest.
En un pueblo recóndito de la Colombia más olvidada, nuestra narradora cuenta en voz en off cómo su comunidad vivió un conflicto armado que llegó a sus tierras sin comerlo ni beberlo.
No comprenden qué enfrentamiento es ese, pero sufren todas sus consecuencias.
Las imágenes son estupendas y el relato me parece interesantísimo.
Pero esa voz en off monótona, que lo inunda todo, a mí, qué quieres que te diga, me aturde, me cansa y me aburre.
La voz que debía iluminar el relato termina apagándolo.
Sobre Aner Etxebarria
Aner Etxebarria (Barakaldo, 1988) es director y productor de documentales especializado en antropología y conservación de la naturaleza.
Ha rodado en más de veinte países y entre sus trabajos figuran Baskavigin: La matanza de los balleneros vascos, Tabira, Bayandalai, Lord of the Taiga y Joy.
También codirigió la serie documental Voces de la Tierra.
Luz, producida por Carapiru Studios y rodada en Colombia, dura 18 minutos y participa en la sección En Femenino de FESCIGU 2026.
La colisión es un corto de alta tensión que nos sitúa en la mirada de Nico, un muchacho de 17 años que trabaja junto a su padrastro en una empresa familiar de construcción.
La historia me lleva directamente al estallido de la crisis inmobiliaria de 2008. El negocio comienza a derrumbarse y amenaza con arrastrar también a toda la familia.
Jairo González transmite muy bien la angustia de aquellos días. El trabajo deja de ofrecer un futuro para convertirse en una amenaza.
El relato es adrenalínico y muy realista. Nos devuelve a una de las épocas más tristes de la economía y la sociedad españolas.
El reparto es extraordinario. Alan Luna sostiene el punto de vista de Nico, acompañado por Urko Olazabal, Tamara Casellas y Pablo Molinero, tres actores estupendos.
Siempre es una alegría encontrarme con Tamara Casellas, una actriz que admiro profundamente y a la que conozco del Festival de Málaga desde hace quince años.
Cuando el ladrillo se hunde, los primeros escombros suelen caer sobre las familias.
Sobre Jairo González
Jairo González, nacido en Benidorm en 1990, ha trabajado como primer ayudante de dirección y fundó en 2023 la productora Colera Films.
Anteriormente dirigió los cortometrajes Fortuna (2022) y A Summer with Carolina (2023).
La colisión es su tercer corto y servirá de base para su primer largometraje, Los años vacíos, actualmente en desarrollo.
El proyecto obtuvo el Premio Movistar Plus+ de la Semana de Cine de Medina del Campo.
En memoria (In memoriam) está protagonizado por Cristina Soria, que interpreta a Alicia, una actriz incapaz de abrirse camino en la profesión y obligada a trabajar como dependienta.
Como en aquel viejo chiste de Hollywood:
—¿Tú qué eres?
—Actriz.
—¿Y en qué bar trabajas?
Aquí no hay bar, pero la broma sigue funcionando.
La estupenda Toni Acosta se interpreta a sí misma en esta comedia sobre la vocación, la fama y ese empeño tan humano de dejar algún recuerdo cuando ya no estemos.
El In memoriam de los Goya está lleno de profesionales que han dedicado su vida al cine, aunque la mayoría del público no sepa quiénes son y aproveche ese momento para ir a orinar.
Yo terminé muy contento.
Gracias a mi infinita suerte, soy académico y quiero pensar que algún día, cuando fallezca, mi foto aparecerá durante dos segundos.
Debajo pondrá: «Ramón Bernadó —posiblemente con el apellido mal escrito—, periodista de cine».
Solo de pensarlo, se me saltan las lágrimas.
Dos cabezas para una comedia
Teresa Bellón y César F. Calvillo forman un tándem creativo especializado en la comedia.
Han escrito y dirigido varios cortometrajes, entre ellos Cariño, me he follado a Bunbury, Rojo amarillo rojo y Una noche con Juan Diego Botto.
En 2024 debutaron en el largometraje con Buscando a Coque, ganadora del Premio Platino a la mejor comedia iberoamericana y nominada a mejor comedia en los Premios Feroz de 2025.
In memoriam ha obtenido, entre otros reconocimientos, los premios al mejor guion, mejor actriz y del público en la Semana de Cine de Medina del Campo, además de los Fugaz al mejor guion y a la mejor actriz para Cristina Soria.