

Cutrecomentario de Ramón:
La guerra de los clones: cuando Anakin encontró una padawan chulita y la galaxia ganó mucho
Star Wars: The Clone Wars es una de esas películas raras dentro de la saga galáctica. No es una de las grandes entregas numeradas, no tiene la solemnidad operística de los episodios principales y, sin embargo, termina siendo una pieza bastante importante para entender todo lo que vino después. Sobre todo por una razón: aquí aparece Ahsoka Tano. Y eso, amigos de la Fuerza, no es poca cosa.
La película fue dirigida por Dave Filoni, uno de los grandes nombres modernos del universo Star Wars. Antes de convertirse en una especie de guardián espiritual de la franquicia —junto a Jon Favreau—, Filoni empezó aquí a construir su parcela galáctica.
Luego sería pieza clave en Star Wars: The Clone Wars, Star Wars Rebels, The Mandalorian, Ahsoka y otros productos donde la saga ha seguido respirando, a veces con oxígeno puro y otras con inhalador de urgencia.
En cuanto a premios, la película no tuvo precisamente una entrada triunfal por la puerta grande de la crítica. Fue nominada a los Premios Razzie como peor precuela, remake, plagio o secuela, aunque perdió frente a Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal. O sea, una derrota honrosa dentro de una categoría donde nadie quiere ganar, como cuando te nombran presidente de la comunidad.
La película se sitúa cronológicamente entre Star Wars: Episodio II – El ataque de los clones y Star Wars: Episodio III – La venganza de los Sith, en plena Guerra de los Clones. Es decir, estamos en ese momento en el que la República todavía parece la buena de la película, aunque ya sabemos que el canciller Palpatine está cocinando el desastre imperial a fuego lento, como una abuela malvada haciendo lentejas Sith.
El argumento se divide claramente en dos grandes bloques. Primero tenemos la batalla de Christophsis, donde Obi-Wan Kenobi, Anakin Skywalker y el capitán Rex se enfrentan al ejército droide separatista.
Conviene aclararlo: los clones son los soldados de la República, no los rebeldes. Aquí los malos de turno son los separatistas, dirigidos en la sombra por Conde Dooku y compañía. Luego vendrán los matices, porque en Star Wars todo el mundo acaba teniendo más capas que una cebolla con trauma familiar.
En esa primera parte ya aparecen los elementos clásicos: grandes batallas, sables láser, droides de combate diciendo tonterías, generales Jedi con pose de funcionario místico y soldados clones que, poco a poco, empiezan a tener más personalidad que muchos personajes de carne y hueso de algunas superproducciones actuales.
Después llega el verdadero motor de la historia: Ahsoka Tano. Yoda envía a esta joven padawan para que sea aprendiz de Anakin Skywalker, lo cual, visto con perspectiva, parece una decisión pedagógica bastante discutible. Poner a Anakin a formar a una adolescente impulsiva es como poner a un pirómano a dirigir un curso de prevención de incendios. Pero la cosa funciona.
Ahsoka Tano aparece aquí como una niña-jedi descarada, respondona, valiente y un poquito chulita. Precisamente por eso resulta tan atractiva. No entra en la saga pidiendo permiso, sino pegando codazos.
Su relación con Anakin es de lo mejor de la película: él no quiere una padawan y ella no está dispuesta a dejarse impresionar demasiado. De ese choque nace una dinámica estupenda que luego la serie desarrollará muchísimo mejor.
La misión principal consiste en rescatar a Rotta, el hijo de Jabba el Hutt, secuestrado dentro de una maniobra política muy propia de la saga.
La República necesita ganarse el favor de Jabba para que permita el paso de sus naves por rutas estratégicas del Borde Exterior.
Detrás del secuestro está la conspiración de Conde Dooku, Asajj Ventress y Ziro el Hutt, que intentan manipular la situación para que los hutt se pongan del lado separatista.
La aventura lleva a Anakin y Ahsoka hasta Teth, donde rescatan al pequeño hutt en un monasterio, y después hasta Tatooine, donde deben devolverlo a su padre.
Mientras tanto, Padmé Amidala investiga la traición de Ziro en Coruscant.
Todo muy galáctico, muy político y muy de “nadie está haciendo nada limpio aunque todos lleven túnicas muy dignas”.
La película sigue bastante bien los esquemas clásicos de Star Wars: aventura, humor, batallas, traiciones, intereses políticos y ese eterno choque entre idealismo y manipulación. Porque detrás de los sables láser y las naves hay algo muy reconocible: la guerra como negocio, la política como engaño y los líderes aparentemente nobles haciendo equilibrios morales sobre una cuerda bastante podrida.
Uno de los aciertos más claros es la presencia del capitán Rex, clon identificado como CT-7567. Aquí empieza como soldado leal de la República bajo las órdenes de Anakin y Ahsoka, pero luego se convertirá en uno de los clones más importantes de toda la saga. Lo veremos de forma destacada en la serie Star Wars: The Clone Wars, más tarde en Star Wars Rebels, ya veterano y superviviente, y también en Star Wars: La remesa mala, donde se sigue explorando el destino de los clones tras la caída de la República. Rex es fundamental porque convierte a los clones en algo más que soldados fabricados en serie: les da humanidad, memoria y conflicto.
También es muy disfrutable todo el despliegue de droides de combate.
Están los clásicos droides B1, esos esqueletos metálicos torpes y parlanchines que parecen diseñados por alguien que odiaba la eficacia militar.
Están los superdroides B2, más robustos y bastante más amenazantes.
Y aparecen también los droidekas, esos droides rodantes con escudos que siempre han dado bastante guerra y que tienen la mala costumbre de ser más elegantes en movimiento que muchos villanos de Marvel.
También resulta muy bonito todo el juego que hace la película con los robots clásicos de la saga. Aquí vuelve a aparecer el inmortal R2-D2, probablemente el único personaje verdaderamente imprescindible de todo Star Wars, porque este pequeño cubo con ruedas y mala leche aparece absolutamente en todas las etapas importantes de la franquicia. Da igual que cambien imperios, repúblicas, jedis o dictadores galácticos: ahí sigue R2, pitando cosas incomprensibles y salvando a todo el mundo mientras los humanos toman decisiones desastrosas.
Junto a él aparecen también los protocolarios C-3PO, siempre histéricos, exagerados y quejándose como si acabaran de descubrir Twitter, además de ese droide médico rojo FX-7, el robot quirúrgico que acompaña a los Jedi y que los veteranos de la saga reconocerán fácilmente por su aspecto de lámpara quirúrgica salida de una pesadilla hospitalaria galáctica.
Y hay además unas imágenes muy potentes de Ahsoka, Anakin y R2-D2 atravesando el desierto de Tatooine que inevitablemente conectan con el espíritu de Star Wars: Episodio IV – Una nueva esperanza.
Ese paisaje árido, infinito y polvoriento sigue funcionando como el gran escenario mítico de la saga. Pero en el caso de Anakin tiene además un peso emocional importante, porque está regresando a un planeta del que realmente no conserva ningún recuerdo feliz: la esclavitud, la separación de su madre y, posteriormente, el trauma terrible asociado a su muerte.
Detrás de la aventura galáctica sigue latiendo ahí el dolor de un personaje que ya empieza claramente a caminar hacia el lado oscuro aunque todavía conserve sonrisa de héroe.
La animación, vista hoy, tiene sus limitaciones. Los personajes parecen a ratos muñecos articulados tallados en madera galáctica, con expresiones faciales un poco rígidas. Pero también tiene encanto.
Hay energía, ritmo y una voluntad clara de construir un puente entre el cine y la serie posterior. De hecho, la película funciona casi como un episodio piloto largo, estrenado en salas para presentar este nuevo territorio narrativo.
Lo más interesante, sin duda, es Ahsoka Tano. En esta película aparece como una aprendiz algo insolente, muy joven, con ganas de demostrarlo todo y con esa mezcla de valentía e inconsciencia tan propia de quien aún no sabe en qué clase de desastre histórico se ha metido.
Con el tiempo, Ahsoka se convertirá en uno de los personajes más queridos de la saga. Crecerá en Star Wars: The Clone Wars, reaparecerá en Star Wars Rebels, dará el salto a la imagen real en The Mandalorian y El libro de Boba Fett, y acabará protagonizando su propia serie, Ahsoka, ya como adulta, marcada por la guerra, la pérdida y la sombra de su antiguo maestro.
Y eso hace que esta película gane valor con los años. Quizá en 2008 pudo parecer una entrega menor, incluso un producto infantil o de transición.
Pero hoy sabemos que aquí se estaba plantando una semilla importantísima. Ahsoka no era un simple añadido simpático: era uno de los grandes hallazgos modernos de Star Wars.
La película se ve con mucho agrado. No es perfecta, ni pretende serlo. Tiene momentos ingenuos, humor para críos, alguna secuencia algo mecánica y esa sensación de estar más cerca de la televisión que del gran cine.
Pero también tiene aventura, claridad narrativa, buenos personajes y una ligereza muy agradecida. No todo en Star Wars tiene que sonar como si estuvieran anunciando el fin de la civilización con trompetas imperiales.
Además, hay algo muy atractivo en ver a Anakin Skywalker todavía como héroe luminoso, impulsivo y carismático, antes de que la cosa se tuerza definitivamente y termine respirando como cafetera averiada. Aquí está en ese punto intermedio: arrogante, brillante, afectuoso y ya peligrosamente convencido de que las normas son para los demás. Vamos, una red flag con sable azul.
Star Wars: The Clone Wars no es una de las grandes cumbres de la saga, pero sí una pieza muy entretenida y bastante más importante de lo que parecía.
Tiene batallas, droides, intrigas políticas, hutts mafiosos, clones con alma y, sobre todo, la presentación de Ahsoka Tano, que terminaría convirtiéndose en una de las mejores incorporaciones de todo el universo galáctico.
Una película menor, sí. Pero menor como esos secundarios que entran por una puerta pequeña y acaban quedándose con la casa entera.
Mi puntuación: 7,75/10.

Dirigido por Dave Filoni:

Ficha: En este enlace.
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Muchos besos y muchas gracias.
¡Nos vemos en el cine!

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Crítico de Cine de El Heraldo del Henares
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