Corinne Maclou lleva media vida de figurante y está convencida de que se merece un papel protagonista. Deja el currículum por donde pasa, protesta cuando algo le parece mal y tiene el don de complicar un rodaje en el que se suponía que solo tenía que pasar por detrás.
Cuando conoce a Sandrine Kiberlain y encuentra en ella cierta simpatía, cree que por fin le ha llegado la oportunidad.
Hay dos cosas que me chirrían. La primera es la edad. Isabelle Huppert está muy bien, pero para este personaje me habría cuadrado más una actriz de unos cincuenta años. Con los setenta y tantos de Huppert, esa convicción de que su gran oportunidad está a la vuelta de la esquina me cuesta más de creer.
La segunda es que Corinne me resulta irritante. Entiendo que se rebele contra el sitio que le han asignado, pero es de esas personas que, cuando por fin encuentran a alguien dispuesto a escucharlas, estiran tanto el chicle que terminan por reventarlo todo. Hasta yo, que quiero que le den una oportunidad, acabo entendiendo que alguno se esconda al verla venir con el currículum.
Lo más interesante es cómo se ven las clases sociales dentro de un rodaje. Aquí hablamos de actrices porque ellas llevan la película. Hay quien tiene nombre, quien tiene un papel y quien está para pasar al fondo. Subir un peldaño cuesta una barbaridad, y si encima eres rebelde en el escalón que te ha tocado, vas a pasarlo mal. Eso vale para un rodaje y para casi cualquier sitio.
Diane Kruger, Ana Girardot y Anne Marivin aparecen como ellas mismas.
Sandrine Kiberlain también interpreta una versión de sí misma, con más espacio para mostrar cómo se le va agotando la paciencia con Corinne.
Están todas estupendas.
Elogiar a Isabelle Huppert es lo más fácil del mundo.
En esta película, que me ha parecido muy interesante, yo me quedo con Kiberlain.
Marc Fitoussi, otra vez entre actrices
Marc Fitoussi ya había dirigido a Isabelle Huppert en Copacabana y Luces de París.
También ha rodado episodios de Call My Agent!, la serie francesa sobre una agencia de representación artística.
En All About Corinne vuelve a las tripas del oficio desde el punto de vista de quien apenas sale en el plano.
La película clausuró el Festival de Locarno, se estrenó en cines franceses el 7 de octubre de 2026 y se presentó en la Sección Oficial Fuera de Competición del Festival de Sevilla.
En ¡Viva Carmen!, Sébastien Laudenbach lleva a la animación la historia de Prosper Mérimée y la ópera de Georges Bizet con un trazo grueso, a brochazos. Las manchas de color me recuerdan a Paul Gauguin, y esa paleta tan deliberadamente artificiosa tiene algo del Matisse fauvista. A ratos los colores chillan. Y les sienta estupendamente.
Lo que más me interesa es la pandilla. Son chavales a los que sus padres y la sociedad han dejado tirados. Se buscan la vida como pueden y, entre tanto desamparo, se tienen los unos a los otros. Hay una historia de amistad ahí que funciona muy bien.
Y luego está Carmen, gitana, bellísima y dueña de sus ganas. A su alrededor hay hombres que confunden enamorarse con adquirir derechos. De ahí salen unos amores de lo más tóxicos.
Hay ratos alegres y golpes de comedia, pero la fatalidad se cuela hasta en los colores más chillones.
La película me interesa, me divierte a ratos y me llega lo justo.
Todo encaja muy bien, aunque la emoción se me queda un poco por debajo de lo que promete semejante tragedia.
De un cuento de los Grimm a la ópera de Bizet
Sébastien Laudenbach debutó en el largometraje con La joven sin manos, a partir de un cuento de los hermanos Grimm.
Después codirigió con Chiara Malta¡Linda quiere pollo!, que ganó el Cristal al mejor largometraje en Annecy en 2023.
En ¡Viva Carmen! firma el guion con Santiago Otheguy y pone a los chavales de la calle en el centro de una historia que suele contarse desde los adultos.
La película pasó por la Quincena de Cineastas de Cannes y la competición de Annecy, y fue la elegida para abrir el Festival de Sevilla.
Su estreno comercial en Francia está anunciado para el 16 de diciembre de 2026.
En España, el lanzamiento corre a cargo de Elástica Films y Filmin.
He empezado el Festival de Sevilla con Un largo invierno.
Colorado, 1951. Las montañas son preciosas, la nieve queda de maravilla y, si uno se limita a mirar, aquello parece un sitio estupendo para vivir. Otra cosa es tener que ganarse allí la vida. O sobrevivir, que ya tiene su mérito.
En una localidad de la que la gente se va, dos hermanos sueñan con cosas distintas. Tommy (Kit Connor) se alista y se marcha a la guerra de Corea. Mike (Fred Hechinger) quiere quedarse. El padre (Ebon Moss-Bachrach) es un tipo austero que trabaja duro. La madre, Louise (Caitríona Balfe), parece demasiado sofisticada para aquella vida y tiene problemas con la bebida.
Y entonces Louise desaparece. Desde el principio uno sospecha por dónde van los tiros, pero Andrew Haigh mantiene la tensión hasta el final. Se toma su tiempo para mirar ese paisaje y a esa familia. Casi todo se sugiere, poco se dice en voz alta y, debajo de tanta contención, hay pasiones de sobra. A ratos roza el folletín. Está tan bien narrada que se lo perdono encantado.
La fotografía de André Turpin me parece excepcional.
Hay momentos de pura poesía en esas montañas, que dan ganas de contemplar y, al mismo tiempo, de salir de allí pitando.
El reparto está estupendo, pero yo me quedo con Caitríona Balfe. Incluso cuando desaparece, su personaje sigue pesando en cada conversación de esa casa.
Y sí, demasiado guapa para esas montañas heladas.
De quién viene este frío
Andrew Haigh firma la dirección y el guion, a partir de un relato de Colm Tóibín.
Ya había contado un encuentro de apenas dos días en Weekend y una crisis matrimonial en 45 años.
Entre sus otros trabajos están Lean on Pete y Desconocidos, con Andrew Scott y Paul Mescal.
La película es una coproducción del Reino Unido y Canadá que compite en la Sección Oficial del Festival de Sevilla.
Su estreno en cines españoles está previsto para el 19 de febrero de 2027, de la mano de MUBI.
Pocas películas tan vascas como Las ciegas hormigas.
Estamos en la Algorta de los años treinta, muy lejos de la prosperidad de la Algorta de hoy.
El carbón alimentaba los altos hornos y daba trabajo a mucha gente que vivía en precario.
Cuando un barco inglés cargado de carbón encalla en plena tormenta, para una familia ese cargamento puede significar algo tan sencillo como pasar el invierno sin helarse.
Urko Olazabal interpreta a Sabas, un padre de familia que ve ahí su oportunidad y arrastra a sus hijos al empeño.
Su mujer, Josefa, interpretada por Itziar Ituño, ve en el naufragio y en ese temporal un mal presagio.
La película está magníficamente rodada.
Tiene la aspereza de esa vida y la de ese carbón empapado de agua de mar que Sabas se empeña en salvar.
Es triste, descarnada, sin melancolía.
Josean Bengoetxea está estupendo y Carlos Santos también, como el teniente García, un guardia civil que sabe muy bien a quién sirve.
Hay un detalle que me gusta mucho. El hijo pequeño mira a ese padre tan duro con odio y con admiración al mismo tiempo. Y algo de esa admiración se me acaba pegando. Entiendo que el chaval lo odie por meterlos en semejante empeño y, aun así, admiro que el hombre siga intentándolo.
Aviso de spoilers.
La conclusión es amarga.
Sabas puede dejarse la piel y hasta hacer trampas.
El rico seguirá siendo rico y sus esbirros, con el teniente García a la cabeza, seguirán sirviéndole.
La ocasión de calentar la casa dura lo que dura la pelea por el carbón.
El sitio que les toca a los pobres en ese mundo sigue siendo el mismo.
Muy triste.
Pero es la vida.
Igor Legarreta, de Todas las lunas a Algorta
Igor Legarreta debutó en el largometraje con Cuando dejes de quererme y después rodó Todas las lunas.
También ha dirigido episodios de Operación Marea Negra.
Para su tercer largo adapta, junto a Andoni de Carlos, la novela homónima de Ramiro Pinilla, ganadora del Premio Nadal.
Las ciegas hormigas tuvo su estreno mundial en Zinemira, la sección de cine vasco del Festival de San Sebastián.
Llegó a los cines españoles el 9 de octubre de 2026, distribuida por Buena Vista International.
Ceniza en la boca gira alrededor de Lucila. Diego Luna nos cuenta la historia con sencillez y nos pone de su lado al hacernos ver lo que pasa a través de sus ojos. Para eso tiene a Anna Díaz, que sostiene la película entera.
A Lucila le toca bregar con un trabajo precario en España y con un hermano menor que va al instituto y se mete en líos. También le toca volver a vivir con la madre que se marchó cuando ella era pequeña. Bastante tiene la chiquilla con sacar adelante el día.
Irene Escolar está estupenda, como siempre, en un papel secundario. Ya le ha llegado esa edad que tiene el cine para las actrices, cuando de pronto te ponen de madre y de jefa que aprieta. Y qué gusto ver también a Adriana Paz, una de las grandes del cine mexicano, y a Laura Gómez. Estupendas todas.
Hay misoginia, racismo y presión familiar. Todo eso se le va acumulando a una muchacha que hace lo que puede.
Me gusta que la película cuente esa carga desde el día a día de Lucila, entre lo que le exigen en el trabajo y lo que esperan de ella en casa.
Aviso de spoilers.
Cuando Lucila vuelve a México, quizá espera encontrar el país que se había imaginado desde lejos.
Lo que encuentra puede ser aún más peligroso que lo que dejó en España. El tramo con su tío, el capitán, tiene mucha tensión.
Al final, Lucila repite la huida que emprendió su madre años antes.
Me gusta mucho cómo lo cuenta Luna.
Vuelve al mismo encuadre de la ventana con el que abrió la película.
La imagen es la misma.
Lo que sabemos de aquella huida ha cambiado.
Diego Luna detrás de la cámara
Diego Luna debutó en la dirección con el documental J. C. Chávez.
Después rodó Abel, que ganó el Premio Horizontes y el Premio de la Juventud en San Sebastián, y dirigió César Chávez y Sr. Pig.
Ceniza en la boca es una coproducción de México y España que adapta la novela homónima de Brenda Navarro.
Pasó por las sesiones especiales de Cannes, ganó el Premio Agenda 2030 Euskadi Basque Country en San Sebastián y el de mejor guion en el Festival de Roma, donde se reconoció el trabajo de Abia Castillo, Diego Rabasa y Diego Luna.
Avalon la estrenó en los cines españoles el 9 de octubre de 2026.
Leo y Lorea han roto. Seguimos sus vidas en paralelo y, en las dos, el marcador se parece bastante.
Él es actor y trabaja de cajero en un supermercado.
Ella es escritora y trabaja de camarera.
Las vocaciones son distintas. La precariedad les ha dado el mismo papel.
Oriol Pla y Marina Salas están soberbios. Los dos nos meten de lleno en esas vidas que cabalgan en el fracaso, la derrota y la tristeza.
Intentan rehacerse en un mundo que les resulta hostil. Y cuando buscan un poco de compañía, ahí es donde más se nota el desamparo.
Aviso de spoilers.
Magnífica también Gemma Martínez como Irati. Es un personaje complejo, lleno de matices. Su papel en la vida de Lorea me parece un eco de otra de las traiciones que sufre.
En una película donde hace tanta falta alguien en quien apoyarse, esa traición pesa lo suyo.
Javier Giner vuelve a sorprenderme. Ha hecho una película desoladora. Y estupenda.
De Yo, adicto a su primer largo
Javier Giner cocreó con Aitor Gabilondo la serie Yo, adicto, basada en su propia experiencia y también protagonizada por Oriol Pla.
La serie ganó los premios a mejor serie nacional y del público en Serielizados 2024.
Esta soledad es su primer largometraje y lo firma como guionista junto a Luisa Matienzo.
Se presentó en New Directors, en el Festival de San Sebastián, y llegó a los cines españoles el 30 de octubre de 2026 de la mano de Filmax.
El debut de José Mota como director, Arriba Tutto, viene hasta arriba de efectos. El arranque me parece ridículo y esa sensación me acompaña durante toda la película. Es sensiblera, ñoña y, por momentos, muy tonta. La música se empeña tanto en decirme cuándo me tengo que emocionar que casi dan ganas de llevarle la contraria. Y hay chistes tan simples que acaban molestando.
Y, con todo, me ha enternecido. Me ha emocionado.
Me gusta esa idea de que la risa puede plantarle cara a la dictadura, a la censura, a la opresión y hasta al crimen. José Mota cree que la comedia lo puede todo. Yo le compro esa idea y, con todos los defectos de la película, también la alegría con la que la defiende.
Lo de La vida es bella salta a la vista. ¿Homenaje o préstamo con demasiada confianza? Ahí tengo mis dudas. Lo que sí me gusta de las dos películas es esa manera de defender la vida con humor y alegría cuando todo alrededor se va al carajo.
Funciona muy bien el dúo entre José Mota y Pablo Cabello, que interpreta estupendamente al mismo personaje de niño.
Karra Elejalde, que siempre está bien, también lo está aquí, aunque me parece que Mota lo dirige mal y le deja sobreactuar.
Y Olivia Molina, con esos ojos y esa presencia, resplandece.
Me hace gracia lo de Diego Anido. Lo mismo te hace de etarra en La infiltrada que de capitán franquista aquí, y los dos le salen bien. A este paso se nos queda de malo oficial del cine español.
De actor a director
Arriba Tutto es el primer largometraje que dirige José Mota, que también lo protagoniza y firma el guion con otros cinco autores.
Como actor, fue candidato al Goya a mejor actor revelación por La chispa de la vida, de Álex de la Iglesia.
La película se preestrenó en una gala de RTVE en el Festival de San Sebastián y llegó a las salas españolas el 22 de octubre de 2026 de la mano de A Contracorriente Films.
En The Green Eyes, una familia que ha huido de Irak intenta rehacer su vida en las Landas francesas. Quedan el padre y sus dos hijos, Nour, que es adolescente, y Chaya, de once años. Los tres cargan con la pérdida de la madre.
Les deniegan el asilo, les dan un mes para abandonar Francia y Nour cae en un sueño profundo del que nadie consigue despertarlo.
Me acordé de Vida en pausa, de Alexandros Avranas, que vimos en el Festival de Sevilla en 2024. Aquella película también se ocupaba del síndrome de resignación, en una familia que pedía asilo en Suecia.
El bloqueo de Nour me hace pensar en los trastornos conversivos, que la antigua psiquiatría englobaba entre las llamadas neurosis histéricas.
Hoy se habla de trastorno neurológico funcional cuando corresponde ese diagnóstico. Sus síntomas son reales y pueden parecerse a los de otras afecciones neurológicas.
La película, por su parte, presenta el caso de Nour como síndrome de resignación.
A Chaya le toca intentar despertar a su hermano cuando apenas hay un adulto que pueda ocuparse de ella.
La ayudan su profesora, interpretada por una extraordinaria Anamaria Vartolomei, eficaz como siempre, y un amigo de Nour. Cada uno entiende de una manera distinta lo que significa ayudar, y eso hace más interesante la situación de la niña.
La película funciona especialmente bien cuando entra en los sueños.
Hay momentos muy poéticos en ese mundo que los chavales se construyen para protegerse de una sociedad que les da la espalda y de un futuro que se les abre como un abismo.
Ahí se entiende por qué el sueño puede resultar más habitable que la vigilia.
Me ha gustado cómo está concebida.
De un barrio que sueña con el espacio a un sueño del que cuesta salir
Fanny Liatard y Jérémy Trouilh empezaron a trabajar juntos en cortos como Gagarine y Chien bleu.
Volvieron al primero para convertirlo en su debut en el largometraje, seleccionado por Cannes en 2020.
Allí, un adolescente que soñaba con ser cosmonauta se resistía a que demolieran su barrio.
En su segundo largo vuelven a mirar una amenaza muy concreta a través de la imaginación de quienes la sufren.
The Green Eyes inauguró el Festival de Locarno y se presentó en Alumbramiento, en el Festival de Sevilla.
Haut et Court anuncia su estreno en cines franceses para el 11 de noviembre de 2026.
Una conferencia audiovisual dedicada a Rafael Azcona, uno de los grandes guionistas de la historia del cine español y figura fundamental de nuestra cultura.
A través de algunas de sus películas más emblemáticas, recorreremos la trayectoria de un creador que supo retratar, con humor, ironía y mirada crítica, las contradicciones de la sociedad española.
Pero Azcona fue mucho más que un guionista. Novelista y escritor de gran talento, desarrolló un universo propio en el que el humor y la sátira se convierten en herramientas para observar y comprender al ser humano.
Cinco décadas dedicadas al arte cinematográfico. Un viaje acompañado por algunos de los nombres más ilustres de la historia del cine español.
Ciudad de las Estrellas —Star City en el original— nos lleva al otro lado del Telón de Acero en la realidad alternativa de Para toda la humanidad.
En esta línea temporal, la Unión Soviética se convierte en la primera nación en llevar a un hombre a la Luna.
La serie se mete en el mundo de los cosmonautas, los ingenieros y los agentes de inteligencia infiltrados en el programa espacial soviético.
La ciudad de Star City funciona como un pequeño universo cerrado: allí se mezclan las intrigas políticas, el espionaje y los líos sentimentales.
La NASA y Cabo Cañaveral quedan al otro lado de la Guerra Fría.
La fotografía gris, oscura y llena de niebla retrata una Unión Soviética con poco sol y mucha vigilancia.
Es la época de Brézhnev, con un Estado que lo controla casi todo y ve peligros para el régimen hasta debajo de la cama. Y, por si fuera poco, también convierte a sus cosmonautas en atracciones itinerantes para pregonar las grandezas soviéticas. La propaganda espacial tenía público a ambos lados del océano.
La serie se mueve entre el thriller, la ciencia ficción y la Guerra Fría.
Tiene una trama muy densa, a veces demasiado enrevesada, y me da la impresión de que en los últimos capítulos pierde algo de fuelle. Aun así, me ha resultado muy interesante.
Sobre la serie y sus creadores
Ciudad de las Estrellas es un spin-off de Para toda la humanidad, creado por Ben Nedivi, Matt Wolpert y Ronald D. Moore.
La primera temporada tiene ocho episodios y se estrenó en Apple TV el 29 de mayo de 2026.
El final de temporada se publicó el 10 de julio.
Mi puntuación: 7,66/10.
Creada por Ben Nedivi, Matt Wolpert y Ronald D. Moore:
Wicker parece un cuento medieval. Sus personajes reciben el nombre del oficio o del lugar que ocupan en la sociedad: el tabernero, la pescadora, el sastre… Y las mujeres son «la mujer del tabernero», «la mujer del sastre». No hace falta subrayarlo mucho: el patriarcado ya viene con cartel.
En las bodas, la novia jura obediencia al marido y recibe un collar que parece más propio de un perro que de una persona.
En esa comunidad irrumpe un hombre de mimbre que no sigue las reglas: es delicado, trabajador, responsable y le dice cosas bonitas a su mujer. Una combinación tan sencilla resulta suficiente para que lo envidien y lo odien.
Yo salí de la película hablando con una persona de Multicines Guadalajara. Le dije que no tenía claro cuál era su mensaje. Me hizo falta dormir una noche y darle vueltas para verlo; quizá era obvio, pero precisamente esa obviedad me lo había tapado.
La moraleja, al menos como yo la entiendo, es que cuando alguien se sale de unas normas establecidas —aunque sean nefastas— la sociedad lo mira mal, lo persigue y lo castiga. La envidia mueve ese pueblo y también pone en marcha el desastre.
Aviso de spoilers: a continuación comento algunos detalles de los personajes.
Olivia Colman está desmesuradamente bien como una mujer fea, sucia y maloliente que, pese a todo, resulta atractiva. Es maravilloso cómo hace funcionar esa contradicción.
Elizabeth Debicki, su oponente, es todo lo contrario: limpia, aseada, delgada, alta y bella. Intenta invertir las normas de la comunidad, pero no lo consigue.
Y Peter Dinklage es una especie de Pepito Grillo moralizante del pueblo.
La película tampoco esquiva el lenguaje sexual ni las palabrotas de la vida cotidiana que el cine y el teatro suelen disimular.
A mí me ha parecido exquisita: la he disfrutado, me ha divertido y también me ha emocionado.
Sobre sus directores y el relato original
Alex Huston Fischer y Eleanor Wilson ya habían dirigido juntos Save Yourselves! (2020).
Wicker adapta el relato corto The Wicker Husband, publicado en 2008 por Ursula Wills.
La película dura 105 minutos y en España está clasificada como no recomendada para menores de 16 años; Vértice Cine la estrenó el 30 de octubre de 2026.
Mi puntuación: 8,68/10.
Dirigido por Alex Huston Fischer y Eleanor Wilson:
Leones en invierno arranca como un thriller trepidante, con un comienzo brillante. Pero, según avanza el metraje, se va desplomando. Las escenas que deberían subir la adrenalina y la tensión dramática pierden credibilidad una tras otra: algunas chirrían y otras llegan a parecer ridículas.
La fotografía es buena y el montaje, efectista. Pero la película quiere construir una tensión argumental y narrativa que no consigue. Lo que prometía ser un terremoto de acción acaba resultando tedioso y poco creíble.
Lo que más me desconcierta es lo mal dirigidos que están algunos intérpretes extraordinarios, como Luis Zahera, Roberto Álamo, Inma Cuesta y Luis Callejo. Algunos diálogos y planteamientos son absolutamente ridículos. Cuesta entender que con semejante reparto la película consiga que todo suene tan falso.
Es como preparar una receta con ingredientes magníficos y combinarlos mal, pasarse con la cocción o quedarse corto. Aquí la receta no ha salido. Lo siento, pero no me creo nada.
Sencillamente, un fracaso.
Sobre Albert Pintó
Albert Pintó ha dirigido películas como Malasaña 32, Nowhere y Tierra de nadie.
También ha trabajado en series como La casa de papel y Sky Rojo.
Leones en invierno adapta la novela homónima de Carlos Augusto Casas.
El ICAA la clasifica como no recomendada para menores de 16 años.
Pocas veces he visto una película de animación en stop motion tan ambiciosa como Wildwood: El bosque salvaje.
Hay momentos en los que se amontonan cientos de personajes en pantalla y cada detalle parece trabajado con una paciencia sobrehumana.
La técnica es apabullante; casi puede hacer que el fondo quede sepultado bajo tanta maravilla.
Su mayor problema es que no termina de encontrar a quién dirigirse. No es una película infantil: en España está clasificada como no recomendada para menores de doce años. Y a los adultos que no entren en su fantasía de aventuras, animalitos parlantes y guerras en el bosque algunas cosas les pueden chirriar. Para cierto público adolescente, incluso puede resultar demasiado fantástica y parecer ridícula.
Aviso de spoilers: a partir de aquí se comentan detalles importantes de la trama.
La película arranca con el suicidio de un niño.
La gobernadora viuda que representa el mal carga con un duelo terrible: ha perdido a su hijo y busca recuperar algo que ya no puede volver.
La película no la absuelve, pero sí permite entender de dónde nace su desesperación.
También habla de los afanes que perseguimos en la vida: a veces se consiguen y otras no. Hay vidas que parecen una sucesión de fracasos, y toca aceptarlo; tampoco pasa nada, la vida va de eso muchas veces. En este bosque, además, la guerra llega a parecer la única salida.
El mundo que construye es de lo más variopinto: coyotes, pájaros y una banda de bandidos que parece no haber pasado por ningún proceso de selección.
Todo lo guía una niña incrédula, nada fantasiosa, que casi desprecia a sus padres cuando intentan sumergirla en un mundo de maravillas.
Es una película compleja, de las que quizá necesitan más de un visionado para terminar de encajar.
A mí me ha parecido una obra maestra: un espectáculo técnico que impresiona y que, por momentos, amenaza con ocupar todo el espacio de la historia.
Sobre Travis Knight y Laika
Travis Knight ya dirigió Kubo y las dos cuerdas mágicas y Bumblebee.
Wildwood es la nueva producción de Laika, el estudio de animación fundado en 2005 cerca de Portland.
Antes de esta película, Laika había estrenado cinco largometrajes animados: Los mundos de Coraline, El alucinante mundo de Norman, Los Boxtrolls, Kubo y las dos cuerdas mágicas y Mr. Link. El origen perdido.
Los cinco fueron nominados al Óscar a mejor película de animación; Kubo ganó el BAFTA de animación y Mr. Link, el Globo de Oro en esa categoría.
Wildwood llegó a los cines españoles el 23 de octubre de 2026.
Palmarés, experiencias y comentarios de holasoyramon · 71.ª SEMINCI · Valladolid 2026
La 71.ª Semana Internacional de Cine de Valladolid se despide con salas llenas, una cosecha irregular y un palmarés que invita —como mandan las buenas costumbres festivaleras— a discutirlo durante el viaje de vuelta.
He pasado unos días de películas, amigos y paseos; salgo con varias obras excelentes en la memoria y con la sensación de que el jurado y yo hemos frecuentado salas distintas.
Mi acreditación de prensa: prueba documental de que no me colé en todas esas películas.
La Espiga y las espinas del palmarés
La Espiga de Oro ha sido para Dao, de Alain Gomis, una coproducción de Francia, Senegal y Guinea-Bisáu.
No la he visto: sus 185 minutos nos hicieron renunciar a más de uno, que en un festival también hay que dejar tiempo para comer y para llegar a la siguiente sesión sin practicar atletismo urbano.
Algún amigo que sí entró tampoco salió proclamando que acabara de descubrir el cine definitivo.
El jurado —Francesca Andreoli, Grégoire Hetzel, Dennis Lim, Elena Manrique y Federico Veiroj— ha destacado su forma singular y ese espacio poroso entre ficción y documental.
Puede que ahí esté la clave; a mí me toca reconocer que este año me he quedado fuera.
Dao, de Alain Gomis, Espiga de Oro.
La Espiga de Plata recayó en La Gradiva, de Marine Atlan.
La película me pareció interesante, pero no una gran obra; conozco espectadores que abandonaron la sala, vencidos por el sopor.
Su premio al montaje también me sorprende: había películas con un trabajo de edición que, a mi juicio, respiraba con más brío.
La mención especial para Aquí, de Tiago Guedes, no puedo discutirla: tampoco la vi.
El palmarés tiene ese don de premiar, a veces, películas que uno no ha conseguido ver.
El cine, además de arte, es una agenda endiablada.
La Gradiva, de Marine Atlan, Espiga de Plata y premio al montaje.
Aquí, de Tiago Guedes, mención especial.
El premio a la mejor dirección para La libertad doble, de Lisandro Alonso, sí me ha dejado patidifuso.
Seguimos a un leñador en la pampa, en una vida remota, pobre y áspera.
Entiendo que su propuesta contemplativa pueda seducir; a mí, sin embargo, me resultó muy aburrida.
Muchos planos fijos, la cámara delante del hombre y la espera: una espera que, en mi caso, no llegó a convertirse en revelación cinematográfica.
Que el jurado la haya distinguido por la dirección me parece uno de esos misterios que sostienen las tertulias cinéfilas y alargan las sobremesas.
La libertad doble, de Lisandro Alonso.
En cambio, coincido plenamente con el premio a mejor actriz para Alba Rohrwacher por A Good Little Soldier, de Stéphane Brizé.
Su trabajo es sensacional y la película, una mirada incisiva al capitalismo empresarial y a sus mecanismos de dominación, combina reflexión y humor con una soltura estupenda.
El premio al mejor actor para Swann Arlaud, por Un hombre de nuestro tiempo, me parece menos convincente: su personaje, un funcionario indolente y de gesto contenido, me dejó frío.
Tampoco me llamó la atención la fotografía sepia de la película, premiada en esta edición.
Y el premio de guion para Everytime, de Sandra Wollner, no lo puedo valorar: no la vi.
A Good Little Soldier, de Stéphane Brizé, con Alba Rohrwacher.
Un hombre de nuestro tiempo, de Emmanuel Marre.
Everytime, de Sandra Wollner, premio Miguel Delibes al mejor guion.
Las películas que me llevo
Mi favorita —o una de las grandes— es Una mujer desconocida (Woman Unknown), de May el-Toukhy, con Mathilde Arcel en una interpretación magnífica.
La película mira la liberación de Dinamarca tras la Segunda Guerra Mundial desde la experiencia de una mujer y recuerda que, en las venganzas colectivas, ellas suelen quedar más expuestas.
Es una reflexión poderosa y una película que merecía salir del festival con más reconocimiento.
También me ha entusiasmado Rose, de Markus Schleinzer: blanco y negro de gran belleza, una historia ambientada en la Alemania del siglo XVII y una Sandra Hüller extraordinaria.
Me sobra la voz en off, pero es una objeción pequeña frente a una película enorme.
Por suerte, el público de la Sección Oficial la reconoció con su premio.
Rose, de Markus Schleinzer, Premio del Público de la Sección Oficial.
La violinista, película de animación coproducida por España y Singapur, nos lleva a la Segunda Guerra Mundial en el sudeste asiático y me pareció maravillosa.
Cartas de Estado (Yellow Letters), de İlker Çatak, el director de Sala de profesores, mantiene la tensión y deja mucho que pensar.
Y Prosecution, de Faraz Shariat, es un auténtico bombazo: una fiscal de origen coreano se enfrenta a la violencia de la ultraderecha y a la infiltración de esa ideología en las instituciones alemanas.
Una película urgente, enérgica y con una protagonista que decide no resignarse.
La cosecha, en conjunto, ha sido irregular.
Hubo películas excelentes y otras más flojas; el cine español, a mi modo de ver, no alcanzó un gran nivel, aunque sí dejó propuestas curiosas.
En una programación tan amplia se sale con entusiasmo, alguna decepción y, de vez en cuando, la certeza de que el asiento de la sala empieza a conocerle a uno demasiado bien.
Una ciudad que facilita el festival
Un festival se sostiene también con público y organización.
La Seminci ha comunicado un primer balance provisional de más de 100.000 espectadores en las salas de Valladolid.
Las sesiones llenas no son una anécdota: el público acompaña y convierte la ciudad en parte de la experiencia.
Esa respuesta popular es uno de los grandes éxitos de esta edición.
Para la prensa, Valladolid es muy amable: las salas están cerca y moverse entre ellas no exige una expedición con provisiones.
Este año cambió el sistema de entradas y al principio fue un pequeño laberinto; sin la ayuda de un compañero, quizá habría acabado viendo la pantalla de la web en vez de la pantalla grande.
Superado ese trámite, todo resulta fácil.
La ciudad es acogedora, se come bien por precios razonables y pasear por el casco antiguo es una delicia.
Tuvimos mañanas frías y tardes estupendas, sin lluvia: el tiempo también parecía haber solicitado acreditación.
Un paseo por la memoria gráfica de la Seminci.
La calle Santiago, la Plaza Mayor y sus terrazas estaban llenas de vallisoletanos disfrutando del centro.
Me he sentido muy cómodo.
No voy a hacer el censo de amistades, pero nos juntamos un buen grupo y las fotos lo certifican.
Este año he estado poco en el llamado famoseo: saludos discretos, cero persecuciones fotográficas y bastante respeto por quienes venían a trabajar.
A cambio, asistí a muchas ruedas de prensa; algunas me hicieron mirar de otra manera películas que ya había visto.
La Plaza Mayor, con ese cielo que hizo fácil salir a pasear entre sesiones.
Valladolid también tuvo tiempo para una pausa junto a las fuentes.
Amigos y compañeros de festival: la mejor compañía entre una película y la siguiente.
Otra reunión de cinéfilos, con la acreditación bien visible y la conversación seguramente en marcha.
Este año la Seminci ha estado inevitablemente atravesada por el recuerdo de José Luis Cienfuegos, director carismático, cercano y accesible.
Hubo quien le reprochó que programara a golpe de contraprogramación; nadie puede negar que ayudó a elevar el Festival de Gijón, el de Sevilla y después la Seminci.
Sus codirectores de esta edición, Mariona Viader y Javier H. Estrada, han asumido el reto de continuar ese legado y su presencia se ha notado en el ambiente.
Así que me despido con un festival bien organizado, salas llenas, películas excelentes y amigos con quienes comentar hasta los planos fijos más largos.
¿Qué más se puede pedir?
Que el festival siga creciendo y que nos veamos el año que viene.
La Seminci es más veterana que yo; por una vez, que siga siendo ella quien me dé ejemplo.
Una tristeza que acompañó al festival
La edición quedó marcada por el accidente ferroviario ocurrido en la provincia de Toledo.
Durante esos días hubo continuas muestras de recuerdo y solidaridad con las víctimas, sus familias y las personas que participaron en las tareas de rescate.
La gala de clausura se suspendió, mientras las proyecciones continuaron.
El festival siguió adelante, pero bajo una tristeza compartida que se sintió en Valladolid y en todo el país.
Elsinore es cine dentro del cine o, mejor dicho, teatro dentro del cine. Simon Stone nos acerca a los últimos meses del actor escocés Ian Charleson, conocido por Carros de fuego, que terminó convertido en una etiqueta difícil de quitarse de encima.
A mí, Carros de fuego siempre me ha parecido una película algo mediocre, aunque su factura británica sea estupenda. La música de Vangelis, eso sí, puede con todo: basta escuchar unas notas para que medio planeta se ponga a correr a cámara lenta.
La película de Stone tiene una factura impecable, una música extraordinaria y envolvente, un montaje muy bien medido y una dirección soberbia. El maquillaje de Andrew Scott, que interpreta a Charleson, es también sobresaliente.
A finales de los años ochenta, mientras muchos hombres gais veían cómo el sida se llevaba por delante a amigos y conocidos, Charleson se preparaba para interpretar a Hamlet. La infección por VIH podía tardar años en evolucionar a sida. Cuando aparecían las complicaciones, podían ser devastadoras: sarcoma de Kaposi, neumonías por Pneumocystis —entonces llamada P. carinii—, tuberculosis, retinitis o leucoencefalopatía multifocal progresiva.
Yo viví aquella época muy intensamente y traté a muchísimos enfermos de sida durante los años noventa. Guardo un recuerdo muy amargo: muchas veces nos limitábamos a consolar y acompañar, porque los tratamientos disponibles eran aún muy limitados. La zidovudina, o AZT —comercializada como Retrovir—, fue el primer antirretroviral aprobado, en 1987. La monoterapia podía ofrecer un beneficio temporal, pero no duradero; poco a poco se fueron ensayando combinaciones de fármacos.
En ese contexto, la película encuentra una idea preciosa: el arte puede sostener a alguien cuando la enfermedad amenaza con arrebatárselo todo. La ilusión por interpretar Hamlet le da a Charleson un impulso, esas ganas extra de vivir que a veces hacen falta.
Y qué emoción ver a Olivia Colman interpretando a una médica. Margaret Johnson, la doctora del actor, intenta protegerlo mientras él se empeña en subir al escenario.
Aviso de spoilers: comento elementos del tramo final.
Las escenas finales mezclan el teatro de Shakespeare con la vida real de Charleson y me parecen maravillosas. También hay un baile en el hospital, en la sección de enfermedades infecciosas, que es absolutamente arrollador. Hamlet sigue siendo una obra tan potente e inspiradora que Stone la convierte en el corazón de un final redondo.
Se le pueden reprochar algunos clichés del drama emotivo. Pero la película los maneja con tanta maestría y tanto corazón que hasta a mí, que suelo mirar con prevención los títulos empeñados en emocionarme, me ha llegado.
Una película excepcional. De diez.
Sobre Simon Stone y la película
Simon Stone, nacido en Basilea y criado entre Cambridge y Melbourne, trabaja en cine y teatro.
En su filmografía figuran The Daughter, La excavación y La mujer del camarote 10.
Elsinore ganó el Premio Internacional del Público en Toronto.
En España se presentó por primera vez en la SEMINCI, fuera de concurso, y llegará a los cines el 22 de enero de 2027, distribuida por Elastica Films.
Oro sin ley —The Weight en el original— mezcla western, aventura, drama y road movie en el Oregón de 1933, durante la Gran Depresión.
Samuel Murphy, un veterano de la Primera Guerra Mundial, se queda sin casa, acaba en un campo de trabajo y es separado de su hija. El alcaide Clancy le ofrece una salida: participar en un arriesgado transporte de oro.
Al viaje se suma un grupo de convictos y sus vigilantes. Por el camino se les une Anna, una joven indígena interpretada por Julia Jones.
Las relaciones entre los personajes fluyen bien y la película encuentra tensión y dramatismo en su travesía por unos bosques que, según la historia, son de Oregón.
Todo se resuelve a base de cuchilladas y balazos.
El Oeste quizá ya no sea tan salvaje en los años treinta, pero tampoco parece que hayan inventado todavía el diálogo.
Russell Crowe encarna al alcaide con su eficacia habitual como tipo amenazante. Y Ethan Hawke sostiene bien el papel protagonista.
La película no tiene hechuras de gran producción, pero resulta bastante convincente.
Aviso de spoilers: comento el desenlace.
El final feliz me resulta previsible y no ayuda a que la historia me convenza más.
Aun así, reconozco el trabajo de Hawke, la buena dirección de Padraic McKinley y que esta aventura de oro, barro y gente armada funciona razonablemente bien.
Sobre Padraic McKinley
Padraic McKinley debuta en el largometraje como director con Oro sin ley.
Antes trabajó más de veinte años como montador: ha editado más de quince películas y más de doscientos episodios de televisión.
También dirigió cuatro episodios de la serie Kingdom y fue productor ejecutivo en American Gods y Hunters.
DeAPlaneta anuncia su estreno comercial en España para el 27 de noviembre de 2026.
El arte del engaño —La Vénus électrique, en el original— es una comedia romántica ambientada en el París de 1928. También habla de pintura y creación artística, pero su mundo es el de las ferias, los engaños y las sesiones de espiritismo de pega.
La trama arranca con una premisa disparatada: Antoine Balestro, un pintor bloqueado desde la muerte de su esposa, cree que puede contactar con ella a través de una médium. En realidad habla con Suzanne, una feriante que se ha colado en la caravana para robar comida. El engaño consigue que Antoine recupere la inspiración, pero a mí el truco no me funciona. Me resulta bastante detestable.
Anaïs Demoustier está sensacional como Suzanne: encantadora, muy natural.
Pio Marmaï interpreta al pintor crédulo y Gilles Lellouche, a su galerista.
La película entrelaza el enamoramiento de Antoine y Suzanne con la historia de amor anterior del pintor, que vamos descubriendo a través del diario de su mujer, Irène, interpretada por Vimala Pons. Esa segunda historia me parece la más interesante.
La comedia emplea ese humor ridículo tan habitual en algunas películas francesas, que a mí me chirría muchísimo. Entiendo que haya espectadores que conecten y se lo pasen bien; yo, en cambio, lo encuentro bastante insoportable.
Pepa Blanes, en la Cadena SER, la describió como una comedia romántica elegante y optimista, y destacó el reparto y el cuidado diseño de producción, el vestuario y la ambientación. En eso último estoy de acuerdo: está muy bien cuidada. Pero de elegante no le veo nada; a mí me parece bastante casposilla.
Fue la película inaugural de Cannes y se proyectó fuera de concurso. No me parece que tenga nivel para un festival como ese. A mí, desde luego, no me ha gustado.
Sobre Pierre Salvadori
Pierre Salvadori, director y guionista francés nacido en Túnez, lleva décadas moviéndose entre la comedia y el drama.
Entre sus películas están Un engaño de lujo y En libertad!.
En 2018, En libertad! fue premiada en la Quincena de Cineastas de Cannes.
El arte del engaño inauguró Cannes 2026 y se proyectó fuera de concurso.
Sanguine empieza mostrando a unos jóvenes sometidos a una presión laboral tremenda. Primero, un chico en una hamburguesería de cadena. Después, nuestra protagonista, una médica en prácticas en urgencias a la que se exige ir rápido, rápido, rápido.
La llamada generación de cristal. Viendo cómo se les aprieta, a veces sorprende que no se rompan antes.
Para mí, esa denuncia de la exigencia que soporta la generación Z es lo más interesante de la película. El agotamiento y la presión encuentran aquí una traducción muy física: los cuerpos empiezan a expresar, de la manera más desagradable posible, lo que ya no pueden soportar.
Estamos ante un body horror extremo, con cuestiones médicas, transformaciones y unas imágenes muy truculentas. Resulta inevitable acordarse de La sustancia, que ha dado al terror corporal una visibilidad enorme entre el público del cine comercial. Me da la impresión de que ha abierto la caja de las esencias y nos esperan unas cuantas raciones más.
Pocas cosas producen tanta impresión como las alteraciones del cuerpo humano, las supuraciones y las secreciones. Menos mal que el cine todavía no transmite los olores.
Después de tantos años de ejercicio médico, el olor de algunas enfermedades sigue siendo de lo que más me afecta físicamente. Hay imágenes que uno tolera bastante mejor que lo que las acompaña cuando está delante del paciente.
Sanguine tiene momentos tremendos, pero también me resulta reiterativa. Y echo en falta algo que ayuda mucho a digerir el terror: el humor. Yo aquí no lo encuentro. Tanta truculencia sin una válvula de escape acaba pesándome.
Está fenomenal Mara Taquin, que interpreta a la joven médica. También la brillante Karin Viard, como su profesora, y Sami Outalbali, una presencia cada vez más habitual en el cine francés. Los franceses, cuando encuentran un actor, lo mantienen bien ocupado.
La película tiene interés y me parece brillante, aunque a mí me han impactado más otras cosas. Desde luego, no la recomendaría a personas sensibles a estas imágenes.
Al parecer, un espectador perdió el conocimiento durante la sesión. Al terminar la proyección había una ambulancia. No sé las circunstancias médicas de lo ocurrido, así que tampoco voy a convertirlo en un diagnóstico ni en publicidad del susto.
Apunte médico: comento una intervención de la película
Me chirría esa toracotomía. Si lo que se pretende tratar es un taponamiento cardiaco por un derrame pericárdico, en muchos casos puede drenarse mediante una punción pericárdica o pericardiocentesis, sin necesidad de abrir el tórax.
¿Qué es la hemohidrosis?
La hemohidrosis, también llamada hematohidrosis, es un fenómeno muy raro en el que aparece una secreción sanguinolenta sobre la piel intacta: lo que habitualmente describimos como «sudar sangre». El título alternativo juega con ese término, sin pretender diagnosticar las transformaciones de la película.
La hiperhidrosis es la sudoración excesiva y la hipohidrosis, la disminuida. La dishidrosis, pese a su nombre, designa un eccema con pequeñas vesículas, especialmente en manos y pies; no es el término general para cualquier alteración del sudor.
Una directora que ya venía explorando el cuerpo
Sanguine es el primer largometraje de Marion Le Corroller, que antes había dirigido cortos como Dieu n’est plus médecin y Poupée fondue.
Su trayectoria previa ya se acercaba al mundo médico y al terror corporal.
Presentada en las sesiones de medianoche de Cannes, ganó el premio a mejor película de Sitges 2026.
En Seminci se proyectó dentro de la colaboración con PUFA — Pucela Fantástica, el Festival Internacional de Cine Fantástico y de Terror de Valladolid.
Adso Films anuncia su estreno español para el 27 de noviembre de 2026.
María Luisa Gutiérrez es, posiblemente, la productora más influyente del cine español. Está detrás de La infiltrada, ganadora del Goya a mejor película, y de varias entregas de Torrente. Además, es una guadalajareña de pro que ejerce de ello.
En la presentación de El confidente llevó un discurso muy bien preparado. Tuvo un recuerdo para las víctimas del reciente accidente ferroviario y unas palabras de reconocimiento para quienes participaron en los rescates. Después habló de su película, que también presentó su director, Daniel Calparsoro.
La historia gira alrededor de la amistad entre un veterano policía y un joven procedente de la kale borroka, al que convierte en confidente e infiltra en ETA. Todo ello con unas imágenes muy reconocibles de San Sebastián que me ha gustado mucho volver a ver.
El eje interpretativo lo forman Javier Gutiérrez y Miguel Herrán, dos generaciones y dos maneras muy distintas de actuar.
Gutiérrez es capaz de modular los sentimientos al milímetro, secretando la cantidad exacta de lágrima para que se quede en las conjuntivas sin llegar a resbalar por la mejilla. Herrán pone más energía, intenta superarse, pero a mí me sigue pareciendo muy limitadito.
Mientras tanto, secundarios como Itsaso Arana y Víctor Clavijo están absolutamente desaprovechados.
Después del éxito de La infiltrada, me da la impresión de que María Luisa Gutiérrez ha querido repetir la jugada: una especie de segunda parte, esta vez con hombre. No es una secuela, claro, pero el parentesco invita a la comparación. Y esta sale perdiendo.
Calparsoro tiene oficio. La película está bien fotografiada y bien filmada, pero avanza a piñón fijo, entre escenas estereotipadas y clichés que aportan poco. Algunas situaciones se ven muy de palo.
Cuando llega el drama, tampoco siempre encuentra el pulso: hay escenas que chirrían y alguna que incluso resulta ridícula. El contexto de ETA y del conflicto vasco está construido con unos mimbres demasiado endebles.
Al tratarse de un estreno mundial, había especial vigilancia para que nadie grabara. A la entrada, un guardia de seguridad me advirtió, muy serio, de que no podía utilizar el móvil durante la proyección.
Le contesté que nunca lo utilizo. Vamos, que no me estaba contando ninguna novedad.
Dentro de la sala seguía el control, con personal pendiente de que nadie encendiera el teléfono ni grabara imágenes. Entiendo la precaución, pero tanta vigilancia me pareció excesiva para una película que encuentro flojita y a la que no auguro demasiada trascendencia.
A partir de aquí, comento la parte final.
Curiosamente, lo más interesante llega cuando disminuye la acción y aparece el proceso judicial. Ahí vemos cómo los intereses políticos se mezclan con la lucha contra ETA y cómo las maniobras de poder interfieren en la justicia y enrarecen el ambiente.
El problema es que ese tramo me parece un añadido. La película podría haber terminado antes, aunque se hubiera quedado muy corta. Esa prolongación da la sensación de querer estirar el relato y, al mismo tiempo, abrir un asunto que merecía una película propia.
El oficio de Calparsoro y el estreno
Daniel Calparsoro debutó con Salto al vacío (1995) y continuó con títulos como Pasajes, A ciegas y Asfalto.
Su filmografía incluye Guerreros, Cien años de perdón, El silencio de la ciudad blanca, Todos los nombres de Dios y El correo.
El confidente, con guion de Fernando Navarro, está inspirada en hechos reales.
Se presentó como estreno mundial en la Sección Oficial, fuera de concurso, de Seminci 2026.
Su llegada a los cines españoles está anunciada para el 29 de enero de 2027, distribuida por Sony Pictures.
En A Bit of Light, un médico iraní es arrestado, ve cómo le cierran la consulta y pierde la posibilidad de ejercer. La represión del Estado le arrebata el trabajo y lo deja sin perspectivas de futuro.
A su alrededor se vive pendiente de los posibles bombardeos de Trump sobre Irán. Esa amenaza aparece en las conversaciones de su madre, del conserje del edificio… La incertidumbre internacional se cuela en la vida doméstica, donde ya había problemas de sobra.
Hastiado y desolado, el médico decide suicidarse. Se lo comunica a sus hermanas y a su hermano, y busca cómo decírselo también a su madre. Esa es la peripecia que sostiene la película, con una estructura muy sencilla.
Ali Asgari intenta acercarnos al abatimiento de este hombre, hacernos comprender cómo ha llegado a sentirse sin salida. Y creo que consigue transmitirlo: hay momentos en los que puedo compartir su desolación.
La puesta en escena es minimalista, rodada prácticamente en interiores, con pocos personajes y una austeridad formal notable. Da la impresión de estar hecha con medios muy limitados, pero en su modestia funciona.
La veo con cierto interés, aunque sin entusiasmo. Tampoco encuentro nada concreto que reprocharle. Me llega ese desánimo del protagonista y, en algunos momentos, incluso me veo identificado con él.
Un cineasta que ya conocía Valladolid
El iraní Ali Asgari debutó en el largometraje con Disappearance (2017) y continuó con Until Tomorrow (2022).
Codirigió Terrestrial Verses (2023) junto a Alireza Khatami y posteriormente realizó Divine Comedy (2025).
Su cortometraje El silencio (2016), codirigido con Farnoosh Samadi, ganó la Espiga de Oro en Seminci.
A Bit of Light compitió en Venecia antes de llegar a la Sección Oficial de Valladolid.
¿Qué tienen en común Milei, La matanza de Texas y el protagonista de La libertad doble?
Muy sencillo: los tres tienen motosierra.
La película de Lisandro Alonso nos cuenta la vida cotidiana de un leñador en un paraje lleno de carrascas. Allí malvive entre suciedad y andrajos, lavándose en un balde asqueroso con agua de una garrafa. Una existencia que a mí me resulta completamente degradante.
Quien quiera encontrar aquí la belleza de la vida rural tendrá que explicármela. Yo veo miseria, asquerosidad y podredumbre. Mucho campo, sí, pero de vida bella, nada.
Esa rutina se altera cuando aparece su hermana, que tiene una enfermedad mental y necesita cuidados. Hay momentos patéticos, como cuando él rebusca en una bolsa de plástico los medicamentos que debe tomar ella, intentando averiguar cuál le toca.
Esa precariedad me resulta deprimente y exasperante. Y lo peor es que la película es extraordinariamente aburrida.
¿Una fotografía excelente? Sí. Muy bonita, muy bien construida y con una calidad técnica que reconozco sin problemas. Pero unas imágenes preciosas no me compensan semejante ración de tedio.
No sé si Alonso pretende mostrar una vida tranquila o si esa lectura idílica se la ponemos los demás. Lo que yo encuentro es una existencia miserable, filmada con mucho cuidado y que se me hace interminable.
Me ha parecido un horror.
El regreso al leñador
El argentino Lisandro Alonso debutó con La libertad (2001), presentada en Cannes, y continuó con Los muertos, Fantasma y Liverpool.
Más adelante dirigió Jauja y Eureka.
En La libertad doble vuelve, veinticinco años después, al leñador Misael Saavedra, protagonista de su primera película.
Presentada en la Quincena de Cineastas de Cannes y en la Sección Oficial de Seminci, tiene previsto su estreno en cines españoles el 27 de noviembre de 2026, distribuida por Atalante.
Hombre al agua mezcla comedia, drama, cine dentro del cine y asuntos sociales como el empleo y la paternidad. Un batiburrillo que podría funcionar si Gael García Bernal hubiera encontrado el tono.
El problema es que la película anda indecisa entre el drama y la comedia, con alguna salida absurda y ocurrencias que sí resultan divertidas. Los ingredientes están ahí, pero no terminan de cuajar.
Técnicamente está bien realizada. No encuentro ningún fallo importante que reprocharle en ese terreno. Tal vez su mayor lastre sea el propio Gael García Bernal, que se reserva el protagonismo y tampoco parece encontrar su sitio.
Su personaje vive en un despiste permanente, convertido en un pelele a merced de su suegro, un ricachón metido a político, y de su esposa, una niña rica caprichosa. Menuda familia para intentar hacerse un hombre independiente.
Lo que me queda es esa capacidad de los ricos para hacer lo que les da la gana: saltarse las leyes, esquivar impuestos y embarcarse en proyectos egocéntricos que a veces rozan el ridículo. Y, encima, conseguir el beneplácito popular.
A mí todo esto me hace pensar en Trump. Hay comportamientos que parecen material para una comedia absurda hasta que uno mira las noticias.
Un actor con recorrido detrás de la cámara
Gael García Bernal se dio a conocer internacionalmente con Amores perros y Y tu mamá también.
Su filmografía como actor incluye Diarios de motocicleta, La mala educación y Babel.
Como director de largometrajes debutó con Déficit (2007) y continuó con Chicuarotes (2019).
Hombre al agua (2026), coescrita con Mariano Pensotti, es su tercer largometraje de ficción y la película de clausura, fuera de concurso, de la 71.ª Seminci.
La idea de Un hombre de nuestro tiempo es cojonuda: seguir el ascenso de un burócrata mediocre dentro del régimen de Vichy y mostrar cómo su afán de eficacia lo convierte en una pieza del engranaje criminal. El problema es que la película parece querer tramitar cada conversación por duplicado.
Estamos en 1940, con Francia dividida entre la zona ocupada por los alemanes y la llamada zona libre, todavía no ocupada, donde se instala el gobierno del mariscal Pétain.
Me llama la atención ese detalle de los documentos: desaparece la denominación de República francesa y entra la de Estado francés. El cambio político también se escribe en los membretes.
Hasta allí llega Henri, con su tratado patriótico Notre salut, «Nuestra salvación», bajo el brazo. Quiere hacerse un sitio y demostrar que sabe organizar las cosas.
Un individuo despreciable, convencido de que optimizar los recursos del Estado constituye una gran aportación, aunque ese Estado los emplee para fines atroces.
Me interesa mucho esa mirada a la Francia colaboracionista, repugnantemente sumisa ante los nazis.
A veces parece que el relato de la Resistencia lo ocupa todo.
Conviene recordar también a quienes colaboraron e incluso a los voluntarios franceses que combatieron junto a los alemanes en el frente oriental.
La película permite ver cómo esa ambición burocrática acaba sirviendo a la persecución y al exterminio nazi.
El funcionario eficaz puede ser un instrumento espantoso cuando pone su capacidad de organización al servicio de semejante régimen.
Todo eso me interesa. Lo que me cuesta soportar es el bla, bla, bla continuo. Hablan y hablan, muchas veces de cuestiones anodinas del funcionamiento administrativo que a mí me importan bastante poco.
Entiendo que esas conversaciones sirven para retratar al personaje y mostrar cómo funciona esa maquinaria. Pero llega un momento en que ya lo he entendido y la película sigue explicándomelo. Sus dos horas y media largas se me hacen inmensas.
Y hay un matiz: no me duerme. Sigo atento porque el asunto me atrae. Puedo estar interesado y, al mismo tiempo, encontrar tediosa la manera de contarlo.
Me cuesta imaginar que el público aguante semejante acumulación de conversaciones sin salir despavorido.
Esa burocracia criminal merece una película; no hacía falta que el espectador terminase cumpliendo también su jornada de oficina.
Una historia que venía de familia
Emmanuel Marre codirigió con Julie LecoustreGeneración Low Cost (2021).
Antes había realizado obras como Le film de l’été y D’un château l’autre.
Este es su primer largometraje en solitario, inspirado libremente en la historia de su bisabuelo y en la correspondencia familiar. Swann Arlaud interpreta al protagonista.
Coproducción de Francia y Bélgica, ganó el Premio al mejor guion en Cannes 2026.
Llega a la Sección Oficial de la 71 Seminci, cuya ficha indica una duración de 158 minutos.
La distribución española corresponde a Elastica Films.
En Promised Spaces se construye a todas horas. Se levantan edificios gigantescos en Camboya, mientras los trabajadores viven y sobreviven a duras penas dentro de las propias obras. El futuro se vende por apartamentos, aunque todavía falte bastante para poder habitarlo.
Ivan Marković mezcla documental y ficción en una propuesta experimental en la que distingo dos partes, o dos recorridos por ese mismo paisaje.
Por un lado, seguimos a un trabajador que deambula entre construcciones inacabadas, espacios medio desiertos y estructuras de aspecto fantasmagórico. Por otro, acompañamos a la primera inquilina de una de esas torres, instalada en un edificio que aún no está terminado.
La mujer vive en lo que fue el piso piloto, con humedades y un aire acondicionado que no funciona bien. Hasta el restaurante donde puede conseguir comida le queda lejos. Intenta adaptarse a una vivienda que, sobre el plano, seguramente prometía otra cosa.
Es una jungla de cemento, hormigón y ladrillo. Ese crecimiento urbano desmesurado, irregular y caótico se hace visible tanto en quienes construyen los edificios como en quien llega para vivir en ellos. Compartir el paisaje no significa habitarlo de la misma manera.
Todo esto me interesa. Me suelen atraer los documentales que observan esos espacios y las vidas que se desarrollan en ellos. La fotografía es excelente y la construcción de las dos historias no está mal.
Pero me cuesta congeniar con una propuesta tan experimental. Le falta ese engranaje que da consistencia al conjunto y mantiene las ganas de seguir mirando. Las imágenes tienen fuerza; su sucesión no consigue sostenerme con el mismo interés.
Son solo 76 minutos y se me hacen eternos. Creo que lo que cuenta podía haberse condensado bastante. Otra paradoja inmobiliaria: aquí sobra espacio, también en el metraje.
No termino con ganas de ver más. Esas promesas, para mí, quedan incumplidas.
Un cineasta atento a los espacios
Ivan Marković es un cineasta, director de fotografía y artista visual serbio afincado en Berlín.
Entre sus trabajos figuran el documental Center (2018), From Tomorrow On, I Will (2019), codirigida con Linfeng Wu, y el corto Inventory (2025).
En Promised Spaces comparte la fotografía con Katharina Hauke y firma el montaje.
Es una coproducción de Francia, Alemania, Serbia y Camboya, estrenada en el programa independiente ACID Cannes 2026 y presentada en Alquimias de la 71 Seminci.
Recibió el premio King Kong del Festival de Cine de Arquitectura de Róterdam.
Mr. Nelson, Did You Kill People? aborda el estrés postraumático de un veterano de Vietnam, pero lo que más me interesa es que permite compadecerlo sin olvidar lo que hizo. Allen Nelson sufre, sí. También ha sido un verdugo. Conviene tener presentes ambas cosas.
Basada en su relato de no ficción, la película lo sigue desde la infancia, apenas esbozada, hasta la vejez. Varios actores encarnan sus distintas edades, con Mark Merphy como el joven que va a la guerra y Rodney Hicks en su etapa adulta.
Me resulta curioso encontrar esta historia tan norteamericana en una película de dirección japonesa, aunque la producción reúne a Japón, Estados Unidos, Tailandia y Vietnam.
Las escenas bélicas están bien filmadas y son brutales. Muestran cómo el ambiente de la guerra puede favorecer atrocidades tremendas. Pero también ponen delante a los vietnamitas, a esos inocentes asesinados salvajemente y sin piedad. Agradezco que tengan sitio en una historia centrada en el sufrimiento de quien participó en aquellas matanzas.
Para mí, Nelson es responsable de crímenes atroces. El daño que arrastra merece atención, pero no convierte a sus víctimas en personajes secundarios de su culpa.
Geoffrey Rush está estupendo como el psiquiatra que lo ayuda a afrontar lo ocurrido. Se le ve envejecido y más gordo. La película recorre ese proceso y su actividad como conferenciante, contando las atrocidades cometidas en lo que yo interpreto como un intento de expiar su culpa.
El montaje me parece eficaz. Tengo más reservas con la abundancia de primeros planos: a ratos echo de menos que la cámara se aleje un poco. Es un recurso valioso, pero conviene dosificarlo.
Ese predominio de los rostros me hace pensar en tanto cine actual que parece concebido para acabar en una pantalla pequeña, incluso en el móvil. No sé si aquí responde a eso; es la impresión que me produce.
Me sorprenden algunas críticas tan negativas. Entiendo que se le reproche cierta reiteración y que cargue demasiado las tintas melodramáticas sobre el protagonista. También lo veo. Aun así, me parece una buena película, convincente como alegato contra la guerra y atenta al daño que esta deja incluso en quienes han ejercido la violencia.
De los cuerpos de hierro a las heridas de guerra
Shinya Tsukamoto alcanzó proyección internacional con Tetsuo, el hombre de hierro (1989).
Su filmografía incluye Tokyo Fist, Vital y Kotoko.
En Fires on the Plain y Shadow of Fire ya abordó la devastación de la guerra.
En esta película firma dirección, guion, fotografía y montaje.
Participó en la competición de Venecia 2026 y recibió el Leoncino d’Oro, premio colateral concedido por un jurado de estudiantes.
e presenta en la Sección Oficial de la 71 Seminci.