En solo 19 minutos, La conversación que nunca tuvimos te pega una bofetada seca y sin previo aviso.
La historia de una madre soltera en un pueblo de Soria, señalada como “puta” por quedarse embarazada sin pasar por la vicaría, mientras el padre —ese gran secundario invisible— se esfuma del plano y de la culpa.
Él, libre. Ella, condenada.
Y la hija, maldita por herencia social.
Tremendo, España cañí en estado puro… y tristemente exportable.
El relato es escalofriante porque no necesita subrayados: basta escuchar.
La madre descubre, a través de la nieta, la vida real de la abuela, y ahí se abre una grieta emocional enorme, incómoda y muy humana.
No hay revancha, no hay justicia poética, solo memoria tardía y una crueldad colectiva que nunca pidió perdón.
El corto funciona porque no sermonea ni se recrea: expone. Y eso duele más.
Es cine pequeño en duración, pero grande en mala conciencia.
Sales pensando que el pecado nunca fue el embarazo, sino la hipocresía social… y que de eso sí que nadie cumplió condena.
Carlo D’Ursi firma este corto documental como homenaje a su abuelo, médico rural de los de antes: bata, vocación y cero postureo.
No hay mucha información contrastada sobre su trayectoria como director de documentales; sí es conocido en el cine europeo sobre todo como productor.
El Santo parece más un acto íntimo y familiar que una pieza pensada para lucirse en alfombra roja, y eso, ojo, juega a su favor.
Aquí Carlo D’Ursi vuelve al lugar donde su abuelo ejerció la medicina durante años y deja que hablen los vecinos. Y lo que cuentan es casi peligroso: bondad, eficacia, entrega absoluta… y hasta milagros post mortem. Vamos, que si esto lo ve el Vaticano, abre expediente.
El corto emociona porque no fuerza nada.
No hay violines tramposos ni discursos grandilocuentes: solo memoria, gratitud y respeto por una forma de ejercer la medicina que hoy parece ciencia ficción.
Médicos rurales, abnegados, humanos, de los que el Papa Francisco llamó “los santos de la puerta de al lado”. Amén.
Entiendo perfectamente la emoción que transmite: dan ganas de aplaudir, de creer un poco más en la humanidad… y de asumir que uno nunca llegará a ese nivel, por mucho MIR que tenga.
Pero está bien que existan estos relatos. Y está bien que alguien los filme antes de que se pierdan.
Un corto sencillo, honesto y profundamente respetuoso.
Cuando el “click” no es del móvil… es de una mina esperando a que alguien pise mal.
Raquel Larrosa es documentalista (nombre artístico; su web la presenta como especializada en cine documental).
Antes dirigió cortos como Skeikima (seleccionado y premiado en un buen puñado de festivales, según su distribuidora) y otros trabajos documentales previos.
Con Disonancia se mete en terreno de derechos humanos sin postureo: cámara al servicio del testimonio.
El corto figura como producción española de 2024 y dura 25 minutos.
Los cortos documentales suelen venir con la misión de “dar testimonio”. Vale. Pero es que aquí Disonancia lo hace de verdad: te planta delante a mujeres saharauis que dedican su vida a detectar minas antipersona y, de paso, a explicar a la población cómo no volar por los aires en su propio desierto. Y ya con eso, perdona, pero se te quitan las ganas de quejarte del atasco de la A-2.
La película te cuenta el choque inicial: entrar en un trabajo tradicionalmente de hombres, abrirse paso con desconfianza alrededor y con el peligro debajo de los pies.
Y también te muestra lo más importante: la satisfacción de un trabajo que salva vidas, y la labor de concienciación cuando no siempre se puede desminar (por contexto de seguridad/conflicto, el grupo ha tenido que centrarse más en sensibilización en determinados momentos).
Y de fondo, el drama del pueblo saharaui, partido por una frontera física y política.
Esa “frontera” es muy real: el llamado berm marroquí, una barrera de miles de kilómetros que separa zonas controladas por Marruecos y por el Frente Polisario, con áreas minadas alrededor.
Y también está el elefante histórico en la habitación: la salida de España del territorio en 1975 (Acuerdos/Declaración de Madrid) y el enredo diplomático posterior, con España moviéndose entre principios, intereses y miedo al choque con Marruecos (dicho fino).
Disonancia es un documental corto, sí, pero con una pegada larga. Y lo más bestia es que no necesita dramatizar: la realidad ya viene “con efectos especiales” de serie.
Cuando el mal pretende ser profundo… y acaba siendo un suplicio.
Juanma Bajo Ulloa es un director fundamental del cine español de los 90, eso no se discute.
Ahí están Alas de mariposa, La madre muerta o Airbag, películas muy distintas pero con personalidad y pulso.
Siempre ha sido un cineasta excesivo, autoral y poco amigo del término medio.
El problema es que aquí ese exceso ya no juega a favor… juega en contra y arrasa con todo.
Antes de escribir este comentario hago lo que toca: leo críticas. Y lo que me encuentro es llamativo.
Luis Martínez, Javier Ocaña, Oti Rodríguez Marchante, Juanma González o Jordi Batlle Caminal hablan maravillas de El mal. Y yo, sinceramente, no salgo de mi asombro. Porque mi experiencia con la película ha sido diametralmente opuesta.
Para mí, El mal es una película absolutamente nefasta.
Un film fallido desde la base, empezando por un guion absurdo, sin pies ni cabeza, incapaz de articular un relato coherente.
Los diálogos son uno de sus grandes problemas: literarios hasta el empacho, falsos, impostados, petulantes… de esos que no dicen las personas, sino los personajes que creen estar diciendo algo importante todo el rato. Y chirrían. Chirrían mucho. Hasta el dolor.
Las interpretaciones no solo no salvan la función, sino que la empeoran.
Natalia Tena y Belén Fábra acaban ridiculizando a sus personajes, convertidos en estereotipos tristes, sin verdad ni profundidad, más cercanos a la caricatura solemne que a seres humanos reconocibles. Todo es exceso, gesto, pose… y nada de emoción real.
A esto se suma una pretenciosidad desbordada.
La película intenta —porque intenta, pero no consigue— elaborar teorías sobre la futilidad del mal, sobre la psicopatía extrema y sobre la capacidad de determinadas personas para asesinar de forma indiscriminada. Pero no hay reflexión, no hay pensamiento, no hay complejidad: solo una acumulación de ideas lanzadas a brochazos gruesos, confundiendo gravedad con profundidad.
El conjunto resulta molesto, cargante, agotador.
Una película que se toma tan en serio a sí misma que termina volviéndose insoportable.
Y duele especialmente porque quien firma esto es Juanma Bajo Ulloa, un director que ha demostrado sobradamente que sabe hacer cine grande, incómodo y arriesgado.
Aquí, sin embargo, la ambición se le va de las manos y el resultado es un auténtico desastre que hace aguas por todas partes.
Para mí, El mal no inquieta, no provoca, no invita a pensar. Solo irrita. Y cuando una película que pretende hablar del mal absoluto acaba generando hastío, algo ha fallado estrepitosamente.
Manual de supervivencia para madres agotadas (y para techos con ideas propias).
Mary Bronstein escribe y dirige esta película con pulso de cirujana y cero anestesia.
Es una autora del cine indie estadounidense, poco prolífica pero muy reconocible.
Su film más conocido hasta ahora era Yeast (2008), donde ya le gustaba mirar a personajes al borde del colapso.
Aquí afina el bisturí y lo hunde hasta el fondo, sin pedir perdón.
Esta película es Rose Byrne. Pero no “protagoniza”: absorbe la película entera. Todo gira en torno a ella, a su cuerpo agotado, a su cabeza colapsada y a una vida completamente sometida a la tiranía de la enfermedad de su hija.
Una enfermedad que lo ocupa todo, que organiza el tiempo, el espacio y hasta el aire que se respira en casa.
Lo más devastador es la incomprensión exterior. La sociedad es incapaz de entender lo que significa estar absolutamente desbordada. No cansada. No estresada. Desbordada.
Nadie ayuda de verdad, nadie sabe qué decir, y cuando hablan, molestan.
La película no busca empatía fácil: te obliga a mirar cómo esta madre se convierte, poco a poco, en una auténtica esclava emocional.
Y es todavía más incómodo porque la hija —consciente o no— usa y abusa de su enfermedad. No desde la maldad, sino desde la dependencia absoluta.
Pero el efecto es el mismo: una madre anulada, sin espacio propio, sin derecho al error, sin escapatoria posible.
La película es inmisericorde porque no edulcora nada de esto.
Por si fuera poco, ella es psicoterapeuta. Gran idea, ¿no? Pues no. Cada paciente deja su mochila de patologías sobre ella, y ella se la lleva a casa como si fuera equipaje de mano.
Su vida profesional no solo no la salva: la termina de hundir.
El desastre familiar es total.
El marido es otro poema: ausente, exigente, convencido de que desde la distancia se puede “arreglar todo”, cuando en realidad solo entorpece.
El típico que opina, manda y estorba… sin mancharse las manos.
Y luego está la casa. Esa casa enferma, derruida, con un agujero en el techo tan grande como el agujero que tiene la protagonista en su vida. Metáfora con mayúsculas, sí, pero dolorosamente eficaz.
¿Es exagerada la película? A ratos lo parece. Y ahí está su mayor acierto: no lo es. Porque la vida, cuando va mal, siempre puede ir peor. Siempre. Y la película lo demuestra sin concesiones, convirtiéndose en un relato realmente escalofriante, agotador y profundamente honesto.
Un dramón como la copa de un pino. De los que no se olvidan. De los que te dejan tocado. Y de los que te hacen pensar que, a veces, sobrevivir ya es un acto heroico.
Lo pierden todo… y deciden arreglarlo a base de ampollas, lluvia y amor del bueno.
Marianne Elliott procede del teatro británico de alto nivel, de ese donde todo está medido al milímetro.
Es una directora muy prestigiosa en escenarios del West End y Broadway, con premios importantes a la espalda.
Este es su debut en el largometraje cinematográfico, y se nota en el control del tono y del ritmo emocional.
Quizá a veces peca de pulcritud excesiva, pero sabe exactamente qué historia quiere contar y cómo hacerlo.
El sendero de la sal es una de esas películas británicas que parecen venir con el manual de “cómo hacer cine bien hecho”: guion sólido, interpretación impecable, fotografía bellísima, música envolvente y una ambientación tan cuidada que casi da rabia. Todo está en su sitio. Y normalmente eso enfría el relato. Aquí, sorprendentemente, no.
La historia parte del fracaso personal más devastador: dos padres que lo pierden todo por unos malos negocios y acaban desahuciados, sin casa y sin red.
Podría ser el inicio de un drama social seco o de una película de superación prefabricada… pero la película elige otro camino: caminar.
Literalmente. Caminar como forma de resistencia, de huida hacia delante y de reconstrucción.
Ese caminar tiene aún más peso porque el personaje de Jason Isaacs arrastra una enfermedad degenerativa.
Su trabajo es excelente, contenido y muy físico, componiendo a un hombre derrotado pero no vencido, frágil pero digno.
A su lado, Gillian Anderson —sí, la que todos recordamos de Expediente X, sin tener del todo claro si era Mulder o Scully— está magnífica: cansada, amorosa, firme, profundamente humana.
Juntos construyen una pareja absolutamente creíble, unida no por el drama, sino por el amor que se tienen.
Durante el camino encuentran de todo: una sociedad que a veces les acoge y otras les repudia, personas solidarias y otras crueles, comprensión y desprecio.
Y en medio de ese trayecto físico descubren algo más importante: un camino vital.
No solo avanzan kilómetros; avanzan hacia sí mismos.
Se vuelven a encontrar, se reconocen, se salvan mutuamente.
La película juega con el riesgo de parecer aburrida al principio, como si fuera “otra historia de superación más”, y durante unos minutos incluso tú mismo sospechas que ya sabes por dónde va todo.
Pero poco a poco se te mete dentro y acaba convirtiéndose en una experiencia auténtica, honesta y emocionalmente muy poderosa. No te manipula. Te acompaña.
El sendero de la sal no reinventa el cine, pero transforma una historia de fracaso en una experiencia profundamente humana.
Sales pensando que igual no todo se arregla… pero caminar, amar y resistir sigue siendo una muy buena idea. Y no es poco.
Cómo robarle algo a un vecino y acabar ganando un amigo (y la salud mental).
Arturo Lacal Ruiz, Alejandro Salueña García y Jordi Jiménez Xiberta firman este corto a seis manos.
No hay demasiada información pública detallada sobre su filmografía previa como directores, al menos fácilmente verificable.
Sí se percibe una clara sensibilidad por el relato visual y la narración concisa, muy de escuela de animación bien entendida.
Aquí demuestran que saben contar mucho con muy poco, que no es nada fácil.
Gilbert se sitúa en un archipiélago de casas separadas por el agua, un lugar precioso y, al mismo tiempo, profundamente solitario.
Cada habitante vive en su islita, sin contacto, sin roce, sin nadie que te pregunte “¿qué tal estás?” (ni falta que hace… hasta que hace falta).
La historia arranca con un pequeño hurto, o más bien una equivocación forzada, de esas que parecen insignificantes pero que lo cambian todo.
Lo que empieza como conflicto entre dos vecinos aislados va derivando, poco a poco y sin subrayados, en algo mucho más valioso: una amistad inesperada que llena de compañía a dos personajes que no sabían cuánto la necesitaban.
La grandeza del corto está en su sencillez: en muy poco tiempo construye una fábula clara, emotiva y certera sobre la soledad, el aislamiento y la necesidad del otro.
No hay discursos, no hay moraleja con megáfono; solo imágenes, ritmo y una idea muy bien afinada. De esas que parecen pequeñas y se quedan contigo.
Gilbert es breve, inteligente y honesto.
Una de esas piezas que te recuerdan que, a veces, el mejor puente entre dos personas nace del error más tonto. Y bendito error.
Sara Naves es animadora y directora portuguesa, con trayectoria ligada sobre todo a la animación.
No hay demasiada información pública detallada sobre su filmografía como directora, más allá de este corto y trabajos previos en animación.
Sí consta su participación en proyectos colectivos y producciones animadas europeas, pero poco más que sea verificable con seguridad.
Aquí firma un corto muy personal, de esos que no nacen de una ocurrencia, sino de una herida.
El estado del alma es un retrato seco, oscuro y bastante certero de la depresión, la hipocondría y esa tristeza existencial que convierte cualquier día normal en una cuesta arriba con chinchetas.
Todo se percibe roto, negro, hostil, como si el mundo entero conspirara para recordarte que estás mal… y encima mal visto.
El corto acierta al no edulcorar nada: la sensación de incomprensión, de juicio constante, de estar solo incluso cuando hay gente alrededor.
La animación acompaña ese estado mental sin necesidad de subrayados innecesarios, y eso le da verdad y respeto al relato.
No busca gustar, busca entender. Y eso se agradece.
Es un corto triste, muy triste, pero también honesto.
Y cuando parece que no hay salida, aparece un pequeño atisbo de esperanza, casi tímido, casi susurrado.
Menos mal.
Porque sin ese respiro final, el corto sería un golpe demasiado duro… incluso para los que ya sabemos de qué va la cosa.
El estado del alma no te levanta el ánimo, pero te hace sentir acompañado. Y a veces, eso ya es muchísimo.
El corto de Rubén: querías hacer cine… y acabaste haciendo metacine (con presupuesto y terapia).
José María Fernández de Vega viene del mundo de la animación y la producción, y se nota: sabe dónde pisa y dónde duele.
Cofundador del estudio GLOW, ha estado ligado a proyectos tan celebrados como Buñuel en el laberinto de las tortugas, donde ya se veía su querencia por mezclar reflexión, riesgo y dibujo.
Antes firmó el corto Operación Frankenstein, y con El corto de Rubén parece decir: “sí, hacer cine mola… hasta que empiezas a hacerlo”.
No inventa la pólvora, pero sabe exactamente dónde prenderla.
El corto de Rubén es una comedia muy seria sobre el acto de crear hoy en día.
Arranca como la historia de un cineasta —Rubén Barbosa, estupendo en el juego del “yo pero no yo”— con una idea clara y termina convirtiéndose en otra cosa muy distinta, como suele pasar en la vida real, pero aquí sin disimulo ni vergüenza.
La mezcla de imagen real y animación no es postureo: la animación cambia de estilo constantemente, como si el propio corto dudara de sí mismo a cada paso.
Y eso es justo lo divertido y lo inteligente: el corto muta, se contradice y se reescribe mientras avanza, reflejando ese cine contemporáneo en el que todo se negocia, todo se corrige y nada queda exactamente como lo soñaste a las tres de la mañana.
La presencia de Cristina Gallego es un regalo: aparece y automáticamente el corto gana empaque, ironía y verdad.
Ella aporta ese punto de lucidez que equilibra el cachondeo y evita que el invento se vuelva ombliguista.
Al final, en sus veintipocos minutos, El corto de Rubén acaba siendo un retrato muy certero —y bastante cariñoso— de cómo se hace cine hoy: entre la ilusión, el caos, las buenas intenciones y algún que otro Excel asesino.
La miliciana que te da una bofetada histórica… y encima con stop motion.
Vicente Mallols es animador y director centrado en stop motion y animación “artesana”.
En su trayectoria aparecen trabajos en Caracolímpicos, la peli Pos Eso y la serie Clay Kids (donde llegó a dirigir episodios).
Fundó Pangur Animation y más tarde dirigió la serie El diario de Bita y Cora y la 2D Trazo crítico (basada en personajes de Ortifus).
También ha dirigido el corto The Inner Life (2021).
(Dato práctico: en algunas noticias hay un baile con el apellido “Mayols/Mallols”, pero las fichas de festival/distribución y medios especializados lo dan como Vicente Mallols.)
A mí Carmela me ha parecido un corto extraordinario. Y lo digo sin la típica coletilla de “para ser un corto”: no, no. Es un golpe directo a la memoria y a la dignidad.
Nos cuenta la vida de una miliciana y reivindica la figura de la mujer en la España de la Segunda República y en la España de la Guerra.
Esa mujer luchadora que entregó su vida, sus manos y su corazón a la causa de la libertad.
Aquí la palabra “miliciana” no es decorado: es identidad, es cuerpo, es decisión.
Y el corto lo deja clarísimo: la lucha era doble, contra el fascismo y por no perder derechos conquistados.
Y luego está lo más importante: el mensaje. Entrañable, necesario y profundamente respetable. Porque esa idea perezosa de “la Guerra Civil ya pasó, hay que olvidarlo” suena muy bien… hasta que te das cuenta de que olvidar siempre beneficia al mismo bando: al del que no pagó nada.
No: no hay que olvidar. Hay que recordar con nombres, con historias, con caras. Y Carmela hace exactamente eso: rescata, reivindica y te obliga a mirar de frente.
Así que sí: yo aplaudo a Vicente Mallols y aplaudo este corto, que para mí es sensacional como pieza reivindicativa.
Y además lo hace desde la animación, que es ese sitio donde algunos creen que todo es “para niños”… hasta que llega una miliciana de plastilina y te deja llorando como un señor mayor en una estación.
De Zafra sí hay recorrido claro en animación: ha trabajado en Psiconautas, los niños olvidados y Unicorn Wars, siempre en territorios incómodos y poco aptos para almas delicadas.
De Amézqueta, la información pública es más escueta: codirección, animación y estudio propio, pero sin una filmografía larga y cerrada que llevarse a la boca. Si hay más, no está bien documentado.
En Buffet Paraíso no hay medias tintas: personajes grotescos, inflados, chorreantes de grasa y lípidos hasta parecer más embutido que ser humano, acuden a una comida pantagruélica que roza lo obsceno.
Y la pregunta flota todo el rato: ¿esto es exageración o espejo?
¿Son monstruos ficticios o vecinos del primero mundo con tenedor libre y conciencia en huelga?
El corto funciona como sátira directa al estómago y al cerebro.
Te ríes, sí, pero con una risa incómoda, de esas que engordan.
La opulencia se convierte en paisaje habitual, mientras la idea de que fuera de ese buffet hay otros humanos pasando hambre ni aparece en el menú.
No hace falta subrayar nada: la imagen ya empacha.
Es animación breve, afilada y bastante puñetera.
No moraliza, pero te deja mal cuerpo.
Como un atracón del que te arrepientes… justo cuando ya es tarde.
Nia DaCosta es una directora con personalidad, pulso visual y gusto por el terror incómodo.
Ahí están Candyman (2021), revisión con mala uva y subtexto, y The Marvels (2023), donde sobrevivió a la trituradora Marvel.
Aquí se mueve más cómoda: distopía, suciedad moral y provocación sin pedir perdón. Estilo tiene. Y no poco.
Seguimos estirando esta saga mutante que mezcla ciencia ficción distópica, body horror, terror psicológico y zombis con ínfulas existenciales.
28 años después: El templo de los huesos funciona como continuación directa y, ojo, encaja bien con su antecesora.
La película tiene elementos muy atractivos, incluso fascinantes.
Para empezar, esa panda de rubios llamados los Jimmis, una especie de versión descerebrada y posapocalíptica de La naranja mecánica.
El look mola, no lo voy a negar, pero su nivel de estupidez roza lo ofensivo. Estética sí, neuronas las justas.
Luego está el gran hallazgo: el templo de huesos creado por el doctor Kelson, interpretado por Ralph Fiennes, que está sencillamente estupendo.
Su personaje construye un espacio y una atmósfera profundamente distópicos, perturbadores, casi rituales, que generan una incomodidad difícil de digerir. Y eso es un halago.
Y llega el momento cumbre: un número musical con Iron Maiden que es directamente descomunal.
Una performance de Fiennes que se te queda grabada en la retina y que, sin exagerar, justifica media película.
Cine desatado, excesivo, casi obsceno. Maravilloso.
También aparece la figura del Sansón, interpretado por Chi Lewis-Parry, un hombretón que recuerda inevitablemente a Jason Momoa (aunque no lo sea) y que abre una posible vía nueva para la saga.
Hay ahí material interesante… y hasta aquí puedo leer sin destripar nada.
Ahora bien. Problema. Empieza a notarse el cansancio.
Da la sensación de que la saga ya no avanza, sino que se retuerce sobre sí misma.
Las ideas para renovar el universo de los infectados son cada vez más enrevesadas, más barrocas, menos naturales.
Y se echa de menos aquella simplicidad brutal, casi primitiva, de 28 días después, cuando todo era miedo, carrera y desesperación sin florituras.
Película potente, visualmente arriesgada, con momentos memorables y un Fiennes en modo chamán del apocalipsis.
Pero también con síntomas claros de fatiga.
El zombi sigue andando… pero ya arrastra un poco el pie. 🧟♂️
La risa y la navaja: tres horas y media de colonialismo, dudas morales… y paciencia zen.
Pedro Pinho es uno de los nombres fuertes del cine portugués reciente, muy pegado al cine político y al realismo incómodo.
Ya avisó con A Fábrica de Nada (2017), larguísima, colectiva y muy a contracorriente.
Aquí vuelve a estirar el tiempo, los silencios y la incomodidad moral.
No rueda para gustar: rueda para remover. Y lo hace a conciencia.
Estamos ante una producción portuguesa de 211 minutos, que se dicen pronto y se sienten largo. Muy largo.
La risa y la navaja se articula alrededor de un ingeniero portugués que viaja a Guinea-Bisáu para validar ambientalmente la construcción de una carretera.
Punto de partida aparentemente técnico, pero en realidad es la excusa perfecta para hablar —y mucho— del colonialismo, de sus mutaciones modernas y de cómo la metrópoli sigue mandando… aunque finja no hacerlo.
El protagonista es un tipo poco carismático, casi transparente, y eso no es un defecto sino una decisión: él observa, se sorprende, aprende y también se pierde.
Los locales lo miran con curiosidad por su sencillez, él mira el país con una mezcla de culpa, desconcierto y fascinación.
En ese trayecto se enfrenta a nuevas relaciones, amistades inesperadas y a su propia homosexualidad, tratada con una naturalidad que resulta muy poco habitual en este tipo de relatos.
Hay personajes potentísimos, como ese João que representa al cacique blanco reciclado, capaz de montar una bronca monumental en una de las escenas más brutales y memorables de la película.
El film está lleno de momentos extravagantes, casi hipnóticos, que a veces te sacuden, otras te abruman… y sí, otras te aburren soberanamente, porque el ritmo es lento, reiterativo y poco amigo del espectador con TikTok en la cabeza.
Y aun así, funciona. Porque cuando Pinho aprieta, duele. Y cuando afloja, te deja pensando.
Es una película más que interesante, muy recomendable, que quizá con menos metraje sería más “amable”… pero también es posible que perdiera parte de su rareza, su incomodidad y su gracia.
No es para todos los públicos ni para todas las sobremesas, pero si entras en su juego, La risa y la navaja se te queda clavada. Como la navaja. Y a ratos, también la risa.
Dos miradas pueden pesar más que una dictadura entera.
Juan José Campanella no es un director cualquiera: es un narrador clásico con alma popular y pulso de cirujano.
Argentino, formado en EE. UU., amante del guion bien cosido y del personaje antes que del plano bonito.
Su cine habla de personas, de derrotas íntimas y de emociones que no se dicen.
Antes de esta joya ya nos había dejado maravillas como El hijo de la novia (probablemente su película más querida), Luna de Avellaneda, El mismo amor, la misma lluvia y El niño que gritó “puta”.
Después vendrían Metegol y El cuento de las comadrejas.
Aquí, directamente, juega en otra liga. Campanella en estado de gracia absoluta.
Tenemos la enorme suerte de volver a ver en pantalla grande esta película descomunal, ganadora del Oscar a la Mejor Película de Habla No Inglesa (2010, correspondiente a las películas de 2009, que luego vienen los líos).
Y no fue casualidad: premios nacionales, internacionales y el aplauso unánime de crítica y público. Porque El secreto de sus ojos es, simple y llanamente, cine grande.
La película se sostiene sobre un guion extraordinariamente bien construido, donde se mezclan géneros con una naturalidad insultante: drama psicológico, thriller judicial, romance contenido, tragedia pura y una lectura política muy clara sobre la dictadura argentina y sus miserias morales. Todo cabe. Todo suma.
La historia avanza por dos tramas perfectamente engranadas.
Por un lado, la relación sentimental, amorosa y profundamente frustrada entre Ricardo Darín y Soledad Villamil.
Ella es Irene, inteligencia, elegancia y contención; él es Benjamín Espósito, un hombre atrapado en lo que siente y en lo que nunca se atreve a decir.
Ambos llenan la película de miradas cómplices, silencios elocuentes y sentimientos masticados durante años.
Romance sin besos, pero con heridas.
Por otro lado, un thriller criminal potentísimo: la investigación del asesinato y violación de una joven, donde la trama judicial se va contaminando de política, corrupción y miedo.
Aquí la película se vuelve incómoda, amarga y profundamente trágica.
Y entonces aparece Guillermo Francella como Pablo Sandoval. Qué personaje. Qué actor. En aquel momento no era aún el Francella hiperpopular de hoy, y aquí se marca una interpretación enorme: entrañable, triste, autodestructiva y heroica. Un héroe imperfecto, consciente de sus debilidades, que deja una huella imborrable.
El reparto secundario es de lujo: Javier Godino da auténtico miedo como el asesino, con una frialdad escalofriante, y Mario Alarcón, como el juez Fortuna, clava al personaje detestable. Un gilipollas perfecto, dicho sea con rigor técnico.
La película está llena de miradas: tiernas, cómplices, rotas, aterradoras.
Y los diálogos son clave: incisivos, inteligentes, certeros, memorables.
Las escenas entre Darín y Francella son oro puro. Y sí, hay secuencias que ya son historia del cine (esa del estadio es directamente antológica), pero lo que permanece es el poso emocional.
Boyero, contra todo pronóstico, se rindió. Habló de una película magnífica, elogió sin reservas el guion, el clasicismo narrativo y volvió a subrayar la grandeza interpretativa de Ricardo Darín. Boyero contento. Señal inequívoca de obra mayor.
El secreto de sus ojos es una película extraordinaria, una de las grandes de la historia del cine contemporáneo.
Una obra que habla del amor no vivido, de la justicia imposible y de las heridas que no cicatrizan.
Y todo contado con una elegancia narrativa impecable por Juan José Campanella, al que venero especialmente por El hijo de la novia, pero que aquí se supera a sí mismo.
Cine del que se queda contigo. Del que no se olvida. Y del que te vuelve a mirar cuando ya ha terminado la película.
Petra Biondina Volpe juega en casa con el cine social y no se esconde.
Su filmografía es corta pero muy clara en intenciones.
Debutó con Traumland (2013), pegó un puñetazo encima de la mesa con El orden divino (2017), una de las películas suizas más comentadas de los últimos años, y aquí vuelve a demostrar que sabe mirar a la gente currante sin paternalismo ni subrayados de rotulador fluorescente.
Dirección seca, muy funcional, siempre al servicio del personaje. Nada de postureo. Y eso se agradece.
Turno de guardia fue una de las películas que más impacto causó en el Festival de Sevilla, y no por escándalo ni alfombra roja, sino porque te deja agotado, que ya es mérito.
Estamos ante una producción suiza que se centra en algo tan aparentemente poco cinematográfico como una sola tarde de trabajo de una enfermera de planta en un hospital.
Y aquí está la clave: todo recae sobre ella.
La película se sostiene —y se eleva— gracias al trabajo descomunal de Leonie Benesch, actriz sensacional a la que muchos descubrimos (y veneramos) en La sala de profesores, una película que, lo digo sin pudor, me entusiasmó.
Aquí vuelve a demostrar que es de las actrices europeas más potentes de su generación, cargando la película a la espalda sin red.
Su personaje no para. Literalmente.
Corre de una habitación a otra, atiende urgencias, calma familiares, limpia, recoloca pacientes, escucha, se desborda, se recompone y sigue.
Intenta hacerlo todo… y hacerlo bien. Y claro, no llega. Nadie llegaría.
Hay momentos de crispación, de pérdida de nervios, de humanidad pura, de ternura inesperada y de una profesionalidad que impresiona.
Desde mi mirada médica, hay cosas que llaman poderosamente la atención: en la sanidad suiza esta enfermera hace tareas que en España realizarían auxiliares de clínica o celadores. Aquí lo hace todo. Y cuando digo todo, es todo.
La planta se sostiene entre dos enfermeras. Dos.
El nivel de carga laboral es tan brutal que la película roza a ratos lo asfixiante, y eso está muy bien transmitido al espectador.
La situación es constantemente agobiante, a veces directamente dramática, pero la película nunca se vuelve histérica.
Todo fluye con un realismo casi documental.
Y eso hace que funcione como un homenaje muy honesto a las enfermeras, a esa labor imprescindible, poco reconocida y escasamente compensada.
Las enfermeras españolas que yo conozco —y no son pocas— encajan perfectamente en este retrato: trabajadoras, competentes, abnegadas y sosteniendo el sistema a base de vocación y paciencia.
La película maneja muy bien la tensión cotidiana, la que no sale en los informativos pero te machaca el cuerpo y la cabeza.
Además, la fotografía acompaña con inteligencia, sin florituras, ayudando a que la narración sea fluida y muy eficaz.
Todo suma para que estemos ante una película muy competente, sólida y necesaria.
Y sí, puede parecer pequeña. Pero pequeña no es sinónimo de menor.
Aquí hay cine del bueno, del que no necesita levantar la voz para que lo escuches.
Turno de guardia es una película honesta, tensa, muy bien interpretada y dirigida con cabeza.
Sales del cine cansado, con un nudo en el estómago y mirando a las enfermeras con aún más respeto. Y eso, en los tiempos que corren, no es poca cosa.
Cómo pedalear en familia sin acabar a gritos (o casi)
Extraño río (Estrany riu) va de bicis, tiendas de campaña y silencios incómodos.
Lo que viene siendo unas vacaciones familiares… pero filmadas con sensibilidad indie y sin chistes de suegras.
El director.Jaume Claret Muxart firma una ópera prima de tono íntimo y mirada contenida.
Aquí demuestra pulso para observar sin subrayar y dejar que las cosas respiren.
Minimalismo bien entendido, sin postureo de manual.
Entro a Extraño río por la puerta grande de las nominaciones a los Goya (dirección novel, actor revelación) y me quedo por la honestidad.
También tiene un buen montón de nominaciones en la próxima edición de los Premios Gaudí, los décimo octavos, entre otros a mejor película y mejor nuevo director.
Se presentó en Venecia en la sección Orizzonti.
Una familia catalana se lanza a recorrer Alemania en bici, durmiendo donde pillan, mientras el hijo mayor —Jan Monther, 16 años— va descubriendo quién es, a quién mira y por qué ya no le apetece tanto ir de camping con papá y mamá.
La peli tiene ese aroma a cine de autor europeo que alterna postales preciosas con discusiones tontas (las más reales).
Hay tensiones, silencios, pequeñas explosiones y una aceptación familiar de la homosexualidad del chaval que se agradece por natural y nada discursiva.
¿Historia vista? Sí. ¿Bien contada? También. Y eso ya es media victoria.
No busca el drama grande ni el subrayado grueso. Prefiere observar cómo se rompe la infancia mientras pedalean. Y funciona. A ratos incluso emociona, que no es poco.
Cine pequeño, honesto, bien mirado. No te cambia la vida, pero te acompaña un buen rato. Y sin ampollas… o casi 🚲🎬
Hay actos que no duran nada y, aun así, dan mucho juego. La lectura de nominados a los Premios Goya 2026 fue uno de ellos.
Allí estuve, con mi padrino, en la Academia Carlos Taillefer, saludando a amigos, estrechando manos conocidas y confirmando una vez más que el cine español, cuando se pone serio, también sabe ser cordial. Todo correcto, todo educado, todo muy de “somos profesionales y nos queremos”.
En el escenario, Arturo Valls y Toni Acosta, visiblemente emocionados pero sin pasarse, leyendo nombres con ese tono de quien sabe que está repartiendo alegrías… y algún que otro cabreo doméstico. Estuvieron bien. Ágiles. Simpáticos. Nada que objetar.
Y luego llegó la lista.
Y ahí ya… empezamos a divertirnos.
🎬 Las películas: quién manda, quién acompaña y quién rellena
👑 Los domingos – 13 nominaciones
Aquí no hay debate posible.
Los domingos es la gran vencedora de la tarde, la niña bonita, la película que la Academia ha decidido abrazar con las dos manos y sin complejos.
Trece nominaciones no se consiguen por casualidad. Se consiguen cuando una película encaja perfectamente en el imaginario académico: cine serio, con vocación autoral, con reparto solvente, con temas importantes y con esa sensación de “esto es cine del bueno”.
Está en todo lo importante:
– Mejor película – Dirección – Guion – Actriz protagonista – Actor de reparto – Dos actrices de reparto – Y un buen puñado de categorías técnicas
Vamos, que si no gana algo gordo será casi noticia.
La Academia aquí no duda. Aquí apuesta fuerte.
🔥 Sirât – 11 nominaciones
Muy cerquita, pisándole los talones, aparece Sirât con once nominaciones.
Película menos complaciente, más incómoda, más de autor con mayúsculas.
Que esté tan arriba dice algo interesante: la Academia quiere parecer valiente, aunque luego ya veremos si lo es del todo la noche de la gala.
Está en película, dirección, guion, interpretación y técnicas.
No es la favorita, pero sí la alternativa respetable.
🌴 Maspalomas – 9 nominaciones
El comodín perfecto.
Esa película que gusta a muchos sin apasionar a casi nadie, pero que cae bien en todas las mesas.
Nueve nominaciones repartidas con cabeza:
– Película – Dirección – Actor protagonista – Actor de reparto – Guion – Apartado técnico sólido
No lidera, no revoluciona, pero está en todas las quinielas. Y eso, a veces, es suficiente para acabar subiendo al escenario.
🍽️ La cena – 8 nominaciones
Aquí la Academia ha reconocido el trabajo actoral y de texto.
Está bien que la Academia haya apostado por incluir una comedia entre lo mejor del año. Algo de risas hacía falta.
Ocho nominaciones bien colocadas, sin excesos, pero con respeto:
– Película – Dirección – Actor protagonista – Actriz de reparto – Guion – Varias técnicas
No parece destinada a arrasar, pero sí a dejar huella.
🎧 Sorda – 7 nominaciones
Una de las alegrías reales del listado.
Película más pequeña en apariencia, pero tratada con mimo.
La ganadora en el Festival de Málaga siempre acaba estando entre las nominadas, aunque sea un ópera prima.
Se cuela en:
Mejor Película
Mejor Dirección Novel – Eva Libertad
Mejor Guion Adaptado – Eva Libertad
Mejor Actor de Reparto – Álvaro Cervantes
Mejor Actriz de Reparto – Elena Irureta
Mejor Actriz Revelación – Miriam Garlo
Mejor Sonido – Urko Garai, Enrique G. Bermejo, Alejandro Castillo
Aquí la Academia ha hecho algo bien: dar visibilidad sin condescendencia.
🎭 Interpretaciones: luces, alegrías… y el elefante en la habitación
😀 Los hermanos Cervantes
Que Ángela Cervantes esté nominada a mejor actriz protagonista y Álvaro Cervantes a mejor actor de reparto es una noticia estupenda.
Dos carreras construidas sin ruido, sin hype artificial, a base de trabajo serio.
Aquí no hay discusión posible: merecidísimo.
🤨 Mario Casas
Mario Casas ha sido nominado a los Goya 2026 por su papel en la película Muy lejos, dirigida por Gerard Oms.
En esta película interpreta a Sergio, un personaje que atraviesa una crisis vital y acaba enfrentándose a sus propias incertidumbres lejos de su entorno habitual.
Y ahora sí.
Respiramos.
Lo decimos.
La nominación de Mario Casas como mejor actor protagonista provoca asombro, desconcierto y ese gesto de ceja levantada que todos hemos hecho alguna vez en el cine.
No es una cuestión personal.
Es una cuestión interpretativa.
Que esté nominado no lo convierte de repente en buen actor.
Lo convierte en nominado, que no es lo mismo.
Aquí la Academia ha optado claramente por el nombre popular, por el actor reconocible, por el “bueno, venga, metámoslo”. Y ya.
🎞️ Lectura general: una Academia muy reconocible
Estos Goya 2026 dejan claro que:
– Los domingos es la apuesta central
– Sirât es el gesto de autor
– Maspalomas y La cena son el consenso
– Sorda es la conciencia tranquila
– Y Mario Casas… es Mario Casas
Todo bastante previsible.
Todo bastante reconocible.
Y aun así, entretenido, que no es poca cosa.
📋 LISTA DE NOMINADOS – CATEGORÍAS PRINCIPALES
Mejor Película
La cena
Los domingos
Maspalomas
Sirât
Sorda
Mejor Dirección
Alauda Ruiz de Azúa – Los domingos
Oliver Laxe – Sirât
Aitor Arregi & Jose Mari Goenaga – Maspalomas
Carla Simón – Romería
Albert Serra – Tardes de soledad
Mejor Actor Protagonista
José Ramón Soroiz – Maspalomas
Mario Casas – Muy lejos
Alberto San Juan – La cena
Miguel Garcés – Los domingos
Manolo Solo – Una quinta portuguesa
Mejor Actriz Protagonista
Patricia López Arnaiz – Los domingos
Nora Navas – Mi amiga Eva
Susana Abaitua – Un fantasma en la batalla
Antonia Zegers – Los Tortuga
Ángela Cervantes – La furia
Mejor Actor de Reparto
Álvaro Cervantes – Sorda
Kandido Uranga – Maspalomas
Miguel Rellán – El cautivo
Juan Minujín – Los domingos
Tamar Novas – Rondallas
Mejor Actriz de Reparto
Nagore Aranburu – Los domingos
Elena Irureta – Los domingos
Elvira Mínguez – La cena
Miriam Gallego – Romería
María de Medeiros – Una quinta portuguesa
La lista completa para los muy cafeteros:
MEJOR PELÍCULA
La cena
Los domingos
Maspalomas
Sirât
Sorda
MEJOR DIRECCIÓN
Alauda Ruiz de Azúa, por Los domingos
Carla Simón, por Romería
Oliver Laxe, por Sirât
Jose Mari Goenaga y Aitor Arregi, por Maspalomas
Albert Serra, por Tardes de Soledad
MEJOR ACTRIZ PROTAGONISTA
Ángela Cervantes, por La furia
Patricia López Arnaiz, por Los Domingos
Antonia Zegers, por Los Tortuga
Nora Navas, por Mi amiga Eva
Susana Abaitua, por Un fantasma en la batalla
MEJOR ACTOR PROTAGONISTA
Alberto San Juan, por La cena
Miguel Garcés, por Los domingos
Jose Ramón Soroiz, por Maspalomas
Mario Casas, por Muy lejos
Manolo Solo, por Una quinta portuguesa
MEJOR ACTRIZ DE REPARTO
Elvira Mínguez, por La Cena
Nagore Aramburu, por Los domingos
Miryam Gallego, por Romería
Elena Irureta, por Sorda
María de Medeiros, por Una quinta portuguesa
MEJOR ACTOR DE REPARTO
Miguel Rellán, por El cautivo
Juan Minujín, por Los domingos
Kandido Uranga, por Maspalomas
Tamar Novas, por Rondallas
Álvaro Cervantes, por Sorda
MEJOR ACTRIZ REVELACIÓN
Nora Hernández, por La cena
Blanca Soroa, por Los domingos
Elvira Lara, por Los Tortuga
Llúcia García, por Romería
Miriam Garlo, por Sorda
MEJOR ACTOR REVELACIÓN
Antonio “Toni” Fernández Gabarre, por Ciudad sin sueño
Julio Peña, por El cautivo
Hugo Welzel, por Enemigos
Jan Monter Palau, por Estrany Riu
Mitch, por Romería
MEJOR DIRECCIÓN NOVEL
Ion de Sosa, por Balearic
Jaume Claret Muxart, por Estrany riu
Gemma Blasco, por La furia
Gerard Oms, por Muy lejos
Eva Libertad, por Sorda
MEJOR GUION ORIGINAL
Alauda Ruiz de Azúa, por Los domingos
José Mari Goenaga, por Maspalomas
Agustín Díaz Yanes, por Un fantasma en la batalla
Oliver Laxe y Santiago Fillol, por Sirât
Avelina Prat, por Una quinta portuguesa
MEJOR GUION ADAPTADO
Guillermo Galoe y Víctor Alonso-Berbel, por Ciudad sin sueño
Celia Rico Clavellino, por La buena letra
Joaquín Oristrell, Manuel Gómez Pereira y Yolanda García Serrano, por La cena
Carla Simón, por Romería
Eva Libertad, por Sorda
MEJOR MÚSICA ORIGINAL
Carlos F. Benedicto, por El talento
Iván Palomares de la Encina, por Leo & Lou
Julio de la Rosa, por Los Tigres
Aránzazu Calleja, por Maspalomas
Kangding Ray, por Sirât
MEJOR CANCIÓN ORIGINAL
“La Arepera”, de Paloma Peñarrubia Ruiz, por Caigan las rosas blancas
“Flores para Antonio”, de Alba Flores y Silvia Pérez Cruz, por Flores para Antonio
“Hasta que me quede sin voz”, de Leiva, por Hasta que me quede sin voz
“Y mientras tanto, canto”, de Víctor Manuel, por La cena
“Caminar el tiempo”, de Blanca Paloma Ramos, Jose Pablo Polo y Luis Ivars, por Parecido a un asesinato
Wilde: cuando ser brillante en público y libre en privado te sale carísimo (y no lo cubre el seguro).
Brian Gilbert dirige con bastante pulso y sin ponerse estupendo (que ya lo hace Wilde por todos).
Antes había firmado Vice Versa (1988), la polémica Not Without My Daughter (1991) y Tom & Viv (1994).
Después hizo The Gathering (2003).
No es un autor “de marca”, pero aquí le sale una peli muy fina y muy humana.
Esto no es el biopic de “nació, triunfó, cayó, Oscar a maquillaje”.
Wilde va a lo importante: el alma del personaje.
Y ahí Stephen Fry está sensacional, rotundo, con una verdad que te hace pensar que no está interpretando: está conviviendo con Oscar Wilde.
La peli te lo pinta ilusionado, ingenioso, provocador, capaz de hacer reír y fascinar… mientras su vida privada despierta una inquina social que da ganas de repartir collejas con guante victoriano.
El retrato funciona porque no lo convierte en estatua: es un intelectual y un artista que quiere vivir su sexualidad en libertad y defenderla, con lucidez y con miedo, con orgullo y con desgaste.
Y luego está el “entorno”, que es como para pedir cambio de reparto en la vida real.
Jude Law (como Lord Alfred Douglas, el famoso “Bosie”) resulta perfectamente detestable: niño rico caprichoso, manipulador, y encima con ese punto de “yo rompo cosas y tú pagas”.
Frente a eso, la peli coloca contrapuntos que elevan todo: Jennifer Ehle está magnífica como la esposa, y Vanessa Redgrave impone esa presencia suya de “he entrado en plano y ya me pertenece”.
Michael Sheen se nota ya el futuro de actor grande (aquí interpreta a Robbie Ross, el amigo leal).
Tom Wilkinson borda al Marqués de Queensberry (odioso con doctorado).
Lo de Orlando Bloom es la típica anécdota cinéfila deliciosa: aparece en un papel pequeño antes de ser Legolas en El Señor de los Anillos (pero aquí no hay elfos: hay hostias morales).
Una película magnífica, elegante sin ser cursi, emotiva sin chantaje, y con un punto “educativo” que hoy vendría bien recuperar: el recordatorio de que el talento no te salva de la hipocresía colectiva… pero al menos te deja frases mejores para responder.
La asistenta o “te limpio la casa y de paso el cerebro”
Paul Feig es un director muy reconocible, especialista en comedia comercial con brillo industrial.
En su currículum están La boda de mi mejor amiga, Cazafantasmas (2016), Un pequeño favor y Last Christmas.
Sabe manejar reparto y ritmo, pero rara vez se mete en charcos profundos.
Aquí no es la excepción: todo muy pulcro, muy medido… y muy vacío.
La gran baza de La asistenta es, sin discusión, el reparto. Encabezado por Sydney Sweeney, que viene con el aura de estrella generacional tras Euphoria, y por Amanda Seyfried, veterana ya del cine de guapas con oficio, que ejerce de contrapunto perfecto. Entre ambas sostienen el invento.
En el lado masculino aparecen Brandon Sklenar y Michele Morrone que no son más que comparsas en una trama que sostienen las mujeres.
La película es tramposa hasta decir basta: juega a intercambiar roles morales —los malos parecen buenos, los buenos parecen malos— para luego revelarnos que todo era mentira, que el guion nos ha llevado del ronzal como a una cabra.
El problema es que el truco es tan espurio, tan impostado y tan fuera de tono que no sorprende: chirría.
Está llena de giros absurdos, situaciones prácticamente increíbles y estupideces varias, pero todo envuelto en ese envoltorio confortable del telefilme de serie B para plataforma.
Cero provocación, cero riesgo. Cine para ver mientras miras el móvil y olvidar al día siguiente.
Y sí, Sydney Sweeney aprovecha su tirón para lucir cuerpo delante de la cámara —como si no hubiera otra cosa que ofrecer—, lo cual resulta tan evidente como triste.
Desolador que un producto tan rutinario funcione tan bien en taquilla. Pero ya sabemos: la asistenta limpia… y el público traga.
¿Carlos Boyero ha dicho algo? Que conste: no he encontrado comentario suyo sobre esta película. Igual la vio y decidió proteger su salud mental. No se lo reprocho.
El médico II o “cuando la peste no es la enfermedad sino la película”
Philipp Stölzl es un director alemán con querencia por el cine histórico-grandilocuente y la épica de cartón piedra.
En su filmografía destacan Cara Norte, Joven Goethe en el amor, El médico (sí, aquella…) y La piel fría.
Sabe mover la cámara, pero a veces se le olvida mover el alma del relato.
Aquí vuelve a tropezar en la misma piedra. La grande. La que ya conocemos.
Fue bochornoso ver cómo hace años este mismo director destrozaba la novela de Noah Gordon en El médico, y esta segunda parte insiste en el desastre con una perseverancia casi científica.
Todo suena falso: los personajes, las situaciones, los conflictos… Parece un cuento medieval mal contado, de esos que no engañan ni al juglar.
No te crees absolutamente a nadie. Ni al bueno, ni al malo, ni al que pasa por allí.
Y cuando llega la reina supermalvada —tan mala que roza el esperpento— la cosa ya entra en territorio involuntariamente cómico: más que villana, caricatura con corona.
La trama avanza a trompicones, forzada, impostada, sin pulso ni emoción.
No entretiene, no convence y no molesta… porque para eso tendría que provocar algo.
Un absoluto desastre, dicho con todo el cariño del mundo y ninguna misericordia.
¿Carlos Boyero ha dicho algo? Que yo sepa, no. Y casi mejor así. A veces el silencio también es crítica.
Diagnóstico final: pronóstico muy grave. Y esta vez no hay médico que lo cure. 🩺💀
Amanecer, o cómo casi matas a tu mujer y luego te arrepientes (mal)
Si existe el cine con mayúsculas, éste va en el primer párrafo del diccionario. Amanecer no es solo un clásico: es cine en estado puro, sin anestesia y con belleza a paladas.
F. W. Murnau, alemán, expresionista, genio y señor muy serio. Venía de firmar Nosferatu, El último y Fausto, y en Hollywood se marcó este milagro visual donde manda la cámara, la luz y el movimiento.
Cine de sombras, de atmósferas y de personajes diseñados casi como si fueran esculturas.
Aquí no hay plano porque sí. Todo suma. Todo pesa.
Amanecer es, probablemente, una de las grandes películas de la historia del cine. Y no es postureo cinéfilo: es verdad verdadera.
George O’Brien está descomunal, pasando de ogro inquietante a amante refinado con una transformación física que hoy se estudiaría en primero de Actor Studio.
Janet Gaynor es la bondad hecha persona: dulzura, inocencia y una mirada que te reconcilia con la humanidad.
Y Margaret Livingston, sofisticada y venenosa, es la tentación con tacones.
La película se divide clarísimamente en tres actos.
Primero, drama rural con aroma a thriller: tensión pura ante un asesinato que parece inevitable.
Segundo, comedia romántica luminosa, casi un baile continuo de amor recuperado, con humor y alegría inesperados.
Y tercero, tragedia: la naturaleza se enfada, el destino aprieta y el drama vuelve a llamar a la puerta con mala leche.
Visualmente es una locura: cámara en movimiento cuando nadie lo hacía, dobles exposiciones, decorados expresionistas y una fotografía que sigue siendo moderna casi cien años después. Murnau estaba jugando en otra liga.
Sobre Carlos Boyero, no es sospechoso de sentimentalismo barato, y aun así ha citado Amanecer en más de una ocasión como una de las cumbres absolutas del cine, de esas que te recuerdan por qué amas este arte.
Y encima, vista en pantalla grande, en la Asociación de Amigos del Cine de Azuqueca. Un lujo irrepetible. De esos que no se olvidan. Cine, cine y más cine. 🎬
Ocho mujeres cabreadas y el patriarcado que las hizo así.
Félix Sabroso vuelve a su terreno favorito: personajes al borde del ataque de nervios, humor negrísimo y tragedias que te hacen reír… y luego pensar “uy, esto era muy serio”.
Aquí no inventa la pólvora, pero la prende fuego con elegancia y mala leche.
Dirección segura, ritmo medido y un gusto por el exceso que ya es marca de la casa.
Félix Sabroso ha construido una filmografía marcada por la comedia negra, el exceso y personajes al límite.
En cine destacó con Perdona bonita, pero Lucas me quería a mí y Descongélate!, puro veneno pop noventero.
Luego afinó su mala leche con Los años desnudos (Clasificada S), mirando a la Transición con ironía y melancolía.
En televisión ha brillado con series corales y provocadoras, culminando ahora con Furia, su versión más afilada.
Lo que parece una comedia es en realidad una tragedia con tacones afilados.
Furia nos presenta a un grupo de mujeres muy distintas —en edad, clase y vida— unidas por una constante: la desgracia, casi siempre con nombre y barba.
La serie arranca contando historias separadas y acaba cruzándolas como si Robert Altman se hubiera ido de cañas con Pedro Almodóvar.
Todo es exceso, provocación y mala uva bien canalizada: dramas gordos tratados en clave de comedia que acaban siendo dolorosamente cómicos.
El reparto es un auténtico aquelarre de talento: Candela Peña, Carmen Machi, Cecilia Roth, Nathalie Poza, Pilar Castro, Ana Torrent, Claudia Salas, Claudia Roset, Mima Riera… imposible elegir sin pelearse con uno mismo.
Mención aparte para Marilú Marini, maravillosa en ese registro dramático-cómico que te hace reír y, al segundo, tragar saliva.
Entre los hombres, pocos santos: Alberto San Juan está enorme (sorpresa: ninguna), Pedro Casablanc cumple con solvencia y Pepón Nieto se lo pasa pipa haciendo de malo, rompiendo su histórico carné de “buen chico del cine español”.
Furia es una de las apuestas más potentes del año porque mezcla humor, mala leche y actuaciones descomunales sin pedir perdón.
¿Qué dijo Carlos Boyero? Aquí soy honesto: no me consta ningún comentario suyo específico sobre la serie. Si lo hay, aún no ha llegado a mis oídos (ni a mis enfados habituales).
¿Por qué verla? Por las actrices, por el humor negro y porque, entre risa y risa, te clava una verdad incómoda. Y eso siempre escuece… pero engancha. 😏
Hollywoodgate: cuando el botín de guerra viene con manual de instrucciones… y nadie se lo ha leído.
Ibrahim Nash’at es un documentalista y periodista egipcio, y Hollywoodgate está considerada su ópera prima en largo.
Rodó “a lo que le dejaban” los talibanes, con un acceso rarísimo y bajo condiciones muy restrictivas (incluida la prohibición de filmar civiles).
La peli se gestó tras la retirada de EE. UU. en agosto de 2021, buscando mirar quién se quedaba con el país (y con el juguetito militar).
Se estrenó en Venecia (fuera de competición) y dura alrededor de 90 minutos.
Hollywoodgate es un documental que, literalmente, se construye con el “solo puedo filmar esto” de Ibrahim Nash’at: él acompaña a los talibanes tras la retirada de EE. UU. y se mete en una base abandonada repleta de material militar.
El centro del asunto es el jefe de las fuerzas aéreas talibanes, Mawlawi Mansour, empeñado en resucitar aviones y helicópteros dejados por los USA, y ese “¿volverán?” de los pilotos desertores que ahora tienen que ganarse la confianza del nuevo poder.
Y aquí viene lo desarmante: lo que vemos parece un caos imposible.
Un grupo de tipos desarrapados y desaliñados tomando el control del cotarro como si esto fuera una mezcla entre cuartel improvisado y feria de pueblo… y, aun así, mandan.
Lo que podría ser cómico, se te atraganta porque, fuera de plano, el que paga la broma es el común de los afganos. (Ríes un segundo, y al siguiente se te queda la risa como un calcetín mojado).
El documental funciona justo por eso: por la contradicción permanente entre la imagen de “milicia cutre” y la realidad de que son un régimen.
Y por cómo Nash’at te lo enseña sin darte caramelitos: él rueda lo permitido, y aun así lo que sale es inquietante.
Ah, y por si alguien pregunta “¿y esto dónde?”: en Filmin está como Hollywoodgate.
Andrew Davis (nacido en 1946) es un artesano del thriller noventero: dirección funcional, ritmo de “no respires que te pierdes algo”.
Venía de pegar fuerte con Alerta máxima (1992) y aquí se marca una persecución con sabor a clásico.
Su cine suele ser muy de “te entretengo y ya si eso preguntamos luego por la lógica”.
Vamos, que no inventó la pólvora… pero la hizo correr muy rápido.
Con los años, El fugitivo se ha quedado como un clásico del cine de acción e intriga: de esos que pones “un rato” y acabas tragándote entero porque te engancha como si te persiguiera a ti Tommy Lee Jones.
La peli se sostiene (y se disfruta) gracias a dos tótems carismáticos: Harrison Ford como el Dr. Richard Kimble, y Tommy Lee Jones como el marshal que te mira como si le debieras dinero y encima le hubieras mentido.
Y lo mejor es que la historia gira alrededor de esa caza: el fugitivo y el perseguidor, dos trenes en la misma vía… y ninguno con intención de frenar.
Andrew Davis juega contigo para que no sueltes la butaca: te mantiene atento, te va dando miguitas, y cuando toca, te mete “trucos” (o directamente “trampas” de guion) que a un espectador poco exigente le dan igual si se lo está pasando bien. Y aquí viene la clave: funciona porque el espectáculo está tan bien engrasado que tú mismo te dices “bah, da igual, ¡si está buenísima!”.
Y sí: importante, esto viene de una serie. El fugitivo (serie) fue un fenómeno en ABC entre 1963 y 1967, creada por Roy Huggins, con David Janssen como el Dr. Richard Kimble y Barry Morse como el teniente Philip Gerard (el “Javert” televisivo que no descansaba ni para beber agua).
Tuvo 4 temporadas y 120 episodios, y su final (agosto de 1967) fue remembered-level: una barbaridad de audiencia para la época.
Lo curioso es que la peli, pese a ser muy de su década, no ha envejecido mal: ritmo, tensión, set pieces y ese pique actoral que hoy se echa de menos entre tanto CGI con cara de póker.
Qué bueno es el doctor Dr. Richard Kimble. (Si te persiguen así, al menos que sea con dignidad y carisma, hombre.)