Sara Naves es animadora y directora portuguesa, con trayectoria ligada sobre todo a la animación.
No hay demasiada información pública detallada sobre su filmografía como directora, más allá de este corto y trabajos previos en animación.
Sí consta su participación en proyectos colectivos y producciones animadas europeas, pero poco más que sea verificable con seguridad.
Aquí firma un corto muy personal, de esos que no nacen de una ocurrencia, sino de una herida.
El estado del alma es un retrato seco, oscuro y bastante certero de la depresión, la hipocondría y esa tristeza existencial que convierte cualquier día normal en una cuesta arriba con chinchetas.
Todo se percibe roto, negro, hostil, como si el mundo entero conspirara para recordarte que estás mal… y encima mal visto.
El corto acierta al no edulcorar nada: la sensación de incomprensión, de juicio constante, de estar solo incluso cuando hay gente alrededor.
La animación acompaña ese estado mental sin necesidad de subrayados innecesarios, y eso le da verdad y respeto al relato.
No busca gustar, busca entender. Y eso se agradece.
Es un corto triste, muy triste, pero también honesto.
Y cuando parece que no hay salida, aparece un pequeño atisbo de esperanza, casi tímido, casi susurrado.
Menos mal.
Porque sin ese respiro final, el corto sería un golpe demasiado duro… incluso para los que ya sabemos de qué va la cosa.
El estado del alma no te levanta el ánimo, pero te hace sentir acompañado. Y a veces, eso ya es muchísimo.
El corto de Rubén: querías hacer cine… y acabaste haciendo metacine (con presupuesto y terapia).
José María Fernández de Vega viene del mundo de la animación y la producción, y se nota: sabe dónde pisa y dónde duele.
Cofundador del estudio GLOW, ha estado ligado a proyectos tan celebrados como Buñuel en el laberinto de las tortugas, donde ya se veía su querencia por mezclar reflexión, riesgo y dibujo.
Antes firmó el corto Operación Frankenstein, y con El corto de Rubén parece decir: “sí, hacer cine mola… hasta que empiezas a hacerlo”.
No inventa la pólvora, pero sabe exactamente dónde prenderla.
El corto de Rubén es una comedia muy seria sobre el acto de crear hoy en día.
Arranca como la historia de un cineasta —Rubén Barbosa, estupendo en el juego del “yo pero no yo”— con una idea clara y termina convirtiéndose en otra cosa muy distinta, como suele pasar en la vida real, pero aquí sin disimulo ni vergüenza.
La mezcla de imagen real y animación no es postureo: la animación cambia de estilo constantemente, como si el propio corto dudara de sí mismo a cada paso.
Y eso es justo lo divertido y lo inteligente: el corto muta, se contradice y se reescribe mientras avanza, reflejando ese cine contemporáneo en el que todo se negocia, todo se corrige y nada queda exactamente como lo soñaste a las tres de la mañana.
La presencia de Cristina Gallego es un regalo: aparece y automáticamente el corto gana empaque, ironía y verdad.
Ella aporta ese punto de lucidez que equilibra el cachondeo y evita que el invento se vuelva ombliguista.
Al final, en sus veintipocos minutos, El corto de Rubén acaba siendo un retrato muy certero —y bastante cariñoso— de cómo se hace cine hoy: entre la ilusión, el caos, las buenas intenciones y algún que otro Excel asesino.
La miliciana que te da una bofetada histórica… y encima con stop motion.
Vicente Mallols es animador y director centrado en stop motion y animación “artesana”.
En su trayectoria aparecen trabajos en Caracolímpicos, la peli Pos Eso y la serie Clay Kids (donde llegó a dirigir episodios).
Fundó Pangur Animation y más tarde dirigió la serie El diario de Bita y Cora y la 2D Trazo crítico (basada en personajes de Ortifus).
También ha dirigido el corto The Inner Life (2021).
(Dato práctico: en algunas noticias hay un baile con el apellido “Mayols/Mallols”, pero las fichas de festival/distribución y medios especializados lo dan como Vicente Mallols.)
A mí Carmela me ha parecido un corto extraordinario. Y lo digo sin la típica coletilla de “para ser un corto”: no, no. Es un golpe directo a la memoria y a la dignidad.
Nos cuenta la vida de una miliciana y reivindica la figura de la mujer en la España de la Segunda República y en la España de la Guerra.
Esa mujer luchadora que entregó su vida, sus manos y su corazón a la causa de la libertad.
Aquí la palabra “miliciana” no es decorado: es identidad, es cuerpo, es decisión.
Y el corto lo deja clarísimo: la lucha era doble, contra el fascismo y por no perder derechos conquistados.
Y luego está lo más importante: el mensaje. Entrañable, necesario y profundamente respetable. Porque esa idea perezosa de “la Guerra Civil ya pasó, hay que olvidarlo” suena muy bien… hasta que te das cuenta de que olvidar siempre beneficia al mismo bando: al del que no pagó nada.
No: no hay que olvidar. Hay que recordar con nombres, con historias, con caras. Y Carmela hace exactamente eso: rescata, reivindica y te obliga a mirar de frente.
Así que sí: yo aplaudo a Vicente Mallols y aplaudo este corto, que para mí es sensacional como pieza reivindicativa.
Y además lo hace desde la animación, que es ese sitio donde algunos creen que todo es “para niños”… hasta que llega una miliciana de plastilina y te deja llorando como un señor mayor en una estación.
De Zafra sí hay recorrido claro en animación: ha trabajado en Psiconautas, los niños olvidados y Unicorn Wars, siempre en territorios incómodos y poco aptos para almas delicadas.
De Amézqueta, la información pública es más escueta: codirección, animación y estudio propio, pero sin una filmografía larga y cerrada que llevarse a la boca. Si hay más, no está bien documentado.
En Buffet Paraíso no hay medias tintas: personajes grotescos, inflados, chorreantes de grasa y lípidos hasta parecer más embutido que ser humano, acuden a una comida pantagruélica que roza lo obsceno.
Y la pregunta flota todo el rato: ¿esto es exageración o espejo?
¿Son monstruos ficticios o vecinos del primero mundo con tenedor libre y conciencia en huelga?
El corto funciona como sátira directa al estómago y al cerebro.
Te ríes, sí, pero con una risa incómoda, de esas que engordan.
La opulencia se convierte en paisaje habitual, mientras la idea de que fuera de ese buffet hay otros humanos pasando hambre ni aparece en el menú.
No hace falta subrayar nada: la imagen ya empacha.
Es animación breve, afilada y bastante puñetera.
No moraliza, pero te deja mal cuerpo.
Como un atracón del que te arrepientes… justo cuando ya es tarde.
Nia DaCosta es una directora con personalidad, pulso visual y gusto por el terror incómodo.
Ahí están Candyman (2021), revisión con mala uva y subtexto, y The Marvels (2023), donde sobrevivió a la trituradora Marvel.
Aquí se mueve más cómoda: distopía, suciedad moral y provocación sin pedir perdón. Estilo tiene. Y no poco.
Seguimos estirando esta saga mutante que mezcla ciencia ficción distópica, body horror, terror psicológico y zombis con ínfulas existenciales.
28 años después: El templo de los huesos funciona como continuación directa y, ojo, encaja bien con su antecesora.
La película tiene elementos muy atractivos, incluso fascinantes.
Para empezar, esa panda de rubios llamados los Jimmis, una especie de versión descerebrada y posapocalíptica de La naranja mecánica.
El look mola, no lo voy a negar, pero su nivel de estupidez roza lo ofensivo. Estética sí, neuronas las justas.
Luego está el gran hallazgo: el templo de huesos creado por el doctor Kelson, interpretado por Ralph Fiennes, que está sencillamente estupendo.
Su personaje construye un espacio y una atmósfera profundamente distópicos, perturbadores, casi rituales, que generan una incomodidad difícil de digerir. Y eso es un halago.
Y llega el momento cumbre: un número musical con Iron Maiden que es directamente descomunal.
Una performance de Fiennes que se te queda grabada en la retina y que, sin exagerar, justifica media película.
Cine desatado, excesivo, casi obsceno. Maravilloso.
También aparece la figura del Sansón, interpretado por Chi Lewis-Parry, un hombretón que recuerda inevitablemente a Jason Momoa (aunque no lo sea) y que abre una posible vía nueva para la saga.
Hay ahí material interesante… y hasta aquí puedo leer sin destripar nada.
Ahora bien. Problema. Empieza a notarse el cansancio.
Da la sensación de que la saga ya no avanza, sino que se retuerce sobre sí misma.
Las ideas para renovar el universo de los infectados son cada vez más enrevesadas, más barrocas, menos naturales.
Y se echa de menos aquella simplicidad brutal, casi primitiva, de 28 días después, cuando todo era miedo, carrera y desesperación sin florituras.
Película potente, visualmente arriesgada, con momentos memorables y un Fiennes en modo chamán del apocalipsis.
Pero también con síntomas claros de fatiga.
El zombi sigue andando… pero ya arrastra un poco el pie. 🧟♂️
La risa y la navaja: tres horas y media de colonialismo, dudas morales… y paciencia zen.
Pedro Pinho es uno de los nombres fuertes del cine portugués reciente, muy pegado al cine político y al realismo incómodo.
Ya avisó con A Fábrica de Nada (2017), larguísima, colectiva y muy a contracorriente.
Aquí vuelve a estirar el tiempo, los silencios y la incomodidad moral.
No rueda para gustar: rueda para remover. Y lo hace a conciencia.
Estamos ante una producción portuguesa de 211 minutos, que se dicen pronto y se sienten largo. Muy largo.
La risa y la navaja se articula alrededor de un ingeniero portugués que viaja a Guinea-Bisáu para validar ambientalmente la construcción de una carretera.
Punto de partida aparentemente técnico, pero en realidad es la excusa perfecta para hablar —y mucho— del colonialismo, de sus mutaciones modernas y de cómo la metrópoli sigue mandando… aunque finja no hacerlo.
El protagonista es un tipo poco carismático, casi transparente, y eso no es un defecto sino una decisión: él observa, se sorprende, aprende y también se pierde.
Los locales lo miran con curiosidad por su sencillez, él mira el país con una mezcla de culpa, desconcierto y fascinación.
En ese trayecto se enfrenta a nuevas relaciones, amistades inesperadas y a su propia homosexualidad, tratada con una naturalidad que resulta muy poco habitual en este tipo de relatos.
Hay personajes potentísimos, como ese João que representa al cacique blanco reciclado, capaz de montar una bronca monumental en una de las escenas más brutales y memorables de la película.
El film está lleno de momentos extravagantes, casi hipnóticos, que a veces te sacuden, otras te abruman… y sí, otras te aburren soberanamente, porque el ritmo es lento, reiterativo y poco amigo del espectador con TikTok en la cabeza.
Y aun así, funciona. Porque cuando Pinho aprieta, duele. Y cuando afloja, te deja pensando.
Es una película más que interesante, muy recomendable, que quizá con menos metraje sería más “amable”… pero también es posible que perdiera parte de su rareza, su incomodidad y su gracia.
No es para todos los públicos ni para todas las sobremesas, pero si entras en su juego, La risa y la navaja se te queda clavada. Como la navaja. Y a ratos, también la risa.
Dos miradas pueden pesar más que una dictadura entera.
Juan José Campanella no es un director cualquiera: es un narrador clásico con alma popular y pulso de cirujano.
Argentino, formado en EE. UU., amante del guion bien cosido y del personaje antes que del plano bonito.
Su cine habla de personas, de derrotas íntimas y de emociones que no se dicen.
Antes de esta joya ya nos había dejado maravillas como El hijo de la novia (probablemente su película más querida), Luna de Avellaneda, El mismo amor, la misma lluvia y El niño que gritó “puta”.
Después vendrían Metegol y El cuento de las comadrejas.
Aquí, directamente, juega en otra liga. Campanella en estado de gracia absoluta.
Tenemos la enorme suerte de volver a ver en pantalla grande esta película descomunal, ganadora del Oscar a la Mejor Película de Habla No Inglesa (2010, correspondiente a las películas de 2009, que luego vienen los líos).
Y no fue casualidad: premios nacionales, internacionales y el aplauso unánime de crítica y público. Porque El secreto de sus ojos es, simple y llanamente, cine grande.
La película se sostiene sobre un guion extraordinariamente bien construido, donde se mezclan géneros con una naturalidad insultante: drama psicológico, thriller judicial, romance contenido, tragedia pura y una lectura política muy clara sobre la dictadura argentina y sus miserias morales. Todo cabe. Todo suma.
La historia avanza por dos tramas perfectamente engranadas.
Por un lado, la relación sentimental, amorosa y profundamente frustrada entre Ricardo Darín y Soledad Villamil.
Ella es Irene, inteligencia, elegancia y contención; él es Benjamín Espósito, un hombre atrapado en lo que siente y en lo que nunca se atreve a decir.
Ambos llenan la película de miradas cómplices, silencios elocuentes y sentimientos masticados durante años.
Romance sin besos, pero con heridas.
Por otro lado, un thriller criminal potentísimo: la investigación del asesinato y violación de una joven, donde la trama judicial se va contaminando de política, corrupción y miedo.
Aquí la película se vuelve incómoda, amarga y profundamente trágica.
Y entonces aparece Guillermo Francella como Pablo Sandoval. Qué personaje. Qué actor. En aquel momento no era aún el Francella hiperpopular de hoy, y aquí se marca una interpretación enorme: entrañable, triste, autodestructiva y heroica. Un héroe imperfecto, consciente de sus debilidades, que deja una huella imborrable.
El reparto secundario es de lujo: Javier Godino da auténtico miedo como el asesino, con una frialdad escalofriante, y Mario Alarcón, como el juez Fortuna, clava al personaje detestable. Un gilipollas perfecto, dicho sea con rigor técnico.
La película está llena de miradas: tiernas, cómplices, rotas, aterradoras.
Y los diálogos son clave: incisivos, inteligentes, certeros, memorables.
Las escenas entre Darín y Francella son oro puro. Y sí, hay secuencias que ya son historia del cine (esa del estadio es directamente antológica), pero lo que permanece es el poso emocional.
Boyero, contra todo pronóstico, se rindió. Habló de una película magnífica, elogió sin reservas el guion, el clasicismo narrativo y volvió a subrayar la grandeza interpretativa de Ricardo Darín. Boyero contento. Señal inequívoca de obra mayor.
El secreto de sus ojos es una película extraordinaria, una de las grandes de la historia del cine contemporáneo.
Una obra que habla del amor no vivido, de la justicia imposible y de las heridas que no cicatrizan.
Y todo contado con una elegancia narrativa impecable por Juan José Campanella, al que venero especialmente por El hijo de la novia, pero que aquí se supera a sí mismo.
Cine del que se queda contigo. Del que no se olvida. Y del que te vuelve a mirar cuando ya ha terminado la película.
Petra Biondina Volpe juega en casa con el cine social y no se esconde.
Su filmografía es corta pero muy clara en intenciones.
Debutó con Traumland (2013), pegó un puñetazo encima de la mesa con El orden divino (2017), una de las películas suizas más comentadas de los últimos años, y aquí vuelve a demostrar que sabe mirar a la gente currante sin paternalismo ni subrayados de rotulador fluorescente.
Dirección seca, muy funcional, siempre al servicio del personaje. Nada de postureo. Y eso se agradece.
Turno de guardia fue una de las películas que más impacto causó en el Festival de Sevilla, y no por escándalo ni alfombra roja, sino porque te deja agotado, que ya es mérito.
Estamos ante una producción suiza que se centra en algo tan aparentemente poco cinematográfico como una sola tarde de trabajo de una enfermera de planta en un hospital.
Y aquí está la clave: todo recae sobre ella.
La película se sostiene —y se eleva— gracias al trabajo descomunal de Leonie Benesch, actriz sensacional a la que muchos descubrimos (y veneramos) en La sala de profesores, una película que, lo digo sin pudor, me entusiasmó.
Aquí vuelve a demostrar que es de las actrices europeas más potentes de su generación, cargando la película a la espalda sin red.
Su personaje no para. Literalmente.
Corre de una habitación a otra, atiende urgencias, calma familiares, limpia, recoloca pacientes, escucha, se desborda, se recompone y sigue.
Intenta hacerlo todo… y hacerlo bien. Y claro, no llega. Nadie llegaría.
Hay momentos de crispación, de pérdida de nervios, de humanidad pura, de ternura inesperada y de una profesionalidad que impresiona.
Desde mi mirada médica, hay cosas que llaman poderosamente la atención: en la sanidad suiza esta enfermera hace tareas que en España realizarían auxiliares de clínica o celadores. Aquí lo hace todo. Y cuando digo todo, es todo.
La planta se sostiene entre dos enfermeras. Dos.
El nivel de carga laboral es tan brutal que la película roza a ratos lo asfixiante, y eso está muy bien transmitido al espectador.
La situación es constantemente agobiante, a veces directamente dramática, pero la película nunca se vuelve histérica.
Todo fluye con un realismo casi documental.
Y eso hace que funcione como un homenaje muy honesto a las enfermeras, a esa labor imprescindible, poco reconocida y escasamente compensada.
Las enfermeras españolas que yo conozco —y no son pocas— encajan perfectamente en este retrato: trabajadoras, competentes, abnegadas y sosteniendo el sistema a base de vocación y paciencia.
La película maneja muy bien la tensión cotidiana, la que no sale en los informativos pero te machaca el cuerpo y la cabeza.
Además, la fotografía acompaña con inteligencia, sin florituras, ayudando a que la narración sea fluida y muy eficaz.
Todo suma para que estemos ante una película muy competente, sólida y necesaria.
Y sí, puede parecer pequeña. Pero pequeña no es sinónimo de menor.
Aquí hay cine del bueno, del que no necesita levantar la voz para que lo escuches.
Turno de guardia es una película honesta, tensa, muy bien interpretada y dirigida con cabeza.
Sales del cine cansado, con un nudo en el estómago y mirando a las enfermeras con aún más respeto. Y eso, en los tiempos que corren, no es poca cosa.
Cómo pedalear en familia sin acabar a gritos (o casi)
Extraño río (Estrany riu) va de bicis, tiendas de campaña y silencios incómodos.
Lo que viene siendo unas vacaciones familiares… pero filmadas con sensibilidad indie y sin chistes de suegras.
El director.Jaume Claret Muxart firma una ópera prima de tono íntimo y mirada contenida.
Aquí demuestra pulso para observar sin subrayar y dejar que las cosas respiren.
Minimalismo bien entendido, sin postureo de manual.
Entro a Extraño río por la puerta grande de las nominaciones a los Goya (dirección novel, actor revelación) y me quedo por la honestidad.
También tiene un buen montón de nominaciones en la próxima edición de los Premios Gaudí, los décimo octavos, entre otros a mejor película y mejor nuevo director.
Se presentó en Venecia en la sección Orizzonti.
Una familia catalana se lanza a recorrer Alemania en bici, durmiendo donde pillan, mientras el hijo mayor —Jan Monther, 16 años— va descubriendo quién es, a quién mira y por qué ya no le apetece tanto ir de camping con papá y mamá.
La peli tiene ese aroma a cine de autor europeo que alterna postales preciosas con discusiones tontas (las más reales).
Hay tensiones, silencios, pequeñas explosiones y una aceptación familiar de la homosexualidad del chaval que se agradece por natural y nada discursiva.
¿Historia vista? Sí. ¿Bien contada? También. Y eso ya es media victoria.
No busca el drama grande ni el subrayado grueso. Prefiere observar cómo se rompe la infancia mientras pedalean. Y funciona. A ratos incluso emociona, que no es poco.
Cine pequeño, honesto, bien mirado. No te cambia la vida, pero te acompaña un buen rato. Y sin ampollas… o casi 🚲🎬
Hay actos que no duran nada y, aun así, dan mucho juego. La lectura de nominados a los Premios Goya 2026 fue uno de ellos.
Allí estuve, con mi padrino, en la Academia Carlos Taillefer, saludando a amigos, estrechando manos conocidas y confirmando una vez más que el cine español, cuando se pone serio, también sabe ser cordial. Todo correcto, todo educado, todo muy de “somos profesionales y nos queremos”.
En el escenario, Arturo Valls y Toni Acosta, visiblemente emocionados pero sin pasarse, leyendo nombres con ese tono de quien sabe que está repartiendo alegrías… y algún que otro cabreo doméstico. Estuvieron bien. Ágiles. Simpáticos. Nada que objetar.
Y luego llegó la lista.
Y ahí ya… empezamos a divertirnos.
🎬 Las películas: quién manda, quién acompaña y quién rellena
👑 Los domingos – 13 nominaciones
Aquí no hay debate posible.
Los domingos es la gran vencedora de la tarde, la niña bonita, la película que la Academia ha decidido abrazar con las dos manos y sin complejos.
Trece nominaciones no se consiguen por casualidad. Se consiguen cuando una película encaja perfectamente en el imaginario académico: cine serio, con vocación autoral, con reparto solvente, con temas importantes y con esa sensación de “esto es cine del bueno”.
Está en todo lo importante:
– Mejor película – Dirección – Guion – Actriz protagonista – Actor de reparto – Dos actrices de reparto – Y un buen puñado de categorías técnicas
Vamos, que si no gana algo gordo será casi noticia.
La Academia aquí no duda. Aquí apuesta fuerte.
🔥 Sirât – 11 nominaciones
Muy cerquita, pisándole los talones, aparece Sirât con once nominaciones.
Película menos complaciente, más incómoda, más de autor con mayúsculas.
Que esté tan arriba dice algo interesante: la Academia quiere parecer valiente, aunque luego ya veremos si lo es del todo la noche de la gala.
Está en película, dirección, guion, interpretación y técnicas.
No es la favorita, pero sí la alternativa respetable.
🌴 Maspalomas – 9 nominaciones
El comodín perfecto.
Esa película que gusta a muchos sin apasionar a casi nadie, pero que cae bien en todas las mesas.
Nueve nominaciones repartidas con cabeza:
– Película – Dirección – Actor protagonista – Actor de reparto – Guion – Apartado técnico sólido
No lidera, no revoluciona, pero está en todas las quinielas. Y eso, a veces, es suficiente para acabar subiendo al escenario.
🍽️ La cena – 8 nominaciones
Aquí la Academia ha reconocido el trabajo actoral y de texto.
Está bien que la Academia haya apostado por incluir una comedia entre lo mejor del año. Algo de risas hacía falta.
Ocho nominaciones bien colocadas, sin excesos, pero con respeto:
– Película – Dirección – Actor protagonista – Actriz de reparto – Guion – Varias técnicas
No parece destinada a arrasar, pero sí a dejar huella.
🎧 Sorda – 7 nominaciones
Una de las alegrías reales del listado.
Película más pequeña en apariencia, pero tratada con mimo.
La ganadora en el Festival de Málaga siempre acaba estando entre las nominadas, aunque sea un ópera prima.
Se cuela en:
Mejor Película
Mejor Dirección Novel – Eva Libertad
Mejor Guion Adaptado – Eva Libertad
Mejor Actor de Reparto – Álvaro Cervantes
Mejor Actriz de Reparto – Elena Irureta
Mejor Actriz Revelación – Miriam Garlo
Mejor Sonido – Urko Garai, Enrique G. Bermejo, Alejandro Castillo
Aquí la Academia ha hecho algo bien: dar visibilidad sin condescendencia.
🎭 Interpretaciones: luces, alegrías… y el elefante en la habitación
😀 Los hermanos Cervantes
Que Ángela Cervantes esté nominada a mejor actriz protagonista y Álvaro Cervantes a mejor actor de reparto es una noticia estupenda.
Dos carreras construidas sin ruido, sin hype artificial, a base de trabajo serio.
Aquí no hay discusión posible: merecidísimo.
🤨 Mario Casas
Mario Casas ha sido nominado a los Goya 2026 por su papel en la película Muy lejos, dirigida por Gerard Oms.
En esta película interpreta a Sergio, un personaje que atraviesa una crisis vital y acaba enfrentándose a sus propias incertidumbres lejos de su entorno habitual.
Y ahora sí.
Respiramos.
Lo decimos.
La nominación de Mario Casas como mejor actor protagonista provoca asombro, desconcierto y ese gesto de ceja levantada que todos hemos hecho alguna vez en el cine.
No es una cuestión personal.
Es una cuestión interpretativa.
Que esté nominado no lo convierte de repente en buen actor.
Lo convierte en nominado, que no es lo mismo.
Aquí la Academia ha optado claramente por el nombre popular, por el actor reconocible, por el “bueno, venga, metámoslo”. Y ya.
🎞️ Lectura general: una Academia muy reconocible
Estos Goya 2026 dejan claro que:
– Los domingos es la apuesta central
– Sirât es el gesto de autor
– Maspalomas y La cena son el consenso
– Sorda es la conciencia tranquila
– Y Mario Casas… es Mario Casas
Todo bastante previsible.
Todo bastante reconocible.
Y aun así, entretenido, que no es poca cosa.
📋 LISTA DE NOMINADOS – CATEGORÍAS PRINCIPALES
Mejor Película
La cena
Los domingos
Maspalomas
Sirât
Sorda
Mejor Dirección
Alauda Ruiz de Azúa – Los domingos
Oliver Laxe – Sirât
Aitor Arregi & Jose Mari Goenaga – Maspalomas
Carla Simón – Romería
Albert Serra – Tardes de soledad
Mejor Actor Protagonista
José Ramón Soroiz – Maspalomas
Mario Casas – Muy lejos
Alberto San Juan – La cena
Miguel Garcés – Los domingos
Manolo Solo – Una quinta portuguesa
Mejor Actriz Protagonista
Patricia López Arnaiz – Los domingos
Nora Navas – Mi amiga Eva
Susana Abaitua – Un fantasma en la batalla
Antonia Zegers – Los Tortuga
Ángela Cervantes – La furia
Mejor Actor de Reparto
Álvaro Cervantes – Sorda
Kandido Uranga – Maspalomas
Miguel Rellán – El cautivo
Juan Minujín – Los domingos
Tamar Novas – Rondallas
Mejor Actriz de Reparto
Nagore Aranburu – Los domingos
Elena Irureta – Los domingos
Elvira Mínguez – La cena
Miriam Gallego – Romería
María de Medeiros – Una quinta portuguesa
La lista completa para los muy cafeteros:
MEJOR PELÍCULA
La cena
Los domingos
Maspalomas
Sirât
Sorda
MEJOR DIRECCIÓN
Alauda Ruiz de Azúa, por Los domingos
Carla Simón, por Romería
Oliver Laxe, por Sirât
Jose Mari Goenaga y Aitor Arregi, por Maspalomas
Albert Serra, por Tardes de Soledad
MEJOR ACTRIZ PROTAGONISTA
Ángela Cervantes, por La furia
Patricia López Arnaiz, por Los Domingos
Antonia Zegers, por Los Tortuga
Nora Navas, por Mi amiga Eva
Susana Abaitua, por Un fantasma en la batalla
MEJOR ACTOR PROTAGONISTA
Alberto San Juan, por La cena
Miguel Garcés, por Los domingos
Jose Ramón Soroiz, por Maspalomas
Mario Casas, por Muy lejos
Manolo Solo, por Una quinta portuguesa
MEJOR ACTRIZ DE REPARTO
Elvira Mínguez, por La Cena
Nagore Aramburu, por Los domingos
Miryam Gallego, por Romería
Elena Irureta, por Sorda
María de Medeiros, por Una quinta portuguesa
MEJOR ACTOR DE REPARTO
Miguel Rellán, por El cautivo
Juan Minujín, por Los domingos
Kandido Uranga, por Maspalomas
Tamar Novas, por Rondallas
Álvaro Cervantes, por Sorda
MEJOR ACTRIZ REVELACIÓN
Nora Hernández, por La cena
Blanca Soroa, por Los domingos
Elvira Lara, por Los Tortuga
Llúcia García, por Romería
Miriam Garlo, por Sorda
MEJOR ACTOR REVELACIÓN
Antonio “Toni” Fernández Gabarre, por Ciudad sin sueño
Julio Peña, por El cautivo
Hugo Welzel, por Enemigos
Jan Monter Palau, por Estrany Riu
Mitch, por Romería
MEJOR DIRECCIÓN NOVEL
Ion de Sosa, por Balearic
Jaume Claret Muxart, por Estrany riu
Gemma Blasco, por La furia
Gerard Oms, por Muy lejos
Eva Libertad, por Sorda
MEJOR GUION ORIGINAL
Alauda Ruiz de Azúa, por Los domingos
José Mari Goenaga, por Maspalomas
Agustín Díaz Yanes, por Un fantasma en la batalla
Oliver Laxe y Santiago Fillol, por Sirât
Avelina Prat, por Una quinta portuguesa
MEJOR GUION ADAPTADO
Guillermo Galoe y Víctor Alonso-Berbel, por Ciudad sin sueño
Celia Rico Clavellino, por La buena letra
Joaquín Oristrell, Manuel Gómez Pereira y Yolanda García Serrano, por La cena
Carla Simón, por Romería
Eva Libertad, por Sorda
MEJOR MÚSICA ORIGINAL
Carlos F. Benedicto, por El talento
Iván Palomares de la Encina, por Leo & Lou
Julio de la Rosa, por Los Tigres
Aránzazu Calleja, por Maspalomas
Kangding Ray, por Sirât
MEJOR CANCIÓN ORIGINAL
“La Arepera”, de Paloma Peñarrubia Ruiz, por Caigan las rosas blancas
“Flores para Antonio”, de Alba Flores y Silvia Pérez Cruz, por Flores para Antonio
“Hasta que me quede sin voz”, de Leiva, por Hasta que me quede sin voz
“Y mientras tanto, canto”, de Víctor Manuel, por La cena
“Caminar el tiempo”, de Blanca Paloma Ramos, Jose Pablo Polo y Luis Ivars, por Parecido a un asesinato
Wilde: cuando ser brillante en público y libre en privado te sale carísimo (y no lo cubre el seguro).
Brian Gilbert dirige con bastante pulso y sin ponerse estupendo (que ya lo hace Wilde por todos).
Antes había firmado Vice Versa (1988), la polémica Not Without My Daughter (1991) y Tom & Viv (1994).
Después hizo The Gathering (2003).
No es un autor “de marca”, pero aquí le sale una peli muy fina y muy humana.
Esto no es el biopic de “nació, triunfó, cayó, Oscar a maquillaje”.
Wilde va a lo importante: el alma del personaje.
Y ahí Stephen Fry está sensacional, rotundo, con una verdad que te hace pensar que no está interpretando: está conviviendo con Oscar Wilde.
La peli te lo pinta ilusionado, ingenioso, provocador, capaz de hacer reír y fascinar… mientras su vida privada despierta una inquina social que da ganas de repartir collejas con guante victoriano.
El retrato funciona porque no lo convierte en estatua: es un intelectual y un artista que quiere vivir su sexualidad en libertad y defenderla, con lucidez y con miedo, con orgullo y con desgaste.
Y luego está el “entorno”, que es como para pedir cambio de reparto en la vida real.
Jude Law (como Lord Alfred Douglas, el famoso “Bosie”) resulta perfectamente detestable: niño rico caprichoso, manipulador, y encima con ese punto de “yo rompo cosas y tú pagas”.
Frente a eso, la peli coloca contrapuntos que elevan todo: Jennifer Ehle está magnífica como la esposa, y Vanessa Redgrave impone esa presencia suya de “he entrado en plano y ya me pertenece”.
Michael Sheen se nota ya el futuro de actor grande (aquí interpreta a Robbie Ross, el amigo leal).
Tom Wilkinson borda al Marqués de Queensberry (odioso con doctorado).
Lo de Orlando Bloom es la típica anécdota cinéfila deliciosa: aparece en un papel pequeño antes de ser Legolas en El Señor de los Anillos (pero aquí no hay elfos: hay hostias morales).
Una película magnífica, elegante sin ser cursi, emotiva sin chantaje, y con un punto “educativo” que hoy vendría bien recuperar: el recordatorio de que el talento no te salva de la hipocresía colectiva… pero al menos te deja frases mejores para responder.
La asistenta o “te limpio la casa y de paso el cerebro”
Paul Feig es un director muy reconocible, especialista en comedia comercial con brillo industrial.
En su currículum están La boda de mi mejor amiga, Cazafantasmas (2016), Un pequeño favor y Last Christmas.
Sabe manejar reparto y ritmo, pero rara vez se mete en charcos profundos.
Aquí no es la excepción: todo muy pulcro, muy medido… y muy vacío.
La gran baza de La asistenta es, sin discusión, el reparto. Encabezado por Sydney Sweeney, que viene con el aura de estrella generacional tras Euphoria, y por Amanda Seyfried, veterana ya del cine de guapas con oficio, que ejerce de contrapunto perfecto. Entre ambas sostienen el invento.
En el lado masculino aparecen Brandon Sklenar y Michele Morrone que no son más que comparsas en una trama que sostienen las mujeres.
La película es tramposa hasta decir basta: juega a intercambiar roles morales —los malos parecen buenos, los buenos parecen malos— para luego revelarnos que todo era mentira, que el guion nos ha llevado del ronzal como a una cabra.
El problema es que el truco es tan espurio, tan impostado y tan fuera de tono que no sorprende: chirría.
Está llena de giros absurdos, situaciones prácticamente increíbles y estupideces varias, pero todo envuelto en ese envoltorio confortable del telefilme de serie B para plataforma.
Cero provocación, cero riesgo. Cine para ver mientras miras el móvil y olvidar al día siguiente.
Y sí, Sydney Sweeney aprovecha su tirón para lucir cuerpo delante de la cámara —como si no hubiera otra cosa que ofrecer—, lo cual resulta tan evidente como triste.
Desolador que un producto tan rutinario funcione tan bien en taquilla. Pero ya sabemos: la asistenta limpia… y el público traga.
¿Carlos Boyero ha dicho algo? Que conste: no he encontrado comentario suyo sobre esta película. Igual la vio y decidió proteger su salud mental. No se lo reprocho.
El médico II o “cuando la peste no es la enfermedad sino la película”
Philipp Stölzl es un director alemán con querencia por el cine histórico-grandilocuente y la épica de cartón piedra.
En su filmografía destacan Cara Norte, Joven Goethe en el amor, El médico (sí, aquella…) y La piel fría.
Sabe mover la cámara, pero a veces se le olvida mover el alma del relato.
Aquí vuelve a tropezar en la misma piedra. La grande. La que ya conocemos.
Fue bochornoso ver cómo hace años este mismo director destrozaba la novela de Noah Gordon en El médico, y esta segunda parte insiste en el desastre con una perseverancia casi científica.
Todo suena falso: los personajes, las situaciones, los conflictos… Parece un cuento medieval mal contado, de esos que no engañan ni al juglar.
No te crees absolutamente a nadie. Ni al bueno, ni al malo, ni al que pasa por allí.
Y cuando llega la reina supermalvada —tan mala que roza el esperpento— la cosa ya entra en territorio involuntariamente cómico: más que villana, caricatura con corona.
La trama avanza a trompicones, forzada, impostada, sin pulso ni emoción.
No entretiene, no convence y no molesta… porque para eso tendría que provocar algo.
Un absoluto desastre, dicho con todo el cariño del mundo y ninguna misericordia.
¿Carlos Boyero ha dicho algo? Que yo sepa, no. Y casi mejor así. A veces el silencio también es crítica.
Diagnóstico final: pronóstico muy grave. Y esta vez no hay médico que lo cure. 🩺💀
Amanecer, o cómo casi matas a tu mujer y luego te arrepientes (mal)
Si existe el cine con mayúsculas, éste va en el primer párrafo del diccionario. Amanecer no es solo un clásico: es cine en estado puro, sin anestesia y con belleza a paladas.
F. W. Murnau, alemán, expresionista, genio y señor muy serio. Venía de firmar Nosferatu, El último y Fausto, y en Hollywood se marcó este milagro visual donde manda la cámara, la luz y el movimiento.
Cine de sombras, de atmósferas y de personajes diseñados casi como si fueran esculturas.
Aquí no hay plano porque sí. Todo suma. Todo pesa.
Amanecer es, probablemente, una de las grandes películas de la historia del cine. Y no es postureo cinéfilo: es verdad verdadera.
George O’Brien está descomunal, pasando de ogro inquietante a amante refinado con una transformación física que hoy se estudiaría en primero de Actor Studio.
Janet Gaynor es la bondad hecha persona: dulzura, inocencia y una mirada que te reconcilia con la humanidad.
Y Margaret Livingston, sofisticada y venenosa, es la tentación con tacones.
La película se divide clarísimamente en tres actos.
Primero, drama rural con aroma a thriller: tensión pura ante un asesinato que parece inevitable.
Segundo, comedia romántica luminosa, casi un baile continuo de amor recuperado, con humor y alegría inesperados.
Y tercero, tragedia: la naturaleza se enfada, el destino aprieta y el drama vuelve a llamar a la puerta con mala leche.
Visualmente es una locura: cámara en movimiento cuando nadie lo hacía, dobles exposiciones, decorados expresionistas y una fotografía que sigue siendo moderna casi cien años después. Murnau estaba jugando en otra liga.
Sobre Carlos Boyero, no es sospechoso de sentimentalismo barato, y aun así ha citado Amanecer en más de una ocasión como una de las cumbres absolutas del cine, de esas que te recuerdan por qué amas este arte.
Y encima, vista en pantalla grande, en la Asociación de Amigos del Cine de Azuqueca. Un lujo irrepetible. De esos que no se olvidan. Cine, cine y más cine. 🎬
Ocho mujeres cabreadas y el patriarcado que las hizo así.
Félix Sabroso vuelve a su terreno favorito: personajes al borde del ataque de nervios, humor negrísimo y tragedias que te hacen reír… y luego pensar “uy, esto era muy serio”.
Aquí no inventa la pólvora, pero la prende fuego con elegancia y mala leche.
Dirección segura, ritmo medido y un gusto por el exceso que ya es marca de la casa.
Félix Sabroso ha construido una filmografía marcada por la comedia negra, el exceso y personajes al límite.
En cine destacó con Perdona bonita, pero Lucas me quería a mí y Descongélate!, puro veneno pop noventero.
Luego afinó su mala leche con Los años desnudos (Clasificada S), mirando a la Transición con ironía y melancolía.
En televisión ha brillado con series corales y provocadoras, culminando ahora con Furia, su versión más afilada.
Lo que parece una comedia es en realidad una tragedia con tacones afilados.
Furia nos presenta a un grupo de mujeres muy distintas —en edad, clase y vida— unidas por una constante: la desgracia, casi siempre con nombre y barba.
La serie arranca contando historias separadas y acaba cruzándolas como si Robert Altman se hubiera ido de cañas con Pedro Almodóvar.
Todo es exceso, provocación y mala uva bien canalizada: dramas gordos tratados en clave de comedia que acaban siendo dolorosamente cómicos.
El reparto es un auténtico aquelarre de talento: Candela Peña, Carmen Machi, Cecilia Roth, Nathalie Poza, Pilar Castro, Ana Torrent, Claudia Salas, Claudia Roset, Mima Riera… imposible elegir sin pelearse con uno mismo.
Mención aparte para Marilú Marini, maravillosa en ese registro dramático-cómico que te hace reír y, al segundo, tragar saliva.
Entre los hombres, pocos santos: Alberto San Juan está enorme (sorpresa: ninguna), Pedro Casablanc cumple con solvencia y Pepón Nieto se lo pasa pipa haciendo de malo, rompiendo su histórico carné de “buen chico del cine español”.
Furia es una de las apuestas más potentes del año porque mezcla humor, mala leche y actuaciones descomunales sin pedir perdón.
¿Qué dijo Carlos Boyero? Aquí soy honesto: no me consta ningún comentario suyo específico sobre la serie. Si lo hay, aún no ha llegado a mis oídos (ni a mis enfados habituales).
¿Por qué verla? Por las actrices, por el humor negro y porque, entre risa y risa, te clava una verdad incómoda. Y eso siempre escuece… pero engancha. 😏
Hollywoodgate: cuando el botín de guerra viene con manual de instrucciones… y nadie se lo ha leído.
Ibrahim Nash’at es un documentalista y periodista egipcio, y Hollywoodgate está considerada su ópera prima en largo.
Rodó “a lo que le dejaban” los talibanes, con un acceso rarísimo y bajo condiciones muy restrictivas (incluida la prohibición de filmar civiles).
La peli se gestó tras la retirada de EE. UU. en agosto de 2021, buscando mirar quién se quedaba con el país (y con el juguetito militar).
Se estrenó en Venecia (fuera de competición) y dura alrededor de 90 minutos.
Hollywoodgate es un documental que, literalmente, se construye con el “solo puedo filmar esto” de Ibrahim Nash’at: él acompaña a los talibanes tras la retirada de EE. UU. y se mete en una base abandonada repleta de material militar.
El centro del asunto es el jefe de las fuerzas aéreas talibanes, Mawlawi Mansour, empeñado en resucitar aviones y helicópteros dejados por los USA, y ese “¿volverán?” de los pilotos desertores que ahora tienen que ganarse la confianza del nuevo poder.
Y aquí viene lo desarmante: lo que vemos parece un caos imposible.
Un grupo de tipos desarrapados y desaliñados tomando el control del cotarro como si esto fuera una mezcla entre cuartel improvisado y feria de pueblo… y, aun así, mandan.
Lo que podría ser cómico, se te atraganta porque, fuera de plano, el que paga la broma es el común de los afganos. (Ríes un segundo, y al siguiente se te queda la risa como un calcetín mojado).
El documental funciona justo por eso: por la contradicción permanente entre la imagen de “milicia cutre” y la realidad de que son un régimen.
Y por cómo Nash’at te lo enseña sin darte caramelitos: él rueda lo permitido, y aun así lo que sale es inquietante.
Ah, y por si alguien pregunta “¿y esto dónde?”: en Filmin está como Hollywoodgate.
Cris Bernadó (nacida en Zaragoza en 1965) es una escritora española con varias novelas publicadas, muchas de ellas en torno a la Edad Media y la historia de Aragón.
Ha escrito novelas como Beatriz, la dama de Vallbona, Un cuento para Petronila y Historia de Ava, ambientadas en el medievo aragonés.
Su trabajo se centra a menudo en personajes históricos o inspirados en hechos reales, especialmente destacando el papel de las mujeres en épocas pasadas.
Ha participado en ferias del libro y ha ganado reconocimiento en certámenes de novela histórica en Aragón.
Además coordina un grupo de lectura y promueve la literatura local desde su comunidad.
Cris Bernadó en esta novela construye una historia muy pegada a lo personal y a la memoria familiar.
No es una autora mediática (todavía), pero aquí demuestra sensibilidad y oficio narrativo.
Se nota cariño, pero también intención de ordenar el caos del recuerdo. Si esto es un primer paso, ojo, que promete.
Lirios blancos es una novela construida a partir de las historias de la familia Bernadó, que ya de por sí tiene material de sobra para varias temporadas de serie.
Cris Bernadó coge esas anécdotas contadas a trozos, medio olvidadas o repetidas en cenas familiares, y hace algo muy sensato: recomponerlas con forma de relato y con estilo propio.
El resultado es un texto sentimental y, a ratos, melancólico, que emociona sin ponerse empalagoso (que esto tiene mérito). Se nota que hay verdad detrás y que la autora escribe desde la implicación personal, pero sin perder el pulso narrativo. Y sí, confieso que me ha tocado la patata.
Muy interesante el uso de distintos narradores y el cambio de formatos de texto, que refresca la lectura y evita que el libro se convierta en un “te cuento mi árbol genealógico y apáñate”. Aun así, aviso: entre tantos nombres y parentescos complejos, algún lector puede perderse… pero también forma parte del juego de reconstruir una saga familiar.
Conocer bien a los personajes ayuda a entender esa memoria fragmentada que la novela intenta ordenar.
Y lo mejor de todo: Cris Bernadó consigue trasladar historias familiares al ámbito literario, fijarlas en papel y salvarlas del olvido. Que no es poco.
Andrew Davis (nacido en 1946) es un artesano del thriller noventero: dirección funcional, ritmo de “no respires que te pierdes algo”.
Venía de pegar fuerte con Alerta máxima (1992) y aquí se marca una persecución con sabor a clásico.
Su cine suele ser muy de “te entretengo y ya si eso preguntamos luego por la lógica”.
Vamos, que no inventó la pólvora… pero la hizo correr muy rápido.
Con los años, El fugitivo se ha quedado como un clásico del cine de acción e intriga: de esos que pones “un rato” y acabas tragándote entero porque te engancha como si te persiguiera a ti Tommy Lee Jones.
La peli se sostiene (y se disfruta) gracias a dos tótems carismáticos: Harrison Ford como el Dr. Richard Kimble, y Tommy Lee Jones como el marshal que te mira como si le debieras dinero y encima le hubieras mentido.
Y lo mejor es que la historia gira alrededor de esa caza: el fugitivo y el perseguidor, dos trenes en la misma vía… y ninguno con intención de frenar.
Andrew Davis juega contigo para que no sueltes la butaca: te mantiene atento, te va dando miguitas, y cuando toca, te mete “trucos” (o directamente “trampas” de guion) que a un espectador poco exigente le dan igual si se lo está pasando bien. Y aquí viene la clave: funciona porque el espectáculo está tan bien engrasado que tú mismo te dices “bah, da igual, ¡si está buenísima!”.
Y sí: importante, esto viene de una serie. El fugitivo (serie) fue un fenómeno en ABC entre 1963 y 1967, creada por Roy Huggins, con David Janssen como el Dr. Richard Kimble y Barry Morse como el teniente Philip Gerard (el “Javert” televisivo que no descansaba ni para beber agua).
Tuvo 4 temporadas y 120 episodios, y su final (agosto de 1967) fue remembered-level: una barbaridad de audiencia para la época.
Lo curioso es que la peli, pese a ser muy de su década, no ha envejecido mal: ritmo, tensión, set pieces y ese pique actoral que hoy se echa de menos entre tanto CGI con cara de póker.
Qué bueno es el doctor Dr. Richard Kimble. (Si te persiguen así, al menos que sea con dignidad y carisma, hombre.)
El amor que permanece: divorciarse en Islandia, con cuatro estaciones, vino de más y gemelos desatados.
Hlynur Pálmason es uno de los nombres clave del cine islandés actual.
Autor de un cine muy físico, muy naturalista y muy de observar.
Le interesa más el tiempo, los gestos y los silencios que el drama subrayado.
Vamos, que no tiene prisa… y sabe perfectamente lo que hace.
La cosa no funciona. Nunca acaba de funcionar. Anna y Magnus, recién separados, se reúnen con sus tres hijos en la aldea rural donde viven con la madre. Y ahí, mientras pasan las cuatro estaciones, asistimos a la desintegración tranquila pero imparable de una relación.
Escenas cotidianas, pequeñas, casi domésticas, como si capturarlas pudiera salvarlas del olvido en un álbum familiar imaginario.
El amor que permanece es una película sencilla desde el punto de vista narrativo, muy costumbrista, muy de observar cómo respiran los personajes.
A veces es ridícula, a veces simpática y otras simplemente incómoda, como la vida misma.
Todos los personajes tienen su personalidad bien definida.
Hay momentos claramente cómicos y otros donde el drama asoma sin avisar.
En algunos pasajes, esa pareja rota recuerda inevitablemente al cine de Bergman (sí, ese).
Y en otros, la comicidad la ponen esos dos gemelos tipo Zip y Zape, que llevan la película a situaciones grotescas y realmente divertidas.
Muy interesante también cómo retrata el mundo del arte: los tratantes, el desprecio hacia el artista que intenta ser original y esa escena gloriosa —y dolorosa— del marchante defendiendo beber más de un litro de vino al día. Absolutamente ridícula. Tú sufres exactamente la misma incomodidad que la protagonista.
Y ojo a la protagonista: Saga Garðarsdóttir, nombre complicado donde los haya, está estupenda. Tiene presencia, verdad y muchísima naturalidad. Para mí, una joya del cine islandés actual… y de las que prometen quedarse.
El amor que permanece es pequeña, irregular a ratos, pero muy honesta, a veces muy divertida y otras dolorosamente reconocible. Como el amor cuando ya no sabe muy bien qué hacer para seguir existiendo.
Arco: viajes en el tiempo, niños listísimos y adultos que no se enteran de nada (como siempre).
Ugo Bienvenu es ilustrador y director francés.
Viene del mundo del cómic y la animación, y se nota en el estilo visual.
Arco es su primer largometraje de animación.
En el año 2075, Iris, una niña de 10 años, ve caer del cielo a un crío con traje de arcoíris. Normal. Cosas del futuro. Se llama Arco y viene de aún más lejos, de un mañana tan lejano que la Tierra ya no es habitable y la gente vive en plataformas aéreas, flotando por encima de las nubes como si tal cosa.
Arco juega muy bien con dos tiempos distintos: un futuro relativamente cercano, dentro de 30 o 40 años, donde la sociedad parece feliz aunque huele a catástrofe; y otro futuro lejano, directamente distópico y terminal.
El niño viaja desde ese desastre absoluto a un mundo que todavía tiene arreglo, y ahí aparece Iris, que lo acoge, lo protege y lo ayuda a volver a casa.
Porque los niños, cuando quieren, son bastante mejores personas que los adultos.
La película habla del amor, de la incomprensión entre generaciones y de cómo los niños miran un mundo de mayores que no entienden… y con razón.
Todo contado con delicadeza, inteligencia y sin subrayados pesados.
Es dulce sin ser ñoña, bonita sin empalagar y profunda sin ponerse estupenda.
Arco es una película muy hermosa, sensible y luminosa.
Sales con una sonrisa… y con la incómoda sensación de que igual los críos nos están dando mil vueltas. Otra vez.
Fiume o morte!: cuando un poeta se vino arriba, montó un fascismo boutique y la historia miró para otro lado.
Igor Bezinović es un director croata, nacido en Rijeka (la misma ciudad del fregado).
Se mueve sobre todo en el terreno del documental.
Aquí opta por el humor, la ironía y el cachondeo con mala leche.
Más datos biográficos relevantes: no los tengo, y no me los voy a inventar.
El 12 de septiembre de 1919, Gabriele D’Annunzio, poeta, ególatra y performance fascista antes de que eso fuese mainstream, entra en Rijeka (o Fiume, según el idioma y el complejo imperial) con unos 300 soldados para liarla muy fuerte y, en teoría, anexionarla a Italia.
Lo que empieza como una opereta patriótica acaba siendo uno de los episodios más extravagantes, ridículos y peligrosos del siglo XX: un artista mutando en dictador con ínfulas, aplausos y desfiles.
Igor Bezinović lo cuenta en Fiume o morte! como hay que contarlo: en plan cachondeo inteligente, riéndose sin piedad de la estupidez del fascismo y de la estupidez de la historia, que recuerda solo lo que le conviene y borra el resto con goma de borrar ideológica.
El documental retrata muy bien esa ocupación “simpática” —comillas del tamaño de la catedral— de una ciudad croata por un poeta flipado que fue, ni más ni menos, la avanzadilla del fascismo italiano.
La película es muy divertida, pero no tonta.
La comparación entre aquella época y la actual está ahí, clara como el agua: el ridículo de esos hombres (porque sí, casi siempre hombres) que se creen salvadores, ayer y hoy.
Y, sobre todo, cómo el olvido histórico nos deja listos para tropezar otra vez con la misma piedra, pero con WiFi.
Te lo pasas fenomenal viendo Fiume o morte!, te ríes mucho… y cuando se te pasa la risa, igual te entra un poco de miedo. Como debe ser.
España vive mucho… y cada vez mejor: regreso al podio de la OCDE en esperanza de vida
España vuelve a colocarse donde le gusta estar: en el podio.
Según el último informe sanitario de la OCDE, nuestro país ha recuperado el tercer puesto en esperanza de vida, con una media cercana a los 84 años, solo por detrás de Suiza y Japón.
No está nada mal. Sobre todo si recordamos que, tras el golpe brutal de la pandemia, España llegó a caer hasta el octavo puesto.
Es decir: no solo seguimos viviendo mucho, sino que hemos sabido remontar.
El COVID dejó heridas, sí, pero también demostró algo importante: con todos sus defectos, el sistema sanitario español aguanta golpes.
📊 ¿Qué mide exactamente la OCDE y por qué importa?
La OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos) no se limita a contar cumpleaños.
Su informe anual Health at a Glance analiza un conjunto bastante completo de indicadores:
Esperanza de vida al nacer
Mortalidad evitable y prevenible
Hábitos de salud (tabaco, alcohol, obesidad, ejercicio)
Y aquí viene la clave: España no es el país que más gasta en sanidad, pero sí uno de los que mejor convierte ese gasto en años de vida.
Traducido: no vamos sobrados de dinero, pero sabemos estirarlo.
La OCDE tiene 38 países miembros.
Es el club de los países “industrializados o en vías serias de serlo”.
Australia, Austria, Bélgica, Canadá, Chile, Colombia, Costa Rica, Chequia, Dinamarca, Estonia, Finlandia, Francia, Alemania, Grecia, Hungría, Islandia, Irlanda, Israel, Italia, Japón, Corea del Sur, Letonia, Lituania, Luxemburgo, México, Países Bajos, Nueva Zelanda, Noruega, Polonia, Portugal, Eslovaquia, Eslovenia, España, Suecia, Suiza, Turquía, Reino Unido y Estados Unidos.
🥇 El dato estrella: volvemos a los 84 años
Los datos son claros:
🇪🇸 España: alrededor de 84 años
🇨🇭 Suiza: ligeramente por encima
🇯🇵 Japón: líder histórico
La media de la OCDE ronda los 81 años, así que España está claramente por encima.
Y lo más importante: hemos recuperado posiciones tras el desplome puntual provocado por la pandemia.
Esto no es casualidad. Ni genética milagrosa. Ni suerte ibérica.
Aquí va el ranking “de los que viven más” según la OCDE (dato de 2023). Spoiler: España vuelve al podio.
Fuente: OCDE, Health at a Glance 2025, Figura 3.1 (esperanza de vida al nacer, 2023 o año más cercano).
📈 Gráfico: los 10 países con mayor esperanza de vida (OCDE, 2023)
Y para que nadie tenga que ponerse a hacer “zoom de detective”, aquí va el Top 10 (total, ambos sexos) tal y como aparece en el gráfico:
Puesto
País
Años (total)
1
Suiza
84,3
2
Japón
84,1
3
España
84,0
4
Israel
83,8
5
Italia
83,5
6
Corea
83,5
7
Luxemburgo
83,4
8
Suecia
83,4
9
Noruega
83,1
10
Francia
83,0
🥗 ¿Por qué vivimos tanto? (no todo es jamón y siesta)
✅ Lo que hacemos bien (muy bien)
España destaca en varios aspectos clave:
Dieta mediterránea: menos ultraprocesados, más legumbres, pescado, frutas y aceite de oliva.
Atención primaria sólida: el médico de cabecera sigue siendo el eje del sistema.
Cobertura sanitaria universal: nadie se queda fuera por motivos económicos.
Baja mortalidad prevenible: muchas muertes se evitan con prevención y seguimiento.
Red familiar y social: un factor poco medible, pero decisivo.
El uso generalizado de la vacunación en niños y en personas en riesgo. Tenemos unos índices de vacunación mejores del mundo y eso cuenta… mucho.
Especialmente relevante es el buen dato en mortalidad evitable, uno de los indicadores que mejor reflejan la eficacia real de un sistema sanitario.
La mortalidad evitable se refiere a las muertes que ocurren de forma prematura y que podrían haberse evitado si se hubieran aplicado correctamente medidas de prevención o si el sistema sanitario hubiera diagnosticado y tratado la enfermedad a tiempo.
Incluye tanto fallecimientos relacionados con hábitos y riesgos prevenibles —como el tabaco, el alcohol, los accidentes o la falta de vacunación— como muertes por enfermedades que, con una atención médica adecuada y precoz, no tendrían por qué ser letales.
Por eso la OCDE la utiliza como un indicador clave para medir la eficacia real de los sistemas de salud y no solo para presumir de hospitales nuevos y titulares optimistas.
🚬🍷🏃♂️ Pero ojo: no somos perfectos
El informe también señala claramente nuestras asignaturas pendientes:
🚬 Fumamos más que la media de la OCDE.
🍷 Consumimos más alcohol del recomendado.
⚖️ La obesidad aumenta, especialmente en población infantil.
🏃♂️ Uno de cada cuatro adultos no alcanza el ejercicio mínimo recomendado.
Conclusión rápida: vivimos mucho a pesar de nuestros vicios, no gracias a ellos.
🏥 El sistema sanitario español: menos músculo, más resistencia
España dedica alrededor del 9,2 % del PIB a sanidad, muy cerca de la media de la OCDE. Sin embargo:
Gasta menos por habitante que otros países desarrollados.
Tiene muchos médicos, pero menos enfermeras de las necesarias.
Cuenta con menos camas hospitalarias.
Dispone de menos tecnología de imagen pesada.
Y aun así, los resultados son buenos.
Eso habla de eficiencia, pero también de tensión estructural.
El sistema funciona, sí, pero va muy justo.
Según los últimos datos comparables de gasto sanitario como porcentaje del PIB de la OCDE, ésta es la lista con los 10 países más ricos y cuánto dedican a sanidad (aproximado, año 2024–2025): (OECD)
Estados Unidos – ~17,2 % del PIB (muchísimo más que todos). OECD
Francia – ~11-12 % del PIB (datos entre 10,5-11,5 % según UE). Datosmacro.com+1
Suiza – alrededor de ~~11–12 % del PIB según datos comparables. Wikipedia
Reino Unido – ~11,0 % del PIB (aprox. valores similares a Europa Occidental). Wikipedia
Canadá – alrededor del ~11 % del PIB (en el grupo que ronda 10-12 %). OECD
Suecia – ~10-11 % del PIB (típico de países nórdicos/ocde). Wikipedia
Países Bajos – ~10,6 % del PIB (datos europeos). Wikipedia
Australia – ~10,3 % del PIB (estimación OCDE). Wikipedia
Japón – ~10,5 % del PIB (generalmente en torno al 10 % para países ricos). Wikipedia
España – 9,2 % del PIB, un poco por debajo de la media OCDE (9,3 %). OECD
👉 La media de gasto sanitario de los países de la OCDE es ~9,3 % del PIB. (OECD)
🧠 Vivir más no siempre es vivir mejor
El informe deja una advertencia clara: más años de vida no siempre equivalen a más años de buena salud.
Aumentan las enfermedades crónicas.
Crece la dependencia.
La salud mental gana protagonismo en edades avanzadas.
Persisten diferencias importantes entre hombres y mujeres.
El gran reto ya no es solo vivir más, sino vivir mejor esos años extra.
🌍 Comparación incómoda: gastar más no es vivir más
Un dato siempre llamativo:
Estados Unidos gasta muchísimo más en sanidad, pero su esperanza de vida es inferior a la española.
España demuestra que un sistema público fuerte, universal y bien organizado puede ser más eficaz que uno carísimo y desigual.
🧾 Conclusión
España vuelve al top 3 de esperanza de vida en la OCDE. No es casualidad. Es el resultado de décadas de sanidad pública, prevención, hábitos razonables y una red social potente.
Ahora bien:
Hay que reforzar el sistema.
Hay que cuidar mejor cómo vivimos, no solo cuánto.
Y hay que prepararse para una población cada vez más longeva.
Porque vivir 84 años está muy bien. Pero vivirlos con calidad, eso ya es otra liga.
¿Por qué ellas viven más que ellos en España? 🧬
En España en 2024, la esperanza de vida al nacer fue de 84,01 años, con 81,38 años en hombres y 86,53 años en mujeres, dejando una brecha de unos 5,1–5,4 años a favor de ellas según los datos oficiales del INE. (Instituto Nacional de Estadística)
Esta diferencia no es nueva ni exclusiva de nuestro país, pero en España es especialmente marcada: mientras que los hombres alcanzan poco más de 81 años, las mujeres superan ampliamente los 86. (Instituto Nacional de Estadística)
¿Por qué pasa eso? La explicación es un cóctel de biología y estilo de vida: las mujeres tienden a tener menores tasas históricas de tabaquismo y consumo excesivo de alcohol, consultan más al médico y toman más en serio la prevención. Además, hay factores hormonales y genéticos que les confieren cierta ventaja biológica. (fbbva.es)
Eso sí, vivir más no siempre equivale a vivir mejor: varios informes señalan que, aunque las mujeres viven más, tienden a pasar más años con enfermedades crónicas o discapacidades en edades avanzadas, lo que apunta a retos de salud pública distintos entre sexos. (Diario AS)