Corto de 29 minutos, en el límite para no llegar al mediometraje.
Estamos ante la gran superproducción del FESCIGU.
Rodado en los Ángeles con abundancia de efectos especiales.
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David Victori, ganador en la sección de cortometrajes del Festival de Venecia, cuyo premio fue precisamente conseguir que Ridley Scott y Michael Fassbender le produjesen un trabajo de guion propio.
La crisis personal por la que pasa un niño que ha perdido a su madre se mezcla con un fenómeno físicamente imposible.
Con una fotografía y una estética muy cuidadas nos termina dando un mensaje de optimismo ante la catástrofe.
Ante el resto de producciones del Festival, mucho más modestas a nivel económico, Zero resulta apabullante.
El tema de ETA es siempre muy delicado. Es extremadamente fácil herir sensibilidades.
Axier Salazar nos presenta, de manera magistralmente sintética, el dolor de una familia que vio cercenada la vida del padre por un atentado de un vecino.
El reencuentro de la víctima y del asesino es un momento en el que no pude evitar contener el llanto.
La actriz Mabel Rivera sencillamente magistral.
Doy la enhorabuena a Axier Salazar ha salido más que airoso de un reto tan complicado.
No cabe duda, Paul Verhoeven forma parte de la historia del cine.
Delicias holandesas y turcas, Eric oficial de la reina, Los señores del acero o Robocop son parte de mis recuerdos cinéfilos de juventud.
Desafío total (que descubrió a Sharon Stone) o Starship Troopers (Las brigadas del espacio) se han convertido en pelis de culto.
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Instinto básico marcó una época y consagró a la Stone, desde entonces tuvimos miedo de los picahielos. Antes de ver esta peli yo no sabía de la existencia del instrumento en cuestión.
A sus 78 años ha rodado su primera peli francesa.
Vive en los Ángeles desde hace más de cuarenta años, pero la industria americana le ha dado la espalda y solo Isabelle Huppert fue capaz de apoyar el proyecto y gracias a ella se ha podido rodar Elle.
Sus pelis siempre tuvieron un aire ochentero, con sexo y violencia, pero con una mirada juguetona, juvenil, intrascendente.
No dejaban de ser pelis aparentemente superficiales, divertidas y atrayentes por su transgresión.
En Elle, Verhoeven se ha hecho mayor, adulto.
Hay dos temas centrales en esta peli. Uno la violación y otro la familia.
Dos grandes temas que siempre dan mucho que hablar.
La forma de enfrentarse a la agresión de Michèle Leblanc es especial. Un personaje enigmático, contradictorio, e imprevisible.
Vacía existencialmente, poco conciliadora, sola e incomprensible.
Por otro lado la familia, un asunto que da para mucho.
Un hijo tarado, tontodelculo.
Una nuera insoportable.
Un nieto que claramente no es su nieto.
Un ex con ideas de retrasado y aires de cultureta.
La novia del ex, enamorada del autor equivocado.
Un amante, el “peor del mundo”.
Una amiga a la que engaña.
Una vecina ultracatólica.
Una madre que pretende casarse con un gigoló.
El novio de su madre con poca conversación.
Un vecino agente de bolsa, con eso digo todo.
Un padre psicópata que ha marcado su vida.
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Con esta esfera de relaciones se conforma una comedia negra, llena de humor, pero del que no puedes evitar sentirte culpable.
Verhoeven nos mete en una trampa sucia.
Nos habla de la violación con escenas descarnadas llenas de violencia y en la siguiente escena nos hace reír con una situación interpersonal.
Su peli es desasosegante, transgresora, molesta, incómoda, turbadora.
Todo ello gracias a una actriz inconmensurable, una Isabelle Huppert, más interesante que nunca, a la que te dan ganas de amarla y despreciarla.
El holandés que triunfó en Hollywood ha dejado su aire discotequero habitual y ha hecho una “peli francesa”.
No parece una peli de Verhoeven parece de Haneke.
Elle está más cerca de La pianista que de Showgirls.
En la taquilla me tropiezo con mi amigo Santiago, uno de los grandes cinéfilos de la Alcarria.
– Seguro que vamos a ver la misma peli.
Acertaba.
La taquillera, amiga suya, le avisa que han cogido entradas unos adolescentes.
Ya entra predispuesto.
– Seguro que nos dan la peli.
Un grupo de adolescentes ocupan la fila anterior. Otro al final de la sala.
Santiago ya molesto, les avisa antes de empezar la proyección.
No paran de reír, comentar, encender el móvil…
Las llamadas de atención son inútiles.
Abandonan la sala a mitad de metraje, pero vuelven cargadas de palomitas.
A Santi le salían chispas por las orejas.
Se queja a un empleado del cine:
– ¡Cómo permiten la entrada a estas niñas retrasadas!
Claro está que le interesa la historia reciente de España.
Hemos paseado por la Expo de Sevilla, la Transición y con ésta por la corrupción en la época de González.
El hombre de las mil caras funciona bien como relato periodístico de esa fuga del Director de la Guardia Civil.
Una trama que no termina de cerrar la historia dejando resquicios para las dudas.
Toda la peli está impregnada de un aire socarrón, con un fino humor subterráneo que me produjo alguna carcajada que nadie del público, que medio llenaba la sala, acompañó.
Varios factores lastran esta peli que no termina de ser redonda.
Por un lado la machacona voz en off que insiste en explicar lo que ya observamos, la mayor parte de las veces innecesaria.
Por otro la interpretación de Carlos Santos como Luis Roldán que no resulta convincente.
Es difícil meterse en la piel de un personaje que tenemos tan visto y que todos recordamos, tal vez esa sea la mayor dificultad que impide que identifiquemos el actor con el personaje.
En cambio Luis Callejo está soberbio metido en la piel de un Juan Alberto Belloch que parece el de verdad. Muy gracioso que le llamaran el cochero de Drácula, lo cierto es que lo parece.
No deja de impresionarme lo buen actor que es Eduard Fernández.
El Paesa que interpreta es un fullero, un timador de altos vuelos, un producto típicamente hispano. Un pillo listo que se llevó una pasta.
Matt Ross articula una fábula sobre la posibilidad de una existencia alternativa a la sociedad de consumo.
Esa familia de robinsones, que tienen como única fuente de información un severo padre y los libros, vive aislada de la realidad de un mundo con teles, tablets y móviles.
La presentación de ese universo familiar aislado es ejemplar y el choque, de esos niños educados en el esfuerzo con una sociedad, donde se come más de la cuenta y donde los niños (y los adultos) son estúpidos ignorantes, es muy atractivo.
Se desarrolla como una road movie que permite a los hijos de este “capitán” conocer un mundo diferente al suyo propio, marcados por la ausencia de la madre.
Ocasionalmente la peli se vuelve maniqueísta, pero su director lo deja claro, porque no hay intención de engañar al espectador ni de manipularlo.
La emoción que se consigue al final de la peli es real, verdadera.
En Captain Fantastic hay drama y comedia, mezclados y no agitados, componiendo una peli divertida y reflexiva.
Destacar a un Viggo Mortensen impresionante, aunque los seis actores jóvenes que le acompañan no se quedan atrás, componiendo personajes sinceros y creíbles.
Una estupenda apuesta para llevar a tus hijos adolescentes y luego debatir con ellos. Aunque lo más probable es que no quieran acompañaros y prefieran ver El futuro ya no es lo que era porque sale Dani Rovira.
Esta semana he tenido el honor de compartir microfóno con dos grandes de la radio y la televisión alcarreñas, Mónica Gallo y Diego Gismero.
Hemos comentado cuestiones diversas sobre la actualidad cinematográfica alcarreña y sobre dos grandes del cine que han desaparecido este verano, Kenny Baker y Gene Wilder.
Raúl conocía a la gente chunga de su ciudad y no quería acabar mal.
Pretendía ser actor y cuando estudiaba en la academia de Cristina Rota le ofrecieron el papel de Carlos en la serie Compañeros.
En el 2002 dio el salto al cine con Joaquín Oristrell, Los abajo firmantes, junto a Javier Cámara, Fernando Guillén y María y Juan Diego Botto.
Luego hizo una peli con Manuel Gómez Perira, Cosas que hacen que la vida valga la pena.
Pasó por varias series de televisión, Hospital Central, Cuéntame cómo pasó, Aída o Motivos personales.
En 2006, le llegaría uno de los papeles más importantes que ha interpretado hasta la fecha, el de Israel en la exitosa ópera prima de Daniel Sánchez Arévalo, AzulOscuroCasiNegro, junto a Quim Gutiérrez, Marta Etura y Antonio de la Torre entre otros.
Tal vez, ya estaba pensando en dirigir una peli que podría interpretar su nuevo amigo Antoñito de la Torre.
Su trabajo en esta producción le valió el Premio de la Unión de Actores al mejor actor revelación.
Banderas le eligió para participar en, la fallida e incomprendida, El camino de los ingleses en 2006.
Sigue haciendo cortos y pelis
En 2007 interviene en Siete mesas de billar francés dirigida por Gracia Querejeta.
Luego 8 citas, bajo la dirección de Peris Romano y Rodrigo Sorogoyen.
Después Los girasoles ciegos, de José Luis Cuerda, junto a Maribel Verdú, de nuevo.
Ya entonces había comenzado a escribir un guión.
Quería hacer un thriller.
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A su amigo Luis Callejo le había reservado un personaje.
Se lo dice mientras ruedan en 2007, El patio de mi cárcel de Belén Macías.
Daniel Sánchez Arévalo le da el papel de Álex en Gordos y se lleva el Goya al mejor actor de reparto.
En 2011 estrena, la sobrevalorada, Primos como el primo Julián, junto a Quim Gutiérrez y Adrián Lastra.
Entre peli y serie va haciendo teatro, con una cierta vocación alternativa.
Su idea va madurando.
Colabora en el guión su colega David Pulido.
Ya tenía a de la Torre y a Callejo elegidos. Los personajes eran para estos actores.
Si le faltaba afianzarse como actor su intervención en La isla mínima de Alberto Rodríguez despeja cualquier duda. Le da la réplica el inconmensurable Javier Gutiérrez.
Sabia decisión rodar en su Móstoles natal y en Martín Muñoz de las Posadas, localidad segoviana donde su familia tiene casa.
Es inteligente hablar de lo que se sabe, de lo que se conoce.
Como todo proyecto cinematográfico español actual ha sido un calvario llevarlo a cabo. Menos mal que contó con la productora Beatriz Bodegas y la tele pública.
Raúl Arévalo ha realizado su peli pensando en mí.
Tal vez él ni siquiera lo sospeche, pero cuando decidió hacer un thriller sucio, castizo, típicamente español estaba pensando en agradarme, en hacer el cine que a mí me gusta.
Cuando diseñó los personajes y eligió a los actores, pensaba en que me iban a entusiasmar.
Estaba convencido que José y Curro, salidos de la realidad, compañeros obligados de viaje, de diferente estrato social, pero con vidas marcadas por la desgracia, me iban a subyugar.
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Que la infinita Ruth Díaz, me iba a enamorar.
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Sabía como complacerme en todo.
Sin artificios ni trucos de guión, con una historia lineal, magníficamente contada en la que trata al espectador como adulto, capaz de deducir, de suponer, de averiguar el fondo de una historia de venganza y de rencor cocinado a fuego lento, con el combustible del dolor y de la amargura.
Sabía que la sobriedad formal me encantaría, que esa capacidad de síntesis, de concentrar una historia en 92 minutos me agradaría.
Arévalo emplea hora y media en contar lo que Tarantino tardaría tres.
Sabía lo que me cautivaría ver a Manolo Solo (Santi, el Triana) hacer de quinqui afónico y fullero, después de haberle visto de Juez Ruz en B de David Ilundain. ¡Qué maravilla!
Sabía que me interesaría cada escena, cada detalle… El atraco rodado desde el coche, José pidiendo un café a Ana en el bar de Juanjo y así una secuencia tras otra.
Por hacer el cine que a mí me entusiasma, te doy las gracias. De verdad, Raúl.