Yarilis Ramos López es una cineasta puertorriqueña cuya obra se mueve entre la recuperación de la memoria afrocaribeña, la identidad racial y las heridas históricas del colonialismo en el Caribe.
Mulata forma parte de esa corriente de trabajos que intentan rescatar historias silenciadas sobre la negritud y el mestizaje en Puerto Rico, un tema que durante mucho tiempo se intentó esconder debajo de la alfombra como quien barre polvo antes de una visita incómoda.
No he encontrado demasiada información sobre filmografía previa extensa ni grandes premios internacionales asociados todavía a Yarilis Ramos López, aunque la presencia de Mulata en el Festival de Cine Africano Tarifa-Tánger encaja perfectamente dentro de la programación dedicada a las conexiones afrocaribeñas y la memoria colonial.
La idea de Mulata es realmente buena. El corto nos sitúa en esa tierra de nadie social donde vivían muchas personas mulatas: rechazadas por el mundo blanco, pero también observadas con distancia por la comunidad negra. Una especie de limbo identitario muy cruel y profundamente colonial.
Aquí seguimos a una joven mulata escondida por su hermanastro rico para proteger la respetabilidad familiar y evitar que “se contamine” con la cultura africana. Vamos, el clásico “te escondo por tu bien” que históricamente siempre acaba oliendo regular.
Pero claro, la muchacha sale respondona y por las noches se escapa a bailar bomba y a disfrutar de esa cultura negra que late alrededor suyo con mucha más autenticidad que los salones elegantes donde pretenden encerrarla. Y ahí la película tiene momentos interesantes, porque conecta identidad, deseo de libertad y raíces culturales con bastante claridad.
El problema gordo llega cuando hablan los actores. Porque las interpretaciones son francamente malas. Pero malas de esas que convierten frases dramáticas en lectura obligatoria de libro de texto un lunes a las ocho de la mañana.
No hay prácticamente nadie que termine de resultar convincente y eso acaba lastrando muchísimo una historia que tenía potencial.
Es una pena, porque detrás hay una reflexión potente sobre raza, identidad y pertenencia, pero las actuaciones van dejando la película herida escena tras escena.
Y fastidia especialmente porque el proyecto apunta maneras. Tiene ideas, tiene contexto histórico y tiene intención.
Pero cuando los personajes parecen recitar en vez de vivir lo que les ocurre, la emoción se queda atrapada detrás de los diálogos como un loro intentando salir de la jaula.
Dos minutos bajo el mar y ni un segundo de postureo
José Arturo Ballester Panelli es un artista visual y cineasta puertorriqueño vinculado al arte afrocaribeño, la memoria decolonial y la afrodescendencia.
En el FCAT 2026 presentó Siempre el mar dentro de la retrospectiva “Islas”, participando además en un coloquio junto a otros trabajos puertorriqueños como Mulata y Liborio.
Su obra explora desde hace años las conexiones entre Caribe, memoria africana, imagen, territorio y espiritualidad. (Europa Sur)
Sobre premios y nominaciones, no he encontrado datos fiables de galardones específicos para Siempre el mar. Sí consta su presencia en el Festival de Cine Africano Tarifa-Tánger 2026, dentro de una programación dedicada a las islas africanas y afrodescendientes. (fcat.es)
Siempre el mar es lo que en el Fescigu llamaríamos, sin temblarnos el pulso, un requetecorto: dos minutos de animación 2D experimental, de esos que casi terminan antes de que uno haya colocado bien la butaca. Pero en este caso la brevedad juega a favor.
No hay tiempo para la dispersión, ni para el rollo solemne, ni para que aparezca el típico símbolo visual que parece sacado de un máster carísimo de arte contemporáneo.
El corto funciona como un pequeño homenaje a las personas africanas esclavizadas que fueron llevadas al Caribe y que murieron durante la travesía, arrojadas al mar o tragadas por unas condiciones atroces.
José Arturo Ballester Panelli plantea ese fondo marino no solo como tumba, sino como espacio de compañía, transformación y memoria. De hecho, el propio director ha explicado en el FCAT que antes veía el mar como una tumba y ahora lo entiende como un proceso de transformación. (Europa Sur)
Es una pieza mínima, sincera y expresiva. No pretende epatar, ni dar una lección con puntero láser, ni convertir dos minutos en una tesis doctoral con algas.
Simplemente deja una imagen, una idea y una emoción. Y eso, para un corto tan corto, ya es bastante más de lo que consiguen algunos largos con tres horas y media y ganas de ser eternos.
Marfileñas en Túnez. El cielo prometido viene sin ascensor y con policía en la puerta
Erige Sehiri es una directora y productora franco-tunecina. Empezó en el documental con Railway Men y dio el salto internacional con Entre las higueras —Under the Fig Trees—, presentada en la Quincena de Cineastas de Cannes y elegida por Túnez para los Oscar. Con Promis le ciel vuelve a Cannes, esta vez abriendo Un Certain Regard 2025. (Festival de Cannes)
Promis le ciel cuenta la historia de Marie, pastora marfileña y antigua periodista que vive en Túnez desde hace años. En su casa acoge a Naney, una joven madre que busca una vida mejor, y a Jolie, una estudiante que carga con las esperanzas de su familia. La llegada de una niña superviviente de un naufragio termina de poner a prueba esa pequeña comunidad femenina en un clima social cada vez más hostil. (Festival de Cannes)
La película fue seleccionada para abrir la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes 2025, un escaparate nada menor, de esos que no te arreglan la vida pero te ponen alfombra roja debajo de los problemas. (Festival de Cannes)
Promis le ciel podría titularse perfectamente Marfileñas en Túnez, porque de eso va: de mujeres llegadas de Costa de Marfil que intentan construir una vida digna en un país donde la dignidad parece necesitar permiso administrativo. La casa de Marie funciona como refugio, iglesia improvisada, pensión emocional y último dique antes del naufragio social.
Entre estas tres mujeres se va creando una sororidad muy potente, nada de postal blandita con música de violines, sino una alianza práctica, de supervivencia, de “hoy te sujeto yo y mañana ya veremos quién me sujeta a mí”.
La película retrata muy bien ese ambiente cada vez más asfixiante, donde el racismo hacia las personas negras no aparece como una anécdota desagradable, sino como una amenaza constante: institucional, policial y también social. Palizas, persecuciones, miedo a salir a la calle y esa vieja costumbre humana, tan miserable, de cebarse siempre con el más pobre.
Lo mejor es que Erige Sehiri no convierte la denuncia en sermón, aunque tenga una pastora en pantalla.
La película funciona como drama, como testimonio y como retrato de mujeres atrapadas en una intemperie moral bastante feroz.
Las actrices están estupendas, hay mucha química entre ellas y la historia avanza con una fuerza que engancha.
Un drama real, necesario y muy bien interpretado. De esos que no piden permiso para doler.
Cuando un poeta te da una masterclass y tú solo querías sentarte un rato
Sarah Maldoror fue una de las grandes figuras del cine africano y anticolonial, aunque durante décadas haya estado bastante menos reivindicada de lo que merecía.
Nacida en Francia y vinculada cultural y políticamente a África y el Caribe, desarrolló una filmografía profundamente comprometida con las luchas de liberación y la identidad negra.
Su obra más conocida probablemente sea Sambizanga (1972), considerada una pieza fundamental del cine africano, centrada en la lucha anticolonial en Angola.
También dirigió trabajos como Monangambé (1969) o este mediometraje documental Aimé Césaire. Un homme une terre, donde vuelve a demostrar que lo suyo no era precisamente el cine ligero para desconectar después de cenar.
El documental recupera la figura de Aimé Césaire, poeta, político martiniqués y una de las voces fundamentales del movimiento de la negritud, además de autor del célebre Discurso sobre el colonialismo, texto que sigue repartiendo bofetadas intelectuales casi setenta años después de escribirse.
La película mezcla entrevistas, conversaciones y reflexiones del propio Césaire con imágenes de Martinica, fragmentos poéticos e incluso inserciones teatrales relacionadas con La tragedia del rey Christophe, una de sus obras más importantes.
Y claro, aquí llega el pequeño problema: el documental es apasionante… pero también agotador.
El discurso de Césaire es brillantísimo, afilado y lleno de ideas potentísimas sobre colonialismo, identidad y memoria histórica.
El hombre hablaba como si cada frase estuviera preparada para acabar subrayada en un libro universitario. Pero la acumulación constante de diálogo, poesía, reflexión política y teatralización termina convirtiendo el mediometraje en una experiencia bastante densa. De esas en las que uno empieza muy atento y termina mirando de reojo cuánta gente queda en la sala.
Y sí, la sala se fue vaciando poco a poco hasta quedar un pequeño grupo de resistentes culturales, probablemente ya unidos por el síndrome de supervivencia cinéfila del festivalero veterano.
Porque esto no es un documental pensado para entretener precisamente. Es más bien una inmersión intensa, casi apabullante, en el pensamiento de un intelectual enorme. Un bombardeo continuo de ideas que a ratos deslumbra y a ratos deja la cabeza como si hubiera pasado un camión lleno de tesis doctorales por encima.
Aun así, tiene valor precisamente por eso. Porque no simplifica a Césaire, no lo convierte en una figurita decorativa para festival elegante y tampoco rebaja la complejidad de su pensamiento. Y eso, aunque exija cafeína y resistencia física, también tiene bastante mérito.
Martinica no sale en los catálogos de Viajes El Corte Inglés
Aliha Thalien se mueve en Nos îles entre el documental observacional y la docuficción con una propuesta pequeña, sencilla y bastante honesta.
No hay demasiada información pública sobre su filmografía previa, algo relativamente habitual en muchos de los nuevos cineastas que circulan por festivales especializados y circuitos alternativos.
Aquí apuesta por un retrato íntimo y cotidiano de la isla de Martinica, alejándose completamente de la postal turística de playa paradisíaca con cóctel y sombrillita. Menos anuncio de ron y más sensación de vida real.
El corto ha pasado por el circuito de festivales vinculado al cine africano y caribeño, encajando especialmente bien en esta edición del Festival de Cine Africano Tarifa-Tánger, donde el concepto de las islas y la conexión histórica entre África y el Caribe está muy presente.
Martinica aparece aquí como una extensión cultural y emocional de esa memoria africana dispersa por el Atlántico a golpe de colonialismo, esclavitud y diáspora. Vamos, que debajo de las palmeras también hay historia bastante dura.
Y luego está el corto en sí, que funciona precisamente porque no intenta ponerse trascendental ni hacer un máster acelerado de teoría poscolonial para espectadores agotados después de tres películas seguidas en el festival.
Nos îles arranca con planos fijos de Martinica que no buscan el “qué bonito todo”, sino algo más terrenal y cotidiano. No hay filtros de Instagram ni puestas de sol de influencer motivacional.
Después aparecen esos jóvenes hablando en la playa sobre lo que significa vivir en una isla, sobre esa sensación de aislamiento, pertenencia y espíritu isleño que parece generar una identidad propia casi inevitable.
El resultado es un corto modesto, sin grandes artificios técnicos ni narrativos, pero bastante agradable de ver.
Tiene algo de conversación improvisada entre amigos mientras el mar suena detrás y uno piensa que vivir en una isla debe ser maravilloso hasta que llega el ferry con retraso tres días seguidos.
Funciona precisamente por esa naturalidad y por no intentar vender humo intelectual envuelto en música solemne.
A veces un corto simplemente necesita observar, escuchar y dejar respirar a sus personajes. Y aquí eso ocurre bastante bien.
La directora marroquí Sanaa El Alaoui firma con Aicha un corto que mezcla drama psicológico, rituales místicos y elementos cercanos al terror emocional. Formada en Budapest y Oxford, la cineasta ya había llamado la atención con el documental Icarus, premiado en varios festivales internacionales. (festivalrabat.ma)
El corto ha pasado por festivales como el Krakow Film Festival, SXSW London o el Brooklyn Film Festival, y ha recibido elogios por su mezcla de imagen real, animación y elementos documentales ligados a ceremonias gnawa reales. (mad-distribution.film)
La historia sigue a una adolescente de 17 años marcada por la distancia emocional con su madre y por un acontecimiento traumático que rompe completamente la relación entre ambas. A partir de ahí, la película se adentra en un terreno casi espiritual donde el duelo, la culpa y la pérdida se mezclan con rituales y visiones bastante inquietantes.
Un corto breve, intenso y visualmente muy trabajado que confirma que el cine marroquí contemporáneo está entrando cada vez más en terrenos híbridos y arriesgados. Y sinceramente, se agradece bastante que alguien haga terror emocional en vez de otro susto con un armario que se abre solo.
Hay documentales sociales que parecen un reportaje de telediario y otros que intentan convertir la realidad en algo casi fantasmal. L’mina pertenece claramente al segundo grupo. Porque aquí las minas ilegales de carbón de Jerada no solo se muestran: casi se convierten en una especie de escenario teatral del sufrimiento obrero.
La cineasta marroquí Randa Maroufi, especializada en trabajos híbridos entre documental, instalación artística y recreación visual, lleva años explorando la memoria colectiva y las dinámicas sociales en Marruecos.
Entre sus trabajos más conocidos están Le Park y Bab Sebta, donde ya mezclaba realidad y puesta en escena con bastante personalidad.
El corto ha pasado por importantes festivales de cine experimental y documental contemporáneo, donde se ha valorado mucho precisamente esa capacidad para convertir una realidad durísima en una experiencia visual casi poética.
Y eso es exactamente lo que hace aquí.
La película nos lleva a Jerada, localidad minera marroquí donde la extracción oficial de carbón terminó en 2001… oficialmente. Porque la necesidad económica tiene la mala costumbre de ignorar los decretos gubernamentales. Así que las minas siguen funcionando de manera informal mientras los trabajadores continúan jugándose literalmente la vida bajo tierra.
Lo interesante es que L’mina no busca un realismo puro. Recrea muchas situaciones junto a los propios habitantes de la localidad, que interpretan sus propios papeles dentro de una escenografía cuidadosamente construida. Y ahí aparece esa dimensión casi fantasmal y poética del corto, donde la realidad parece suspendida entre documental social y representación teatral.
Un trabajo breve, muy visual y bastante poderoso. Porque a veces unas cuantas imágenes llenas de polvo negro explican mejor la precariedad que veinte discursos políticos.
Buscando al marido perdido para firmar un triste papel
A veces el verdadero cine social no necesita grandes discursos políticos ni escenas lacrimógenas. Le basta con enseñarte a una madre intentando conseguir una firma absurda mientras el sistema le recuerda constantemente que, legalmente, vale menos que un señor desaparecido hace años. Y eso es exactamente lo que hace Les jardins du paradis.
La directora marroquí Sonia Terrab, conocida también por su trabajo como escritora y periodista, sigue explorando en su cine las contradicciones sociales y especialmente la situación de las mujeres en Marruecos.
Su obra suele moverse entre lo íntimo y lo político sin necesidad de levantar demasiado la voz. Y aquí vuelve a hacerlo con bastante sensibilidad.
El corto ha pasado por distintos festivales internacionales de cine africano y árabe contemporáneo, donde ha destacado especialmente por su mirada humanista y por la fuerza emocional de su protagonista.
La historia sigue a Naima, una mujer que vive con su hijo de 11 años en un barrio chabolista de las afueras de Casablanca. Todo arranca cuando necesita cambiar al niño de colegio y descubre que necesita obligatoriamente la firma del padre. Problema pequeño: el padre desapareció hace tiempo, abandonó a la familia y, según va descubriendo ella, parece haber ido dejando parejas e hijos como quien reparte folletos publicitarios.
La película funciona muy bien porque convierte un simple trámite administrativo en un retrato demoledor de una legislación profundamente machista. Ese tipo de leyes donde el hombre puede evaporarse tranquilamente mientras la mujer sigue atrapada burocráticamente en su sombra. Muy moderno todo.
Además, hay que destacar la estupenda interpretación de la actriz protagonista, que sostiene todo el corto con una mezcla de cansancio, dignidad y rabia contenida que termina llegando muchísimo.
Un relato breve, muy bien construido y sinceramente emocionante. De esos cortos pequeñitos que terminan tocando bastante la patata sin necesidad de manipular al espectador.
Tinder emocional para gente con demasiada imaginación
Hay personas que tras un desengaño amoroso se apuntan al gimnasio, otras se compran un perro y otras se ponen canciones de desamor mirando la lluvia por la ventana. Y luego está la protagonista de Samra’s Dollhouse, que directamente decide fabricarse una historia romántica paralela en su cabeza con más fantasía que una sobremesa viendo telenovelas turcas.
La directora tunecina Maïssa Lihedheb firma este cortometraje de apenas doce minutos mezclando comedia amarga, fantasía romántica y cierta tristeza emocional bastante reconocible.
Lihedheb ha trabajado sobre todo en cortos y proyectos audiovisuales vinculados al cine independiente tunecino contemporáneo, explorando especialmente personajes femeninos atrapados entre deseo, frustración y ficción emocional.
El corto ha circulado por festivales dedicados al cine árabe y africano emergente, donde se ha valorado especialmente su tono ligero y su capacidad para jugar con la frontera entre realidad e imaginación.
La protagonista, Samra, es una productora de cine que arrastra un desengaño sentimental importante y que de repente se obsesiona emocionalmente con un joven actor. A partir de ahí construye una relación tan falsa como un billete de seis euros, pero tan intensamente soñada que casi consigue convencer también al espectador.
La gracia del corto está precisamente en esas ensoñaciones, esas fantasías románticas absurdas y surrealistas que convierten a Samra en protagonista de una especie de película romántica inventada por su propia cabeza. Porque a veces el cerebro humano, cuando se siente solo, escribe guiones peores que los de Netflix en domingo por la tarde.
El corto resulta entretenido, ligero y simpático, aunque debajo del humor hay bastante melancolía escondida.
Y además tiene algo muy reconocible: todos, en algún momento, hemos maquillado un poco la realidad para que pareciera una historia de amor mejor de lo que realmente era. Algunos incluso se casan así.
Hay películas donde el amor imposible se expresa con grandes discursos, abrazos bajo la lluvia y música de violines. Y luego está Sous les ruines, donde el amor frustrado consiste básicamente en miradas incómodas, silencios eternos, cigarrillos encadenados y un señor que parece llevar tres días alimentándose exclusivamente de nicotina y melancolía.
El director tunecino Nadhir Bouslama firma aquí un corto delicado, sobrio y bastante elegante, muy centrado en las emociones contenidas y en todo aquello que nunca llega a decirse del todo. Bouslama pertenece a esa nueva generación de cineastas magrebíes interesados en la identidad, el desarraigo y las relaciones familiares marcadas por la emigración.
Hasta ahora había trabajado sobre todo en el terreno del cortometraje y el documental híbrido, explorando cuestiones relacionadas con la diáspora tunecina en Europa.
El corto ha pasado por varios festivales internacionales especializados en cine árabe y africano contemporáneo, donde se ha valorado especialmente su capacidad para trabajar las emociones desde la contención y el detalle cotidiano más que desde el melodrama explícito.
Y la verdad es que funciona bastante bien.
La historia sigue a Hedi, un sudoroso y tristón emigrante que regresa a Túnez desde la periferia de París, donde queda bastante claro que su vida no es precisamente una fiesta continua. No hace falta que nadie explique demasiado: basta verle la cara, cómo fuma y cómo deambula por las escenas para entender que la felicidad no ha firmado contrato con él desde hace bastante tiempo.
Allí se reencuentra con su prima Salma, que está a punto de casarse. Y rápidamente se percibe que entre ambos hubo algo más que una simple relación familiar. Hay una tensión emocional soterrada, un deseo frustrado, una historia que probablemente nunca llegó a empezar del todo y que ahora regresa convertida en nostalgia y resignación.
La película juega muy bien precisamente con eso: con lo no dicho.
Con las miradas largas. Con los silencios incómodos. Con esa sensación universal de volver demasiado tarde a los sitios importantes de la vida. Porque Hedi tiene un aire permanente de hombre derrotado por sus propias decisiones, por el tiempo y probablemente por París, que últimamente en el cine europeo parece una fábrica oficial de depresión existencial.
Además, el corto incorpora una parte costumbrista bastante interesante alrededor de la boda tunecina y de todos sus rituales familiares y sociales. Hay algo casi antropológico en cómo observa las reuniones, la música, la comida, las dinámicas familiares y el peso de las tradiciones. Y eso le da bastante riqueza al conjunto.
Y luego está el tema alimenticio.
Porque sinceramente, durante buena parte del corto da una angustia tremenda ver a Hedi fumar continuamente mientras apenas prueba bocado. Uno acaba con ganas de meterle un bocadillo en la mano y decirle: “Vamos a ver, hijo mío, que con tres cigarrillos y media aceituna no se puede sostener una depresión de este nivel”.
Pero precisamente esa dejadez física del personaje ayuda mucho a construir su estado emocional. Está consumido por dentro y por fuera. Y el corto lo transmite muy bien sin necesidad de grandes explicaciones.
Un trabajo pequeño, sensible y bien narrado que habla de emigración, deseo reprimido y oportunidades perdidas con bastante honestidad y sin caer en excesos melodramáticos.
A veces el cine más triste no necesita lloros. Le basta con un cenicero lleno y una boda que llega diez años tarde.
Hay películas donde un maletín mueve toda la trama. Otras tienen un diamante, un cadáver o unos documentos secretos de la CIA. Y luego está Varations on a Theme, donde el gran objeto de deseo es… un impreso azul de la administración. El cine africano también ha descubierto que el verdadero terror contemporáneo no son los monstruos, sino la burocracia.
Los directores Devon Delmar y Jason Jacobs construyen aquí una película rarísima, de esas que juegan constantemente con el espectador. A ratos parece documental puro observacional, casi antropológico; otras veces se desliza hacia una ficción poética y absurda; y de vez en cuando introduce pequeños elementos fantásticos que hacen que uno dude de si está viendo realidad, sueño, memoria o simplemente una sobremesa demasiado larga bajo el sol sudafricano.
No es casualidad. Ambos cineastas llevan años trabajando entre el documental experimental y el cine híbrido.
Jason Jacobs es además una figura bastante conocida en el panorama sudafricano del cine de no ficción y del trabajo visual ligado a las comunidades rurales. Aquí se nota mucho esa mezcla entre observación realista y construcción casi teatral de algunas escenas.
La película tuvo su estreno en circuitos de festivales especializados en cine experimental y africano contemporáneo, donde precisamente se ha valorado mucho esa mezcla extraña entre costumbrismo rural, humor absurdo y comentario político.
Y la verdad es que la premisa tiene mucha gracia.
Estamos en las montañas de Namaqualand, en Sudáfrica, siguiendo a una anciana pastora de cabras que está a punto de cumplir 80 años y cuyo deterioro cognitivo empieza ya a ser evidente. Vive prácticamente en la pobreza, rodeada de un rebaño minúsculo y de una familia que parece multiplicarse por esporas cada vez que aparece en pantalla. Porque cuando empiezan a llegar hijos, sobrinos, nietos y demás parientes, aquello parece una mezcla entre reunión familiar y invasión organizada.
Pero el gran “macguffin” de la película —y sí, es maravilloso— es el famoso impreso azul.
Ese documento mágico que supuestamente permitirá al gobierno sudafricano tramitar las ayudas económicas para las familias de los soldados negros sudafricanos enviados a luchar en la Segunda Guerra Mundial. Hombres movilizados en 1939 que regresaron en 1945 y cuya recompensa histórica fue básicamente una bicicleta, un uniforme y un “ya si eso os llamamos”.
Décadas después, el Estado parece querer compensar aquella injusticia histórica. O eso dicen.
Porque claro, primero hay que rellenar formularios, pagar tasas, esperar aprobaciones y perder años de vida entre ventanillas administrativas invisibles. Algo universalmente humano. Kafka estaría encantado viendo esto.
La película juega continuamente con esa ilusión colectiva sobre el dinero que quizá llegue algún día. Todo el mundo fantasea con lo que hará cuando cobre la compensación, aunque el espectador sospecha desde bastante pronto que aquello va para largo. Muy largo. Más largo que una llamada al servicio técnico de cualquier operadora.
Lo mejor del filme probablemente sea el retrato de la comunidad y de esa familia gigantesca que genera momentos realmente divertidos. Hay escenas que parecen improvisadas y otras que rozan directamente el surrealismo. Y ahí la película tiene bastante encanto.
También funcionan bien las divisiones por capítulos y esas introducciones poéticas que intentan darle una dimensión casi mítica al relato rural. A veces lo consiguen. Otras veces uno tiene la sensación de que la película se pone un poco demasiado intensa consigo misma.
Porque sí, siendo honestos, también hay momentos en los que el ritmo se resiente bastante. Algunas escenas se alargan más de la cuenta y cierta tendencia contemplativa acaba acercándose peligrosamente al terreno del “a ver si pasa algo ya, por favor”. Hay películas lentas y luego está el cine donde una cabra tarda tres minutos en cruzar el plano. Y aquí, ocasionalmente, estamos cerca de eso.
Pero aun así, Varations on a Theme tiene personalidad, humor extraño y un retrato muy humano de la espera, de la pobreza y de las promesas políticas eternamente aplazadas. Que, pensándolo bien, igual es el tema más universal del planeta.
Hay películas judiciales donde uno acaba pensando en abogados brillantes, discursos inflamados y jueces golpeando la mesa. Y luego está Furcy, né libre, donde lo que realmente queda claro es que la humanidad puede construir sistemas legales sofisticadísimos para justificar auténticas barbaridades. Porque cuando un imperio necesita esclavos, siempre aparece algún señor con peluca dispuesto a explicar por qué eso “en realidad es perfectamente legal”.
El director Abd Al Malik vuelve a mezclar política, identidad y memoria histórica en una película elegante y muy seria, quizá incluso demasiado elegante para la enorme brutalidad de lo que cuenta.
El cineasta, escritor y músico franco-congoleño ya había llamado la atención con películas como Qu’Allah bénisse la France y L’Histoire de Souleymane, obras muy vinculadas a la exclusión social, el racismo y la identidad francesa contemporánea. Aquí cambia parcialmente de registro y se mete en el drama histórico con bastante solvencia.
La película adapta el libro L’Affaire de l’esclave Furcy del historiador Mohamed Aïssaoui, basado en la historia real de Furcy Madeleine, un esclavo de la isla de La Reunión que inició un larguísimo proceso judicial para demostrar que había nacido libre porque su madre había sido emancipada antes de su nacimiento. Y claro, eso provocó un pequeño problema administrativo para la Francia colonial: descubrir que llevaban décadas esclavizando ilegalmente a un hombre. Un detalle sin importancia, aparentemente.
La película tuvo una buena acogida en Francia y ha pasado por varios festivales internacionales ligados al cine histórico y de derechos humanos. Además, encaja perfectamente dentro del eje temático de esta edición del FCAT dedicado a las islas africanas y los territorios insulares vinculados históricamente al colonialismo, ya que la historia transcurre entre la isla de La Reunión, Mauricio, Bourbon y Guadalupe.
Y la verdad es que la película funciona bastante bien.
Por un lado, tenemos el entramado judicial, que es probablemente lo más interesante del filme. Los dos grandes juicios que articulan la historia son apasionantes porque muestran perfectamente las contradicciones legales de la Francia del siglo XIX respecto a la esclavitud. Conviene recordar que la esclavitud fue abolida durante la Revolución francesa, restaurada posteriormente por Napoleón Bonaparte y abolida definitivamente en 1848. O sea, que la libertad de miles de personas dependía básicamente de los bandazos políticos del momento. Una cosa estupenda para organizar la vida de cualquiera.
La película explica muy bien toda esa maraña jurídica sin hacerse pesada. Y eso tiene mérito, porque convertir decretos coloniales y recursos judiciales en algo entretenido no es precisamente sencillo.
Pero además está la dimensión humana.
Porque seguimos la vida de Furcy durante décadas de sufrimiento, humillación y resistencia. El personaje envejece, se desgasta y prácticamente se convierte en el reflejo de todos aquellos esclavos atrapados en una maquinaria colonial diseñada para triturar personas mientras hablaba de civilización y derechos universales. Ya se sabe: Europa llevaba siglos iluminando el mundo… a latigazos.
La película tiene además un reparto francés bastante potente y reconocible dentro del cine galo contemporáneo, lo que le da empaque a toda la producción. Y se agradece que no abuse del tremendismo visual ni de la pornografía del sufrimiento. La violencia está presente constantemente, pero muchas veces se siente más en el ambiente, en las miradas y en la absoluta desesperación burocrática del protagonista que en las escenas explícitas.
Eso sí, quizá en algunos momentos le falta un poco más de rabia. A veces la película parece tan elegante y tan académica que uno echa de menos que se descontrole un poco más emocionalmente. Porque la historia de Furcy no deja de ser una barbaridad monumental.
Pero aun así, estamos ante una película muy recomendable, muy bien narrada y además bastante aleccionadora sobre cómo los sistemas legales pueden convertirse en armas de opresión perfectamente aceitadas mientras todo el mundo finge que actúa con enorme dignidad institucional.
Vamos, más o menos como ahora, pero con pelucas blancas y barcos de esclavos.
La señora que le tocó las narices al leopardo… y el leopardo era una dictadura
Hay gente que cuando ve un problema mira para otro lado. Y luego está Stella Nyanzi, que directamente le tira un cubo de gasolina encima al problema y baila alrededor mientras recita poesía obscena contra el poder. Pues de eso va The Woman Who Poked the Leopard.
La directora ugandesa Patience Nitumwesiga debuta en el largometraje documental con una obra tan combativa como incómoda.
Dramaturga, artista y cineasta vinculada al activismo feminista y queer africano, su trabajo ha girado en torno a la represión política, la identidad y la resistencia cultural.
Hasta ahora había realizado cortos, piezas teatrales y proyectos multimedia, pero este documental la ha colocado directamente en el radar internacional. Y no precisamente por hacer una película blandita para echar la siesta. (The Film Verdict)
La película tuvo su estreno mundial en el prestigioso festival DOK Leipzig y posteriormente pasó por IDFA, uno de los grandes templos mundiales del documental. Además, obtuvo el premio ver.di en Leipzig, reconociendo su retrato feroz del activismo político en Uganda. (The Film Verdict)
Y la verdad es que el documental merece bastante la pena.
Porque estamos ante una película vibrante, eléctrica y muy viva que sigue a la activista ugandesa Stella Nyanzi durante su intento de presentarse a las elecciones parlamentarias en Kampala, enfrentándose a la larguísima sombra del régimen de Yoweri Museveni, que lleva en el poder más tiempo que algunos muebles de casa de nuestros padres.
Lo interesante es que la película no cae en el panfleto fácil. Stella Nyanzi aparece como una mujer valiente, brillante, provocadora y absolutamente incapaz de callarse. Una especie de huracán humano que convierte cada protesta en una performance. A veces parece una poeta punk, otras una profesora universitaria, otras una activista desatada y otras una madre completamente sobrepasada. Y ahí está precisamente la gracia del documental.
Porque la película también enseña las costuras.
Mientras ella se lanza al activismo político y a enfrentarse a la dictadura ugandesa con una valentía que pone los pelos de punta, vemos cómo la vida familiar se resiente. Sus hijos gemelos de 13 años y su hija adolescente prácticamente tienen que aprender a convivir con una madre que pertenece más a la revolución que al salón de casa. Y el documental no intenta maquillar eso. Lo enseña con bastante honestidad.
Hay escenas realmente poderosas. Algunas divertidas. Otras incómodas. Otras directamente tensas. Y todo ello con una protagonista tan carismática que llena la pantalla aunque simplemente esté mirando por una ventana o insultando al régimen con una creatividad verbal que dejaría pequeño a un grupo de tertulianos en horario nocturno.
Además, el documental tiene algo muy valioso: transmite perfectamente la sensación de vivir bajo un sistema autoritario sin necesidad de grandes discursos solemnes. Basta ver cómo actúan la policía, las amenazas constantes, el miedo ambiental y esa sensación de que cualquier paso puede tener consecuencias terribles.
Y aun así, Stella Nyanzi sigue adelante.
Como si provocar al leopardo fuese la única manera digna de vivir.
Un documental muy interesante, lleno de energía, contradicciones y mala leche política de la buena. De esa que incomoda al poder y obliga al espectador a pensar un poco. Que tampoco viene mal de vez en cuando.
Hay películas que son como una taza de té viendo llover y otras que son como entrar en una cuadra con olor a humedad, tristeza y pienso caducado. On the Hill pertenece claramente al segundo grupo.
El documental está dirigido por Belhassen Handous, cineasta tunecino del que no existe todavía demasiada información internacional disponible, algo bastante habitual en muchos autores que circulan por festivales especializados antes de dar el salto a una distribución más amplia.
Aquí demuestra una mirada muy observacional, casi entomológica, con una cámara que no juzga, pero tampoco aparta la vista cuando las cosas se ponen incómodas.
La película apuesta por un estilo directo, sin grandes artificios formales, dejando que la decadencia física y emocional de sus personajes vaya ocupando la pantalla como una humedad que sube por la pared.
Respecto a premios y nominaciones, On the Hill ha formado parte de la programación del Festival de Cine Africano Tarifa-Tánger, donde además contó con la presencia de Belhassen Handous, que presentó la película y participó posteriormente en un coloquio muy animado con el público.
No constan por ahora grandes premios internacionales asociados al documental, aunque es precisamente el tipo de obra pequeña y rugosa que suele encontrar recorrido en circuitos especializados de cine documental y festivales de autor.
Y vamos al asunto.
Porque lo que cuenta On the Hill no deja de ser el derrumbe de un sueño colonial romántico venido abajo a golpe de realidad, suciedad y deterioro cognitivo.
La protagonista es Gisela Bergman, una alemana instalada desde hace décadas en Túnez que vive de su pensión alemana mientras mantiene la fantasía de esa vida idealizada entre caballos árabes, naturaleza y turismo europeo.
Una especie de versión senil y devastada de Memorias de África. Pero aquí no hay música de John Barry, ni atardeceres hermosos, ni Robert Redford lavando el pelo a Meryl Streep entre jirafas.
Aquí hay perros famélicos.
Caballos a los que se les marcan todas las costillas.
Suciedad.
Desorden.
Soledad.
Y una mujer consumiéndose lentamente mientras su proyecto vital se desmorona delante de la cámara.
El documental tiene algo tremendamente incómodo porque desmonta esa visión urbanita y romántica del campo entendida como refugio espiritual para almas sensibles con sombrero de paja. El campo real no es eso. El campo real es una empresa salvaje donde hay que sobrevivir, pagar maquinaria que cuesta un riñón y medio hígado, rellenar papeles infernales para obtener ayudas y levantarse cuando todavía no han puesto ni las calles ni las gallinas.
La película muestra precisamente el choque entre esa fantasía europea de “volver a la naturaleza” y la brutalidad de la vida rural cuando ya no hay dinero, ni fuerza física, ni cabeza para sostener el sueño.
Y lo más duro es que Belhassen Handous no manipula demasiado. Coloca la cámara delante y deja que el deterioro ocurra. Sin música lacrimógena. Sin discursos. Sin intentar convertir a nadie en héroe ni en villano. Solo mostrando cómo una ilusión acaba pudriéndose lentamente.
La parte final, con esos dos trabajadores intentando sacar adelante la granja, añade además otra lectura interesante: la historia ya no es solo la decadencia de Gisela Bergman, sino la de todo un modelo de relación colonial con África y el Magreb. Esa idea europea de apropiarse del paisaje exótico para convertirlo en una fantasía personal termina aquí convertida en un escenario casi fantasmal.
Y la verdad, pocas veces una película sobre caballos deja con tantas ganas de ducharse al salir del cine.
El pájaro que no cura las heridas, pero las hace volar
The Bird’s Placebo está realizada con rotoscopia y animación 3D. La rotoscopia consiste, básicamente, en filmar imágenes reales y luego dibujar o animar encima, fotograma a fotograma, para conservar gestos, movimientos y una textura muy física.
La técnica se ha usado en largometrajes como Waking Life y Una mirada a la oscuridad, ambas de Richard Linklater. Ojo: Vals con Bashir se suele citar a veces, pero no es rotoscopia pura, aunque visualmente pueda parecerlo. (WIRED)
Rami Jarboui es un cineasta tunecino nacido en 1990. Estudió Multimedia/animación en el ISAMM de Túnez y su corto Soup ganó el Gran Premio Internacional del Mobile Film Festival de París en 2017.
También dirigió Eidos y Straight Backward. The Bird’s Placebo es su primer corto de animación. (Cine Africano)
The Bird’s Placebo es un corto tunecino de animación de 2025, de unos 20 minutos, escrito y dirigido por Rami Jarboui. Fue seleccionado en Sundance 2026, Clermont-Ferrand 2026, Cairo 2025 y las Jornadas Cinematográficas de Cartago 2025, entre otros festivales. (Festival de Sundance)
Cutrecomentario
The Bird’s Placebo me ha parecido sensacional.
Estamos en un barrio marginal de Túnez, con Yahya, un adolescente en silla de ruedas, con las dos piernas amputadas, cuidado por su madre y con el padre en prisión. Dicho así parece el arranque de un drama social de los de salir del cine pidiendo tila doble. Pero no. El corto tiene otra cosa. Tiene herida, sí, pero también vuelo.
El gran acierto es mezclar ese realismo duro, casi de calle polvorienta y vida cuesta arriba, con un elemento de cuento: un pájaro que le regalan a Yahya y que él, al principio, quiere vender. Negocio antes que poesía, que también hay que comer. Pero pronto descubre que ese animal tiene algo mágico: a través de las lágrimas puede comprender las penas de quienes le rodean.
Y ahí el corto levanta el vuelo. Literal y emocionalmente.
El pájaro se convierte en guía, metáfora, placebo y quizá también en consuelo. No cura la desgracia —porque eso sería trampa de guion barata—, pero permite mirarla de otra manera. Y eso, en cine, cuando está bien hecho, vale oro.
The Bird’s Placebo habla de la discapacidad, de la pobreza, de la migración, del deseo de escapar y de la relación rota entre un padre y un hijo. Pero lo hace sin sermonear, sin ponerse estupendo y sin convertir el sufrimiento en postal miserabilista. Aquí hay imaginación, belleza y una tristeza luminosa, que es una cosa muy rara y muy difícil de conseguir.
La rotoscopia le da además una textura fascinante: los cuerpos parecen reales y soñados al mismo tiempo. Como si el barrio existiera, pero también estuviera siendo recordado desde otro plano.
Es un corto embriagador, de esos que te agarran por la mirada y luego, sin hacer mucho ruido, te dejan tocado.
Un pequeño gran descubrimiento del FCAT 2026. De esos cortos que demuestran que la animación no es un género menor ni una cosa para vender muñequitos: es cine con alas.
El beso que tuvo que coger una moto para poder existir
Gaël Kamilindi es actor y cineasta ruandés-francés. Estudió en el Conservatoire National Supérieur d’Art Dramatique de París y forma parte de la Comédie-Française.
Como director ha firmado el corto Les Resquilleurs y el documental Didy, codirigido con François-Xavier Destors. Taxi Moto es una coproducción franco-suiza de 2026, de unos 20 minutos. (swissfilms)
Taxi Moto se estrenó mundialmente en la Berlinale 2026, dentro de Berlinale Shorts, y ganó el Teddy Award al mejor cortometraje, premio dedicado al cine LGTBIQ+. (berlinale.de)
Cutrecomentario
En Taxi Moto, un director ve cómo se suspende el rodaje de su película: una historia de amor entre dos hombres. Y, en ese limbo raro donde uno no sabe si llorar, pelearse con producción o pedir una caña, aparece otro chico africano y surge algo parecido al amor.
El corto juega con inteligencia a mezclar cine y vida. Dos hombres hablan, se miran, dudan, se desean y van construyendo una reflexión muy potente: ¿se puede mostrar un beso entre dos chicos en el cine africano?
Esa es la gran pregunta. Y la película no la responde con pancartas ni discursos de comité cultural, sino con una delicadeza muy bonita.
Taxi Moto habla de censura, deseo y resistencia íntima. Y lo hace con una suavidad que pincha más de lo que parece.
Hay que verla entera para encontrar la respuesta. Y merece la pena.
Cuando Dios descansa el domingo y los fanáticos aprovechan para montar obras
Naishe Nyamubaya es un director egipcio-zimbabuense criado en una granja aislada de Zimbabue que empezó a escribir historias siendo niño.
Tras trabajar en televisión y estudiar dirección en Sudáfrica, sus cortos Mum I Need Oil for My Car y Taming Kara pasaron por festivales internacionales.
Actualmente desarrolla su primer largometraje, Chimbo cheBere (La canción de las hienas).
El corto ha circulado por festivales internacionales especializados en cine africano y nuevas voces emergentes, llamando la atención precisamente por esa mezcla entre drama rural, realismo mágico y humor negrísimo de baja intensidad, ese humor que aparece cuando todo empieza a ir regular tirando a catastrófico.
Cutrecomentario
God Sleeps on Sundays enfrenta dos formas de entender el mundo. Y no precisamente de manera tranquila tomando té y hablando de espiritualidad mientras suena música relajante de YouTube.
Por un lado está este pastor cristiano empeñado en construir una iglesia en un terreno rural que le ha cedido el Estado. El problema es que en ese terreno vive Chirongoma, una anciana chamana, una vieja bruja según algunos, que no piensa abandonar su pequeña cabaña ni aunque le lleven excavadoras, biblias y coros góspel a pleno rendimiento.
Y ahí empieza el choque. Tradición ancestral frente a fanatismo religioso moderno. Sabiduría popular frente a obsesión personal. Porque lo interesante es que este pastor no actúa exactamente movido por la fe pura y luminosa. Más bien parece un hombre herido, resentido y medio castigado por su propia iglesia después de ciertos problemas en la ciudad. Lo han mandado al entorno rural un poco como quien manda al cuñado pesado a vigilar una obra en agosto.
El personaje quiere levantar esa iglesia a toda costa porque necesita demostrar algo. A los demás y probablemente también a sí mismo. Pero claro, cuando uno entra en modo fanático absoluto, deja de escuchar, deja de mirar y termina tomando decisiones que le empujan directamente hacia la desgracia.
Mientras tanto, Chirongoma utiliza sus conocimientos, su presencia y hasta cierta ironía silenciosa para resistirse. El corto juega muy bien con esa ambigüedad entre magia real, superstición o simplemente el peso psicológico de las creencias. Y funciona estupendamente.
La película tiene momentos muy dramáticos, incluso duros, pero también pequeños toques de humor bastante inteligentes. Porque el fanatismo, visto desde fuera, muchas veces tiene algo profundamente ridículo. Da miedo, sí, pero también produce esa sensación de “madre mía, cómo está el patio”.
Un corto interesante, inquietante y bastante más complejo de lo que aparenta al principio. De esos que parecen sencillos y luego se quedan rondando la cabeza mientras uno vuelve caminando del cine buscando cobertura y pensando que quizá las viejas chamanas sabían más de la vida que muchos gurús modernos con micrófono inalámbrico.
La nieta que descubrió que el duelo también tenía barreras
Nina Khada es una cineasta franco-argelina nacida en Francia y afincada en Marsella. Trabaja entre el documental y la ficción, y suele asumir varias tareas: dirección, guion, montaje, cámara y producción, vamos, que solo le falta vender palomitas en la puerta. Entre sus trabajos destacan Fatima y Je me suis mordue la langue, donde ya abordaba memoria familiar, identidad y raíces argelinas. (Internationales Frauen Film Fest)
Gardiennes de nuit —también conocida internacionalmente como Night Watchers— es un corto de ficción dirigido y escrito por Nina Khada.
Algunas fuentes lo fechan como 2024 y otras como 2025; el FCAT lo programa como 2025. Tiene una duración aproximada de 23-25 minutos y cuenta con Sonia Faïdi, Samir El Hakim, Fatiha Soltane, Mouni Boualem y Iyad Mekideche. (Unifrance)
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En Gardiennes de nuit conocemos a Nora, una joven de veinte años que vive en Marsella y que viaja a Argelia acompañando el cuerpo de su abuela fallecida. Y ahí, de golpe, se encuentra con un mundo que supuestamente también es el suyo, pero que le resulta tan ajeno como intentar entender una factura de la luz sin haber bebido antes.
Nora llega con una mirada francesa, joven, urbana, probablemente educada en otra idea de la libertad y de la familia. Pero al aterrizar en Argelia descubre que las costumbres mandan más que ella. Y el golpe definitivo llega cuando le dicen que las mujeres no pueden asistir al entierro, porque el funeral queda reservado a los hombres.
Ahí el corto se vuelve interesantísimo. No solo habla del duelo, sino también del choque entre pertenecer y no pertenecer. Nora es de allí y no es de allí. Tiene raíces, pero no códigos. Tiene sangre familiar, pero no manual de instrucciones. Y claro, cuando el dolor ya viene cargado de por sí, encontrarse además con una tradición que la aparta del ritual funerario es como si encima te cobraran suplemento por sufrir.
La película está contada desde su mirada enfadada, desconcertada, casi encerrada entre las paredes de la casa familiar, donde vela el cuerpo de su abuela mientras los hombres ocupan el espacio público del funeral. Ese silencio impuesto pesa muchísimo.
Gardiennes de nuit es un corto pequeño, sobrio y potente, que plantea una pregunta enorme: ¿qué pasa cuando vuelves al lugar de tus raíces y descubres que tus raíces también pueden pinchar?
Cuando el teléfono no suena, pero el corazón hace más ruido que una mascletà
Samuel Suffren es un cineasta y productor haitiano, nacido en 1992. Su filmografía reciente incluye los cortos Agwe, Des rêves en bateaux papiers y Cœur bleu, que forman una trilogía sobre la ausencia, la emigración y ese dolor tan caribeño —y tan universal— de quien se marcha y de quien se queda esperando.
Cœur bleu fue seleccionado en la Quincena de Cineastas de Cannes 2025 y es una producción de Haití y Francia, de unos 15 minutos. (Quinzaine des cinéastes)
En cuanto a premios y recorrido, Cœur bleu tuvo estreno mundial en la Quincena de Cineastas de Cannes 2025 y también aparece en circuitos internacionales como el Festival du Nouveau Cinéma. No es poca cosa: Cannes no suele abrir la puerta porque sí, salvo que seas muy bueno o lleves una baguette bajo el brazo. (Quinzaine des cinéastes)
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En Cœur bleu vemos a unos padres haitianos, Marianne y Pétion, preocupados porque no tienen noticias de su hijo, que se ha marchado a Estados Unidos persiguiendo el famoso sueño americano. Ese sueño que, visto desde lejos, parece una autopista dorada, y de cerca a veces se parece más a una llamada que no llega nunca.
El teléfono se convierte en el gran símbolo del corto. Está ahí como una promesa, como una amenaza, como un altar doméstico. Uno mira ese aparato y casi espera que empiece a sudar de la tensión. Porque aquí el silencio no es ausencia de sonido: es un personaje más, y bastante puñetero.
Lo que empieza como un relato realista, casi cotidiano, va derivando poco a poco hacia una especie de ensoñación, donde la realidad y el sueño se mezclan de forma difusa.
Samuel Suffren no necesita subrayar demasiado. Deja que la espera se vaya espesando, como cuando uno mira el móvil cada treinta segundos aunque sabe perfectamente que no ha sonado.
Cœur bleu es un corto breve, delicado e interesante, que habla de la emigración desde el lado menos turístico: el de los que se quedan. Los padres no cruzan fronteras, pero viven atrapados en otra clase de exilio: el de la incertidumbre.
Un corto pequeño, sí, pero con un corazón azul bastante más grande de lo que aparenta.
Cuando el dolor cae del cielo y se queda a vivir en el campo
El director sudafricano Teboho Edkins lleva años moviéndose entre el documental observacional y las películas que exploran las heridas invisibles de las comunidades rurales africanas.
En su filmografía destacan trabajos como The Wound, Days of Cannibalism o Sorcery, Mayhem & Crystal Balls, piezas donde mezcla lo íntimo, lo político y lo antropológico sin necesidad de ponerse estupendo con voz en off de documental de La 2 a las tres de la mañana.
En An Open Field vuelve a ese territorio emocional donde el cine sirve más para intentar entender una pérdida que para resolverla. Y ya se sabe: el duelo no entiende de finales felices ni de manuales de autoayuda con tacitas de Mr. Wonderful.
El mediometraje ha pasado por diversos festivales especializados en cine documental y no precisamente por casualidad. La propuesta tiene esa mezcla de verdad emocional y mirada respetuosa que suele gustar en certámenes donde todavía se valora el cine que no parece un anuncio de perfume.
En el Festival de Cine Africano Tarifa-Tánger encaja perfectamente dentro de esa línea de cine africano íntimo, humano y pegado a la tierra.
Y claro, aquí no hay thriller, ni giros sorpresa, ni un Jason Statham pilotando el avión accidentado mientras reparte puñetazos. Lo que hay es algo bastante más duro: un padre y un hijo —el propio director— intentando rememorar la muerte del otro hijo y hermano en un accidente aéreo. Así, sin anestesia emocional. Visitando el lugar donde el avión se estrelló y quedó reducido a chatarra y recuerdos imposibles de ordenar.
Lo interesante del documental es que no convierte el dolor en espectáculo lacrimógeno de televisión de sobremesa. Más bien lo contempla. Lo acompaña. Lo deja respirar.
Los habitantes de la zona conmemoran cada año aquella tragedia y esa ceremonia colectiva acaba funcionando como una especie de abrazo silencioso hacia las víctimas y hacia quienes siguen vivos intentando entender cómo demonios se continúa adelante después de algo así.
La película tiene momentos de una sencillez devastadora. Gente caminando por un terreno abierto, hablando poco, mirando mucho. Porque hay duelos que no se pueden explicar con discursos grandilocuentes ni con frases de taza de desayuno. A veces solo queda volver al lugar donde todo ocurrió y aceptar que las cicatrices también forman parte del paisaje.
Y ahí aparece el gran hallazgo del mediometraje: cómo transforma un espacio físico en un espacio emocional. Ese campo abierto del título acaba siendo una especie de cementerio sin lápidas, un lugar donde el recuerdo sigue flotando en el aire como si el accidente hubiese ocurrido ayer mismo.
No es una película fácil ni especialmente complaciente. Tampoco pretende serlo. Pero tiene una honestidad emocional muy poco habitual en tiempos donde hasta el sufrimiento parece editado para TikTok. Aquí el dolor es lento, incómodo y profundamente humano. Y precisamente por eso funciona.
La princesa, la IA y el narrador que no se callaba ni debajo del agua
La película inaugural del FCAT 2026 venía con una premisa curiosa: ciencia ficción africana, comedia romántica, futuro utópico sin guerras, princesas desaparecidas y fondos generados con inteligencia artificial. Vamos, una mezcla entre cuento futurista, culebrón romántico y sobremesa de domingo con ChatGPT desatado.
Damien Hauser dirige esta producción keniata de apenas 79 minutos que demuestra bastante imaginación y una clara voluntad de construir un universo propio. No abundan demasiados datos sobre el director ni una filmografía especialmente conocida internacionalmente, algo bastante habitual todavía en determinados circuitos africanos de producción. Pero aquí sí deja claro que tiene energía visual, ganas de experimentar y una cierta querencia por el exceso narrativo. Y digo exceso con cariño… y con algo de agotamiento neuronal.
Memory of Princess Mumbi ha pasado por diversos festivales internacionales especializados en cine africano y fantástico, siendo seleccionada para inaugurar el Festival de Cine Africano de Tarifa-Tánger 2026.
La película ha llamado especialmente la atención por el uso de inteligencia artificial para generar parte de sus escenarios y efectos visuales, algo que le aporta una estética peculiar, entre artesanal y digitalmente lisérgica.
Y entrando en materia, la película plantea un futuro donde ya no existen guerras y África aparece dividida por una línea diagonal que separa dos territorios. Esto parece el inicio de una densísima reflexión geopolítica sobre el colonialismo, las fronteras artificiales y el futuro del continente. Pero luego la película decide que no. Que realmente lo suyo es otra cosa mucho más sencilla: chico conoce chica, chica desaparece seis años y reaparece convertida en princesa. Y ahí aparece el inevitable triángulo amoroso. Shakespeare mirando desde el más allá pensando: “Bueno, pues tampoco han cambiado tanto las cosas”.
La película aparenta ser enormemente compleja porque lanza ideas constantemente. Hay una sensación continua de torrente narrativo, de hiperactividad visual y verbal. Todo va muy deprisa. El montaje es frenético, la narración es exhaustiva y continuamente están ocurriendo cosas o explicándose cosas. Y ahí la película tiene parte de su encanto.
Funciona razonablemente bien como una comedia romántica un poco alocada y disparatada, casi como si alguien hubiese metido ciencia ficción africana, anime romántico y telenovela futurista en una batidora industrial.
Además, el uso de IA para crear fondos, decorados y algunos efectos especiales resulta curioso. A veces canta bastante, claro, pero también le da una personalidad visual peculiar.
Hay momentos donde parece que la película estuviese ocurriendo dentro de una ilustración animada creada a las cuatro de la mañana por alguien con insomnio y exceso de cafeína. Y eso, extrañamente, tiene cierto encanto.
Ahora bien, el gran problema para un servidor está clarísimo: la voz en off. Esa voz en off interminable, persistente, invasiva, que no deja respirar una sola escena. Yo es que no puedo con la voz en off como recurso constante. Me parece, casi siempre, un mecanismo de mal cineasta. Si algo no se puede transmitir con imágenes y hay que explicarlo continuamente con palabras, entonces el cine empieza a parecerse peligrosamente a un audiolibro ilustrado.
Y aquí no hay tregua. Cuando no habla el narrador, hablan los personajes. Cuando no hablan los personajes, vuelve el narrador. No existe prácticamente un solo instante de silencio, de contemplación o de pausa visual. Todo está verbalizado. Todo explicado. Todo subrayado. Y eso acaba resultando agotador.
Porque la película tiene ideas, tiene humor, tiene ritmo y tiene personalidad. Pero también produce cierta sensación de aturdimiento permanente. Como estar encerrado durante hora y pico con un amigo hiperactivo que no para de contar historias mientras mueve los brazos como un molino industrial.
Aun así, reconozco el valor de la propuesta. Hay imaginación, valentía y una energía contagiosa detrás de esta locura romántico-futurista.
No siempre funciona, pero cuando funciona resulta simpática y bastante divertida.
Así que sí, aprobado raspadillo. Como esos alumnos caóticos que entregan el examen lleno de flechas, tachones y dibujos absurdos… pero al final, misteriosamente, algo de talento sí tenían.
Cuando el fin del mundo parece un vertedero y ¿el más cuerdo es Bruce Willis?
Hablar de 12 monos es hablar de una de esas películas de ciencia ficción que parecen rodadas dentro de un contenedor lleno de chatarra, humedad, locos, tuberías oxidadas y resaca emocional. Y ahí está parte de su grandeza.
Gran acierto de Juan Ignacio programando una película que, con el paso de los años, no ha perdido fuerza. Al contrario. Después de pandemias reales, negacionistas de saldo y gente peleándose por papel higiénico en supermercados, la película de Terry Gilliam parece menos ciencia ficción y más documental con anfetaminas.
Terry Gilliam es uno de esos directores incapaces de rodar algo normal.
Exmiembro de los Monty Python, siempre ha tenido una imaginación visual desbordada, barroca y muchas veces directamente delirante.
En su filmografía aparecen títulos fundamentales como Brazil, El rey pescador, Las aventuras del barón Munchausen, Miedo y asco en Las Vegas o El imaginario del Doctor Parnassus.
Su cine suele estar lleno de personajes derrotados, mundos opresivos, burocracias monstruosas y una sensación constante de que la realidad está a punto de romperse como una vajilla barata.
12 monos obtuvo dos nominaciones al Oscar, incluyendo la de mejor actor secundario para Brad Pitt, que además ganó el Globo de Oro por su interpretación.
También recibió nominaciones en los premios BAFTA y en los Saturn Awards, consolidándose rápidamente como una de las grandes películas de ciencia ficción de los años noventa.
Curiosamente, la película está inspirada en el mediometraje francés La Jetée de Chris Marker, una obra experimental compuesta casi exclusivamente por fotografías fijas. O sea, de unas fotos quietas salió este monumento al caos mental. El cine tiene estas cosas maravillosas.
Y entrando ya en harina, lo primero que llama la atención en la película es la dirección artística y de producción de Terry Gilliam. Ese futuro subterráneo, infectado, húmedo y miserable donde vive la humanidad tras la pandemia es sencillamente extraordinario. Todo es feo. Pero feo con ganas. No hay una sola pared limpia. No existe el orden. Todo parece diseñado por alguien con síndrome de Diógenes y una fijación enfermiza por el metal oxidado. La película convierte el feísmo en arte.
Pero lo interesante es que el pasado tampoco es mucho mejor. Cuando James Cole, el personaje interpretado por Bruce Willis, viaja a los años noventa para investigar el origen de la pandemia, se encuentra un mundo igualmente degradado. Hay homeless, toxicómanos, hospitales psiquiátricos infernales, calles sucias y una sensación permanente de decadencia urbana.
El futuro no surge de la nada. El futuro ya estaba incubándose en aquel presente mugriento. Y ahí la película conecta muy bien ambos tiempos: la humanidad ya estaba rota antes del virus.
Luego están los personajes, todos absolutamente desquiciados de una manera u otra.
El Jeffrey Goines de Brad Pitt es una auténtica bomba de relojería humana. Un torbellino verbal y físico. Gesticula, salta, grita, articula frases como si hubiese desayunado cafeína mezclada con plutonio. El personaje es casi un pelele dentro de la trama, pero su energía resulta tan salvaje que acaba devorando cada escena donde aparece. Puede parecer excesivo o incluso pasado de vueltas, pero funciona de maravilla. Ahí Brad Pitt dejó claro que no era solamente un chico guapo con melena noventera y mandíbula perfecta. Había actor de verdad debajo de la percha.
Además, el personaje claramente se mueve dentro de un trastorno bipolar en fase maníaca permanente. Es puro descontrol, pura excitación psicomotriz, puro cerebro disparado a mil por hora.
Por otro lado aparece Madeleine Stowe interpretando a la psiquiatra Kathryn Railly, probablemente el personaje más anclado a la realidad. Ella intenta racionalizar lo que ocurre, analizarlo clínicamente y mantener cierta lógica dentro del disparate temporal y psicológico que plantea la película. Pero incluso ella acaba cayendo en una espiral emocional complicada. Cuando es secuestrada por James Cole, desarrolla claramente elementos compatibles con un síndrome de Estocolmo.
Al final, todos los personajes están dañados mentalmente de una manera u otra. Y quizá ahí reside parte del mensaje de la película: cualquiera puede quebrarse psicológicamente si el mundo se convierte en un manicomio.
Y luego está el pobre James Cole, posiblemente uno de los personajes más atormentados que ha interpretado nunca Bruce Willis.
Un hombre atrapado entre tiempos, obligado a viajar al pasado para intentar resolver el misterio de los llamados doce monos, sin saber nunca si está viviendo la realidad o un delirio psicótico. Y lo fascinante es que quizá sea el más cuerdo de todos.
Porque él sí tiene claro algo esencial: el pasado era un paraíso. Había aire puro, sol, charcos, árboles, libertad. Cosas sencillas que el ser humano moderno no valora hasta que vive encerrado bajo tierra como una rata radiactiva. Ahí la película tiene algo profundamente melancólico. Una nostalgia por el mundo cotidiano. Por algo tan simple como respirar al aire libre sin una máscara ni un científico vigilándote desde una pantalla mugrienta.
Bruce Willis está inconmensurable. Muy lejos del héroe chulesco de otras películas. Aquí interpreta a un hombre agotado, confundido, emocionalmente destruido y permanentemente desubicado. Un personaje que intenta agarrarse a algo sólido mientras el tiempo, la memoria y la realidad se le derrumban encima.
Respecto al argumento, la película está muy bien construida. Es verdad que Terry Gilliam de vez en cuando se saca algún conejo de la chistera que no encaja del todo y hay momentos donde la lógica interna hace un poco de equilibrismo borracha, pero en general la trama está extraordinariamente bien urdida. Además engaña constantemente al espectador.
Porque los doce monos no son realmente el núcleo de la historia. Son un macguffin perfecto. Una cortina de humo gigantesca que distrae mientras la película conduce hacia otro lugar mucho más clásico y terrorífico: el científico loco. Un elemento heredado directamente del cine de terror clásico, pero aquí vestido con paranoia biológica y viajes temporales.
Y al final esa es la grandeza de 12 monos: una película que juega continuamente con la percepción, que manipula al espectador igual que los personajes son manipulados por el tiempo, por la locura y por sus propias obsesiones.
Una obra extraordinaria, incómoda, sucia, enfermiza y fascinante. Como abrir una nevera olvidada desde 1995… y descubrir que dentro sigue latiendo algo vivo.
Había ganas de ver la nueva película de Kristoffer Borgli, ese director noruego especializado en incomodar al personal con una sonrisa torcida.
Después de llamar la atención con Sick of Myself y sobre todo con Dream Scenario —aquella marcianada con Nicolas Cage invadiendo los sueños de media humanidad—, el hombre vuelve a demostrar que le interesa más la neurosis contemporánea que contar historias bonitas para subirlas a Instagram con filtro Valencia. Y eso siempre se agradece. Porque para películas sobre gente feliz ya está la publicidad de los seguros dentales.
Borgli escribe y dirige esta especie de anticomedia romántica donde el “chico conoce chica” ya ocurrió hace tiempo y ahora toca algo muchísimo más terrorífico: convivir con lo que realmente es la otra persona.
El director vuelve a jugar con el ridículo social, las inseguridades y la incomodidad emocional, mezclando humor negro, paranoia y momentos que hacen que uno quiera esconderse debajo de la butaca del cine. Y eso, curiosamente, funciona muy bien.
La película tuvo un recibimiento bastante potente en su estreno norteamericano y ha generado bastante conversación crítica por el tono incómodo de algunas de sus propuestas narrativas.
Las interpretaciones de Zendaya y Robert Pattinson han sido especialmente alabadas y la cinta ha funcionado muy bien en taquilla para tratarse de una producción de A24.
Y ahora sí. Vamos al drama. Literalmente.
Acudo al preestreno de El drama en los Multicines Guadalajara gracias al proyecto Wilder, una iniciativa estupenda que mezcla reposiciones de clásicos y películas de culto con preestrenos como éste. Una bendita locura para quienes todavía creen que ir al cine no consiste únicamente en escuchar a alguien abrir una bolsa de Doritos durante dos horas.
El tráiler ya era muy sugerente. Vendía la idea de una relación de pareja aparentemente sólida que se rompe por culpa de una confesión probablemente innecesaria y desde luego profundamente inoportuna.
Y efectivamente, de eso va la película. De cómo una verdad puede convertirse en una bomba nuclear emocional pocos días antes de una boda convertida en macrofestival del postureo.
Hay una frase demoledora en la película: en una boda todo es postureo. Los trajes, las damas de honor, las flores, el vino, los invitados, los discursos horribles que la gente escucha emocionada como si estuvieran leyendo a Dostoievski y no soltando frases de taza de Mr. Wonderful. Todo fachada. Todo representación. Todo teatro. Y ahí entra el gran hallazgo de la película.
Porque El drama funciona muy bien como una especie de desmontaje salvaje de la comedia romántica tradicional. Aquí no se trata de enamorarse. Se trata de soportar el derrumbe psicológico que aparece cuando descubres algo del otro que no encaja con la imagen idealizada que habías fabricado.
Robert Pattinson, actor al que personalmente suelo soportar con el mismo entusiasmo con el que uno soporta una colonoscopia sin sedación, aquí está francamente bien. Muy poco contenido, muy neurótico, muy perdido dentro de su propia cabeza. Y precisamente la película se mete continuamente dentro de esa cabeza.
Lo mejor de El drama no es la trama. Es la dirección.
Borgli monta la película como un mecanismo de relojería neurótico donde aparecen insertos visuales de pensamientos intrusivos, ideas absurdas, imágenes mentales parásitas y asociaciones incómodas que reflejan perfectamente cómo funciona la ansiedad moderna.
Uno sabe que esos pensamientos son irracionales, incluso idiotas, pero no puede expulsarlos. Y la película consigue transmitir esa sensación de una manera brillantísima.
Hay momentos donde el montaje parece casi una versión sentimental de un ataque de ansiedad con presupuesto de A24.
Zendaya, por supuesto, está estupenda. Tiene una presencia enorme y consigue que su personaje nunca resulte del todo antipático ni del todo fiable. Y eso tiene muchísimo mérito.
Además, me gusta mucho cómo la película retrata esa adolescencia prolongada de treintañeros emocionalmente agotados que juegan a ser adultos funcionales mientras se desmoronan por dentro.
Muy bien también Alana Haim como esa amiga incapaz de comprender nada pero convencida de entenderlo todo. Ese tipo de persona que da consejos emocionales con la profundidad intelectual de una galleta de la fortuna.
Y ojo también a Hailey Gates, en un secundario muy interesante que aporta todavía más rareza a este festival de inseguridades sentimentales.
La película se mueve entre la comedia incómoda, el humor negro, el caos emocional y cierta sensación constante de catástrofe sentimental inminente.
A veces es frenética, a veces absurda, a veces muy divertida y otras veces directamente incómoda de narices. Pero nunca aburrida.
Y además deja pensando. Que ya es muchísimo más de lo que consiguen la mayoría de las comedias románticas actuales, generalmente escritas por gente que cree que el amor consiste en compartir contraseña de Netflix y hacerse fotos desayunando aguacate.